Escena III
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ARGAN y
BERALDO.
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BERALDO.- Ante todo, te ruego que me oigas con
calma y sin que se te vaya el santo al cielo.
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ARGAN.- Conforme.
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BERALDO.- Que respondas acorde y sin
exaltación a mis palabras.
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ARGAN.- Sí.
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BERALDO.- Y que discurras sin apasionamiento
sobre el asunto que vamos a tratar.
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ARGAN.- Sí; pero basta ya de
preámbulo.
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BERALDO.- ¿Cómo es que teniendo
una buena fortuna y una sola hija -porque la otra es aún muy
pequeña- quieres encerrarla en un convento?
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ARGAN.- Porque, siendo yo el cabeza de familia,
puedo hacer con ella lo que me dé la gana.
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BERALDO.- ¿Y no obedecerá
más bien a deseos de tu mujer? ¿No es ella la que te
aconseja que te separes de tus hijas? Claro está que ella lo
hace con la mejor intención y con el deseo de que sean dos
excelentes religiosas.
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ARGAN.- ¡Ya apareció aquello! Ya
salió a relucir esa pobre mujer, a la que no puede ver nadie
y a la que se culpa de todo.
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BERALDO.- No es eso. No hablemos más de
ella; ella es una mujer bonísima, animada de las mejores
intenciones para los tuyos, llena de desinterés, que te ama
tiernamente y que ha demostrado un afecto inconcebible hacia tus
hijos; todo eso es exacto. No hablemos más de ella, y
volvamos a tratar de tu hija. ¿Cuál es tu
intención al desear casarla con el hijo de un
médico?
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ARGAN.- Tener el yerno que necesito.
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BERALDO.- Pero eso a ella no le conviene, sobre
todo presentándosele un partido mucho más
ventajoso.
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ARGAN.- Para mí el más ventajoso
es éste.
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BERALDO.- ¿Pero el marido es para ella o
para ti?
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ARGAN.- Para los dos; quiero tener en la familia
las personas que me son necesarias.
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BERALDO.- Según eso, si Luisa fuera
mayor, la casarías con un farmacéutico.
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ARGAN.- ¿Y por qué no?
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BERALDO.- ¿Pero es posible que te
emperres en vivir zarandeado por médicos y boticarios y que
quieras estar enfermo en contra de la opinión de todos y de
tu misma naturaleza?
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ARGAN.- ¿Qué me quieres decir con
eso?
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BERALDO.- Quiero decirte que no conozco hombre
más sano que tú y que no quisiera más que
tener una constitución como la tuya. La prueba más
palpable de lo bueno que estás y de que tienes un organismo
perfectamente sano es que, a pesar de todo lo que has hecho, no has
conseguido quebrantar lo saludable de tu naturaleza ni has
reventado con tanta medicina.
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ARGAN.- ¡Gracias a ellas vivo, querido
hermano! Y mil veces me ha repetido el señor Purgon que soy
hombre muerto con que deje de atenderme nada más de tres
días.
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BERALDO.- Pues si no pones coto, tanto te
atenderá que te enviará al otro mundo.
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ARGAN.- Seamos razonables, hermano mío...
¿Tú no crees en la medicina?
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BERALDO.- No. Ni veo la necesidad de creer en
ella para estar sano.
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ARGAN.- ¡Cómo!... ¿Tú
no tienes por verdadera una cosa establecida en todo el mundo y
sancionada por los siglos?
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BERALDO.- Lejos de creerla verdadera, te
diré que la considero como una de las más desatinadas
locuras que cultivan los hombres. Y si estudiamos la
cuestión desde un punto de vista filosófico, creo que
no hay farsa más ridícula que la de un hombre que se
empeña en curar a otro.
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ARGAN.- ¿Y por qué no ha de poder
un hombre curar a otro?
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BERALDO.- Por la sencilla razón de que,
hasta el presente, los resortes de nuestra máquina son un
misterio en el que los hombres no ven gota; el velo que la
naturaleza ha puesto ante nuestros ojos es demasiado tupido para
que podamos penetrarlo.
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ARGAN.- Según eso, los médicos no
saben nada.
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BERALDO.- Sí, saben; saben lo más
florido de las humanidades; saben hablar lucidamente en
latín; saben decir en griego el nombre de todas las
enfermedades, su definición y clasificación...; de lo
único que no saben una palabra es de curar.
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ARGAN.- Pero estarás conforme, al menos,
en que de esta materia los médicos saben más que
nosotros.
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BERALDO.- Saben lo que acabo de decirte, que
maldito si sirve para nada. Todas las excelencias de ese arte se
reducen a un pomposo galimatías y a una engañosa
locuacidad que da palabras por razones y promesas por hechos.
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ARGAN.- Pues hay personas tan hábiles y
cultas como tú que cuando se encuentran mal llaman a un
médico.
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BERALDO.- Síntoma de la flaqueza humana,
no de la efectividad de ese arte.
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ARGAN.- Pero los médicos no tienen
más remedio que creer en él, puesto que lo emplean en
ellos mismos.
