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En el aniversario. Narración original

Mihai Eminescu

Traducción de Ricardo Alcantarilla

Ella se llamaba Cleopatra, y él Gajus Iulius Caesar Octavian Augusto. Es decir, ella había leído una novela y hubiera querido tener veinte y séis años y no tenía más de catorce; él, la historia de los romanos y quería tener cuarenta años. Tenía solo dieciocho e iba a la escuela. Sin embargo hoy, en el día de san Ermil, él miraba a Octavian August y esperaba felicitaciones por ser su onomástica. Su padre le había regalado un reloj hermoso, su madre una cajita de madera para el aseo, la hermana un par de zapatillas. Elis nada. Elis, es decir, Cleopatra, su prima. Él se había retirado a su cuarto, donde los clásicos estaban colocados sobre una cómoda en religiosa regla e inviolabilidad y se paseaba con pasos grandes por la casa. Era moreno y algo poético. Tenía ojos azules, lo que quería decir mucho, y era un hermoso muchacho. Ahora estaba con asombro ante el espejo, miraba con asombro a sus ojos propios y parecían que le preguntaban algo. «Tolla me lo ha hecho». Era un tiempo en el que, a consecuencia de una novela española, la reina actual de Egipto se llamaba Tolla. Él se llamaba por aquel entonces Bertrand... ¡tempi passati!

«¡Nada! ¡Nada! También yo le di por su cumpleaños una muñeca. Es decir ¡que yo le he dado! ¡Si no supiera qué darle! Madre me dijo que le regalara una muñeca. ¡Tolla, Tolla! -dijo él riendo- te quiero mucho». Después se sentó a la mesa y pensó profundamente... sobre la igualdad de dos hipótesis. Cogió una hoja grande del papel blanco y escribió justo en el medio: ¡Reina! ¡Te amo! Rubricado: Gajus Julius Caesar Octavian Agust de mano propia.

Por la tarde era la fiesta. Estaba invitada también la prima Elis y -gran maravilla- vino. Sus padres se desembarazaron de ella allí y se fueron a otro lugar, donde de igual modo eran esperados. Octavian Agust el emperador festejaba la tarde hasta casa, y le perdonaban las ocupaciones del estado romano, y hoy -le perdonaban las ocupaciones del estado romano-. En toda la tarde no habló una palabra con la señorita. Ella también frunció las cejas entre los ojos, que levantó sobre la frente; con los brazos cruzados, pie sobre pie, estaba terca en un rincón, con los labios apretados pegados. Pero a escondidas ella colaba algún rayo justo a sus ojos. Estaba muy enfadada. Desde hace dos años se enfadaba muy fácilmente y se desenfadaba igual de fácil. Antaño no se enfadaba de ningún modo.

Se acercó la medianoche. Él vino muy serio. «¿Me dejaréis, señorita, que os acompañe hasta casa?» .Ella miró a sus ojos y empezó a reír.

-¿Por qué te ríes? ¿Qué es esa risa?

-Bien. ¡Vamos!

Era una noche hermosa, luna, un hielo áspero sin casi viento. La nieve había quedado sobre las vallas y tablas de ambas partes de la calleja. La nieve había cargado las ramas de los árboles y los tejados de las casas. La escarcha crujía bajo los pasos y él pasaba con ella del brazo... ella en casaquilla con cuello de piel, roja la cara, el capuchón blanco de lana rodeaba la cara, la frente. Ella era rubia, muy rubia, con el pelo como un copo de cáñamo y casaquilla -todo lo gruesa que hubiera sido- acentuaba no obstante las líneas de una talla fina y flexible. Una rana. Reían hablando -es decir reían más que hablaban-. Quién no recuerda su juventud -también cada uno ha tenido una- de aquellas decisiones de ser serios en el amor, que es de por vida, aquellas defensas en los párrafos de la niña, para no decir el nombre, para no tutear -para que no la besen-. Los otros iban y venían, ¿pero un besito? Cuanta gente. Así estaban también ellos. Hablando sobre... historia, geografía y otras cosas útiles ¡sí! Se entiende, cuanto quieras -pero un besito, ¿tú? ¿Claramente (de verdad)?-, ¡nunca!

