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Entrevista: Leopoldo de Luis

Elsa Urrutia

Jorge Urrutia

«... Antes de la guerra, de los escritores consagrados, mi amigo era Germán Bleiberg, que me presentó a Miguel Hernández. Luego conozco a Jorge Renales -que más tarde firmaría Jorge Campos- y a Jacinto Luis Guereña, que marcharía al exilio francés. Al empezar la guerra intervinimos los tres, con otro poeta y amigo, José Luis Gallego, en una guardería para hijos de milicianos. Los llevábamos a la retaguardia, a Valencia, con una maestra de origen marroquí que se llamaba Fátima Hasen. Poco antes asistí a la conferencia «Política poética» de Juan Ramón Jiménez; nos encontramos con la sorpresa de que no leyó él la conferencia; estaba allí pero dijo que estaba ronco».

-¿Por entonces conoces a otros escritores?

Altolaguirre, Concha Méndez, Alberti. Enseñé a una alumna a recitar un poema de Alberti. Se lo dije y nos citó en la plaza de Santa Ana. La niña recitó el poema muy bien; pero como Alberti tenía un humor tan contradictorio, de repente le entró prisa, dijo tan solo que muy bien y se marchó. Dejó a la pobre niña muy desilusionada. Con Emilio Prados me encontré en Alicante y me pidió romances para el Romancero de la guerra. Yo había publicado mi primer romance de guerra en Ahora, y luego en el periódico de Alicante que dirigía el socialista Luis Caballero. En aquella época de Alicante yo estaba reponiéndome en el hospital, y por eso pude estar en el homenaje a Miguel Hernández en agosto de 1937 en el Ateneo. Allí conocí a Gil Albert, al pintor Gaya o a Juan Guerrero Ruiz. También a León Felipe.

-Porque ya habías ingresado en filas...

En el Quinto Regimiento, en octubre del 36, en el batallón «Pasionaria», que estaba en el Convento de las Comendadoras. En las salas, abandonadas, había montones de cosas, y entre ellas encontré, curiosamente, dos libros notables: uno, la edición de Eternidades de Juan Ramón Jiménez, y otro, el diario de una monja, manuscrito. Mi bautismo de fuego fue en Morata de Tajuña a primeros de noviembre. Era tal mi desconocimiento de las armas que silbaban las balas y yo creía que eran pájaros. Quizás mi hazaña más arriesgada fue que, al retirarnos, alguien abandonó una ametralladora emplazada en una altura. Una ametralladora grandísima, con un trípode enorme. Había que recuperarla, subí, la cogí y me vino desgarrando el hombro completamente. Ya en la trinchera de Usera, en el flanco derecho apareció la Primera Brigada Internacional que, en cambio, tenía ametralladoras pequeñitas que se manejaban mucho mejor, y me dio mucha envidia. Me llevaron al hospital Palace, que era el hospital de sangre, con un tiro en la pierna. Enfrente había otro hospital en el Ritz, donde metieron en aquella misma fecha a Durruti. El oficial de guardia, cuando me recibió, dijo: «Este al quirófano para cortarle la pierna». Cuando desperté -entonces la anestesia te dejaba frito por muchas horas-, pasó una enfermera sueca que se llamaba Queeny Carton y le pregunté: «¿Tengo pierna?». La chica levantó la sábana y dijo: «Sí, tienes la pierna». Me llevaron a un centro de retaguardia, en Alcoy, y de allí marché al hospital de Alicante.

-¿Y en Alicante tienes relación con Miguel Hernández?

Primero empiezo a tener relación con un grupo de escritores y artistas jóvenes que llevaba una sección de Altavoz del Frente. Colaboré con ellos y con el periódico socialista de Alicante, y luego paso a colaborar en el periódico del Partido Comunista, Nuestra Bandera. Cuando viene a Alicante Miguel Hernández se propicia el homenaje en el Ateneo y yo voy con Gabriel Baldrich, que estaba conmigo en el hospital. De ahí surge el librito que publicaremos los tres juntos ya en 1938, Versos en la guerra, editado por Socorro Rojo Internacional. Antes había aparecido mi librito Romances de un combatiente, en 1937 en las Ediciones Soldado del Pueblo. De ninguno de los dos conservo ejemplar porque mi madre, asustada por un registro policial en los años cuarenta, los destruyó. Mi padre me decía que no escribiera tantos romances, que yo ya había escrito otro tipo de verso. Y por eso en el librito con Miguel Hernández hay romances, porque están los «Romances a la muerte de Lorca», pero hay poemas de verso libre.