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BERALDO.- Es que entre ellos los hay que
participan de ese mismo error popular del cual se aprovechan, y los
hay también que, sin creer en él, lo explotan. Tu
señor Purgon, por ejemplo, es un hombre poco agudo: un
médico de pies a cabeza, que cree en las reglas de su arte
más que en las demostraciones matemáticas y que no
admite discusión sobre ellas. Para él, la medicina no
tiene punto oscuro, ni dudoso, ni complicado; impetuoso en sus
apreciaciones, con una confianza inquebrantable y una brutalidad
falta de sentido común y de raciocinio, suministra purgantes
y sangrías a troche y moche, sin que haya nada que le
detenga... Haga lo que haga, él no imagina que pueda
perjudicarte nunca; con la mejor buena fe del mundo te manda al
cementerio y, al matarte, no hace ni más ni menos que lo que
hizo con su mujer y con sus hijos, y lo que, llegado el caso,
haría consigo mismo.
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ARGAN.- Le tienes malquerencia al señor
Purgon; pero tú dirás qué es lo que debe hacer
uno cuando está enfermo.
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BERALDO.- Nada.
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ARGAN.- ¿Nada?
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BERALDO.- Nada... Guardar reposo y dejar que la
misma naturaleza, paulatinamente, se desembarace de los trastornos
que la han prendido. Nuestra inquietud, nuestra impaciencia, es lo
que echa todo a perder; y puede decirse que la mayoría de
las criaturas mueren de los remedios que les han suministrado y no
de las enfermedades.
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ARGAN.- Convendrás en que hay una
porción de cosas que pueden ayudar a la naturaleza.
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BERALDO.- Ideas en las que nos agrada
refugiarnos. En todas las épocas han germinado entre los
hombres una cantidad de fantasías en las que todo el mundo
ha creído porque eran halagüeñas, y lo lastimoso
es que no fueran ciertas. Cuando un médico habla de ayudar,
de socorrer, de aliviar a la naturaleza; cuando dice de quitarle lo
que le sobra o de suministrarle lo que le falta; de restablecer la
facilidad de sus funciones; de limpiar la sangre; de atemperar las
entrañas y el cerebro; de reducir el bazo, normalizar el
pecho, reparar el hígado, fortificar el corazón;
restablecer y conservar el calor natural...; de secretos, en fin,
para prolongar la vida, no hace precisamente más que narrar
la novela de la medicina. Dentro de la verdad y de la experiencia,
no encontramos comprobación ninguna; es como esos
sueños deliciosos que no dejan al despertar más que
la tristeza de haber creído en ellos.
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ARGAN.- En resumen: toda la ciencia de este
mundo está encerrada en tu mollera, y tú sabes
más que todos los grandes médicos de nuestro
siglo.
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BERALDO.- Tus grandes médicos tienen dos
personalidades: si los oyes hablar, son la gente más lista
del mundo; pero si los ves hacer, no hay hombres más
ignorantes que ellos.
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ARGAN.- ¡Ya, ya! Veo que eres
doctísimo; pero celebraría que se hallara presente
alguno de esos señores para que rebatiera tus
razonamientos.
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BERALDO.- Yo no me dedico a combatir la
medicina. Buenas o malas, cada uno tiene sus ideas, y cuanto te he
dicho ha sido en el seno de la intimidad y con el propósito
de sacarte de tu error. Ahora, para distraerte, te llevaría
a ver una comedia de Molière
precisamente sobre este tema.
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ARGAN.- ¡Valiente impertinente está
el tal Molière!... ¡Me
parece de muy mal gusto hacer chacota de gente tan respetable como
los médicos!
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BERALDO.- No es de los médicos, sino de
lo ridículo de la medicina.
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ARGAN.- ¿Y quién le manda a
él inspeccionar la medicina! Es una necedad y una
inconveniencia burlarse de las visitas y de las prescripciones y
elegir un cuerpo de personas tan venerables para sacarle a
escena.
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BERALDO.- ¿Qué ha de sacar
más que las diversas profesiones del hombre? ¿No
sacan diariamente a reyes y princesas, que han nacido en tan buenos
pañales como los médicos?
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ARGAN.- ¡Por vida del diablo, que si yo
fuera médico me vengaría de su impertinencia
dejándole morir sin auxilios cuando estuviera malo!
¡Aunque lo pidiera por Dios, no le recetaría la
más leve sangría ni el más ligero purgante!
«¡Revienta ahí, y aprende a no burlarte de la
Facultad!», le diría yo.
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BERALDO.- ¿Tan indignado estás con
él?
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ARGAN.- Sí, porque es un imprudente; y si
los médicos procedieran con cordura, harían lo que yo
he dicho.
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BERALDO.- Él será más
cuerdo que los médicos, porque no los llamará
nunca.
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ARGAN.- Peor para él, si se priva de sus
remedios y recursos.
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BERALDO.- Tiene sus razones para hacerlo, porque
él sostiene que sólo las personas muy vigorosas y
robustas pueden resistir a un tiempo los remedios y la enfermedad.
Por su parte, él no tiene aguantes más que para
soportar la enfermedad.
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ARGAN.- ¡Vaya una razón
estúpida! No hablemos más de ese individuo, porque se
me irrita la bilis y acabaré teniendo un ataque.
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BERALDO.- Pues cambiemos de
conversación... Respecto a lo de tu hija, no está
bien que por un ligero altercado tomes una resolución tan
violenta como la de encerrarla en un convento. Al elegirles un
marido no debemos obedecer ciegamente al mandato de nuestros
prejuicios; debemos conceder algo a la inclinación de
nuestras hijas, puesto que de eso depende la felicidad de una
unión que ha de durar toda la vida.
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Escena V
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ARGAN,
BERALDO, PURGON y ANTONIA.