Así se habrían quedado -pero la luna, ¡la luna!

La luna alumbraba sus caras blancas como la leche con las mejillas rojas y su pelo rubio, muy rubio, que rodeaba con lujo y finura una cara llena y sonriente. Mientras él pronunciaba un discurso sobre un tema de astronomía -indiferente tanto para él como para ella-, es decir mientras se fastidiaban uno a otro, ella le miraba a él sin escucharle; se le hubiera tirado al cuello, lo hubiera besado mil veces -así pensaba ella al menos- si -si se hubiera caído.

¡Ah! que tonto es -pensaba ella-, no puede hablar de otra cosa, hoy al menos -añadió mirando tímidamente arriba a él-. Qué hermoso es así, cuando dice disparates, me gusta así -pensaba siempre todo ella. Luego ya no pensó nada o Dios sabe qué, bastante después de que calló mucho sin escuchar, dijo algo extenso y algo como si no se hubiera dado cuenta:

-Tú, Ermil -y asustada de lo que había dicho, ya no dijo nada. Su cara estaba roja de vergüenza.

Él se quedó parado, le apretó la mano y dijo en voz baja:

-Dilo otra vez.

-No.

-¿No? Me enfado... que lo sepas.

-Tú... -repitió ella en voz baja, con los ojos medio cerrados, con la voz temblorosa. Era un tú solitario, sin tener relación con alguna frase, y sin embargo ¿qué tú? De su boca había venido primero.

Siguieron hablando -esta vez más íntimamente- no sobre el amor; pero no obstante sobre una cosa seria -sobre el matrimonio, cómo ella funda el estado, que es el origen del matrimonio en los indios, todas cosas profundas-. Cada tú era controvertido. Cuando se proponía decir tú, morían de vergüenza, y hablaban serios, después de largas luchas anímicas: «Vuestra merced»; cuando establecían diplomáticamente decir vuestra merced -en lugar de tú-, tú por error, y de nuevo por error, y así continuamente.

Al final llegaron a la puertecita.

-¡Elis! tú... no sabes cuánto te amo... ni puedes saberlo porque... porque tú no tienes corazón.

-De verdad ¿y tú? -Ves, pensó ella, pero no dijo nada...

-Desde que te vi, desde cuando sabes tú, porque tú sabes que yo te amo y siempre esta frialdad cuando estás sola conmigo. Siempre me obligas a hablar sobre cosas que ni siquiera escuchas... Eres mala de corazón, ¡Elis!

-¡Señor! -dijo ella, dominándose y quedando rígida ante él-. ¿Quieres enseñarme cómo tengo que portarme?

-Y con todo esto -dijo él en voz baja y dolido-, la luna embellece el mundo para nuestro amor.

Ella miró arriba y sus ojos humedecidos por dulces lágrimas brillaban en la luna. Él la abrazó le cintura y se miraban los dos -no pensaban nada-. Era algo tan doloroso, tan feliz en la cara, en toda su alma -reirías y llorarías si les hubieras visto de ese modo.

Al final empezaron a reír -dos niños-, se reían con lágrimas en los ojos. Y era tan plateada su risa y la boquita tan hermosa -hubieras bebido agua de su boca.

-Señor -dijo ella de repente con una seriedad grande-, hoy nos hemos permitido muchas cosas poco permitidas, solo hoy y lo siento... que tenga que... que...

-Venga, ¿qué...? Y esta mano de consejero... Yo no soy niño, Elis... que sepas tú que no soy... Mira, por ejemplo...

-¿Por ejemplo...?

-Ya no te voy a apretar la mano, ya no te voy a llamar por el apellido... de hoy en adelante.

¡Oh!, pensó ella para sí misma con dolor, pero qué podía decir. Se colocó sobre el banco de piedra de al lado de la puertecita... Ella le dio la espalda y se mordió las uñas... él miraba la nieve. ¡Tonta cosa!

Hubieran podido quedarse mucho tiempo así. No sé... Por fin... ella... por fin... su poder ha sido el que -así despacio- con un poco de orgullo pero no demasiado:

-¡Ermil!

-¡Oigo!

