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El movimiento romántico español e hispanoamericano en «El iniciador» de Montevideo1

José María Ferri Coll





Vale la pena adelantar esta historia al momento en que apareció el periódico La Moda en 1837 en Buenos Aires, dirigido por Juan Bautista Alberdi. La nueva publicación se erigió en tribuna de expresión de la denominada Joven generación argentina, que se había congregado en torno a la figura de Esteban Echeverría. El objetivo fue muy claro desde los primeros números: la difusión de las ideas en boga en Europa. España habría quedado fuera del circuito de esas ideas que se quisieron difundir en Argentina, pues se orillaron los valores y costumbres arcaicas de la antigua metrópoli con el fin de propiciar el renacimiento de las nuevas formas de vida que tal generación de intelectuales pretendía. En la vieja «madre patria», cuya estela se pretendía borrar, habían surgido otras voces, críticas con la propia nación, que serían consideradas desde América como la «Joven España», formada por intelectuales encabezados por Larra (Valero 2011; Martino 2013; Ferri 2015) o Espronceda -cuya Canción del pirata reprodujo El Iniciador2 en su primera entrega haciendo lo propio que la romántica revista madrileña El Artista-, que serían los autores más aclamados desde «la otra orilla». Fundamentalmente, la influencia de Larra, que se había suicidado pocos meses antes de que La Moda comenzara su andadura, en febrero de 1837, no se dejó esperar. Así, una de las plumas más conocidas y reconocidas de La Moda, Juan Bautista Alberdi, firmó sus artículos con el pseudónimo de Figarillo, proceder, como apunta Eduardo Segovia Guerrero, que de suyo ya constituye un verdadero homenaje al romántico español. La encontramos en el n.º 4 de La Moda, con fecha de diciembre de 1837:

«Por muchas razones me llamo Figarillo y no Fígaro. Primero, porque este nombre no debe ser tocado ya por nadie, desde que ha servido para designar el genio inimitable cuya temprana infausta muerte lloran hoy las Musas y el siglo [...] Me llamo Figarillo y no otra cosa, porque soy hijo de Fígaro, es decir, soy un resultado suyo, una imitación suya, de modo que si no hubiese habido Fígaro, tampoco habría habido Figarillo: yo soy el último artículo, por decirlo así, la obra póstuma de Larra».


La expresión del sentimiento de deuda con el «maestro» no podría ser más rotunda. Y desde esta consideración de sí mismo como «producto» de Larra, Alberdi recurriría una y otra vez a sus páginas e ideas sobre España para adaptarlas a la propia realidad argentina. Así lo vemos en artículo de primero de agosto de 1838 titulado «Reacción contra el españolismo», donde utiliza las palabras de Fígaro para denunciar la situación de Argentina en aquellos años en los que, paradójicamente, encuentra coincidencias de base con la España del momento. De este modo, la visión de España que se estaba pergeñando en las páginas de La Moda, como también después en las del uruguayo El Iniciador (Ferri/Valero 2013), lejos de ser plana y de reducirse al mero antiespañolismo, ofrece una enriquecedora dualidad que al fin y al cabo muestra la evidencia: que de la ruptura política surgieron ya, en aquellas décadas del 30 y el 40, incipientes puentes de comunicación entre España y América; y que esas relaciones intelectuales fueron posibles por la similitud en problemáticas en el fondo parejas (dentro de las diferencias históricas): el convulso nacimiento de las nuevas repúblicas independientes, y la no menos problemática regeneración que España estaba obligada a protagonizar debido en parte a la pérdida de sus colonias, desde los años de la Emancipación, hasta la conclusión de esta en 1898 (Ferri/Valero 2013).