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PURGON.- Abajo, en el mismo portal, acaban de
comunicarme muy sabrosas nuevas. Me han dicho que hay aquí
quien se burla de mis prescripciones y que se han dejado de tomar
los remedios que yo había ordenado.
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ARGAN.- Señor, es que...
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PURGON.- ¡Hay mayor atrevimiento y
más extraña rebeldía que la del enfermo contra
su médico!
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ANTONIA.- ¡Eso es espantoso!
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PURGON.- ¡Una ayuda que yo mismo me
había tomado el trabajo de preparar!
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ARGAN.- ¡Yo no he sido!
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PURGON.- Formulada y manipulada con todas las
reglas del arte.
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ANTONIA.- ¡Ha hecho muy mal!
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PURGON.- Y que debía producir un efecto
maravilloso en el intestino.
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ARGAN.- Mi hermano...
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PURGON.- ¡Rechazada
despreciativamente!
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ARGAN.- Ha sido él.
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PURGON.- ¡Es un proceder deleznable!
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ANTONIA.- ¡Claro que sí!
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PURGON.- ¡Un terrible atentado a la
medicina!
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ARGAN.- Es que...
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PURGON.- ¡Un crimen de lesa Facultad para
el que no hay castigo bastante!
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ANTONIA.- Tenéis razón.
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PURGON.- Desde ahora mismo quedan rotas nuestras
relaciones.
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ARGAN.- ¡Si ha sido mi hermano!
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PURGON.- No quiero más trato con vos.
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ANTONIA.- Haréis divinamente.
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PURGON.- Y para que no quede lazo alguno entre
nosotros, ved lo que hago con la donación que hacía a
mi sobrino, deseoso de favorecer el proyectado matrimonio.
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ARGAN.- Ha sido mi hermano el causante de
todo.
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PURGON.- ¡Despreciar mi lavativa!
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ARGAN.- ¡Que vengan a ponérmela
ahora mismo!
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PURGON.- Ya estarías bueno.
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ANTONIA.- Lo merece.
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PURGON.- Os hubiera dejado limpio,
haciéndoos evacuar por completo todos los malos humores.
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ARGAN.- ¡Ay, hermano mío!
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PURGON.- Nada más que con una docena de
medicina os hubiera hecho vaciar totalmente el saco.
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ANTONIA.- Es indigno de vuestra
atención.
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PURGON.- Pero puesto que no queréis que
os cure...
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ARGAN.- ¡Yo no he tenido la culpa!
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PURGON.- Puesto que os habéis
sustraído a la obediencia que el enfermo debe a su
médico...
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ANTONIA.- Eso pide venganza.
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PURGON.- Puesto que os habéis declarado
en rebeldía contra mi tratamiento...
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ARGAN.- ¡De ningún modo!
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PURGON.- Vengo a declararos que os abandono a
vuestra pobre constitución, a la intemperancia de vuestras
entrañas, a la corrupción de vuestra sangre, a la
acidez de vuestra bilis y a vuestros humores.
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ANTONIA.- ¡Muy bien hecho!
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ARGAN.- ¡Dios mío!
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PURGON.- ¡Antes de cuatro días
habréis llegado a una situación incurable!
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ARGAN.- ¡Misericordia!
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PURGON.- ¡Caeréis en la
bradipepsia!
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ARGAN.-
(Suplicante.) ¡Señor
Purgon!
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PURGON.- De la bradipepsia, en la dispepsia.
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ARGAN.- ¡Señor Purgon!
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PURGON.- De la dispepsia, en la enteritis.
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ARGAN.- ¡Señor Purgon!
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PURGON.- De la enteritis, en la
disentería.
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ARGAN.- ¡Señor Purgon!
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PURGON.- De la disentería, en la
hidropesía.
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ARGAN.- ¡Señor Purgon!
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PURGON.- De la hidropesía, en la
extinción de la vida, a lo que os habrá conducido
vuestra locura.
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(Sale.)
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Escena X
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ANTONIA, de
médico; ARGAN y
BERALDO.
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ANTONIA.- Perdonadme, señor.
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ARGAN.- ¡Es admirable!
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ANTONIA.- No juzguéis mal de mi
curiosidad por ver a un enfermo tan ilustre como vos. Vuestra
reputación, que se extiende por todas partes, excusa la
libertad que me he tomado.
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ARGAN.- Servidor vuestro, señor
mío.
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ANTONIA.- Veo que me observáis muy
atentamente. ¿Qué edad creéis que tengo?
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ARGAN.- Todo lo más veintiséis o
veintisiete años.
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ANTONIA.- ¡Ja, ja, ja, ja! Tengo noventa
años.
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ARGAN.- ¿Noventa años?
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ANTONIA.- Sí, señor. Los secretos
de mi arte han conservado de este modo mi lozanía y mi
vigor.
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ARGAN.- ¡Por vida de!... ¡Vaya un
jovencito de noventa años!
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ANTONIA.- Soy médico ambulante, que va de
pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, buscando materiales para sus
estudios: enfermos dignos de ocupar mi atención y de emplear
en ellos los grandes secretos de la medicina, descubiertos por
mí. Tengo a menos distraerme en menudencias, en enfermedades
vulgares, en bagatelas como reumatismos, fluxiones, fiebres,
vapores y jaquecas... Yo busco enfermedades verdaderamente
importantes: grandes fiebres continuas, con trastornos cerebrales;
buenos tabardillos, grandes pestes, hidropesías ya formadas,
pleuresías con inflamación de pecho...; ésas
son las enfermedades que a mí me gustan y en las que
triunfo. Ojalá tuviereis vos, señor, todas estas
enfermedades que acabo de nombraros y os hallarais abandonado de
todos los médicos, desahuciado, en la agonía, para
poderos demostrar las excelencias de mis remedios y el placer que
experimentaría siéndoos útil.
