El movimiento romántico español e hispanoamericano en «El iniciador» de Montevideo1
José María Ferri Coll
Vale la pena adelantar esta historia al momento en que apareció el periódico La Moda en 1837 en Buenos Aires, dirigido por Juan Bautista Alberdi. La nueva publicación se erigió en tribuna de expresión de la denominada Joven generación argentina, que se había congregado en torno a la figura de Esteban Echeverría. El objetivo fue muy claro desde los primeros números: la difusión de las ideas en boga en Europa. España habría quedado fuera del circuito de esas ideas que se quisieron difundir en Argentina, pues se orillaron los valores y costumbres arcaicas de la antigua metrópoli con el fin de propiciar el renacimiento de las nuevas formas de vida que tal generación de intelectuales pretendía. En la vieja «madre patria», cuya estela se pretendía borrar, habían surgido otras voces, críticas con la propia nación, que serían consideradas desde América como la «Joven España»
, formada por intelectuales encabezados por Larra (Valero 2011; Martino 2013; Ferri 2015) o Espronceda -cuya Canción del pirata reprodujo El Iniciador2 en su primera entrega haciendo lo propio que la romántica revista madrileña El Artista-, que serían los autores más aclamados desde «la otra orilla». Fundamentalmente, la influencia de Larra, que se había suicidado pocos meses antes de que La Moda comenzara su andadura, en febrero de 1837, no se dejó esperar. Así, una de las plumas más conocidas y reconocidas de La Moda, Juan Bautista Alberdi, firmó sus artículos con el pseudónimo de Figarillo, proceder, como apunta Eduardo Segovia Guerrero, que de suyo ya constituye un verdadero homenaje al romántico español. La encontramos en el n.º 4 de La Moda, con fecha de diciembre de 1837:
La expresión del sentimiento de deuda con el «maestro» no podría ser más rotunda. Y desde esta consideración de sí mismo como «producto» de Larra, Alberdi recurriría una y otra vez a sus páginas e ideas sobre España para adaptarlas a la propia realidad argentina. Así lo vemos en artículo de primero de agosto de 1838 titulado «Reacción contra el españolismo», donde utiliza las palabras de Fígaro para denunciar la situación de Argentina en aquellos años en los que, paradójicamente, encuentra coincidencias de base con la España del momento. De este modo, la visión de España que se estaba pergeñando en las páginas de La Moda, como también después en las del uruguayo El Iniciador (Ferri/Valero 2013), lejos de ser plana y de reducirse al mero antiespañolismo, ofrece una enriquecedora dualidad que al fin y al cabo muestra la evidencia: que de la ruptura política surgieron ya, en aquellas décadas del 30 y el 40, incipientes puentes de comunicación entre España y América; y que esas relaciones intelectuales fueron posibles por la similitud en problemáticas en el fondo parejas (dentro de las diferencias históricas): el convulso nacimiento de las nuevas repúblicas independientes, y la no menos problemática regeneración que España estaba obligada a protagonizar debido en parte a la pérdida de sus colonias, desde los años de la Emancipación, hasta la conclusión de esta en 1898 (Ferri/Valero 2013).
La Moda tuvo una vida efímera, ya que feneció en abril de 1838, cuando el grupo de escritores sobre el que se asentaba esta publicación pasó a la clandestinidad y después al exilio en Montevideo, con Alberdi a la cabeza. Sin embargo, cuando este se instaló en la ciudad vecina, otro periódico prometía continuar la tarea principiada en Buenos Aires. En efecto, El Iniciador de Montevideo, fundado el 7 de abril de 1838 por Andrés Lamas y Miguel Cañé (íntimo amigo de Alberdi), prosiguió la línea temática -política y social- e ideológica de La Moda, y su objetivo radicó en desarrollar el ideario sociopolítico del pensamiento rioplantense. Entre sus colaboradores, encontramos a los mencionados fundadores, a los que se suman otros nombres como el propio Alberdi, el italiano Gian Batista Cuneo, Juan María Gutiérrez, Félix Frías, Santiago Viola, Juan Cruz Varela y su hermano Florencio, Carlos Tejedor, Esteban Echeverría, Luis Méndez, Miguel Irigoyen, Rafael Corvarán o el joven Bartolomé Mitre, algunos de los cuales habían enviado sus trabajos desde Buenos Aires antes del exilio (Ghirardi 2003: 15-46).