-¿Cómo seguiste en la Guerra Civil?

Cuando me dan de alta me destinan a un servicio de información en Valencia, luego al sector del Sur del Tajo y, por último, al Estado Mayor del Ejército de Extremadura, con base en Almadén. Mis responsabilidades me hacían viajar por Extremadura -acompañé, por ejemplo, a los inspectores internacionales que comprobaban la salida de los combatientes extranjeros-, y por eso conocí al poeta Juan Alcaide en Valdepeñas.

¿Fuiste represaliado?

Al acabarse la guerra, el general Escobar nos reunió y nos ofreció un pasaporte para salir por alguna frontera. Él se iba a quedar para hacer la entrega del Ejército en Ciudad Real; eso se cuenta más o menos en la novela de Olaizola La guerra del general Escobar. Yo estaba presente cuando, en conversación telefónica, el coronel Yagüe le dijo al general que llegaba a Ciudad Real. Yo quería volver con la familia y no huir a Francia; además, el coronel Yagüe le había dicho al general Escobar: «A los que no tengan las manos manchadas de sangre no les pasará nada». Y el general nos dijo: «Esto me lo acaba de decir el coronel Yagüe. A estos señores yo los conozco, son caballeros y son cristianos, son compañeros míos, y ellos aseguran que si no tenemos las manos manchadas de sangre no nos pasará nada». Pero cambió el dispositivo del Ejército de ocupación y no vino Yagüe sino la unidad de García Valiño, más duro, más violento, e inmediatamente nos metió a todos en el campo de concentración. A los dos meses habían fusilado al general Escobar.

En el campo de concentración de Ciudad Real no se comía. Al cabo de dos o tres días llevaron un camión de chuscos y se murieron dos ahogados en el tumulto que se organizó para cogerlos. De Ciudad Real, a todos los que teníamos algún grado de oficial nos llevaron a Ocaña esposados de dos en dos. Yo llevaba una maletilla de madera y la mano derecha esposada con otro. Tuve suerte en Ocaña. No sé por qué me llamaron para la oficina del director del penal y todas las mañanas me iba a la oficina para volver a la galería de noche. Como estábamos muy mal de agua, porque no había más que un grifo en el patio y en el recinto a donde yo llegaba había agua, me llevaba las cantimploras de todos mis compañeros colgadas, las llenaba, y por la noche volvía con ellas a mi galería. Mi padre, que se enteró de que yo estaba allí, pidió meterme un colchón, porque dormíamos en el suelo. Un teniente del Cuerpo Jurídico y yo compartíamos el colchón que me llevó mi padre, que se quedó allí, claro, cuando salí.

Me formaron un Consejo de Guerra en Aranjuez y me condenaron al batallón de trabajadores. Nos metieron en un vagón de ganado (sin ganado, el ganado éramos nosotros), y llegamos hasta Jimena de la Frontera. Cuando llegamos, nos formaron en el llano que hay junto a la estación y es cuando conocí a la que sería mi mujer, porque me trajo un poco de agua.

-Y durante toda esa peripecia, ¿qué relación mantienes con la literatura?

Fuera de las lecturas (siempre llevé en el petate un ejemplar de la Segunda antolojía poética de Juan Ramón Jiménez), una relación muy privada, particular, con los amigos, con los conocidos.

-¿Y durante los tiempos de guerra? ¿En Extremadura?

No la hubo hasta que vine a Madrid. En el campo escribí los «Sonetos de Ulises y Calipso», publicados más tarde en Garcilaso. También Rafael Manzano, un poeta de Huelva, me pidió colaboración para su página literaria -pero ya estamos hablando del año 41-, y yo le mandé «Dos décimas a la muerte». Entonces es cuando nace Leopoldo de Luis. Porque yo no puedo, en esas condiciones, firmar como Leopoldo Urrutia.