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ARGAN.- Os agradezco en extremo vuestras
bondades.
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ANTONIA.- Dadme la mano... ¿Quién
es vuestro médico?
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ARGAN.- El señor Purgon.
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ANTONIA.- En mis anotaciones sobre las
eminencias médicas no figura ese nombre. Según
él, ¿qué enfermedad tenéis?
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ARGAN.- Él dice que es el hígado;
pero otros afirman que el bazo.
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ANTONIA.- Son unos ignorantes. Vuestro
padecimiento está en el pulmón.
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ARGAN.- Justamente, el pulmón.
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ANTONIA.- Sí. ¿Qué es lo
que sentís?
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ARGAN.- De cuando en cuando, dolor de
cabeza.
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ANTONIA.- Justamente, el pulmón.
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ARGAN.- Con frecuencia se me figura que tengo un
velo ante los ojos.
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ANTONIA.- El pulmón.
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ARGAN.- A veces noto un desfallecimiento de
corazón.
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ANTONIA.- El pulmón.
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ARGAN.- Y una laxitud en todo el cuerpo.
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ANTONIA.- El pulmón.
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ARGAN.- También suelen darme dolores en
el vientre, como si tuviera cólico.
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ANTONIA.- El pulmón...
¿Coméis con apetito?
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|
ARGAN.- Sí, señor.
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ANTONIA.- El pulmón. ¿Os agrada
beber un poco de vino?
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|
ARGAN.- Sí, señor.
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ANTONIA.- El pulmón.
¿Sentís cierto sopor después de la comida y os
dormís dulcemente?
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|
ARGAN.- Sí, señor.
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ANTONIA.- El pulmón y nada más que
el pulmón; estoy seguro. ¿Qué plan de
alimentación os habían puesto?
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ARGAN.- Potajes.
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ANTONIA.- ¡Ignorantes!
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ARGAN.- Caza.
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|
ANTONIA.- ¡Ignorantes!
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ARGAN.- Ternera.
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ANTONIA.- ¡Ignorantes!
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ARGAN.- Caldos.
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ANTONIA.- ¡Ignorantes!
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ARGAN.- Huevos frescos.
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ANTONIA.- ¡Ignorantes!
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ARGAN.- Y por la noche, ciruelas para aligerar
el vientre.
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ANTONIA.- ¡Ignorantes!
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ARGAN.- Y, sobre todo, beber el vino muy
aguado.
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ANTONIA.- ¡Ignorantus, ignoranta, ignorantum! El
vino se debe beber puro; y para espesar la sangre, que la
tenéis muy líquida, es preciso comer buey viejo,
cerdo cebado, queso de Holanda, harina de arroz y de avena,
castañas y obleas para aglutinar... Vuestro médico es
un animal. Yo os enviaré un discípulo mío, y
yo mismo vendré de cuando en cuando a veros, mientras
esté aquí.
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ARGAN.- ¡Cuánto os lo
agradeceré!
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ANTONIA.- ¿Qué demonios
hacéis con ese brazo?
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ARGAN.- ¿Cuál?
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ANTONIA.- Si yo estuviera en vuestro pellejo,
ahora mismo me haría cortar ese brazo.
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ARGAN.- ¿Por qué?
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ANTONIA.- ¿No estáis viendo que se
lleva para sí todo el alimento y no deja que se nutra el
otro?
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ARGAN.- Sí, pero este brazo me hace
falta...
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ANTONIA.- También si estuviera en vuestro
caso me haría saltar el ojo derecho.
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ARGAN.- ¿Saltarme un ojo?
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ANTONIA.- ¿ No os dais cuenta de que
perjudica al otro y le roba su alimento? Creedme: que os lo salten
lo antes posible y veréis mucho más claro con el ojo
izquierdo.
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|
ARGAN.- No corre prisa.
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ANTONIA.- Adiós, siento teneros que dejar
tan pronto, pero debo asistir a una consulta interesantísima
que tenemos ahora sobre un hombre que murió ayer.
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|
ARGAN.- ¿Sobre un hombre que murió
ayer?
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|
ANTONIA.- Sí. Vamos a estudiar qué
es lo que se debía haber hecho para curarlo. Hasta la
vista.
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(Sale.)
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BERALDO.- Parece muy inteligente este
médico.
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|
ARGAN.- Demasiado radical.
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|
BERALDO.- Todos los grandes médicos son
así.
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ARGAN.- ¡Eso de cortarme un brazo y de
saltarme un ojo para que el otro vea mejor!... Prefiero que sigan
como están. ¡Bonito remedio, dejarme manco y
tuerto!
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Escena XI
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ANTONIA,
ARGAN y BERALDO.
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|
ANTONIA.- (Dentro.)
¡Vaya, vaya, que no estoy para bromas! ¡Para
serviros!...
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|
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(Entra.)
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ARGAN.- ¿Qué era eso?
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|
ANTONIA.- Vuestro médico, señor,
que quería a todo trance tomarme el pulso...