La «Introducción», que lleva fecha de 7 de abril de 1838 (si bien aparece el 15 de abril), en realidad es un editorial en el que se plantearon los objetivos del periódico, y resulta significativo que se anunciara hacia el final que en El Iniciador se publicarían artículos de Larra, celebridad entre la juventud del momento, de quien ya se habían editado en Montevideo dos tomos de artículos en 1838. Así se entiende que en El Iniciador se repitieran los halagos al autor de «Vuelva usted mañana» y a la generación que él representaba. Firmado por la redacción, se publicó el artículo «Fígaro y D. Mariano José de Larra» en que se enarbolan los principios del liberalismo:
| (II, 38) | ||
En cuanto a la creación literaria hay que reseñar la falta de unanimidad a la hora de juzgar la validez de los modelos peninsulares en la producción artística de las nuevas repúblicas americanas:
| (II, 39) | ||
Se alude asimismo a la aparición de las obras de Larra a las que se refería la redacción al final del anterior tomo. El libro del madrileño se dirige a todos los públicos, igual que El Iniciador -repárese en que esta publicación lleva por subtítulo Periódico de todo y para todos-. Se celebra aquí la vena satírica de Fígaro y su compromiso social y político, recalcando que el autor de El doncel de D. Enrique el Doliente había sido educado en los principios literarios franceses, lo que no había sido obstáculo para que este se hubiera convertido en adalid del progreso, de la duda, del escepticismo, y del desgarramiento interno. Y finalmente no se desaprovechó la ocasión de poner el dedo en la llaga para culpar a la España vieja, a la patria rutinera y perezosa de la muerte de su mejor periodista: «La España le mató, madre viuda cuyos padecimientos no pudieron ser indiferentes a un buen hijo que no podía remediarlos»
(II, 44).
De vuelta a la «Introducción» de El Iniciador, en esta se define el periódico como «puramente literario y socialista», combativo contra el lastre que supone la ignorancia para el resurgir nacional, pues «un pueblo ignorante no será libre porque no puede serlo»
(I, 1). Para asentar esa libertad sobre cimientos sólidos, lo primero que el artículo se plantea como objetivo crucial es la independencia cultural y espiritual respecto de España, una vez concluida la emancipación política, metaforizadas cada una de ellas en la «cadena material»
para esta última, y la cadena «invisible»
, para la otra (la espiritual), no menos penetrante y establecida:
| (I, 1) | ||
En la misma «Introducción» se advierte de que esta declaración inicial del programa emancipador del periódico no va a ser un mero tema para su desarrollo, sino que se convertirá en eje vertebrador, ya desde estas primeras páginas, pues ocupa la totalidad del artículo. Así pues, se argumenta en esta dirección que la guerra de Emancipación fue «la misión gloriosa de nuestros padres»
, mientras que «la nuestra»
ha de ser ya otra: la conversión de «la personalidad nacional»
en «una realidad»
(I, 1).
Para ello, se plantea que no habrá más remedio que ocuparse «de producciones extranjeras»
, que «poco a poco serán reemplazadas por nacionales»
(I, 2). Y entre los autores nacionales, ya en este primer artículo, se destaca a uno que curiosamente no es francés, inglés, italiano... sino español: «El célebre Fígaro llenará algunas columnas con sus artículos no publicados en los dos tomos reimpresos en esta capital: pueden servir como de apéndice a esta colección»
(I, 2). Es decir, se aclama a quien consideran que es representante y emblema de esa Joven España de la que han comenzado a hablar desde las primeras páginas del periódico.
