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Mariana de Mendoza
describe los pormenores de la hacienda cubana, sus moradores,
costumbres y peligros. La Cuba urbana es descrita también en
función de las lacerías y miserias que el destino
reserva a Violeta Courier. Vendida a un prostíbulo se inicia
como prostituta a fuerza de engaños: «Un rico capitalista, uno de esos negociantes
más constantes de la casa [prostíbulo],
ofreció pagar por mí quinientos pesos, y yo fui
vendida y entregada a aquel hombre como si se tratase de una
bestia. Inútil es decir que se alcanzó contra mi
voluntad mi deshonra. Llegó la noche, se mezcló un
narcótico a mi bebida, se me condujo a mi dormitorio, se
introdujo en él a aquel hombre, y cuando yo desperté
me encontré en sus brazos»
, ibid., p. 816.
32
Roberto Pelfort,
personaje omnipresente en la novela, esposo de Piedad, amante de
Estrella y de Violeta Courier. Hombre odioso, brutal, autoritario,
infame, frío, hipócrita, mentiroso, libertino.
Mariana de Mendoza lo degrada gradualmente desde el principio hasta
el final del relato. Degradación que llega incluso a
convertirle en un sátiro redomado y bestial con las mujeres:
«[Pelfort] dirigiendo una híbrida
mirada al peinador, cuyos entreabiertos pliegues dejaban ver el
nacimiento de su seno [...] Loco, fuera de sí, la estrechaba
de un modo violento y brutal entre sus brazos; contemplaba, lleno
de voluptuosidad, el fino y sedoso cutis de aquel cuerpo que
permitían ver los jirones del vestido, y la joven iba a
sufrir el lúbrico furor [...]»
. Ibid., 1, pp. 9 y 15.
33
Todas las
pesquisas detectivescas están dirigidas por el juez Anselmo
Gutiérrez hasta, prácticamente, el final. Cuando se
descubre la implicación de Estrella en el crimen, el juez no
da crédito a las pruebas y pierde toda la objetividad
requerida para un asunto de estas circunstancias. La sentencia
dura lex, sed
lex no se cumple, pues la balanza de la justicia cede ante
la locura de amor. El juez es un hombre rico, inteligente, con
posición social, justo en sus determinaciones, apuesto. Su
único pecado es el haberse enamorado ciega y apasionadamente
de Estrella. Su desgracia proviene sólo y exclusivamente de
esta perversa relación. Su ceguera es tal que no admite ni
el menor atisbo de culpabilidad en su amante, pese a que todas las
pruebas y hechos demuestran la perversidad y la brutal naturaleza
de Estrella. Locura de amor y cruel destino que la autora le
reserva cuando descubre la maldad de Estrella: «¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios
mío!... ¡Conque es verdad! ¡Conque es cierto!...
¡Quién habría de suponer que la mujer a quien
adoro es un monstruo! ¡Cómo es posible que yo haya
sido su juguete, su vil y miserable instrumento! Me sedujo no para
amarme, sino para que yo la defendiera en sus extravíos,
para que la amparase en sus crímenes [...]»
,
Ibid., 2, 677.
Pese a ello, a sabiendas de la culpabilidad de Estrella no duda en
planear su fuga y huir juntos, lejos de España, en la
embarcación Stephenson.