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|
ARGAN.- ¡Pero es posible, a los noventa
años!
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|
BERALDO.- Y ahora, querido hermano, puesto que
el señor Purgon ha tarifado contigo, ¿quieres que
hablemos de la colocación de tu hija?
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|
ARGAN.- No. Estoy decidido a meterla en un
convento por haberse opuesto a mi voluntad. Veo claramente que hay
unos amoríos de por medio, y ella no lo sabe, pero he tenido
conocimiento de cierta entrevista secreta...
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|
BERALDO.- ¿Y qué?
¿Qué importa que exista una inclinación si no
ha de conducir a otro fin que al del matrimonio?
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|
ARGAN.- He resuelto que sea religiosa.
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|
BERALDO.- ¿Deseas complacer a
alguien?
|
|
ARGAN.- Ya sé por dónde vas. Como
le tienes ojeriza, crees que es mi mujer...
|
|
BERALDO.- Sí. Y puesto que es mejor
hablar a cara descubierta, te confieso que es a tu mujer a quien
aludo. Tan intolerable como tu obstinación en las
enfermedades es la obcecación que padeces por ella, hasta el
extremo de no ver los lazos que te tiende.
|
|
ANTONIA.- ¡No habléis así de
la señora! Es una mujer de la que nadie puede decir nada:
franca, amante de su esposo...
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|
ARGAN.- Pregúntale si es o no
cariñosa.
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|
ANTONIA.- Cierto.
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|
ARGAN.- El interés que se toma por mi
padecimiento.
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|
ANTONIA.- ¡Seguro!
|
|
ARGAN.- Y los cuidados y trabajos que soporta
por mí.
|
|
ANTONIA.- Es la verdad... (A
BERALDO.)
¿Queréis que os convenza y os haga ver ahora mismo
cómo la señora quiere al señor?
(A ARGAN.)
¿Queréis, señor, que lo desengañemos,
dejándole con tres palmos de narices?
|
|
ARGAN.- ¿Cómo?
|
|
ANTONIA.- La señora volverá dentro
de un instante; tumbaos ahí, haciéndoos el muerto, y
veréis su desolación cuando yo le dé la
noticia.
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|
ARGAN.- Muy bien pensado.
|
|
ANTONIA.- Pero no vayáis a prolongar
mucho tiempo su desesperación, porque podría costarle
la vida.
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|
ARGAN.- Déjame a mí.
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|
ANTONIA.- (A BERALDO.) Escondeos en
ese rincón.
|
|
ARGAN.- ¿Habrá algún
peligro en hacerse el muerto?...
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|
ANTONIA.- Ninguno... Tumbaos ahí.
(Bajo.) Ya veréis cómo
le vamos a dar en la cabeza a vuestro hermano... ¡Ya
está ahí la señora! ¡Que lo
hagáis bien!...
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Escena XII
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BELISA,
ANTONIA, ARGAN y BERALDO.
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|
ANTONIA.-
(Llorando.) ¡Ay, Dios
mío, qué desgracia tan grande!
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|
BELISA.- ¿Qué es eso, Antonia?
|
|
ANTONIA.- ¡Ay, señora!
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BELISA.- ¿Qué pasa?
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|
ANTONIA.- ¡Vuestro esposo ha muerto!
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BELISA.- ¿Mi marido ha muerto?
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ANTONIA.- Sí. El pobre ya es
cadáver.
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BELISA.- ¿Estás segura?
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ANTONIA.- ¡Y tan segura!... Todavía
no conoce nadie el accidente, porque estaba yo sola; ha muerto en
mis brazos... Vedle, vedle difunto.
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BELISA.- ¡Loado sea Dios, y qué
carga más pesada se me quita de encima!... ¿Pero a
qué viene el afligirse de ese modo?
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ANTONIA.- Yo creía que había que
llorar.
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BELISA.- ¡No vale la pena, que no es tan
gran cosa lo que se ha perdido! ¿Quieres decirme para
qué servía este hombre?... Para molestar a todo el
mundo con sus lavativas y sus drogas. Siempre sucio, tosiendo,
estornudando y moqueando a cada instante; agrio, enojoso, de mal
humor y no dejando vivir a nadie ni de día ni de
noche...
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ANTONIA.- ¡Vaya una oración
fúnebre!
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BELISA.- Ahora es preciso que secundes mis
planes, que yo te recompensaré si me ayudas. Puesto que,
afortunadamente, todavía no conoce nadie la noticia, vamos a
llevarle a su cama y a ocultar su muerte hasta que yo haya
terminado lo que me interesa. Hay dinero y papeles de los que
quiero apoderarme, porque creo que es razón que yo los
disfrute, habiéndole sacrificado los mejores años de
mi vida. Ven acá. Primero cojamos las llaves.
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|
ARGAN.- (Incorporándose
bruscamente.) ¡Poco a poco!
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BELISA.- (Llena de
espanto.) ¡Ah!
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ARGAN.- ¿Era ésta vuestra manera
de amar, señora esposa?
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|
ANTONIA.- ¡El difunto está
vivo!
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ARGAN.- (A BELISA, que se marcha.)
Celebro haber conocido vuestra estimación y escuchado el
panegírico que de mí habéis hecho: es una
sabia advertencia que me servirá de enseñanza para el
porvenir.
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BERALDO.- (Saliendo de su
escondite.) ¿Te has convencido?