En este primer número, se dio asimismo a los lectores la traducción española de «Golpe de vista sobre la literatura española», de P. Leroux, y traducido del francés por la redacción de El Iniciador, tal y como se explicita. La visión sobre España en el seno de Europa, en relación con el desarrollo del saber, se formula desde la negación absoluta de su contribución a tal desarrollo. Tratándose de la opinión de un autor francés, no resulta extraño que se utilizaran en el periódico sus ideas para atizar sobre la maltrecha España los rescoldos del antiespañolismo. De hecho, es habitual en estas décadas la utilización por autores hispanoamericanos de voces autorizadas de la vieja Europa para remachar una posición de España en su historia que convenía desde América, con el fin de justificar la necesidad de zafarse de toda influencia de lo español en sus costumbres, cultura y literatura. Leamos en este sentido a Leroux:
| (I, 11) | ||
En lo que atañe a la literatura española, en la misma línea hispanófoba, Leroux señala lo exiguo de su producción, reduciéndola a unos pocos nombres, que, sin embargo, eran algunos de los más grandes autores de la historia literaria universal: «La España ha sido un caballero siempre en guerra, una ciudadela sitiada. [...] ¿De qué se compone en efecto la literatura española? Del poema del Cid, del romancero de Alonso de Ercilla, Cervantes, Lope de Vega...»
(I, 13).
El artículo concluye con un fragmento titulado «Sobre la anterior traducción», en el que la voz de El Iniciador reaparece para vincular la visión de España lanzada por Leroux con la situación de una América heredera de la madre «desgarrada»:
| (I, 16) | ||
Es decir, ante la evidencia de una realidad «ruinosa», estos intelectuales, como si de los regeneracionistas del fin de siglo peninsular se tratara, asumían la necesidad de oponer el trabajo a las lacras del pasado para fundar la patria. En esta dirección, no deja de ser llamativo que, para cerrar el artículo de Leroux (tan crítico con España, su historia, su literatura y su cultura) en este fragmento final se dé un giro a esta visión, y se concluya aclamando a la otra España, como nueva hermana y amiga, cifrando esa hermandad en la identificación de situación y destino: «La España joven, es nuestra mejor amiga, es nuestra hermana; pues que nuestra misión es idéntica a la suya. La ofrecemos una mano de amigo, y un corazón de hermano. Firmado E»
(I, 16).
Esta dualidad en la proyección de España que El Iniciador construye, alcanza su cénit en el artículo «¿Qué nos hace la España?» (n.º 6, 1 de julio de 1838). El ataque a la vieja España es abordado aquí desde un punto de vista irónico: España resulta «tan culta, tan libre, tan avanzada, tan ilustrada»
, que «no puede tener una idea, una ley, una institución, una costumbre, una tradición que no sea de progreso y libertad»
(I, 121). A renglón seguido se formula el problema de la relación con la América emancipada, pues España, «después de habernos gobernado por la autoridad, hoy nos gobierna por su espíritu»
; es decir, que el tutelaje cultural se seguía sintiendo de forma actuante, y así se seguiría percibiendo a lo largo de todo el siglo XIX. Es más, se hace notar en muchas páginas del periódico uruguayo la prevalencia del gusto español incluso en la arquitectura de los nuevos teatros. Al tratar, por ejemplo, sobre el edificio del nuevo Teatro de la Victoria, a Figarillo le parece que es todo él del gusto español. Y no solo la mole sino también las propias representaciones que allí se podían ver, como la del Angelo de Hugo, objeto de reseña, se ejecutan igual que se hubiera hecho en España (I, 200). Pero la España a la que se alude, como se ha dicho, no es uniforme: «Dos son los grados de Cervantes, y por tanto de España: Don Quijote, el uno; Sancho, el otro»
(I, 200). El primero corresponde, según Figarillo, al pasado y el segundo al presente. Se sorprende Alberdi de que la obra de Victor Hugo hubiera sido entendida por parte del público, lo que le lleva a sentenciar un tanto a la ligera lo siguiente: «El corazón americano es todavía demasiado inmaduro y tierno para comprender los misterios del corazón europeo»