-¿Cómo te reincorporaste a la vida normal?

Cuando salgo del batallón de trabajadores y regreso a Madrid lo primero que publico son los «Sonetos de Ulises y Calipso», sobre la isla del Perejil. Me los publicó José García Nieto a través del periodista José Altabella, a quien le preguntó si yo no era muy rojo. Y Pepe Altabella le dijo: «Nooo, es un poco republicano». La verdad es que García Nieto, en general, puso las menos pegas posibles. Toda vez que lo que publicaba eran poemas líricos, no era una cosa para asombrarse. No se negó nunca, ni conmigo ni con ningún otro. Porque Rafael Morales también tenía algún romance en el Romancero general, y Pérez Valiente había sido oficial en el Ejército republicano, y Pérez Creus comandante.

-¿Cómo se organizaba la vida literaria de los jóvenes que venían del Ejército derrotado, cómo se integraban en la vida literaria?

Preguntado así parece que se incorporan de una manera corporativa, y no es así. Cada uno se busca su propia vida. Yo encajo en Garcilaso a través de Pepe Altabella; otros habrán hecho otra cosa y otros no habrán hecho nada, se habrán quedado al margen. Antonio Buero Vallejo le pasó una comedia al Teatro Lara, pero como no le contestaban me pidió el favor de que se la reclamara al empresario Conrado Blanco; que me dijo que la había leído pero que no le parecía teatral, así que me devolvió el ejemplar. Era Historia de una escalera. A Camilo José Cela también lo conocí en el Café Gijón; allí me regaló la segunda edición de La familia de Pascual Duarte.

-Es decir, que llegas a Madrid, consigues trabajo y un día te plantas en el Café Gijón y dices: «Hola, buenas tardes, yo escribo».

Claro. Empiezo a ir todas las tardes al Gijón y conozco a los que entonces estaban allí: Rafael Morales, Rafael Montesinos, Salvador Pérez Valiente y otros. Estamos hablando del 44. Yo empiezo -o vuelvo- a publicar así. Empiezo a publicar en revistas porque, después de Garcilaso, mando a otras, como Espadaña, y me pongo a hacer, con la modestia de mis medios, la colección «Mensajes». José Luis Gallego, desde la cárcel, me sugiere que vaya a ver a Carmen Conde. Así que la llamé un día y nos citamos en el café Sawen, que estaba en le calle Serrano; y me presentó a su marido, Antonio Oliver, con quien hice mucha amistad. Empezamos a vernos prácticamente todos los días y a charlar.

-¿Cuál fue la función del Café Gijón? ¿Se puede decir que sirvió para que se relacionasen escritores que venían de ambos bandos?

En el café se produce una confraternización de escritores de los dos bandos. Salvo los más intransigentes, como podía ser Jesús Revuelta, pero también. Como figura mayor estaba Gerardo Diego. Iban Federico Izquierdo Luque (el que hacía la revista Juventud, de Falange), Dámaso Santos (director de periódicos del Movimiento), José Luis Prado Nogueira (oficial de Marina), Demetrio Castro Villacañas (redactor del Arriba, el periódico del Movimiento) y otros escritores oficiales, por así decirlo. Pero también Enrique Azcoaga, Rafael Morales, Rafael Montesinos, Salvador Pérez Valiente, Juan Pérez Creus, Ramón de Garciasol. De manera que se hizo una confraternización. Celaya estaba todavía en San Sebastián y Blas de Otero sale algo después y no va por el café; hasta que no se publica Ángel fieramente humano (1950) no lo conozco. Eugenio de Nora venía a veces. Asiduo era Pepe Hierro, que por entonces ganó el Premio Adonáis. En cambio Otero no lo obtuvo porque se opuso Florentino Pérez Embid, que era del Opus y director general de Prensa.

Había personas capaces de que no hubiera divisiones en el grupo, como era el propio García Nieto. Cela, según le daba (llegó a contar que, cuando se pasó de zona republicana a zona nacional, el oficial que le cogió le dijo «¿Y usted por qué no se pasó antes?»; a lo que contestó: «Porque estaba viendo quién ganaba». Eso, que es mentira, sí marca su talante, que era estar un poco al sol que más calentara). En seguida se empieza a publicar La Estafeta Literaria, donde hay que decir que nos acogen a todos también.