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ANTONIA.- ¿Quién iba a pensar
esto? Pero aquí llega vuestra hija; volveos a tender y
veamos cómo recibe la noticia de vuestra muerte. Ya que
estáis en ello, conviene continuar la prueba y enteraros de
cómo os quieren en vuestra casa.
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Escena XIV
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CLEONTE,
ANGÉLICA,
ARGAN, ANTONIA y BERALDO.
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CLEONTE.- ¿Qué tenéis,
Angélica? ¿Por qué lloráis?
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ANGÉLICA.- ¡Lloro porque acabo de
perder lo más grande que puede perderse en la vida!
¡Lo más querido! ¡Lloro la muerte de mi
padre!
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CLEONTE.- ¡Qué catástrofe!
¡Qué suceso tan inesperado!... Habiéndole
rogado a vuestro tío que intercediera en mi favor,
venía ahora a presentarme a él para rogarle, con
todos los respetos, que me concediera tu mano.
|
|
ANGÉLICA.- No hablemos más de
nada, Cleonte, y olvidemos toda idea de matrimonio. Después
de esta desgracia, no quiero pertenecer al mundo; renuncio a
él para siempre... ¡Sí, padre querido! Si antes
me resistí a vuestros deseos, quiero seguirlos ahora y
reparar de este modo la pesadumbre que os causé y de la que
ahora me acuso. Aceptad, padre mío, mi promesa y dejad que
os abrace para testimoniaros mi ternura.
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ARGAN.-
(Incorporándose.) ¡Hija
mía!
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ANGÉLICA.-
(Aterrada.) ¡Ah!
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ARGAN.- ¡Ven! ¡No temas! Tú
sí eres mi sangre, mi verdadera hija, cuya bondad me
enorgullece.
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|
ANGÉLICA.- ¡Qué agradable
sorpresa, padre mío! Y ya que, para dicha mía, vuelvo
a veros, dejad que me eche a vuestras plantas y que os suplique
que, si no estáis dispuesto a favorecer los impulsos de mi
corazón, si no queréis darme a Cleonte por esposo, al
menos, os lo ruego, no me obliguéis a casarme con otro. Es
la única gracia que os pido.
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|
CLEONTE.- (Echándose a los
pies de ARGAN.) Dejaos
enternecer, señor, por sus ruegos y por los míos, y
no queráis contrariar los transportes de nuestra mutua
inclinación.
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|
BERALDO.- ¿Te opondrás
aún?
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|
ANTONIA.- ¿Permaneceréis
insensible a tanto amor?
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ARGAN.- Que se haga médico y
consentiré en el matrimonio. Haceos médico y os
entrego mi hija.
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CLEONTE.- Con mucho gusto, señor. Si es
ésa la condición para llegar a ser vuestro yerno, yo
me haré médico, y boticario también, si os
agrada. ¡Qué no haría yo por lograr a mi
Angélica!
|
|
BERALDO.- Se me ocurre una cosa, hermano.
¿Por qué no te haces médico tú
también? Esa sería la mejor solución, porque
entonces lo tendrías todo en tu mano.
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|
ANTONIA.- Es verdad. Ése sería el
mejor medio de curaros; no hay enfermedad tan osada que se atreva a
jugársela a un médico.
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|
ARGAN.- ¿Os burláis de mí?
¿Estoy yo en edad de ponerme a estudiar?
|
|
BERALDO.- ¿Estudiar? La mayoría de
los médicos no saben lo que tú.
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|
ARGAN.- ¿Y el latín? ¿Y el
conocimiento de las enfermedades y de su medicación?
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BERALDO.- En el instante de vestir los manteos y
calarte el birrete te lo sabes todo.
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ARGAN.- ¿Pero con sólo vestir los
hábitos se sabe medicina?
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BERALDO.- ¡Claro!... Con una toga y un
bonete, todo charlatán resulta muy sabio, y los mayores
desatinos se admiten como cosa razonable.
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|
ANTONIA.- Además, con esas barbas ya
tenéis la mitad del camino ganado; unas buenas barbas hacen
a un médico.
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|
CLEONTE.- Y en último caso, aquí
estoy yo dispuesto a todo.
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|
BERALDO.- ¿Quieres que despachemos ahora
mismo?
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ARGAN.- ¿Ahora mismo?
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BERALDO.- Y aquí, en tu misma casa.
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|
ARGAN.- ¿En mi casa?
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|
BERALDO.- Sí. Yo tengo amigos en la
Facultad que vendrán al instante para que celebremos la
ceremonia en la sala. Además, no te costará nada.
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|
ARGAN.- ¿Qué hacer?
|
|
BERALDO.- Te aleccionan en cuatro palabras y te
dan por escrito el discurso que debes pronunciar. Mientras
tú te vistes con más decencia, yo voy a
avisarles.
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|
ARGAN.- Pues vamos.
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|
ANTONIA.- ¿Qué es lo que
pretendéis?
|
|
BERALDO.- Que nos divirtamos un rato. Los
comediantes han concertado una mascarada parodiando la
recepción de un médico; propongo que nosotros tomemos
también parte en la farsa y que mi hermano represente el
papel principal.
|
|
ANGÉLICA.- Me parece demasiada burla.
|
|
BERALDO.- Más que burlarnos, es ponernos
a tono con sus chifladuras y, aparte de que esto quedará
entre nosotros, encargándonos cada uno de un papel, nos
daremos mutuamente la broma; el Carnaval nos autoriza. Vamos a
prepararlo todo.
