El Machado del exilio
Leopoldo de Luis
Los españoles que tomamos parte en la Guerra Civil estamos ya a medio siglo de muchas cosas. Los primeros combates, los primeros romances, los primeros amigos muertos... A poco menos, la muerte de don Antonio Machado. A cuarenta años, la primera colaboración en Ínsula. Esas dos efemérides se han unido con frecuencia. No es la primera vez -¡quién sabe si será la última!- que escribo en esta querida revista de aquel maestro y aquel ejemplo que fue don Antonio para los jóvenes de la guerra.
Todavía luchábamos en Extremadura, con el general Escobar (al que hace poco puso de moda literaria, por así decirlo, José Luis Olaizola) cuando me llegó la noticia de su muerte en Collioure. Aún no habría nacido Monique Alonso, hija de refugiados españoles de quienes debió de heredar esa devoción por el gran poeta, porque pronto puso su trabajo y su amor al recuerdo machadiano, en el pueblecito francés que guarda sus restos. Hay que haber ido, en peregrinación, al «cementerio marino» de Collioure -como hemos ido tantos y tantos españoles- para percibir el fervor con que rodean la tumba viejos incondicionales como el poeta Manolo Valiente y sus amigos, a los que se une, musa joven y activa, Monique Alonso. Y uno, que fue con unas flores al cementerio, duda si colocarlas sobre la losa del poeta o si ofrecérselas a la muchacha que tanto hace allí mismo por su memoria.
Monique Alonso muestra ahora el resultado de su trabajo durante años. Varios años, bien empleados, para reconstruir los tres últimos del poeta. Como dice Carmen Conde en su emotivo prólogo al reciente volumen1, «una afanosa y apasionada indagación para poder afirmar lo auténtico de aquel tiempo breve»
. Conducido por una prosa atenta y puntual para el dato y para el pormenor, se explaya un riquísimo conjunto de textos y documentos. Toda la escritura de Monique está celosamente puesta al servicio de la información concienzudamente contrastada. El dato, la referencia, la fecha. No hay cabos sueltos ni se aventuran hipótesis. El rigor informativo y la verdad histórica se respetan, sin concesiones a la tentación literaria. Pero, al mismo tiempo, el amor con que todo se armoniza y orquesta es perceptible.
Recuerda con oportunidad Monique los gestos de la vida de Machado reveladores siempre de una actitud, en el terreno ideológico, del lado de la libertad, si bien dentro del talante sobrio y sencillo del poeta. Sin ampulosidades, pero con sinceridad rotunda. No podía, pues, dudarse de qué lado iba a inclinar sus sentimientos una vez escindida España.
La colección completísima de textos escritos por el poeta -mucha más prosa: artículos y ensayos, que poesía: un haz más bien breve- en los tres años de contienda, es un excelente aporte testimonial y bibliográfico del volumen. Su lectura reafirma en la convicción de que ningún escritor más generosamente entregado a la causa de la República que don Antonio durante aquel terrible trienio. Él estaba perfectamente persuadido de la razón que defendía, y así permaneció sin vacilaciones -al menos, perceptibles- hasta el desastre final: no hay sino leer su último artículo en La Vanguardia, a poco más de un mes de su muerte, el 6 de enero de 1939. «Cuantos combaten la invasión exterior, sin miedo a lo abrumador de la fuerza bruta, habrán salvado, con el honor de la Europa occidental, la razón de nuestra continuidad en la historia»
. Porque una de las constantes que, conmovedoramente, se dan en la literatura de guerra de Machado es la obsesión por la independencia de España. «Todo vendido»
, exclamó para cerrar un poema de 1938. «A otro conde don Julián»
, subtituló otro soneto de la misma fecha. Y no digamos en los artículos. De ahí que sean frecuentes sus comparaciones con la guerra de la Independencia. Por ejemplo, la acción de los milicianos, en el Madrid del estío de 1936 frente al Cuartel de la Montaña, le recuerda la del mismo pueblo siglo y medio atrás, en el Madrid de la primavera de 1808. «Un pueblo inmortal asesinado, perdonadme la expresión paradójica, porque la inmortalidad de un pueblo consiste en que no muera cuando le asesinan»
.