La Estafeta Literaria estaba dirigida por Juan Aparicio, el hombre del ministro Arias Salgado. Juan Aparicio era un gran periodista, capaz de inventar una vida literaria que prácticamente no existía. Porque éramos solo unos cuantos en el Gijón, y algunos grupos de provincias... Porque eso sí: en una España tan centralizada como la de Franco, surgen grupos literarios por todas las provincias: León, Córdoba, Sevilla, Valencia... Todos los grupos tienden a tener una revista, pues las revistas no son sino una manera de fundir el grupo de jóvenes que tiene esas inquietudes. Hay una política de apoyar a los grupos desde las Jefaturas Provinciales del Movimiento, que es la manera, además, de tenerlos controlados.

-¿Cómo era la relación con los intelectuales falangistas: Laín, Ridruejo, Aranguren...?

Con esos intelectuales tuve muy poca relación; la que tuve fue a través de José María Valverde. Con Rosales, sí. Con Vivanco menos, aunque más intensa. Rosales era más superficial, dirigía Cuadernos Hispanoamericanos. A Leopoldo Panero lo considero un gran poeta pero conmigo fue muy antipático. Y Tovar hizo un artículo sobre un libro mío.

-¿Pero era una dificultad contigo o era una cosa hacia los poetas que entendían que no eran de su cuerda?

No sé bien. Yo tenía fama de estar muy en contra de ellos, una fama quizá excesiva. Lo que noté es marginación, no contaban conmigo o contaban poco. Sin embargo, fuera de algunos nombres, hoy echo de menos la relación amistosa que se entabló entre los poetas en aquella época.

-¿Y cómo fue la relación con los escritores del exilio?

La relación empieza, quizá, por Max Aub, que me manda sus conferencias en el Colegio de México, y por la revista Las Españas, de Victoria Kent. Hay un concurso del Ateneo del México; yo mando unos poemas aún inéditos de El extraño y me dan el premio. Publicaron los poemas en Las Españas. Más tarde le envío a Victoria Kent Teatro Real, cuando se publica en Adonáis, y ella le hace mucha publicidad, porque consigue un artículo muy bueno y muy extenso que no sé de quién es, porque se firma con un seudónimo y la siguiente nota: «Este seudónimo corresponde a un importante intelectual español». Nunca he sabido de quién era. Pronto me escribe Domenchina, que me manda Exulumbra, La sombra desterrada... La relación era de persona a persona, no era una cosa generalizada. Y además estaba la revista Ínsula, porque a José Luis Cano le escribían todos. Cuando Alberti pasó por Venezuela, a través de unas amigas que publicaban aquella revista Lírica Hispana, me mandó un libro dedicado. Luego ya no escribí a Alberti hasta que no cumplió los 60 años y le propongo a Cela un homenaje en Papeles de Son Armadans. Emilio Prados sí me escribió antes y me mandó Jardín cerrado. A Guillén le vi el año cincuentaitantos, cuando vino a Madrid, porque Guillén estuvo poco en el exilio. Estuvimos en el café, me habló de la distinción de los poetas, y me firmó el libro poniendo «A Leopoldo de Luis, poeta ya distinto». Otro que conocí pronto fue a Guillermo de Torre. Me escribí también con Juan Rejano, con Antonio Aparicio y con León Felipe, al que había conocido en la guerra.

-¿Cuál fue tu relación con el Partido Comunista?

Entré en el Partido Comunista el mismo año de la guerra, en el 36. En la posguerra la conexión la tuve a través de Gabriel Celaya, a quien había conocido antes. Me enteré de que iba a publicar una colección en San Sebastián, hablé con él y me pidió un libro. Le mandé Huésped de un tiempo sombrío y fui a verle. Hablamos del partido, en el que intervenía mucho un pintor que se llamaba José Ortega. Un día me propusieron ir a Francia, y fui a París. Luego, como ya había abandonado eso, preferí quedar fuera. La vida se complicaba, el trabajo, la situación familiar... José Luis [Gallego; ya su cuñado] estaba en la cárcel por haber intentado organizar un grupo clandestino. Solo pude visitarlo una vez, porque a los presos del penal de Burgos no los veían más que sus familiares directos. A mí, como cosa excepcional, me dieron una entrevista porque había ganado los Juegos Florales de Burgos. Y escribí el poema «Patria oscura» para agradecerle al grupo de presos amigos que me mandaran un librito manuscrito que hicieron.