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CLEONTE.- (A ANGÉLICA.)
¿Consientes?
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|
ANGÉLICA.- Puesto que mi tío nos
autoriza...
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FIN DEL ACTO TERCERO
|
Intermedio
tercero
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Consiste este intermedio en una ceremonia en la cual, entre
recitados, cantos y danzas, se hace la proclamación de un
médico.
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|
Bailable.
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Entran una porción de tapiceros, que, siempre a
compás, disponen la sala y colocan bancos. Después
hace su entrada la asamblea, compuesta de ocho lavativeros, seis
boticarios, veintidós doctores y el individuo que ha de ser
admitido; ocho cirujanos que bailan y dos que cantan. Cada uno
ocupa un puesto en el salón, según su
categoría.
|
| PRAESES |
| Savantissimi
doctores, |
|
| Medicinae
profesores, |
|
| Qui hic
assemblati estis, |
|
| Et vos, altri
Messiores, |
|
| Sententiarum
Facultatis |
|
| Fideles
executores, |
|
| Chirurgiani et
apothicari, |
|
| Atque tota
compania aussi, |
|
| Salus, honor et
argentum, |
|
| Atque bonum
appetitum. |
|
| Non possum, docti
Confreri, |
|
| Eu moi satis
admirari |
|
| Qualis bona
inventio |
|
| Est medici
professio; |
|
| Quam bella chosa est et bene
trovata, |
|
| Medicina illa
benedicta, |
|
| Quae, suo nomine
solo, |
|
| Surprenanti
miraculo |
|
| (Depuis si longo
tempore, |
|
| Facit a gogo
vivere |
|
| Tant de gens omni
genere.) |
|
| Per totam terram
videmus |
|
| Grandam vogam ubi
sumus, |
|
| Et quod grandes
et petiti |
|
| Sunt de nobis
infatuti; |
|
| Totus mundus, currens ad nostros
remedios, |
|
| Nos regardat
sicut deos, |
|
| Et nostros
ordonnanciis |
|
| Principes et reges soumissos
videtis. |
|
| Donque il est
nostrae sapientiae, |
|
| Boni sensus atque
prudentiae, |
|
| De fortement
travaillare |
|
| A nos bene
conservare |
|
| In tali credito, voga et
honore, |
|
| Et prandere gardam a non
recevere |
|
| In nostro docto
corpore |
|
| Quam personas
capabiles, |
|
| Et totas dignas
remplire |
|
| Has plaças honorabiles. |
|
| C'est pour celà que nunc convocati
estis, |
|
| Et credo quod
trovabitis |
|
| Dignam materiam
medici |
|
| In savanti homine
que voici, |
|
| Lequel, in chosis
omnibus, |
|
| Dono ad
interrogandum |
|
| Et a fond
examinandum |
|
| Vostris
capacitatibus. |
|
|
|
| PRIMUS DOCTOR |
| Si mihi licenciara dat dominus
praesses, |
|
| Et tanti docti
doctores, |
|
| Et assistantes
illustres, |
|
| Tres savanti
bacheliero, |
|
| Quem estimo et
honoro, |
|
| Demandabo causam et rationem
quare |
|
| Opium facit
dormire. |
|
|
|
| BACHELIBRUS |
| Mihi a docto
doctore |
|
| Demandatur causam et rationem
quare |
|
| Opium facit
dormire? |
|
| A quoi
respondeo: |
|
| Quia est in
eo |
|
| Virtus
dormitiva, |
|
| Cujus est
natura |
|
| Sensus
assoupire. |
|
|
|
| CHORUS |
| Bene, bene, bene, bene,
respondere: |
|
| Dignus, dignus
est entrare |
|
| In nostro docto
corpore. |
|
| Bene, bene
respondere. |
|
|
|
| SECUNDUS DOCTOR |
| Cum permissione domini
praesidis, |
|
| Doctissimae
Facultatis, |
|
| Et totius his
nostris actis |
|
| Compamae
assistentis, |
|
| Demandabo tibi, docte
bacheliere, |
|
| Quae sunt
remedia, |
|
| Quae in
maladia |
|
| Ditte
hidropisia |
|
| Convenit
facere. |
|
|
|
| BACHELIERUS |
| Clisterium
donare, |
|
| Postea
seignare, |
|
| Ensuitta
purgare. |
|
|
|
| CHORUS |
| Bene, bene, bene, bene
respondere: |
|
| Dignus, dignus
est entrare |
|
| In nostro docto
corpore. |
|
|
|
| TERTIUS DOCTOR |
| Si bonum semblatur domino
praesidi, |
|
| Doctissimae
Facultati |
|
| Et companiae
praesenti, |
|
| Demandabo, tibi, docte
bacheliere, |
|
| Quae remedia
eticis, |
|
| Pulmonicis atque
asmaticis, |
|
| Trovas a propos
facere. |
|
|
|
| BACHELIERUS |
| Clisterium
donare, |
|
| Postea
seignare, |
|
| Ensuitta
purgare. |
|
|
|
| CHORUS |
| Bene, bene, bene, bene
respondere: |
|
