Encuentro con Vicente Hernández, hermano de Miguel
Claude Couffon
Fue en abril de 1962 cuando visité Orihuela. Hacía veinte años Miguel había muerto en la prisión de Alicante y las prohibiciones oficiales pesaban aún sobre su memoria. Guiado por Antonio de Hoyos pude encontrar a varios amigos del poeta que me facilitaron testimonios preciosos. Entre ellos, quisiera destacar hoy el recuerdo de Vicente Hernández, el hermano mayor de Miguel que vivía en una casita modesta y silenciosa del barrio de Montserrat.
Era un hombre de baja estatura, tímido y sencillo, de rasgos acentuados como los de Miguel y, sin embargo, muy diferentes. Vicente Hernández había permanecido fiel a su destino de campesino. Con una tranquila voz de hombre de la tierra, cortada por largos silencios durante los cuales escrutaba su pasado, me habló de su infancia en Orihuela:
«El padre era cabrero y había decidido que tendríamos su mismo oficio. Era un hombre muy duro, autoritario, hasta violento si alguien se oponía a su voluntad. Cuando abandonamos la calle San Juan, donde habíamos nacido Miguel, Elvira y yo, para instalarnos en la calle Arriba, Miguel comenzó a ayudarme a cuidar las cabras. En los primeros tiempos, como todavía era muy pequeño, se quedaba en el patio con las madres y sus crías y yo conducía al grueso del rebaño a la huerta. A él le gustaba pasar horas enteras sentado cerca de los animales, sin moverse, mirándolos. Iba a la escuela de los niños pobres del barrio, era buen alumno pero no podía estudiar nada: apenas de regreso de sus clases, mi padre le obligaba a encerrarse en el patio con las cabras. Más tarde, los jesuitas del colegio se interesaron mucho por él y en varias ocasiones vinieron a nuestra casa para tratar de convencer a mi madre que dejara a Miguel ingresar en su Orden. Tenía alrededor de quince años cuando mi padre le hizo saber que sus estudios habían terminado. Miguel leía sobre todo por la noche, cuando todo el mundo estaba acostado, en el cuarto aparte, en el patio, que nosotros ocupábamos. A veces mi padre le sorprendía y se levantaba para apagar la luz. Entonces se producían escenas terribles, que nos dejaban aterrorizados. A menudo, también, Miguel se llevaba libros a la huerta y leía mientras cuidaba las cabras. Lo que me asombraba a mí, que era de salud más bien delicada, era que él se sentara no importaba dónde, casi siempre con la cabeza descubierta, a pleno sol, y que no pareciera sufrir el calor... Me acuerdo muy bien cómo trabajaba cuando tenía diecinueve o veinte años. Los sábados, antes de ir a acostarse, mi madre le preparaba una comida fría que metía en un gran pañuelo anudado. Al alba del día siguiente llevando en la mano su atadito y máquina de escribir, Miguel trepaba por las rocas, detrás de nuestra casa, hasta la Cruz de la Muela y se pasaba el día, solo, allá arriba, componiendo sus poemas...».
Vicente me llevó a visitar la casita en que habían vivido, en el núm. 73 de la calle de Arriba, que no había sido aún transformada en museo. En ese barrio popular, entre árboles y flores que cultivaba con amor, creció el poeta: un retiro donde podía soñar con gusto sin dar la impresión de que infringía la voluntad de su padre. Vi, en un marco de chumberas, la morera y las tres higueras que plantó Miguel y cantó: Paraíso local, creación postrera, / si breve de mi casa... / Adán por afición, aunque sin eva, / hojeo aquí mis horas, / viendo al verde limón cómo releva / de amarillo sus proras, / y al higo verde hacer obras medoras... Pero el «jardín» de Miguel estaba abandonado. Una de las higueras, herida de muerte, ya no era más que un tronco deforme y el limonero había desaparecido.
En mis conversaciones de Orihuela advertí muy pronto que las heridas de la guerra civil aún no se habían cerrado y que los recuerdos de Miguel se detenían, casi siempre, en el 14 de abril de 1936, cuando él había venido de Madrid a inaugurar, en Orihuela, la plaza dedicada a su amigo Ramón Sijé.
Fue Vicente quien me contó el triste martirio que su hermano había sufrido en la cárcel de Alicante:
«Pude verlo tres veces. La primera, durante el verano de 1941. Yo había conseguido obtener un permiso de visita. Él estaba amontonado con muchos otros presos en una celda provista para una sola persona. Su pobre ropa estaba en jirones. Su aspecto revelaba un total abandono, se veía que no recibía ningún cuidado. Pero conservaba la tranquilidad, la energía, el coraje que yo le había conocido siempre... Cuando pude verlo por segunda vez, ya lo había atacado la enfermedad. Como estaba muy mal alimentado y se negaba a tomar el pan que le ofrecían sus compañeros al verlo tan debilitado, había sufrido primero una especie de infección intestinal. Casi en seguida esta se había convertido en fiebre tifoidea... Y además, en la atmósfera confinada de su celda, se ahogaba. Necesitaba el aire libre, el sol, el campo. En un presidio al aire libre, incluso a la intemperie, quizá no hubiera sucumbido. Pero allí se ahogaba, verdaderamente... Viéndolo en tal estado, hice una gestión ante la dirección de la penitenciaría para conseguir que le hicieran una radiografía. En la enfermería de la prisión no había aparatos, pero mi demanda fue aceptada. Escoltados por dos guardias, fuimos hasta el dispensario del barrio de Banalús. La sala de radiografía estaba repleta y tuvimos que esperar nuestro turno. Miguel estaba tan débil que tuvimos que sostenerlo durante todo ese tiempo. El doctor Antonio Barbero, después de examinarle con los rayos X, diagnosticó una tuberculosis pulmonar. El pulmón izquierdo estaba perdido. "No se inquiete -me dijo-, su hermano vivirá. Pero hay que ventilar el pulmón. Vamos a hacerle una incisión...". Regresamos a la cárcel... Un tiempo más tarde, en marzo de 1942, pude hacerle otra visita. Estaba en la enfermería, en un estado de agotamiento casi total, junto a otros noventa o cien enfermos. Le habían hecho una incisión en el pecho izquierdo para colocar una cánula. Pero al contacto con la cánula la incisión se había infectado y supuraba y la taponaban con algodón y gasas. Miguel sufría, pero no decía nada. Yo ya no volvería a verlo vivo. En la segunda quincena de marzo, cuando el mal empeoró, las visitas fueron suspendidas. Miguel murió el 28 de marzo, a las cinco y media de la mañana. Debimos hacer gestiones durante todo el día con Justino Marín, el hermano de Ramón Sijé, que me acompañaba, para que no fuera inhumado en plena tierra, como un pobre, sino en un nicho...».