El novecentismo como aventura intelectual. En torno a un libro de Guillermo Díaz-Plaja
Laureano Bonet
El novecentismo, modelado teóricamente por Eugenio d'Ors es, a buen seguro, uno de nuestros ciclos culturales que ofrecen más juego interpretativo, dada su deslumbrante riqueza literaria e ideológica. De ahí que el último libro de Guillermo Díaz-Plaja, Estructura y sentido del novecentismo español1, encierre curiosas noticias de todo orden, agudas interpretaciones y textos de notable valor documental. Sin duda la presente obra, según iremos viendo, encierra diversos riesgos -no del todo superados-, fruto alguno de ellos del carácter excesivamente didáctico de sus páginas y de parte de los principios doctrinarios en que se asienta el autor. Pero una síntesis de tal naturaleza posee siempre indudable utilidad, una capacidad integradora de escritores y trasfondos culturales que la convierten en valiosísimo instrumento de trabajo y, a la vez, en imago mundi de un momento de intensa fermentación histórica como fue la primera veintena de nuestro siglo.
Según avisa Díaz-Plaja, Estructura y sentido del novecentismo español aspira a «perfilar críticamente un enclave cultural español -hispánico e hispanoamericano- que se extiende entre la liquidación del noventayochismo-modernismo y la eclosión poética»
de la generación de 1927. Nos hallamos así ante un paréntesis de cuatro lustros protagonizados por escritores que suplantan (y, a la vez, se enfrentan) a los seniors noventayochistas. Ese contraste generacional fue advertido ya por Azorín a la altura de 1912 al indicar que «otra generación se inicia en 1910 [...]. Representa este grupo literario un paso hacia adelante sobre el de 1898. Si en el de 1898 hay un espíritu de renovación y de independencia -un espíritu iconoclasta y creador al mismo tiempo-, en el de 1910 este espíritu se plasma y encierra en métodos más científicos, en normas más estudiadas, reflexivas y modernas. Lo que antes era libertad bravía, ahora es libertad sistemática y científica. Han estudiado más estos jóvenes de ahora; han disciplinado su espíritu; han estudiado en el extranjero; han practicado más idiomas y literaturas; se han formulado, en suma, el problema de España en términos más precisos, claros, lógicos e ideales. Hemos dicho en términos más lógicos, y eso es, en resumen, lo que caracteriza a la nueva generación: un mayor sentido de la lógica»
.
Esta cita -tan generosa- sirve de platina para la justificación teórica y el posterior desarrollo conceptual del libro de Díaz-Plaja, al lado de diversos ideogramas, todos ellos fundamentales, de Ortega y Eugeni d'Ors. En efecto, nuestro autor se apoyará constantemente (y de modo certero) en esas premisas azorinianas de perfil cronológico, diferenciación de dos comportamientos estético-vitales tan dispares cual fueron el noventayochismo y el novecentismo, y plasmación fisonómica, por último, de rasgos tales como el cientifismo, la reflexión, la modernidad, el cosmopolitismo, la disciplina mental y una concepción casi litúrgica del orden que tipificarán a la nueva hornada de literatos que alcanzaron su madurez por los años veinte. Rasgos fisonómicos que, en el ámbito de la literatura castellana, se repiten una y otra vez en figuras de muy diversa entidad del nivel de Juan Ramón Jiménez, Mauricio Bacarisse, León Felipe, Claudio de la Torre, Rafael Sánchez Mazas, Ramón de Basterra, Juan José Domenchina, Max Aub y Benjamín Jarnés.
Por otra parte -y según ya hemos apuntado-, Guillermo Díaz-Plaja hilvana su libro mediante un instrumental metodológico propio de teóricos tan decisivos para el novecentismo de la talla de Ortega y d'Ors, aunque sin olvidarse de de otras pistas documentales como las ofrecidas por Rafael Cansinos Assens y Guillermo de Torre. Así el concepto dorsiano de arbitrarismo es crucial, a juicio de Díaz-Plaja, en el desarrollo de una práctica literaria que, por novecentista, intenta desligar al escritor de sus modelos y, en segundo lugar, pretende congelar toda fusión entre autor y obra, por considerar esta mezcla una «enfermedad» romántica que es preciso rehuir. Al mismo tiempo recoge nuestro estudioso diversos conceptos de Ortega que, sin duda, tipifican, y acaso nutren estéticamente a los nuevos escritores; entre ellos su defensa del cosmopolitismo intelectual, el planteamiento de un arte -véanse algunas páginas de El espectador- «donde todo fuera inventado; un arte tan tumultuario y dinámico que desplazara la realidad»
, y en el que la farsa regocijada diluye cualquier contaminación sentimental, política o moral, de dicho arte, al igual que tiempo atrás, y con quiebros entre irónicos y cínicos, había establecido Oscar Wilde en sus Intentions. Diríase, en suma, que el perenne monólogo novecentista estuvo centrado en esas palabras dorsianas vertidas en La Ben Plantada: «No cantes nada, no exaltes nada, no mezcles nada. Define, cuenta, mide»
. Abstracción suprema, profundo trueque del poema (Juan Ramón Jiménez) o la novela (Benjamín Jarnés) en operación aritmética, en esencia pura, libre de cortezas demasiado carnales...