| Dignus, dignus
est entrare |
|
| In nostro docto
corpore. |
|
|
|
| QUARTUS DOCTOR |
| Super illas
maladias, |
|
| Doctus
bachelierus dixit maravillas, |
|
| Mais, si non ennuyo dominum
praesidem, |
|
| Doctissimam
Facultatem, |
|
| Et totam
honorabilem |
|
| Companiam
ecoutantem, |
|
| Faciam illi unam
questionem: |
|
| Dez hiero maladus
manus; |
|
| Tombavit in meas
manus; |
|
| Habet grandem fievram cum
redoublementis. |
|
| Grandem dolorem
capitis, |
|
| Et grandum malum
au coste, |
|
| Cum granda
difficultate, |
|
| et pena a
respirare; |
|
|
Veillas mihi dire, |
|
|
Docte, bacheliere, |
|
|
Quid illi facere? |
|
|
|
| BACHELIERUS |
| Clisterium
donare, |
|
| Postea
seignare, |
|
| Ensuitta
purgare. |
|
|
|
| QUINTUS DOCTOR |
| Mais si
maladia, |
|
| Opinatia |
|
| Non vult se
garire, |
|
| Quid illi
facere? |
|
|
|
| BACHELIERUS |
| Clisterium
donare, |
|
| Postea
seignare, |
|
| Ensuitta
purgare, |
|
| Resignare, repurgare, et
reclisterisare. |
|
|
|
| CHORUS |
| Bene, bene, bene, bene
respondere: |
|
| Dignus, dignus
est entrare |
|
|
In nostro docto corpore. |
|
|
|
| PRAESES |
| Juras gardare
statuta |
|
| Per Facultatem
praescripta, |
|
| Cum sensu et
jugeamento? |
|
|
|
|
|
| PRAESES |
| Essere in
omnibus |
|
|
Consultationibus |
|
| Ancieni
aviso. |
|
|
Aut bono, |
|
| Aut
mauvaiso? |
|
|
|
|
|
| PRAESES |
| De non
jamais te
servire |
|
| De remediis
aucunis, |
|
| Quam de ceux seulement doctae
Facultatis; |
|
| Maladus
dû-il
crevare |
|
| Et mori de suo
malo? |
|
|
|
|
|
| PRAESES |
| Ego, cum isto
boneto |
|
| Venerabili et
docto, |
|
| Dono tibi et
concedo |
|
| Virtutem et
puissanciam |
|
|
Medicandi, |
|
|
Purgandi, |
|
|
Signandi, |
|
|
Percandi, |
|
|
Taillandi, |
|
|
Cupandi, |
|
|
Et occidendi |
|
| Impune per totam
terram. |
|
|
|
|
|
(Bailable.)
|
|
|
(Todos los médicos y boticarios, danzando, vienen a
hacer una reverencia al nuevo médico.)
|
| BACHELIERUS |
| Grandes doctores
doctrinae, |
|
| De la rhubarbe et
du sene, |
|
| Ce serait sans douta a moi chosa
fol'a, |
|
| Inepta et
ridicula, |
|
| Si j'alloibam me
engageare |
|
| Vobis louangeas
donare, |
|
| Et eutrepennoibam
adjoutare |
|
| Des lumieras au
soleillo |
|
| Et des etoilas au
cielo, |
|
| Des ondas a
l'Oceano |
|
| Et des rossa au
printanno |
|
| Agreate qu'avec
uno moto, |
|
| Pro toto
remercimento, |
|
| Randam gratiam
corpori tam docto, |
|
|
Vobis, vobis, debeo |
|
| Bien plus qu'a naturae et qu'a
patri meo: |
|
| Natura et patre
meus |
|
| Hominem me habet
factum; |
|
| Mais vos me, ce
qui est bien plus, |
|
| Avetis factum
medicum, |
|
| Honor, favor, et
gratia, |
|
| Qui in hoc corde
qui voila, |
|
| Imprimant
ressentimenta |
|
| Qui dureront in
secula. |
|
|
|
| CHORUS |
| Vivat, vivat, vivat, vivat, cent
fois vivat, |
|
| Novus doctor, qui tam bene
parlat! |
|
| Mille, mille annis, et manget, et
bibat, |
|
|
El seignet, et tuat! |
|
|
|
|
|
(Bailable.)
|
|
|
(Todos tos cirujanos y boticarios cantan y bailan al son de
sus instrumentos, batiendo palmas a compás y machacando en
los morteros.)
|
| CHIRURGUS |
| Puisse-t-il voir
doctas |
|
| Suas
ordonnancias |
|
| Omnium
chirurgorum |
|
| Et
apotiquarum |
|
| Remplire
boutiquas. |
|
|
|
| CHORUS |
| Vivat, vivat, vivat, vivat, cent
fois vivat. |
|
| Novus doctor, qui tam bene
parlat! |
|
| Mille, mille annis, et manget, et
bibat, |
|
|
El seignet, et tuat! |
|
|
|
| CHIRURGUS |
| Puisse toti
anni |
|
| Lui essere
boni |
|
| Et
favorabiles, |
|
| En n'habere
jamais |
|
| Quam pestas,
verolas, |
|
| Feivras,
pluresias |
|
| Fluxius de sang et
dissenterias. |
|
|
|
| CHORUS |
| Vivat, vivat, vivat, vivat, cent
fois vivat, |
|
| Novus doctor, qui tam bene
parlat! |
|
| Mille, mille annis, et manget, et
bibat, |
|
|
El seignet, et tuat! |
|
|
|
|
|
(Último bailable.)
|
|
|
(La comitiva de médicos, cirujanos y boticarios,
colocados según su categoría, desfila
ceremoniosamente.)
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|
|
FIN
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