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Epílogo sobre la hipocresía del mexicano

Rodolfo Usigli





«Un pueblo sin teatro es un pueblo sin verdad».



Algunos autores escriben prólogos después de haber escrito sus obras. No veo, pues, una objeción sustancial a escribir un epílogo para El gesticulador antes de haber hecho más que trazar el primer acto. Esta infortunada costumbre que he heredado de algunos escritores notables, así como otros heredan de ellos ideas sólidas, palabras, formas y aun estilo, me ha valido va más de una desazón. Ella ha confirmado el deseo, diré casi la ilusión general de tenerme por poco modesto. Podría decir en defensa de mi modestia que soy menos vanidoso que aquellos para quienes la certeza de haber escrito una gran obra hace superflua toda explicación, innecesario todo apéndice, y que dejan a críticos futuros el trabajo de comentar lo que han producido. He observado, sin embargo, que la característica susceptibilidad del mexicano, que le permite creerse siempre vigilado, observado y perseguido; adivinar intenciones nonatas y percibir injurias automáticas en cualquier frase reticente, distraída, pausada o involuntaria de la vida común, se nulifica ante el respeto que le inspira la letra de molde. La masa general del público lector mexicano es incapaz de leer entre líneas, a la vez que toma la letra impresa con una superstición determinista y pueril. Nunca ve más allá de sus no muy largas narices, y la prueba de su credulidad en lo impreso, de su necesidad de lo expreso como en molde, está en la naturaleza esencialmente escatológica y sexual de los chistes que celebra y hace circular con deleite, y en el éxito de algunos cancioneros pergeñadores de comedias sentimentales a la española. Cualquier exhibición factual -y lo impreso es un hecho- merece su inmediata, ilimitada e irreflexiva credulidad seguida de uno o dos comentarios chabacanos o banales. Hasta qué punto es esto una herencia española, sería largo de determinar aquí; pero se trata de una característica a todas luces cultivada por la convencionalidad muy clase media de casi todo escritor mexicano. El éxito de escritores políticos como Bulnes, o de escritores odiseicos como Vasconcelos, de hombres que escriben con claridad y en los que el matiz es sobre todo un regusto que se disuelve en infinitas capas en el paladar, no ha logrado iluminar la conciencia del escritor mexicano medio -que es al fin y al cabo el único escritor probable, vista la singularidad del genio-. Al proclamar en letras de molde las excelencias y los defectos de mis propias obras, obtengo un porcentaje mayor de credulidad en ellas, y el gesto en que incurro no es ni más ni menos narcisista que el de cualquiera de mis colegas cuando explican en la ruidosa intimidad de los cafés sus trabajos y su fe en sí mismos. Después de todo, el único género escrito que no necesita de nada más, es la poesía. El gesticulador, con todo lo que es, no es precisamente un poema. Me figuro, por otra parte, que el hombre que proclama a gritos su intención para que se la compare a su obra, parece un petulante o un loco. Pero el arte no ha pasado hasta ahora de ser una simple intención que a veces se realiza. Si una obra es mala, o inferior a su intención, ésta no la salvará; pero es preciso que la intención sobreviva, aun por encima de la obra, y para lograr un resultado semejante hay que gritarla en un tipo claro, que hará creer en ella a las gentes.

Hace varios meses fui invitado por un centro que, con tan poca modestia como pudiera hacerlo yo, se llama a sí mismo, Ateneo, para dictar una conferencia sobre el estado del teatro mexicano y sus posibilidades. Pocas veces creo haber hablado con tanta concisión, claridad y realismo. La reacción de mi reducido auditorio fue de indignación y de protesta. Los actores profesionales especialmente declararon que yo era, de entre un grupo de escritores que prejuzga paradisiaco, el más alejado de la realidad. Un antiguo amigo mío se ofendió particularmente; un general aficionado a las ciencias y a las letras me mostró un profundo disgusto. El presidente del Ateneo me apostrofó con gran cortesía -tanta que me permitió contestar a su aterciopelada pero severa crítica- y me figuro que tomó la determinación de no volver a invitarme a aquellas personas a registra sus conciencias, las hizo sonreír a menudo y reír bastante a costa de sí mismo, ya que les presentaba. Me di cuenta entonces de que sólo la verdad puede fascinar, y de que no existe un vértigo comparable al retrato más o menos parecido, experimentaron el vértigo -deseo y miedo a la vez- de dejarse caer. Y, naturalmente, venció el miedo. El cuerpo desnudo de mi conferencia era un análisis -basado en mi experiencia de los teatros profesionales y aficionados- de las incapacidades específicas del mexicano para ser un buen actor o un buen dramaturgo y crear un teatro propio en su país. Es decir, la falta de concentración por una parte, y por la otra la falta de verdad en su vida. Comparé al primer respecto a los elevadoristas de Radio City con los choferes de camión de México. El respeto del concentrado autómata norteamericano por las vidas humanas que conduce, y cuyo equilibrio rompería una sola palabra extemporánea, no ya una larga y sabrosa conversación como las que sostienen nuestros choferes mientras corren por las calles como la flecha sin blanco del filósofo. La necesidad romántica del mexicano de jugarse siempre la vida -y con ella otras que no son suyas- para superar su complejo de inferioridad ante la disciplina y la concentración en un trabajo armonioso y, humanamente, perfecto. La misma razón convierte al trabajador mexicano en una brillante mariposa de todos los oficios para superar su incapacidad de especializar en uno solo.