(I, 200). Pero los autores dramáticos españoles de mayor nombradla tales como Moratín, Bretón y Martínez de la Rosa, son valorados muy por debajo de los grandes románticos europeos Schiller, Goethe, Hugo. En otra reseña teatral, la correspondiente a la representación en Buenos Aires el 10 de junio de 1838 de Carlos o el Infortunio, de Luis Méndez, se alude claramente a la emancipación americana y a la regeneración social:
| (I, 209) | ||
Se recalca de la misma forma la visión de España en el artículo de Alberdi ya citado «Reacción contra el españolismo» (n.º 8, 1 de agosto de 1838), tomado de La Moda, tal y como se indica en nota al pie. En él, Alberdi utilizó las palabras de Larra para denunciar la situación de Argentina que, paradójicamente, venía a coincidir desde su punto de vista con la España del momento, de modo que las palabras de Fígaro podían aplicarse perfectamente a la historia de su propia nación. Españoles y argentinos venían a hermanarse así en el sufrimiento provocado por una historia compartida. Las siguientes líneas son definitivas para comprender la consideración de España, el sentimiento de filiación dentro de la necesaria emancipación, y el reconocimiento a la parte renovada de la misma:
| (I, 183) | ||
Nuevamente, esta «reacción contra el españolismo» concluye con otra vuelta de la mirada hacia la España joven, para justificar con mayor rotundidad la crítica:
| (I, 183) | ||
La apelación a la joven España y la reivindicación de la savia nueva que esta produce vuelve a manifestarse en la contundencia crítica que los intelectuales rioplatenses emplearon en la alabanza de su máximo representante, Larra, a través de la cita extensa entresacada del artículo «Jardines públicos»3, utilizada por Alberdi en «Reacción contra el españolismo»:
| (Fígaro, «Jardines públicos») (I, 183) | ||
Se exponen los argumentos a favor de una literatura nacional cuya materia prima proceda de los hábitos y usos americanos en el artículo «Costumbres», en que se airea la idea muy manida en la prensa americana del momento de que no hay patria sin costumbres:
| (I, 253) | ||
Por la misma senda, al extractar la redacción de El Iniciador. Un año en España de Didier, esta hizo hincapié en el estudio de las costumbres, motivo principal del nuevo ideario romántico europeo, bajo cuyo manto se halla la verdadera esencia de hechos y tipos:
| (I, 235) | ||
Cuando esta década de los treinta llegaba a su fin, también El Iniciador acogió en sus páginas la asociación entre el movimiento literario romántico y el ideario independentista. Sarmiento, en su Facundo, resumió, ya en 1845, todas aquellas ideas que la Nueva generación argentina había ido aireando en la prensa:
| (2007: 33) | ||
Una naturaleza diferente, un espacio geográfico distinto, engendran costumbres nuevas y todas ellas -naturaleza y costumbres- son las protagonistas del nacimiento de lo nuevo también en literatura. ¿Cómo se desarrolla esta idea en El Iniciador? En el n.º 2 de primeros de mayo de 1838 encontramos un artículo curiosamente titulado «¿Quiénes escriben El Iniciador? Diálogo sobre alguna cosa». Se trata efectivamente de un diálogo entre varios personajes que debaten sobre la pertinencia, o no, de conocer a los autores de los artículos (pues la mayoría de estos son firmados únicamente con iniciales); o si es suficiente con conocer los escritos para emitir un juicio sobre el periódico. Interesa una de las respuestas para el tema que nos ocupa. Un personaje interviene en el sentido de la necesidad de conocer a los autores, porque de lo contrario sería como robar «a la Patria los frutos preciosos de la primavera para presentarle las hojas secas del otoño»
, «y la sociedad será lo que la literatura en manos de los CLASICISTAS4: un eterno pleonasmo; una eterna iniciación; una abnegación completa de progreso; una deserción del porvenir...»
(I, 32).