La Moda tuvo una vida efímera, ya que feneció en abril de 1838, cuando el grupo de escritores sobre el que se asentaba esta publicación pasó a la clandestinidad y después al exilio en Montevideo, con Alberdi a la cabeza. Sin embargo, cuando este se instaló en la ciudad vecina, otro periódico prometía continuar la tarea principiada en Buenos Aires. En efecto, El Iniciador de Montevideo, fundado el 7 de abril de 1838 por Andrés Lamas y Miguel Cañé (íntimo amigo de Alberdi), prosiguió la línea temática -política y social- e ideológica de La Moda, y su objetivo radicó en desarrollar el ideario sociopolítico del pensamiento rioplantense. Entre sus colaboradores, encontramos a los mencionados fundadores, a los que se suman otros nombres como el propio Alberdi, el italiano Gian Batista Cuneo, Juan María Gutiérrez, Félix Frías, Santiago Viola, Juan Cruz Varela y su hermano Florencio, Carlos Tejedor, Esteban Echeverría, Luis Méndez, Miguel Irigoyen, Rafael Corvarán o el joven Bartolomé Mitre, algunos de los cuales habían enviado sus trabajos desde Buenos Aires antes del exilio (Ghirardi 2003: 15-46).

La «Introducción», que lleva fecha de 7 de abril de 1838 (si bien aparece el 15 de abril), en realidad es un editorial en el que se plantearon los objetivos del periódico, y resulta significativo que se anunciara hacia el final que en El Iniciador se publicarían artículos de Larra, celebridad entre la juventud del momento, de quien ya se habían editado en Montevideo dos tomos de artículos en 1838. Así se entiende que en El Iniciador se repitieran los halagos al autor de «Vuelva usted mañana» y a la generación que él representaba. Firmado por la redacción, se publicó el artículo «Fígaro y D. Mariano José de Larra» en que se enarbolan los principios del liberalismo:

«Así cuando en aquella misma nación se alza una bandera que lleva el mote de libertad y progreso nosotros la seguimos inquietos y curiosos; nos gozamos en sus triunfos, lloramos sus contratiempos; rogamos al cielo porque flamee un día en el seno de la paz y la libertad».


(II, 38)                


En cuanto a la creación literaria hay que reseñar la falta de unanimidad a la hora de juzgar la validez de los modelos peninsulares en la producción artística de las nuevas repúblicas americanas:

«Cuando llega hasta nosotros, la firma de algún español ilustre, los ventajosos ensayos que en la literatura empieza a hacer la juventud española desde el albor del nuevo día que amaneció en la tumba de Fernando, aplaudimos y nos gozamos. [...] La joven España, se ha dicho en este papel, es hermana de la joven América».


(II, 39)                


Se alude asimismo a la aparición de las obras de Larra a las que se refería la redacción al final del anterior tomo. El libro del madrileño se dirige a todos los públicos, igual que El Iniciador -repárese en que esta publicación lleva por subtítulo Periódico de todo y para todos-. Se celebra aquí la vena satírica de Fígaro y su compromiso social y político, recalcando que el autor de El doncel de D. Enrique el Doliente había sido educado en los principios literarios franceses, lo que no había sido obstáculo para que este se hubiera convertido en adalid del progreso, de la duda, del escepticismo, y del desgarramiento interno. Y finalmente no se desaprovechó la ocasión de poner el dedo en la llaga para culpar a la España vieja, a la patria rutinera y perezosa de la muerte de su mejor periodista: «La España le mató, madre viuda cuyos padecimientos no pudieron ser indiferentes a un buen hijo que no podía remediarlos» (II, 44).

De vuelta a la «Introducción» de El Iniciador, en esta se define el periódico como «puramente literario y socialista», combativo contra el lastre que supone la ignorancia para el resurgir nacional, pues «un pueblo ignorante no será libre porque no puede serlo» (I, 1). Para asentar esa libertad sobre cimientos sólidos, lo primero que el artículo se plantea como objetivo crucial es la independencia cultural y espiritual respecto de España, una vez concluida la emancipación política, metaforizadas cada una de ellas en la «cadena material» para esta última, y la cadena «invisible», para la otra (la espiritual), no menos penetrante y establecida:

«Dos cadenas nos ligaban a la España: una material, visible, ominosa: otra no menos ominosa, no menos pesada, pero invisible, incorpórea, que como aquellos gases incomprensibles que por su sutileza lo penetran todo, está en nuestra legislación, en nuestras letras, en nuestras costumbres, en nuestros hábitos, y todo lo ata, y a todo le imprime el sello de la esclavitud, y desmiente, nuestra emancipación absoluta».