-En los años 50 se celebraron unos congresos de poesía que cobraron sentido político...

El primer congreso, el de Segovia, tiene como distintivo fundamental la incorporación de la poesía catalana. Fue una obra personal de Dionisio Ridruejo y de Rafael Santos Torroella. Los dos convencieron a los catalanes de que se incorporaran porque iban a ir poetas castellanos muy deseosos de colaboración. Vienen poetas tan importantes como Carles Riba, su mujer Clementina Arderíu, Marià Manent y el propio Juan Perucho. El primer congreso tiene también importancia política porque es el primero (es el año 52) que se celebra en España y no envía un saludo al Jefe del Estado. Aunque fue el único al que asistió Vicente Aleixandre, presidía la primera sesión nada menos que Carles Riba. En «Ruegos y Preguntas» yo propuse que se enviara un telegrama de saludo a Juan Ramón Jiménez, que estaba en Puerto Rico, como sombra mayor de la poesía española. Y en este momento dijo Dionisio Ridruejo: «Me parece muy bien, pero también pido que se envíe un telegrama al Jefe del Estado con el saludo del congreso». Carles Riba, que no estaba dispuesto a eso de ninguna manera, dijo: «Muy bien. Que se nombre una comisión integrada por don Dionisio Ridruejo y don Leopoldo de Luis para que presenten los textos mañana». Y a continuación dijo: «Y yo me voy esta noche». Entonces Dionisio y yo nos reunimos esa tarde y me dijo: «¿Tú tienes mucho interés en lo de Juan Ramón? Porque si mañana nos callamos y no decimos nada, ¿alguien va a pedirnos los telegramas?». Llegó el día siguiente, ni Ridruejo ni yo abrimos la boca, Riba no se había ido y aquí paz y después gloria. De manera que el congreso ya circuló muy bien y no hubo en realidad ponencias políticas, porque quizás la más escandalosa fue una que hicimos José Luis Cano, el propio Santos Torroella y yo, no sé si alguien más, propiciando una Casa de la Poesía para los poetas...

El segundo congreso, de Salamanca (1953), estuvo teñido por el homenaje a Unamuno en el cementerio de Salamanca. El congreso de Santiago fue más político, porque se incorporó Celaya, que presentó sus teorías, que fueron muy controvertidas, sobre la poesía como arma cargada de futuro y sobre la poesía influyendo en la conciencia de las gentes.

Yo hice crónica de los tres congresos. Para el primero me encargó Juan Aparicio, yo no sé por qué, quizá por sugerencia de García Nieto, que hiciera las crónicas para los periódicos del Movimiento. Pero intervino Pedro de Lorenzo y lo echó abajo. Entonces la hice en Papeles de Son Armadans, en una revista de Barcelona que se llamaba Revista y en algún otro sitio.

En el de Segovia conocí a don Eugenio d'Ors quien, ya en el 55, escribió su glosa sobre mi libro El extraño, que se llama «Contra la muerte». Dijo: «Estos versos están escritos, están y espero que lo estén durante años y durante siglos, por Leopoldo de Luis». Me parece que exageraba un poco.

-Se habla muchas veces de la apertura que trajo el ministro Fraga Iribarne, pero tal vez se olvida cómo trató a los intelectuales cuando protestaron por la represión de las huelgas de la minería asturiana a finales de los 60.

