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«¡Qué odioso, qué soez, qué repugnante es el pueblo!» (Galdós: 1992, 57). Esta expresión como otras a lo largo del relato «Yo no nací para pobre, yo no puedo ser pobre» (Galdós: 1992, 337) resume la verdadera naturaleza de Isidora Rufete, que la incapacita para la vida ordinaria y la precipita por su fantasía desbordada hacia el abismo de la degradación.

 

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Reproducimos el comienzo del primer capítulo de la segunda parte, titulado significativamente «Efemérides» porque evidencia los cambios de perspectivas de que hablamos más arriba y a través de Miquis aporta la clave para que pueda continuar la narración: «La República, el Cantonalismo, el golpe de Estado del 3 de enero, la Restauración, tantas formas políticas, sucediéndose con rapidez, como las páginas de un manual de Historia recorridas por el fastidio, pasaron sin que llegara a nosotros noticia ni referencia alguna de los hijos de Tomás Rufete. Pero Dios quiso que una desgraciada circunstancia (trocándose en feliz para el efecto de la composición del libro) juntase los cabos del hilo roto, permitiendo al narrador seguir adelante. Aconteció que por circunstancia de Augusto Miquis, doctorcillo flamante, que en los primeros pasos de su carrera daba a conocer su gran disposición y altísimo porvenir. Enfermo y médico charlaban de diversas cosas. Un día, cuando ya había iniciado la convalecencia, recayó la conversación en los sucesos referidos a la Primera parte, y Miquis, para quien no podía haber un tema más gustosos, habló largamente de Isidora, diciendo, entre otras cosas, lo siguiente:

-Está ahora esa mujer..., vamos.... está guapísima, encantadora. Parece que ha crecido un poco, que ha engrosado otro poco y que ha ganado considerablemente en gracia, en belleza, en expresión. Se me figura que será una mujer célebre. Vive en la misma casa donde se instaló hace dos años, al final de la calle de Hortaleza. Ha tenido un hijo» (Galdós: 1992, 255-6).

 

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En otro momento sobre este mismo aspecto Galdós describe con todo lujo de detalles las cábalas calculadoras del proyecto empresarial de Juan Bou: «¡Qué iniciativa la suya! Fue el primero que imaginó hacer en gran escala las cenefas con que adornan las cocineras los vasares. Antes que él nadie había hecho el siguiente cálculo: Hay en Madrid 92188 viviendas, que son 92188 cocinas o lo que es lo mismo, 92188 cocineras. Suponiendo que haya 70000 que renueven el papel tan solo una vez al mes, poniendo solo tres tiras, resultan 210000 tiras a cuarto. La resma de 1000 tiras se vende a tres duros. Las 210 resmas hacen, pues, 630 duros mensuales. Ensayó, y bien pronto las cacharrerías todas de Madrid expendían papel picado, que, en comparación del antiguo, era un modelo de elegancia, pues tenía figuras de majas, toreros y tipos populares» (293).

 

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Los dos personajes mantienen perspectivas radicalmente distintas de manera que parecen claramente propuestas con una función contrastiva. Isidora odia y siente repugnancia ante el discurso político populachero de Bou y este por su parte apela continuamente a la revolución para acabar con las «sanguijuelas del pueblo, con los verdugos del pobre» (Galdós: 1992, 354).