(I, 1)                


En la misma «Introducción» se advierte de que esta declaración inicial del programa emancipador del periódico no va a ser un mero tema para su desarrollo, sino que se convertirá en eje vertebrador, ya desde estas primeras páginas, pues ocupa la totalidad del artículo. Así pues, se argumenta en esta dirección que la guerra de Emancipación fue «la misión gloriosa de nuestros padres», mientras que «la nuestra» ha de ser ya otra: la conversión de «la personalidad nacional» en «una realidad» (I, 1).

Para ello, se plantea que no habrá más remedio que ocuparse «de producciones extranjeras», que «poco a poco serán reemplazadas por nacionales» (I, 2). Y entre los autores nacionales, ya en este primer artículo, se destaca a uno que curiosamente no es francés, inglés, italiano... sino español: «El célebre Fígaro llenará algunas columnas con sus artículos no publicados en los dos tomos reimpresos en esta capital: pueden servir como de apéndice a esta colección» (I, 2). Es decir, se aclama a quien consideran que es representante y emblema de esa Joven España de la que han comenzado a hablar desde las primeras páginas del periódico.

En este primer número, se dio asimismo a los lectores la traducción española de «Golpe de vista sobre la literatura española», de P. Leroux, y traducido del francés por la redacción de El Iniciador, tal y como se explicita. La visión sobre España en el seno de Europa, en relación con el desarrollo del saber, se formula desde la negación absoluta de su contribución a tal desarrollo. Tratándose de la opinión de un autor francés, no resulta extraño que se utilizaran en el periódico sus ideas para atizar sobre la maltrecha España los rescoldos del antiespañolismo. De hecho, es habitual en estas décadas la utilización por autores hispanoamericanos de voces autorizadas de la vieja Europa para remachar una posición de España en su historia que convenía desde América, con el fin de justificar la necesidad de zafarse de toda influencia de lo español en sus costumbres, cultura y literatura. Leamos en este sentido a Leroux:

«No; ella no ha dado un solo hombre ilustre a ninguna de estas cuatro categorías en que se clasifican y resumen todos los trabajos intelectuales de la Francia, de la Italia, de la Inglaterra y de la Alemania [en referencia a la Escolástica, el Renacimiento, la Reforma, la Filosofía]. ¿Qué hacía España mientras Europa trabajaba en su reforma? [...] ¿Qué hacía cuando Francia e Italia, y aun la Inglaterra y Alemania, restauraban tan gloriosamente la antigüedad? [...] ella no ha contribuido en nada ni ayudado a construir ninguno de los eslabones sobre que se han alzado los tiempos modernos».


(I, 11)                


En lo que atañe a la literatura española, en la misma línea hispanófoba, Leroux señala lo exiguo de su producción, reduciéndola a unos pocos nombres, que, sin embargo, eran algunos de los más grandes autores de la historia literaria universal: «La España ha sido un caballero siempre en guerra, una ciudadela sitiada. [...] ¿De qué se compone en efecto la literatura española? Del poema del Cid, del romancero de Alonso de Ercilla, Cervantes, Lope de Vega...» (I, 13).

El artículo concluye con un fragmento titulado «Sobre la anterior traducción», en el que la voz de El Iniciador reaparece para vincular la visión de España lanzada por Leroux con la situación de una América heredera de la madre «desgarrada»:

«La América es un vasto cementerio: impiedad bárbara es cantar alegrías en medio de las tumbas. -Somos hijos del genio destructor; para tener vida desgarramos el seno materno: y bien ¿nos detendremos como el insensato a contemplar las ruinas, cuando el lamento de la Patria nos llama al trabajo, a la producción de todo lo que nos falta? No, no por Dios, si no queremos contrariar el destino de la Patria».


