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El juego metateatral es bastante más complejo de lo que sugieren estas líneas. Simplificando mucho, podría decirse que confluyen en él tres planos principales: uno que supone que todo es teatro, una ficción representada por unos actores que saben que actúan en un «psicodrama» y así se lo señalan al público, para que éste interprete lo que ve según las normas del juego y reconozca en ese insólito juego dramático la radiografía, sorprendente pero auténtica, de una realidad conocida; un segundo plano, donde la ilusión de realidad es mayor, se correspondería con el programa televisivo en el que Liberón «actúa» en unas «escenas» en las que se representa a sí mismo; y un tercer plano, inserto en este último, sería el del psicodrama del segundo acto, donde se escenifica el pasado del Jefe. Menos Liberón, que casi nunca supera el nivel del «programa», los demás personajes saltan continuamente de uno a otro plano.
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La elipsis temporal entre la salida y el regreso de la campaña (una verdadera caravana de la muerte) se cubre con el informe verbal -hecho con verbos que indican destrucción- que le ofrece Liberón a Otilia nada más descabalgar.
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La representatividad política de Mamá, a diferencia de la de Papá, más universal, no se entiende bien si no tenemos en cuenta la ambientación de la obra en ese «lejano país».
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Se trata de Hermann Goering, que se suicidó poco antes de que se ejecutara la sentencia de pena de muerte dictada contra él en el juicio de Nuremberg. Morales adelanta su muerte para que sea su «jefe» quien lo suicide.
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La composición del Triunvirato y los nombres italianos de los «jefes» remiten claramente al modelo real en que se inspiró el autor. La función presidencial se evoca en Fracassati, máxima autoridad del Triunvirato y de la nación.
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La argumentación a base de paradojas o de silogismos es recurrente en estos militares; el objetivo, en ambos casos, es revelar la falta de fundamentación racional de sus planteamientos belicistas.
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La frase la pronunció a finales de 1978 el almirante Lambruschini, miembro de la junta militar argentina, en referencia al conflicto con Chile (Entrevista telefónica). La peculiaridad lingüística de la frase, la siniestra identidad de su inventor y el tenso contexto político en que se pronunciaba dieron que pensar a Morales, que poco después redactaba su farsa.
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El centro de la sala está ocupado por «una gran mesa triangular» y tres sillones giratorios, imagen burlesca de la peculiar composición del gobierno; de la pared del fondo cuelga «un enorme mapamundi que representa la tierra en proyección Mercator», expresión de la vieja sed imperialista que mueve al Triunvirato (p. 121). Hay también tableros luminosos, pantallas, ordenadores y dispositivos electrónicos distribuidos por toda la habitación, que indican que el Triunvirato, para realizar sus sueños guerreros, tiene a su disposición «la técnica más avanzada del globo» (p. 128).
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Bermudo quiere venderle a Pancracio un catalejo por el que éste ve, de cerca y con claridad, a su antes inalcanzable amada. Libertada le advierte que ella sigue atrapada «detrás de nueve cordilleras y seis mares», que lo que ve por ese «tubo vacío» es una Libertada falsa, que intentan engañarlo, hacer que mire a lo lejos para que no vea lo que sucede a su alrededor, en la propia sala. Le reprocha Libertada: «Entonces, ¿te ofrecieron ese tubo para que no mires de cerca? ¿Ahora te dan a Libertada como un espejismo que aparece a lo lejos?» (pp. 160-161).
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Aquí se formula, escuetamente, una idea a la que Morales concederá pleno despliegue dramático en su Colón.