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En la muerte de Antonio Di Benedetto

Carmen Ruiz Barrionuevo

El pasado 10 de octubre moría en Buenos Aires el escritor Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922). Meses atrás había salido a la luz su última novela, Sombras, nada más... (Alianza Editorial, 1985), en la que planteaba el proceso de un itinerario vital en el que los sueños se enlazan con la vida para conformar un entramado cáustico y gozoso a un tiempo. Sombras, nada más... acentúa esa tendencia de la narrativa del escritor argentino hacia un pesimismo sombrío que todo lo ciñe e invade; Emanuel, trasunto del autor, se desangra en su pugna por persistir en un mundo cuyo principal rasgo es la hostilidad y el rechazo. Lo rodean seres de otro tiempo recuperados como entes fantasmales en el momento que precede a la muerte. O como Emanuel mismo indica: «Le explico lo que yo siento como algo físico que está ante mí y es invisible, gravita, veo una sombra, sin que pueda determinar cuál sombra, la sombra de qué, porque todo es sombra, digamos es noche cerrada» (p. 45). Entraña así esta novela el balance de una vida, hasta por sus muchos rasgos autobiográficos, sobre todo los relacionados con el periodismo y con sus experiencias viajeras de exiliado. Pero si algo le da un tono peculiar radica en esos engarces de ensoñación en los que persiste un inquieto sentido de lúcido sonambulismo. Emanuel decide en la segunda parte de la obra no volver a soñar, pero ese mundo constituye su razón de ser: a lo largo de su itinerario esos sueños reconstituidos encadenan las sucesivas vidas y se recuerdan seres perdidos o definitivamente muertos hasta el punto de reconocerse como rasgo fundamental una tendencia hacia inconfesables sueños homicidas. Historias creadas con asideros reales -a veces la evocación del Eladio Linacero de El pozo, de Onetti, no deja de ser ilustrativa- en los que los antepasados, las amadas como Ave, Gema u Olvido emergen de un entorno en el que parece que se está deseando morir; la complacencia en la muerte, en el fracaso, en la hostilidad de los otros, provocan un refugio en sí mismo y un deseo de contemplar la propia destrucción.

Novela terminal, de desterrado del mundo, es esta novela de Antonio Di Benedetto, que inserto en la generación novelística de 1955 -la de Daniel Moyano, la de Juan José Hernández-, surge a la luz con los últimos coletazos del peronismo. Dentro de ella Di Benedetto aporta una dimensión propia tanto en la temática como en la conciencia de una renovación formal en la narrativa argentina.

Sus primeras entregas fueron los cuentos que reunió en Mundo animal de 1953, en los que ya hizo notar el sesgo propio, su desavenencia con el mundo, esa hostilidad que padecía como agresión infinita. Dijo: «Tuve que abandonar los estudios en la Universidad. No me entendía con la gente, odiaba -o temía- a todos. De ahí el título, quise ponerlo como un insulto generalizado». Esa actitud de retiro o de enclaustramiento o de abierto enfrentamiento no es en su narrativa más que una necesidad de autodefensa, y muchas de sus obras nacen de esa íntima reacción ante la hostilidad sentida o imaginada: «Me enfermaban los ruidos, los padecía como una agresión personal del mundo contra mí. De esa hipersensibilidad y de la comprensión de los efectos del que yo llamo "ruido material" surgió la mitad de El silenciero. La otra mitad es más profunda, atañe al "ruido metafísico". Nace, por tanto, la narrativa de Di Benedetto de una especial hiperestesia que lo lleva a centrarse en temas como el absurdo, la soledad, la espera angustiosa, el mal, la muerte».

Esa actividad narrativa que se inicia con Mundo animal continúa en los relatos de Grot (1957), Declinación y Ángel (1958) y El cariño de los tontos (1961), para abrirse al relato largo con El pentágono en 1955 -luego titulado Annabella en 1974-, El silenciero (1964) o Los suicidas, de 1969, y sobre todo con Zama, que fue considerada desde su aparición en 1956 como una de las obras fundamentales de la narrativa argentina de los últimos años.

La historia de Diego de Zama en Asunción del Paraguay nos sumerge en un entorno de soledad y desamparo, en un tiempo estancado en círculos inmóviles que se concretan en tres momentos vitales de su protagonista. Víctima de la decadencia de la corona española a fines del siglo XVIII, Diego de Zama espera un traslado que se demora indefinidamente; irá perdiendo sus bienes y fortuna y emprenderá progresivamente un peculiar itinerario hacia los infiernos, internándose por un terreno por el que ya se sabe vencido de antemano. Diego de Zama en su hidalguía se descubre en una doble actuación que lo proyecta hacia los demás y hacia sí mismo en busca de una meta inalcanzable. Es así como el protagonista consigue una proyección universal que lo engrandece. Los fracasos se suceden, los episodios cortos contribuyen a esa sensación de lo que se sabe efímero. Los problemas sexuales, la quiebra económica, la situación de su honor de caballero ante la corona española dibujan un panorama que sobrepasa cualquier encasillamiento temporal.

La narrativa de Di Benedetto consiste en una difícil suma de una filosofía del mundo como agresión deliberada y constante -las comparaciones con el ámbito animal predominan- y una visión no exenta de ciertos componentes líricos que brotan de su propio aislamiento y de la convicción de la absoluta necesidad de sobrevivir en un mundo sórdido y cruel. Tal vez en este sentido el breve relato «Caballo en el salitral» (1982), concebido, según propia confesión, de la contemplación de un carrito cargado de pan a pleno sol, cuyo caballo, inmovilizado, acaso padeciera hambre y sed, sea significativo. Di Benedetto consigue superar aquí ese final de muerte y desolación para convertirlo en un triunfo de la naturaleza, en un canto lírico en el que los despojos de la muerte sirven de receptáculo para el comienzo de la vida.

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