«El susurro de la mujer ballena»
Jorge Eduardo Benavides
Casi toda novela propone un tema, plantea un discurso y sugiere un norte, una cierta actitud vital que encontramos en los personajes y en la manera como estos resuelven su vida. Sin embargo, sólo las buenas novelas pueden desprenderse de cierto facilismo temático, del envaramiento del discurso que gravita en muchas otras y de la moralina que a veces intoxica novelas bienintencionadas pero exasperantemente predecibles en cuanto a la dirección moral de sus personajes y de sus temas. El susurro de la mujer ballena es, en ese sentido, todo un acierto con el que Alonso Cueto -finalista del premio Planeta - Casa de América por esta novela- nos ofrece una turbadora especulación sobre los abismos de la crueldad.
Verónica Ross, periodista de 42 años, casada y con hijo adolescente, se encuentra en el vuelo que la trae de Bogotá a Lima, con una mujer obesa en quien reconoce rápidamente a cierta antigua compañera de estudios, alguien con quien mantuvo una relación llena de claudicaciones y secretos. Porque aquella mujer, Rebeca, aquella gorda mórbida de «brazos como oleoductos»
le trae desde el remoto pasado de la pubertad y adolescencia recuerdos dolorosos y violentos. Rebeca no duda en festejar el reencuentro y en insistir en que esa circunstancia fortuita debe de ser tomada como una señal del destino para que se ponga nuevamente en marcha el enmohecido mecanismo de la amistad entre ambas. Pero casi desde el principio mismo el narrador se encarga de hacernos observar que bajo ese encuentro de dos viejas amigas discurre un helado arroyo de rencor que va a sacudir de arriba abajo los cimientos de la plácida rutina donde hasta ese momento se movía la periodista.
Sin paliativos ni excusas, el viaje abisal que propone la novela nos enfrenta con la abyección y la sordidez de la maldad y de su complemento necesario para que ésta campee sin restricciones: la cobardía. Porque Verónica, una mujer atractiva, bien considerada como profesional y sin mayores nubes en su horizonte social y familiar, tiene que enfrentarse con el reproche de quien se sabe monstruosa, abatida por las humillaciones y las burlas que se remontan a su niñez: en un momento dado, la Rebeca ya adulta que se encuentra -y acosa- a su amiga triunfadora, guapa, profesional, le reclama que nunca fue capaz de defenderla, que apenas una palabra de aliento y defensa hubiera hecho que el recuerdo de esa adolescencia enturbiada por la ferocidad de los demás, resultara dramáticamente menos gravoso de lo que es.
Sobre este reproche y lo que ello nos va desvelando paulatinamente en torno a ambos personajes avanza la novela gracias a un eficaz ejercicio de contención que dosifica hábilmente la trama y que nos propone -se alcanza a vislumbrar- un nuevo enfoque sobre la fragilidad de las relaciones humanas, el acecho de la cobardía en nuestra rutina diaria, y la indiferencia con que observamos el mundo que -así lo creemos- apenas tiene que ver con nosotros.
Después de Grandes Miradas y La hora azul -con la que Cueto ganó el Herralde de novela del año pasado- el narrador peruano insiste en sus viejas obsesiones narrativas: su universo de personajes más bien grises, encharcados en una rutina de la que no obstante Cueto destila complejas historias llenas de claroscuros. Con un lenguaje pulcro y lleno de frases rotundas que se ponen al servicio de la historia, Cueto nos ofrece en esta novela una lúcida reflexión sobre nuestra sociedad, sobre la impávida crueldad con que tratamos a quienes tienen la desdicha de ser diferentes.