Eso que desde Sartre se llama el compromiso del escritor, se da plenamente en el Machado de la guerra. Y se da, contra lo que Sartre pensaba, en prosa y en poesía. Porque ni su controvertido soneto a Lister es tan deleznable como algunos quieren ver. En esta misma revista lo comenté (número 335, octubre 1974) y he insistido en otras ocasiones. Lo que hace ese soneto -recogido en este volumen- es formar parte de varias piezas machadianas que descubren en la psicología del hombre bueno, pacifista, demócrata y reflexivo que él era, unos «impulsos batalladores»
, como él mismo declaró en unos apuntes biográficos. Esa realidad se comprueba con muestras de toda su obra anterior, como la estrofa sexta del poema «Retrato» o el final del poema «El mañana efímero», entre otros escritos (recuérdese el prólogo a Helénicas, de su amigo Manuel Hilario Ayuso, donde hace prevalecer la vida de soldados de Garcilaso y de Manrique sobre sus influencias literarias). Era de esperar que también se viese el reflejo en la escritura de guerra. «¡Ay, si yo hubiera sido también soldado! Es lo mejor que se puede ser hoy»
, dice refiriéndose a los hombres del famoso 5.° Regimiento. Y añade que les acompaña «con mi pluma, ya que mi espada se melló hace tiempo»
. Y en el prólogo a la edición de 1938 de La corte de los milagros, exalta a «el capitán fracasado, no por su culpa, que llevaba consigo»
Valle-Inclán, y que «proyectaba sobre su vida cierta luz de heroísmo y abnegación militar»
. Sumamente interesantes y dignas de reflexión son las matizaciones al pacifismo que pueden leerse en varias de las páginas con que colaboró tanto en Hora de España -donde están los textos más filosóficos y ensayísticos- cuanto en La Vanguardia -donde aparecieron los más directos y testimoniales-. «Sin que germine, o se restaure, una forma de conciencia religiosa de sentido amoroso, sin una metafísica de la paz [...] ¿creéis que hay motivo que nos obligue a ser pacifistas?»
No es esta la única vez que toca la cuestión.
La voluntad de compromiso alcanzó tanto al poeta, al escritor, cuanto al hombre. Otra de las recurrencias del Machado de la guerra es la frase «au dessus de la melée»
. Censura reiteradamente a los que pretenden estarlo (una réplica a ciertas declaraciones del doctor Marañón) y afirma su negativa a adoptar nunca postura semejante.
También volvemos a encontrar en esta recopilación que ofrece el libro de Monique Alonso sus comentarios a la poesía de la guerra, considerando que esta hizo que se humanizara más la obra de los jóvenes poetas tocados para él de frialdad o de abstracción. Sobre todo -como se sabe- es de gran valía el artículo dedicado a Serrano Plaja y su libro El hombre y el trabajo, y el recuerdo a un poeta injustamente olvidado, cual es José María Morón y su Minero de estrellas.
Un suceso que nos conmueve porque, como confesaba su hermano José, significó uno de los mayores sacrificios del poeta, es el acto público, en la Plaza de Castelar, de Valencia, cuando le pidieron que subiese a un rústico e inseguro tablado para recitar un poema ante una multitud. Monique lo cuenta, recogiendo la versión, puramente convencional, de la prensa de la época, y también la que dio, años después, Moreno Villa en su libro Vida en claro. Triste es la descripción de Moreno Villa: «Tribuna incómoda, sin un mal banco ni escalera [...] recuerdo los apuros de Machado para trepar por unas vigas o tablones [...]»
. Pero Monique aún podía haber añadido otra versión más siniestra: la que nos ofrece León Felipe, compañero de Machado en aquel acto, en el «Añadido» a la edición de La insignia hecha por la Colección Málaga, Sociedad Anónima, en México, el año 1967. Nos duele la penosa situación en que se puso a los dos poetas, sobre todo al fatigado y envejecido don Antonio, no ya solo por las dificultades materiales, sino por lo que, en la versión de León Felipe, se desprende de desatención, de casi desprecio por parte del político de turno, un ministro del que, naturalmente, ya nadie se acuerda.
Son muchas las cuestiones que suscita la profusa y excelente documentación, incluso gráfica, que el libro de Monique aporta. El mes escaso en Collioure es, claro, el más patético. Bien narrado y pormenorizado, nos deja fija ya para siempre la historia de una aventura vital ya mortalmente herida. Se ha escrito mucho de ese último lapso de la vida de don Antonio, aunque con imprecisiones que esta investigación puntualiza.
La bibliografía machadiana se enriquece con este libro de Monique Alonso, una hija de españoles exiliados que nace en Francia, y que dedica mucho de su tiempo y de su vocación al gran poeta español que fue al exilio y que le dio a Francia el honor de morir en su tierra.