Elogio de la ciudad de Bilbilis en Hispania
Juan Manuel Abascal Palazón
Nacido en Bilbilis (Cerro de Bámbola, cerca de Calatayud, Zaragoza) durante el reinado de Calígula (37-41 d. C.), Marcial fue testigo de excepción de la vida diaria en Roma a lo largo del siglo I d. C. Hasta su muerte en los primeros años del siglo II d. C. cuando había cumplido los 65, repartió su atención entre la capital del Imperio en la que vendía sus poemas como medio de vida y la Bilbilis natal, que en sus obras representa la paz, la vida sencilla y, al mismo tiempo, placentera en la Celtiberia alejada del bullicio de la urbe. Su afilada ironía desfila en los catorce libros de los Epigramas, que le darían una justa fama en su tiempo, a la vez que su Libro de los Espectáculos le acercaría a la Roma de los emperadores flavios (69-96 d. C.), pues la obra fue escrita para conmemorar los juegos de inauguración del Coliseo flavio, la obra inconclusa de Vespasiano que abriría al público su hijo Tito.
En el elogio de Bilbilis, sólo una de las referencias a su patria natal que podemos encontrar en sus obras, Marcial contrapone la agitación diaria de la vida romana con la serenidad que reina en la Celtiberia, las preocupaciones de quien tiene que ganarse la vida en Roma con la apacible existencia bilbilitana. Por la referencia a sus treinta años de estancia romana, Marcial debió escribir este texto en los últimos años del siglo I d. C.
«Mientras vagas inquieto y al azar, Juvenal, por la ruidosa Subura o subes al Aventino al templo de la soberana Diana; mientras empapado de sudor bajo tu toga que sacude al aire vas jadeante por los palacios de los poderosos y te fatigan el Celio mayor y el menor, a mí después de muchos inviernos de desearlo me acoge y me hace aldeano mi Bilbilis, orgullosa de su oro y de su hierro. Aquí, descansando, cultivo con ligero trabajo el Boterdo y Platea; ¡mira qué nombres a cuál más ordinario éstos de mi tierra celtíbera!; gozo de un sueño hondo y prolongado que muchas veces no interrumpe la hora tercera, y ahora es cuando me repongo por completo de cuantas vigilias he sufrido a lo largo de treinta años. Aquí desconozco la toga: si la pido me dan un vestido cualquiera que yace en una destartalada silla. Cuando me levanto me espera una fogata que alimentan apiladas carrascas del vecino monte y que la granjera rodea de múltiples ollas. Acude el cazador, el que precisamente se desea tener en el espeso bosque. El colono, aun imberbe, reparte a cada esclavo su menester y me pide licencia para cortarles el pelo.
Así me gusta vivir; así quiero morir».
(Marcial, Epigramas, XII, 18. Traducción de José Torrens, Barcelona, Iberia, 1976, pp. 348-349.)