Contra ese «clasicismo» se posicionó El Iniciador5, de forma muy clara, cuando en el n.º 3, de 5 de mayo de 1838, el artículo titulado «Literatura» no sólo lanzaba un ideario transido de los discursos principales de la Independencia, desde la «Carta a los españoles de América» (escrita en la última década del siglo XVIII) de Juan Pablo Viscardo, hasta la «Carta de Jamaica» (1815) y el «Discurso de Angostura» (1819) de Simón Bolívar: «Nos hallamos en una época de acción, de trabajo: un campo inculto nos legaron nuestros padres, ellos pelearon, destruyeron; a nosotros nos toca alzar el edificio, levantar el templo de nuestras adoraciones y creencias»
(I, 49); sino que al mismo tiempo el artículo se construye como manifiesto sobre el Romanticismo como corriente literaria idónea para las necesidades del nuevo tiempo latinoamericano y su independencia:
| (I, 49) | ||
A continuación ensalza a sus protagonistas europeos:
| (I, 49) | ||
Y más adelante desarrolla las ideas románticas, que venían a coincidir con las necesidades de la independencia latinoamericana, desde el plano global de lo que el surgimiento del Romanticismo significó: «Se ventilaban grandes intereses sociales en esta lucha: la insurrección romántica invocaba los nombres de patria, religión, libertad; los clásicos, los de obediencia, respeto, autoridad»
(I, 49), hasta llegar al planteamiento específicamente americano:
| (I, 51) | ||
En el artículo «Figarillo en Montevideo» se enuncian asimismo los elementos constitutivos del concepto de nación, así como los diferentes lazos que atan a las antiguas colonias con la que fue su metrópoli:
| (II, 52-53) | ||
Corona lo dicho arriba la afirmación de que «pasó la guerra política, ahora estamos en la literaria»
(II, 53). Tales ideas expuestas en El Iniciador, planteadas anteriormente por Echeverría en Los Consuelos, y reformuladas por Sarmiento en Facundo, evidencian la profunda preocupación de la intelectualidad rioplatense por esta problemática, que se desarrollaría a lo largo del siglo XIX como un proceso que, tras cuatro siglos de colonización, no podía ser sino progresivo y duradero en el tiempo. Los mismos argumentos fueron desmenuzados en un editorial encabezado por el sugestivo título de «Porvenir», que constituye de suyo una apretada arenga a la juventud de una «nación joven»:
| (I, 186) | ||
Y también en otras páginas del periódico, como en el artículo «A la juventud», firmado por D. y L.:
| (I, 248)6 | ||
A la hora de hacer balance de la nueva publicación, en el broche del primer tomo, la redacción de El Iniciador quiso recordar a sus suscriptores las ideas fundamentales que se habían ido desarrollando en las páginas precedentes, al tiempo que agradecen la buena acogida que ha tenido el periódico:
«Una publicación principiada en medio de la tormenta que bate a nuestra sociedad sin más objeto que proclamar el progreso social, prescindiendo de todo lo que se pasa en el día. [...] Las sociedades americanas, tan conmovidas en su superficie, ofrecen un corazón virgen y lleno de vida, parecidas a aquellos seres que por las circunstancias que se ven arrastrados al laberinto de las pasiones, y que conservan ileso el profundo sentimiento de la paz, del amor. Poned los ojos en los enormes resortes de prosperidad nacional que diariamente se tocan entre nosotros y aquella verdad nacerá por sí sola. Examinad la vida íntima y secreta de esta sociedad y hallaréis que aún palpita plenamente. Lanzad una voz que afecte esos sentimientos, y encontraréis un eco de amistad, de amor; y tenemos la ilusión de haberlo conseguido por nuestra parte. [...] Quisimos mostrar a la patria que sus jóvenes hijos no son indignos de la misión a que están destinados; que las nuevas inteligencias no se han adormecido con el letargo general7, y que es un holocausto lo que la nueva generación hace a la que le dio una patria, una individualidad libre e independiente». |
| (I, 271) | ||
Remato con palabras de Esteban Echeverría, quien, en una conocida polémica con Alcalá Galiano8, perseveró en la reivindicación de Larra y de Espronceda como líderes de la Nueva generación y representantes de los nuevos valores románticos que El Iniciador quiso divulgar en América:
| (I, 97, 98, 107) | ||
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