Yo firmé el manifiesto. Fraga nos echó encima a la prensa y lo menos que nos llamaron fue «perros sifilíticos». Yo ya no pertenecía al partido, pero me lo llevaron dos miembros del partido de los que afortunadamente me olvidé en seguida; así no tuve problema para tener que decírselo al juez. Que me dijo: «Como ya estaba primero la firma de Vicente Aleixandre...». ¡Y la de Menéndez Pidal! El juez ya había hablado con varios poetas y todos habían dicho: «Como había firmado el maestro...». A Vicente lo llamó y él me contaba: «Pues me han llamado, así que qué quieres hijo, me armé de valor...». Recuerdo que el secretario me leyó la declaración y yo le dije que faltaba una coma. «Póngale usted la coma a este señor, hombre, póngale la coma», gritó el juez.

-El manifiesto era una carta en defensa de las mujeres de los mineros asturianos.

Sí. El juez archivó la causa, pero no nos lo dijeron. Así como cuando surgió la causa, Fraga nos echó toda la prensa encima, cuando se sobreseyó no lo dijeron. Había sido un manifiesto en defensa de los mineros y de las mujeres que habían sido castigadas: les habían cortado el pelo. Escribí un poema que se llama «La humillación», que está en la Obra completa pero que tachó la censura en su día. Cuando contestó el Ministerio, dijo descaradamente: «Todo ha acabado, como ven ustedes, en una tomadura de pelo». Hombre no, en una tomadura de pelo no, se ha quedado en que esas mujeres han sido humilladas.

-Con tu primer libro después de la guerra, Alba del hijo, te sitúas en un neorromanticismo. ¿No estás viviendo en los años cuarenta un momento de desorientación estética? ¿Los «Sonetos de Ulises y Calipso», qué son?

Los «Sonetos de Ulises y Calipso» es montar una historia sentimental sobre un tema mitológico. Es un ejercicio gongorino. En Huésped de un tiempo sombrío se apunta una poesía de queja. Después, en Los imposibles pájaros, vuelvo a ser neorromántico, y ya en Los horizontes, o en El extraño, entra mi poesía en una zona existencial.

-El poema «Fútbol modesto», de El árbol y otros poemas, puede ser el principio de tu poesía social pero, al mismo tiempo, es todavía claramente sentimental.

Quizá todos los poemas míos, aunque sean sociales, son un poco sentimentales. En El padre y El extraño es donde podría estar el existencialismo de modo más evidente.

-Después viene un existencialismo social, en Teatro Real, con un tono político que no había antes. Resulta curioso que es cuando dejas el Partido Comunista, hacia 1954, cuando empiezas a escribir una poesía más política.

Es curioso. Puede ser. No he pensado en eso. Quizá porque veo más poesía de ese tipo en torno a mí. Al poeta le influye un poco lo que está ocurriendo en torno suyo. Teatro Real es del 57 pero está hecho antes, y yo no dejo mi manera de pensar.

-¿La poesía social es una poesía política?

En la Antología de poesía social defiendo que no es lo mismo la poesía social que la política. La poesía social es una toma de conciencia, una preocupación, y un paso, que eso también se ha dicho, de la poesía del yo a la poesía del nosotros. Prevalece el realismo sobre el simbolismo. Como la poesía en definitiva es una manera de ver el mundo, muchos poetas que hacían poesía social pasan a hacer otro tipo de poesía. Mi generación evoluciona hacia la reflexión filosófica, por lo menos yo.

-¿Y qué filósofos, qué pensadores, habrían influido en esa generación?

Influyeron los filósofos existenciales: Sartre, Camus, desde luego Kierkegaard, y ha influido Rilke.

-¿Cómo ves ahora a tu generación y cómo crees que la ven los más jóvenes?

Entiendo que algunos poetas de mi generación no han sido superados y siguen siendo los mejores poetas de la segunda mitad del siglo XX: Hierro, José María Valverde, Blas de Otero, Celaya. Otros creo que han sido olvidados injustamente.

-¿Cómo ves la cultura española actual?

Echo de menos grandes figuras, grandes guías. En mi juventud estaban Ortega, el propio d'Ors, por supuesto Unamuno y estéticamente Azorín, por ejemplo. No digo que no las haya ahora, sino que yo no las veo. Quizá el último haya sido Aranguren, quizá algo también Pedro Laín, pero han desaparecido y no creo que hoy tengan gran influencia. Echo de menos una gran figura, esa es la verdad, como echo de menos un gran poeta.