Uno de los máximos alicientes de la obra de Díaz-Plaja es su vivaz captación de la atmósfera que rodeó, en forma de bullicio costumbrista, a la sociedad española enmarcada entre los fogonazos de la Primera Guerra Europea (que con ademán parásito tan hábilmente aprovechará nuestro capitalismo) y los iniciales toques a generala de la dictadura primorriverista. Los párrafos que Díaz-Plaja dedica a ese ambiente colectivo encierran un sinfín de datos no por minúsculos menos útiles para el lector de 1976; un Madrid alegre y desenvuelto con brillos acharolados de botines, burbujas de champán, quemazones de whisky, estilizadas siluetas de cocottes fumando cigarrillos egipcios frente a sus clientes de gesto ostentoso -recordemos el dibujo de Juan Gris Amor cosmopolita- y, como música de fondo, el repiqueteo del foxtrot y el ritmo erótico del tango en los nuevos dancings... Detritos de muy diversos naufragios, según señala acertadamente el autor, que arriban a nuestros puertos a resultas de la guerra europea y que, con una explosiva mezcla de refinamiento aristocrático, miseria prostibularia y cinismo burgués, hallamos en los relatos (insuperables por ser síntoma de un talante colectivo aún poco analizado) de Hoyos y Vinent, López de Haro, García Sanchiz, Pedro Mata, Alberto Insúa y el Caballero Audaz.
Porción relevante de Estructura y sentido del novecentismo es la constituida por lo que Díaz-Plaja llama el «ángulo de inflexión»
en los años veinte de algunos escritores maduros como Baroja, Azorín, Valle-Inclán, Antonio Machado y Pérez de Ayala. Quizá algunas de las conclusiones a que llega el autor pequen, a ese respecto, de cierta rigidez por su afán en encajar desarrollos literarios e ideológicos muy individualizados, exclusivos de cada uno de estos escritores con los más genuinos esquemas novecentistas (distanciamiento irónico, frigidez intelectiva, tensión retórica y tratamiento objetual de la obra literaria). En el caso de Baroja, por ejemplo, es algo temerario plantear de manera tajante el tránsito de la abulia a la acción: creo que no hay tal corte, sino una difícil coexistencia en novelas otoñales -tan espléndidas- del empaque de El gran torbellino del mundo, Las veleidades de la fortuna y Los amores tardíos. Tampoco, por por otro lado, cabe hablar de una entera ruptura de estas Agonías respecto a la anterior obra novelesca de Baroja: sí, al contrario, de una mayor precisión narrativa, un dominio de la elipsis más logrado que, a la postre, confiere superior dinamismo y frialdad al relato. ¿Crecimiento desde unas raíces ahondadas en el joven Baroja? ¿Contagios novecentistas? Me inclinaría personalmente hacia la tesis inicial.
Supone, a su vez, cierto peligro (de no entenderse la terminología en clave metafórica) enjuiciar el distanciamiento sarcástico del Valle-Inclán ya esperpéntico mediante un instrumental ideológico extraído de la estética dorsiana, situada en las antípodas de la feroz crítica social y, a la postre, política que subyace en el interior de El ruedo ibérico... Aquí radica, a mi juicio, el vacío más ostensible de Estructura y sentido del novecentismo español: no haber conseguido alejarse críticamente su autor -o, al menos, aislarse desde una esquina conceptual- del pensamiento dorsiano, con el pesado sedimento de elitismo político y esteticismo aristocrático que entraña este último y que, vale insistir, casa mal con el revolucionarismo disgregador inserto en La corte de los milagros y Viva mi dueño2.
Aristocraticismo y vocación de élite, en fin, que impregna parte del novecentismo y explica el fenómeno de que en un tiempo relativamente corto -espoleado además por las crecientes tensiones sociales- perdiese todo contacto con la colectividad envolvente y se desintegrase por culpa de su puritanismo estético, según reconoce Díaz-Plaja al afirmar que, con los años veinte, «la exigencia de pureza va a hacer paulatinamente irrespirable la atmósfera. La retórica ha llegado a un cierto callejón sin salida. El camino nuevo está en los ismos de subversión estética»
. Resulta significativo observar, dicho sea de paso, que en Cataluña (y bajo unos contextos lingüísticos y sociales distintos a los del ámbito castellano) Josep Pla facilita una inestimable crónica de la descomposición del noucentisme en sus Fragments d'una autobiografia al transcribir el diálogo que sostuvo en la Barcelona de 1925 con Josep Maria de Sagarra, Carles Soldevila e Ignasi Armengou en torno a la hostilidad dorsiana hacia la «literatura de la gent»
y el afán, entre las nuevas promociones de escritores, por hallar un punto medio entre el hermetismo novecentista y el lenguaje cotidiano, única vía para que la literatura deje de ser un ejercicio lleno de exquisiteces y participe -como elemento decisivo-, en la búsqueda, por parte de un pueblo, de su identidad cultural3.
* Versión revisada por el autor en 2026.