(I, 16)                


Es decir, ante la evidencia de una realidad «ruinosa», estos intelectuales, como si de los regeneracionistas del fin de siglo peninsular se tratara, asumían la necesidad de oponer el trabajo a las lacras del pasado para fundar la patria. En esta dirección, no deja de ser llamativo que, para cerrar el artículo de Leroux (tan crítico con España, su historia, su literatura y su cultura) en este fragmento final se dé un giro a esta visión, y se concluya aclamando a la otra España, como nueva hermana y amiga, cifrando esa hermandad en la identificación de situación y destino: «La España joven, es nuestra mejor amiga, es nuestra hermana; pues que nuestra misión es idéntica a la suya. La ofrecemos una mano de amigo, y un corazón de hermano. Firmado E» (I, 16).

Esta dualidad en la proyección de España que El Iniciador construye, alcanza su cénit en el artículo «¿Qué nos hace la España?» (n.º 6, 1 de julio de 1838). El ataque a la vieja España es abordado aquí desde un punto de vista irónico: España resulta «tan culta, tan libre, tan avanzada, tan ilustrada», que «no puede tener una idea, una ley, una institución, una costumbre, una tradición que no sea de progreso y libertad» (I, 121). A renglón seguido se formula el problema de la relación con la América emancipada, pues España, «después de habernos gobernado por la autoridad, hoy nos gobierna por su espíritu»; es decir, que el tutelaje cultural se seguía sintiendo de forma actuante, y así se seguiría percibiendo a lo largo de todo el siglo XIX. Es más, se hace notar en muchas páginas del periódico uruguayo la prevalencia del gusto español incluso en la arquitectura de los nuevos teatros. Al tratar, por ejemplo, sobre el edificio del nuevo Teatro de la Victoria, a Figarillo le parece que es todo él del gusto español. Y no solo la mole sino también las propias representaciones que allí se podían ver, como la del Angelo de Hugo, objeto de reseña, se ejecutan igual que se hubiera hecho en España (I, 200). Pero la España a la que se alude, como se ha dicho, no es uniforme: «Dos son los grados de Cervantes, y por tanto de España: Don Quijote, el uno; Sancho, el otro» (I, 200). El primero corresponde, según Figarillo, al pasado y el segundo al presente. Se sorprende Alberdi de que la obra de Victor Hugo hubiera sido entendida por parte del público, lo que le lleva a sentenciar un tanto a la ligera lo siguiente: «El corazón americano es todavía demasiado inmaduro y tierno para comprender los misterios del corazón europeo» (I, 200). Pero los autores dramáticos españoles de mayor nombradla tales como Moratín, Bretón y Martínez de la Rosa, son valorados muy por debajo de los grandes románticos europeos Schiller, Goethe, Hugo. En otra reseña teatral, la correspondiente a la representación en Buenos Aires el 10 de junio de 1838 de Carlos o el Infortunio, de Luis Méndez, se alude claramente a la emancipación americana y a la regeneración social:

«Algo más que separarnos de la Corona de Castilla tuvo en vista el heroico pensamiento que concibió en mayo de 1810 la Independencia americana. Su concepción era más grande, más generosa. Se trataba nada menos que de operar la metamorfosis de todo un pueblo: de fundir los gastados elementos de una sociedad gótica, desvirtuada, esclava, para construir una sociedad joven, republicana, ilustrada».


(I, 209)                


Se recalca de la misma forma la visión de España en el artículo de Alberdi ya citado «Reacción contra el españolismo» (n.º 8, 1 de agosto de 1838), tomado de La Moda, tal y como se indica en nota al pie. En él, Alberdi utilizó las palabras de Larra para denunciar la situación de Argentina que, paradójicamente, venía a coincidir desde su punto de vista con la España del momento, de modo que las palabras de Fígaro podían aplicarse perfectamente a la historia de su propia nación. Españoles y argentinos venían a hermanarse así en el sufrimiento provocado por una historia compartida. Las siguientes líneas son definitivas para comprender la consideración de España, el sentimiento de filiación dentro de la necesaria emancipación, y el reconocimiento a la parte renovada de la misma:

«No es una cosa tan agradable atacar las costumbres de nuestros mismos padres, de nuestros mismos amigos, de nosotros mismos; pero si en estas consideraciones se hubiesen detenido los que comenzaron la revolución americana, tampoco seríamos hoy independientes y republicanos. Muchos de nosotros tenemos padres españoles cuya memoria veneramos. Tratamos españoles dignos, que nos llenan de honor con su amistad. Frecuentamos escritores a quienes debemos más de una idea. Pero todo esto no nos estorba el conocer que el mayor obstáculo al progreso del nuevo régimen, es el cúmulo de fragmentos que quedan todavía del viejo».


(I, 183)                


Nuevamente, esta «reacción contra el españolismo» concluye con otra vuelta de la mirada hacia la España joven, para justificar con mayor rotundidad la crítica:

«¿Y no es la España misma la que proclama hoy todas estas verdades, la que se agita por arrojar su antigua condición, por dejar de ser lo que era, por transformarse en otra nación nueva y diferente? ¡La misma España persigue a la España; y se nos hace un delito a nosotros de que la persigamos! La joven España, la hermana nuestra, porque venimos de un mismo siglo, se burla de la España vieja, la madrastra nuestra: ¿y nosotros no tenemos el derecho de burlarla?».


(I, 183)                


La apelación a la joven España y la reivindicación de la savia nueva que esta produce vuelve a manifestarse en la contundencia crítica que los intelectuales rioplatenses emplearon en la alabanza de su máximo representante, Larra, a través de la cita extensa entresacada del artículo «Jardines públicos»3, utilizada por Alberdi en «Reacción contra el españolismo»:

«Solamente el tiempo, dice Larra, las instituciones, el olvido completo de nuestras costumbres antiguas -esas que nosotros también queremos y debemos olvidar-, "pueden variar nuestro obscuro carácter. ¡Qué tiene esto de particular en un país, en que le ha formado tal una larga sucesión de siglos en que se creía que el hombre vivía para hacer penitencia! ¡Qué, después de tantos años de gobierno inquisitorial! Después de tan larga esclavitud es difícil saber ser libre. Deseamos serlo, lo repetimos a cada momento; sin embargo, lo seremos de derecho mucho tiempo antes de que reine en nuestras costumbres, en nuestras ideas, en nuestro modo de ver y de vivir la verdadera libertad. Y las costumbres no se varían en un día, desgraciadamente, ni con un decreto; y más desgraciadamente aún, un pueblo no es verdaderamente libre, mientras que la libertad no está arraigada en sus costumbres, o identificada con ellas"».


(Fígaro, «Jardines públicos»)
(I, 183)
               


Se exponen los argumentos a favor de una literatura nacional cuya materia prima proceda de los hábitos y usos americanos en el artículo «Costumbres», en que se airea la idea muy manida en la prensa americana del momento de que no hay patria sin costumbres:

«Luego que la lucha de nuestra emancipación peninsular fue coronada, nuestra patria no debió escribir el orden nuevo que quería abrazar en las páginas de una constitución escrita, sino en la vida consuetudinal de la nación. La libertad como el despotismo vive en las costumbres [...] La libertad inglesa existe en sus costumbres. La esclavitud española existe en sus costumbres [...] Quien dice costumbres dice ideas, creencias, habitudes, usos».


(I, 253)                


Por la misma senda, al extractar la redacción de El Iniciador. Un año en España de Didier, esta hizo hincapié en el estudio de las costumbres, motivo principal del nuevo ideario romántico europeo, bajo cuyo manto se halla la verdadera esencia de hechos y tipos:

«Estudiar la España y su revolución: mostrarla sin lisonja ni encono: relatar algunos hechos: hacer algunas observaciones que sirvan de guía al andar el largo camino que separa a Fernando VII de Mendizábal, tal es lo que se propone el autor refiriendo lo que ha visto y oído, estudiando el fondo de las cosas y buscando más arriba de las formas políticas la vida social que estas ocultan o disfrazan: estudiando sobre todo las costumbres, porque ellas ponen en transparencia a los hombres, y sin el conocimiento de estos no pueden entenderse los acontecimientos».