-Yo que te lo he dicho directamente para que no digas que no te lo he dicho... pero... yo no te amo de ningún modo... y tú me lo has dicho hoy, que yo no te amo. -¡Así! Ella se había puesto algo en la cabeza hoy: una idea... y este era el modo con el que buscaba pretextos para pelear, y estas peleas, ¿sabía ella cómo se acababan acaso?

-¡Sí! No me amas... repítelo, dilo... te creo, porque tú no me amaste nunca -dijo él con amargura-. Negros pasarán mis años... En todos los rostros buscaré mirarte. Tú tienes un corazón de mármol... Ni sonrisas, ni lágrimas, ni ruegos, ni terquedad no lo conmueven.

-¡Deja, deja! -Pensó ella y sonrió con soberbia que puede ser tan áspera.

-Yo te lo dije, señor mío, tantas veces, que solo la amistad verdadera puede ser el vínculo entre nosotros. ¿Qué pides más?... ¿Qué quieres de mí? -añadió rápidamente.

-¿Qué quiero -dijo él con una triste ternura-, qué quiero? ¿Pero no ves tú cómo sufro? Dime solo que me amas, ¡dilo!, pero no con dos significados, no como entonces en el baile... ¡directamente! ¡Dilo!

-¡Sí! -dijo ella muy fría- vuestra merced sabe que yo te amo, seguro. Sí.

-¡Oh, esta frialdad! ¡Tú me matas, Elis! Háblame -dijo el rogador-, cómo sabes tú en ocasiones hablar, con una ternura asombrosa, con una dulzura de hermana, de amante.

-¡Bien, bien! ¡Lo sé!

-¿Qué sabes tú? Mira que ya no me enfadas... te hablo blandamente. ¿Me das tu mano? Así. Di.

-¿Ves tú, Ermil? -dijo ella con una seriedad infantil y triste- tú crees... tú crees que yo tengo agua en las venas... que yo... ¿qué yo no te amo?... Pero que te lo digo a ti... yo no soy áspera... Qué dirías tú si... pero te ruego que no lo digas a nadie... si... pero a fe que no lo digas...

-¿Qué?

-¡Ves tú! formalmente te paré... tengo tu promesa que no me besarás nunca. ¿Así es?

-Así.

-Que ya no me digas que yo no te amo -dijo enfadada-, que digas que yo te amo -repitió con una vergonzosa gracia...-, hoy... hoy... -Se sintió abrazada por la cintura, cerró los ojos, dejó la cabeza sobre su hombro y estaba cerca de morir.

-¡Oh! te amo... no he sabido nunca cuánto te amo... -su voz era dulce, tenue, llena de lágrimas, santificada por el primero beso.

-Tú eres un ángel... obstinado... pero un ángel...

La sonrisa descarada, el ojo devoto, la coquetería risueña volvió a su sitio después de aquel beso... justo la tranquilidad. Y ella tenía su brazo detrás de su cuello.

-Me voy... y tú eres un burro.

-Deja que lo sea... No te vayas...

-Tienes... ¡tú! Así es que tú no olvidarás nunca esta noche -dijo en voz baja-, así de bajo y no obstante así de claro.

-¡Ah! nunca.

-Y ahora... tengo que traerte algo de casa... Un regalo para tu cumpleaños... ¿Así es?...

Ella entró rápido, volvió y trajo una caja grande... Ellos la dejaron caer, pero no pasó nada... era otro beso.

Gajus Iulius Caesar Octavian August se fue a casa. Se colocó delante del fuego y dijo sonriendo: «¡Tú eres un burro!». Abrió la caja. Encima había un dibujo. Él era... dejado en un sillón; una mujer... ella, de detrás del sillón le tapaba los ojos con las manos. Él levantó los ojos y la vio... y un momento le pareció que la veía. Pero dónde habrá estado. ¿Pero qué más había en la caja? Las muñecas que le había dado por su cumpleaños hace dos años. Sobre la frente de la primera había: «Bertrand es un burro», sobre la frente de la segunda: «Gajus no tiene toda su mente». Luego había algo más. Un pequeño libro de apuntes... impresiones de novelas, de poesías, escritas cada día y al final de cada apunte, como final, como un pensamiento antes de dormir/morir: «¡Ermil, te amo!».

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