Pág. 3 a.
En Sur la querelle du théâtre... (pág. 241), libro, conviene tenerlo en cuenta, redactado en su mayor parte durante la gran «tragedia para reír» de 1968, doy una prueba más de mi erudición atribuyendo implícita pero indiscutiblemente la conocida glosa de Santa Teresa y San Juan de la Cruz al segundo exclusivamente; peor sin duda fuera asignarle la autoría de Las moradas...
De esta forma a primera (y también segunda) vista impertinente de describir los problemas patriótico-conyugales de la pareja Eustaquio-Margarita no se debe inferir que hablo, como suelen decir, por boca de ganso, esto es, que no paso de hacerme eco servil, aunque indigno, de Leandro Moratín, lo cual, naturalmente, se opondría a la objetividad que debe o debería mostrarse en asuntos de historia literaria; pero séame lícito tal cual vez amenizar la austeridad de mi discurso, dejando que se trasluzca -¿por qué no, por Dios?- lo que siento como simple lector de finales del siglo XX ante algunos parlamentos o lances de la referida comedia heroica, o, por cierto, ante los de la tragedia de mi estimado paisano, cuya interminable grandilocuencia creo que ya no aguantaría el público actual mejor que yo, lo cual no significa de ninguna manera, repito, que se clasifique a los autores como «buenos» y «malos», otorgándoles ipso facto a los primeros un tratamiento privilegiado; aunque no cabe duda de que la misma elección de un tema de investigación, sea cualquiera, presupone una inclinación o una actitud favorable, o desfavorable, a dicho tema (¿quién ha analizado y descrito hasta ahora el funcionamiento de la caza de brujas de este a oeste mejor que las víctimas de ella?); lo que importa es sobre todo estudiar por qué, en su época como en la de las generaciones sucesivas, un determinado escritor suscitó el entusiasmo, o el repudio, o la indiferencia tanto de determinados espectadores o lectores como de determinados colegas o críticos contemporáneos o ulteriores, entre estos nosotros mismos, y por qué fueron modificándose o por el contrario no variaron dichas actitudes. Guardémonos, si es posible, de querer imponerle a la colectividad unos juicios de valor, incluso compartidos por muchos: el criterio democrático de opinión «mayoritaria» (la palabra de moda es: «consenso») no creo que valga gran cosa en tales casos, fuera de que una mayoría, como enseña la experiencia, puede convertirse en minoría, y viceversa. Y conste que no me creo milagrosamente exento del pecado a que me refiero. Tampoco basta con afirmar que un dramaturgo como Comella (o cualquier otro, Moratín inclusive, naturalmente) es «el dramaturgo más inspirado e inteligente de su generación», según frase de Subirá, o por el contrario, un escritor «famélico y proletario», como escribe D. Marcelino (si se trata solamente de voces despreciativas, claro está, y no de un elemento más entre los muchos que permiten arrojar alguna luz sobre una determinada estética), o un precursor del Romanticismo, u otro rótulo cualquiera...; hace falta además demostrarlo, (es decir convencer racionalmente), o, cuando menos, llegar hasta donde pueda la demostración; y ésta es harina de otro costal.
En un interesante intento de reivindicación de la fama de Comella, mi colega Mario di Pinto escribe que la «ilustración» de D. Luciano era «de segunda mano» (en su ed. de La Jacoba, Abano Terme, Piovan editore, 1990, pág. 14); creo en efecto -tampoco ha de ser tan fácil- que importaría tratar de diferenciar a los dramaturgos directamente comprometidos en el movimiento y que defienden por ejemplo una tesis en su obra, de los que se hacen simplemente eco de las ideas en boga o aprovechan las que flotan en el ambiente, sin ser en rigor militantes o partícipes resueltos y conscientes; algo parecido se puede decir a propósito de unos sainetes manuscritos cuya «ilustración» no se advierte, en este caso particular, no en el de Comella, sino en el breve prólogo que los encabeza y que está única y visiblemente destinado a congraciarse con el censor.
Véase el último trabajo colectivo sobre El teatro europeo..., cit. en la n. primera.
Les Décius françois, tragédie, ou Le siège de Calais sous Philippe VI, par M. de Rozoi. A Paris, chez Robin, libraire, rue des Cordeliers, M DCC LXV; «françois» (francés) es ortografía de la época, hoy: «français», pero ya aconsonantaba con «Calais». Los Decios («Decii») fueron tres ilustres romanos que se sacrificaron por la patria.
Utilizo el texto de la novela, Le siège de Calais, nouvelle historique, publicado en Oeuvres complètes de Mesdames de la Fayette, de Tencin et de Fontaines, Paris, chez J. A. Moutardier, libraire, 1825, vol. 4, págs. 89-281.
Págs. XIX-XX; no se nombra a la autora, pero las referencias a «una novela de idéntico título», a una protagonista, Madame de Granson, hija del gobernador de Calais, a la tardía aparición de Eustache de Saint Pierre, etc., no dejan lugar para la duda.
«La vía marítima, aunque muy peligrosa, era la más practicable. Hizo [el conde de Canople] venir de [la ciudad de] Abbeville a dos hombres esforzados, llamados Marante y Mestriel, que conocían perfectamente la costa...» (Pág. 234; la trad. es mía). Debió Comella de escribir «Mesteriel» para que le saliera la cuenta de sílabas sin tener que recurrir a una diéresis en el diptongo final.
«¿Por qué se nos prohíbe morir por el estado? / Hombres, sin duda alguna temíais a unas rivales / a cuya altivez no basta el igualaros un día» (IV, 3).
Pág. 29 b.
He tenido a mi disposición la ed. «revue et corrigé» de la Histoire et Chronique mémorable de Messire Jehan Froissart, Paris, à l'olivier de Pierre L'Huillier, M D LXXIII, pág. 142.
Véase R. Andioc y M. Coulon, Cartelera teatral madrileña del siglo XVIII (1708-1808), Toulouse, P.U.M., «Anejos de Criticón», nº 7, 1997.