(I, 235)                


Cuando esta década de los treinta llegaba a su fin, también El Iniciador acogió en sus páginas la asociación entre el movimiento literario romántico y el ideario independentista. Sarmiento, en su Facundo, resumió, ya en 1845, todas aquellas ideas que la Nueva generación argentina había ido aireando en la prensa:

«Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía, para despertarse (porque la poesía es como el sentimiento religioso, una facultad del espíritu humano), necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal».


(2007: 33)                


Una naturaleza diferente, un espacio geográfico distinto, engendran costumbres nuevas y todas ellas -naturaleza y costumbres- son las protagonistas del nacimiento de lo nuevo también en literatura. ¿Cómo se desarrolla esta idea en El Iniciador? En el n.º 2 de primeros de mayo de 1838 encontramos un artículo curiosamente titulado «¿Quiénes escriben El Iniciador? Diálogo sobre alguna cosa». Se trata efectivamente de un diálogo entre varios personajes que debaten sobre la pertinencia, o no, de conocer a los autores de los artículos (pues la mayoría de estos son firmados únicamente con iniciales); o si es suficiente con conocer los escritos para emitir un juicio sobre el periódico. Interesa una de las respuestas para el tema que nos ocupa. Un personaje interviene en el sentido de la necesidad de conocer a los autores, porque de lo contrario sería como robar «a la Patria los frutos preciosos de la primavera para presentarle las hojas secas del otoño», «y la sociedad será lo que la literatura en manos de los CLASICISTAS4: un eterno pleonasmo; una eterna iniciación; una abnegación completa de progreso; una deserción del porvenir...» (I, 32).

Contra ese «clasicismo» se posicionó El Iniciador5, de forma muy clara, cuando en el n.º 3, de 5 de mayo de 1838, el artículo titulado «Literatura» no sólo lanzaba un ideario transido de los discursos principales de la Independencia, desde la «Carta a los españoles de América» (escrita en la última década del siglo XVIII) de Juan Pablo Viscardo, hasta la «Carta de Jamaica» (1815) y el «Discurso de Angostura» (1819) de Simón Bolívar: «Nos hallamos en una época de acción, de trabajo: un campo inculto nos legaron nuestros padres, ellos pelearon, destruyeron; a nosotros nos toca alzar el edificio, levantar el templo de nuestras adoraciones y creencias» (I, 49); sino que al mismo tiempo el artículo se construye como manifiesto sobre el Romanticismo como corriente literaria idónea para las necesidades del nuevo tiempo latinoamericano y su independencia:

«No ha mucho tiempo que la Europa sostenía una lucha encarnizada; la invasión de una literatura toda nueva, hostil y atrevida, se presentó con rostro descubierto a combatir corporalmente las reglas, los gustos formados por ellas, y los colonos que dirijían (sic) los destinos literarios del mundo. La insurrección levantó su estandarte y las generaciones jóvenes corrieron a combatir con él y por él Los nombres de clásicos y románticos, vinieron a ser la divisa de los combatientes; estos peleaban por la libertad absoluta del arte, aquellos defendían la rutina, las formas iniciadas por Aristóteles...».


(I, 49)                


A continuación ensalza a sus protagonistas europeos:

«Fácil es concebir que una escuela que levantaba el estandarte de la regeneración, que peleaba denodadamente por romper las cadenas del genio tendría secuaces, fuertes como la juventud, santos como la libertad. Byron, Hugo, Chateaubriant, Hoffman, Novalis, Pellico, Grossi fueron apóstoles de la nueva doctrina»


(I, 49)                


Y más adelante desarrolla las ideas románticas, que venían a coincidir con las necesidades de la independencia latinoamericana, desde el plano global de lo que el surgimiento del Romanticismo significó: «Se ventilaban grandes intereses sociales en esta lucha: la insurrección romántica invocaba los nombres de patria, religión, libertad; los clásicos, los de obediencia, respeto, autoridad» (I, 49), hasta llegar al planteamiento específicamente americano:

«Nosotros concebimos que la literatura en una nación joven es uno de los más eficaces elementos de que puede valerse la educación pública. [...] Para nosotros su definición debe ser más social, más útil, más del caso, será el retrato de la individualidad nacional. [...]

