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271

«La había llamado Antígona, durante todo este tiempo en que el destino las había separado apartándola a ella del lugar de la tragedia, mientras su hermana -Antígona- la arrostraba. Comenzó a llamarla así en su angustia, Antígona, porque, inocente, soportaba la Historia; porque habiendo nacido para el amor la estaba devorando la piedad» [Zambrano, 1989, 279].

 

272

Para una mejor comprensión del simbolismo de la luz en la obra, véase el penetrante artículo de Mesa.

 

273

Sobre la oscilación en la interpretación del protagonismo de la obra de Antígona o de Creonte, consúltese la introducción de Luis Gil a su traducción de la obra [Sófocles, 12-13]. La evolución del mito de Antígona a lo largo de la historia recibe un sugerente tratamiento en Steiner.

 

274

Coincide con esta lectura simbólica, entre otros, González Di Piero [Revilla, editor, 60-61].

 

275

María Zambrano confirmaba esta interpretación en el prólogo escrito para Senderos: «Se añade La tumba de Antígona, obra publicada en 1967, porque responde a la inspiración del exilio diariamente en París y más tarde en una aldea del Jura francés» (p. 7).

 

276

El siguiente fragmento, de gran belleza, desarrolla la visión que Zambrano ofrece en la obra del primer destierro de Antígona, guiando a su padre: «Ninguna ciudad ha nacido como un árbol. Todas han sido fundadas un día por alguien que viene de lejos. Un rey quizá, un rey-mendigo arrojado de su patria y que ninguna otra patria quiere, como iba mi padre, conducido por mis ojos que miraban y miraban sin descubrir la ciudad del destino, donde estaba nuestro hueco esperándonos. [...] Éramos huéspedes, invitados. Ni siquiera fuimos acogidos en ninguna de ellas como lo que éramos, mendigos, náufragos que la tempestad arroja a una playa como un deshecho, que es a la vez un tesoro» (pp. 258-259).

 

277

En esta interpretación de Antígona como símbolo de la oposición al poder establecido coincide con toda una corriente del teatro español de posguerra, que le ha asignado también, como en el texto de Zambrano (véanse, por ejemplo, pp. 245-246), un valor de rechazo frontal a la guerra y a la violencia [Ragué, 1986, 21]. Un contexto global del fenómeno se encuentra en Vilches, 1983.

 

278

Sobre el valor de la memoria en el proceso de redención de la existencia, de su conversión en destino, véase Laurenzi.

 

279

Zambrano abría la presentación del curso de verano de El Escorial (1989), «La otra cara del exilio: la diáspora del 39», citando extensamente este fragmento de La tumba de Antígona [Zambrano, 1990, 7].

 

280

Un completo desarrollo de esta visión ontológica del exilio se encuentra en el capítulo «El exiliado» (pp. 29-44), incluido en su libro Los bienaventurados.