Pensamos que las Repúblicas Americanas, bijas del sable y del movimiento progresivo de la inteligencia democrática del mundo, necesitan una literatura fuerte y varonil, como la política que las gobierna, y los brazos que las sostienen. [...] nosotros, digo, no debernos ocuparnos de esa literatura de lo bello, que para los antiguos era todo, sino como uno de los accesorios que puede dar más valor a la obra. Ante todo la verdad, la justicia, la mejora de nuestra pobre condición humana, en fin, todo o que, aun sacrificando la perfección nos dé un progreso moral e intelectual. La obra que no llene esta doble misión, si no es del todo mala, es cuando menos importuna.

[...] nos falta todo: somos hijos desheredados de una madre cuyo seno ha sido desgarrado por nuestras propias manos. El patrimonio de la patria es ilusorio; a sus hijos les toca realizarlo. Tal es nuestra misión.

Ya veis pues, que ante todo, nuestra literatura debe ser caracterizada por rasgos verdaderamente nacionales. Debe contener la expresión de nuestra vida; sin esta, será un plagio, una ficción de más, y nos presentaremos al mundo como los viles, que toman la fisonomía de todos, y no se parecen a ninguno».


(I, 51)                


En el artículo «Figarillo en Montevideo» se enuncian asimismo los elementos constitutivos del concepto de nación, así como los diferentes lazos que atan a las antiguas colonias con la que fue su metrópoli:

«El cómo, el porqué atiéndelo cada nación, tú lo sabes [se dirige a su interlocutor poético] se compone de un cierto número de elementos, que ordinariamente se reducen al Estado, el Arte, la Industria, la Filosofía, la Religión. Así estaba compuesta la civilización cuyos funerales fueron anunciados por la campana de mayo. Pero mayo no vio morir todos esos elementos de la antigua sociedad, sino uno solo, el primero, el elemento político. Mayo solo derrocó la España política; quedan, pues, en pie la España literaria (que es la que hoy se trata de enterrar), la España industrial, la España civil, la España filosófica (que por fortuna no es necesario derrocar porque no se sabe lo que es España filosófica). Hasta tanto que todos esos elementos de la vieja sociedad española no hayan sido derrocados uno a uno en el suelo argentino; hasta tanto que cada uno de ellos no haya sufrido su 25 de mayo, no podemos decir que hemos hecho una revolución americana, porque una revolución americana no podrá ser sino el triunfo del americanismo, es decir, de los elementos propios de la civilización americana, sobre el españolismo, es decir sobre los elementos añejos y exóticos de la civilización española».


(II, 52-53)                


Corona lo dicho arriba la afirmación de que «pasó la guerra política, ahora estamos en la literaria» (II, 53). Tales ideas expuestas en El Iniciador, planteadas anteriormente por Echeverría en Los Consuelos, y reformuladas por Sarmiento en Facundo, evidencian la profunda preocupación de la intelectualidad rioplatense por esta problemática, que se desarrollaría a lo largo del siglo XIX como un proceso que, tras cuatro siglos de colonización, no podía ser sino progresivo y duradero en el tiempo. Los mismos argumentos fueron desmenuzados en un editorial encabezado por el sugestivo título de «Porvenir», que constituye de suyo una apretada arenga a la juventud de una «nación joven»:

«Puros y ardientes espíritus, hombres de corazón y de conciencia, en quienes el amor reboza, y sobre la fe, se lanzan a un mundo nuevo, joven y Heno de esperanza como ellos. No temáis, dadles su puesto. Es una generación que trae la experiencia de los años [...] Si nuestros padres en su edad destronaron al déspota, a la juventud compete levantar el altar del triunfo. Si nuestros padres fueron grandes en las batallas a la juventud toca la grandeza en la paz».


(I, 186)                


Y también en otras páginas del periódico, como en el artículo «A la juventud», firmado por D. y L.:

«La joven generación que se levanta proclamando los santos principios de Libertad, Igualdad, Asociación, promete sin duda a la Patria su completa y gloriosa rehabilitación ¿Cuál es en efecto la influencia que han ejercido sobre los destinos de la América española la luz nueva del siglo en que vivimos? Busco la libertad en mi patria y nada más encuentro que una palabra República [...] El nacimiento es solo el germen de la vida, no la vida misma».


(I, 248)6                


A la hora de hacer balance de la nueva publicación, en el broche del primer tomo, la redacción de El Iniciador quiso recordar a sus suscriptores las ideas fundamentales que se habían ido desarrollando en las páginas precedentes, al tiempo que agradecen la buena acogida que ha tenido el periódico:

«Una publicación principiada en medio de la tormenta que bate a nuestra sociedad sin más objeto que proclamar el progreso social, prescindiendo de todo lo que se pasa en el día. [...] Las sociedades americanas, tan conmovidas en su superficie, ofrecen un corazón virgen y lleno de vida, parecidas a aquellos seres que por las circunstancias que se ven arrastrados al laberinto de las pasiones, y que conservan ileso el profundo sentimiento de la paz, del amor. Poned los ojos en los enormes resortes de prosperidad nacional que diariamente se tocan entre nosotros y aquella verdad nacerá por sí sola. Examinad la vida íntima y secreta de esta sociedad y hallaréis que aún palpita plenamente. Lanzad una voz que afecte esos sentimientos, y encontraréis un eco de amistad, de amor; y tenemos la ilusión de haberlo conseguido por nuestra parte. [...] Quisimos mostrar a la patria que sus jóvenes hijos no son indignos de la misión a que están destinados; que las nuevas inteligencias no se han adormecido con el letargo general7, y que es un holocausto lo que la nueva generación hace a la que le dio una patria, una individualidad libre e independiente».


(I, 271)                


Remato con palabras de Esteban Echeverría, quien, en una conocida polémica con Alcalá Galiano8, perseveró en la reivindicación de Larra y de Espronceda como líderes de la Nueva generación y representantes de los nuevos valores románticos que El Iniciador quiso divulgar en América:

«[...] No nos hallamos dispuestos a adoptar su consejo, ni a imitar imitaciones, ni a buscar en España ni en nada español el principio engendrador de nuestra literatura, que la España no tiene, ni puede darnos; porque, como la América, "vaga desatentada y sin guía, no acertando a ser lo que fue y sin acertar a ser nada diferente". [...]

Sea cual fuere la opinión del señor Galiano, las únicas notabilidades verdaderamente progresistas que columbramos nosotros en la literatura contemporánea de su país, son Larra y Espronceda; porque ambos aspiraban a lo nuevo y original, en pensamiento y en forma. [...]

Sin embargo, la América, obligada por su situación a fraternizar con todos los pueblos, necesitando del auxilio de todos, simpatiza profundamente con la España progresista, y desearía verla cuanto antes en estado de poder recibir de ella en el orden de las ideas, la influencia benefactora que ya recibe por el comercio y por el mutuo cambio de sus productos industriales».


(I, 97, 98, 107)                







Bibliografía

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  • ECHEVERRÍA, Esteban (1846): «Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual ocurrido en el Plata desde el año 37», en Dogma socialista y otras páginas políticas, Montevideo: Imprenta de El Nacional.
  • FERRI COLL, José María (2011): «Las ilustraciones de El Artista y la idea de lo romántico de la década de 1830». Literatura ilustrada decimonónica. 57 perspectivas, Santander: Universidad de Cantabria, pp. 243-250.
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