Pasé después a estudiar la afirmación del teatro como un arte de colaboración por excelencia, y señalé otra característica negativa del espíritu del mexicano: la que le hace agruparse y colaborar siempre en contra, nunca en pro de algo. O sea la colaboración inversa. Esto indigné un poco más a mis oyentes. Al fin pronuncié la injuria más alta. La única esperanza que tenía, dije -y que sigo teniendo-, de que el mexicano llegue por fin a tierras teatrales, es su hipocresía. Recuérdese que los griegos llamaban hipócritas a sus actores. El mexicano, dije para hacer evidente mi tesis en un ejemplo afilado, es el señor que en la calle se descubre para saludar a las damas y que en su casa golpea a su mujer y a sus hijos, y esto pareció ya intolerable al auditorio. El presidente me aseguró que él no golpeaba a su mujer, y salió garante por todos los presentes en igual sentido. Siento no haber aprovechado la coyuntura para señalar otro de los defectos mexicanos más corrientes: el de creerse siempre personalmente aludidos, a reserva de ofenderse cuando no haya habido alusión, por peyorativa que sea.

Hablé entonces de la vida ficticia del mexicano: del pobre de vecindad que pide sillas, o cubiertos, o dinero prestados para dar una fiesta; del burócrata servil que necesita del tequila, del mezcal o de liberadores semejantes para decir a gritos lo que piensa del gobierno o de su jefe directo, sin saber, pobre diablo, que no hay embriaguez comparable a la que produce la sobria verdad; de la taquígrafa y el fifí que viven vidas prestadas -quizá, no lo recuerdo, de la mujer de placer sin placer que jura en todos los casos que es de Guadalajara tapándose con una punta de la reputación de belleza de las nativas de esa ciudad-. Hablé de la necesidad de llevar esta mentira viva, esta contradicción fatal del espíritu del mexicano, al teatro, para llegar así a la verdad de México. El señor presidente me declaró entonces que él iba al teatro en busca de un espectáculo artificial, pintado y amueblado en papel y mentira, que lo aliviara de las crudas realidades de la vida, y que suponía que todo el público obedecía a un impulso análogo.

Es inútil añadir que dejé una impresión poco grata en mis oyentes, y que todos me encontraron antipático e iluso.




Hay muchas maneras de golpear a vuestra esposa

Desde los bastos y mazas: de la Edad de Piedra hasta las esclavitudes morales o sexuales, el hombre cuenta en todo el mundo con un amplio catálogo de formas para golpear a su mujer. Un sistema bastante explotado en las clases alta y media es la interpretación exacta del por lo demás siempre mal entendido axioma oriental que propone como medio de tortura el pétalo de una rosa. A forma más del delicada, peor fondo, ya que la injuria duele a menudo más y deja trauma que el golpe claro, primitivo y sin complicaciones. Probablemente el mexicano es, de todos los hombres, quien ha explotado con mayor variedad y vigor este catálogo. El mexicano es un ser susceptible, orgulloso, que suda amor propio, celoso como un moro mejorado por un español y con una sensibilidad refractaria a la verdad. Se jacta de ser sincero y de decir la verdad, pero no permite que se la diga nadie a él. Cuando alguien se la dice, él pone el remedio con ser muy hombre. Golpea, y no sabe que cuando golpea está golpeando a la verdad. No sabe que la verdad crece y se manifiesta y alcanza toda su belleza a golpes. Como el orangután del cuento de Poe, que mata porque tiene miedo y embute a medias un cadáver en una chimenea para ocultar su crimen, el mexicano completa la verdad, la perfecciona mientras mejor cree encubrirla. Es posible que la característica sea afirmativa de todos los países de América que han padecido un largo destino colonial. Lo folklórico es igual en todas partes, y lo moral, o lo inmoral, lo es a menudo.

En la clase media, la estrata más representativa de todos los países, el mexicano golpea a su mujer desde luego a través de todas las formas posesivas del amor -por la adoración gemela de los celos, por el simple método de una vida conyugal en la que la voz amor es sinónima de amo; por la reclusión y por la limitación del horizonte económico, y por el número excesivo de hijos que le inflige- sin saber que a cada hijo confirma la esclavitud de su mujer, que a cada hijo forja un rasgo más de la verdad que trata de evitar.

El mexicano pega a sus hijos con un sistema educativo particular, anarquizante, siempre en pugna con el de las escuelas oficiales, de las que, por lo demás, nada bueno podría decirse. Todavía hace veinte años alcancé a conocer en la capital hijos que besaban servilmente la mano de su padre -y aún los hay y que le hablaban de usted. Hijos golpeados a diario por el látigo de siete colas del helado respeto sin conocimiento ni estimación. El mexicano pega a sus hijas cuando les prohíbe el trato con niños de su edad, el baile, el cine, los cosméticos, los trajes de moda, los cigarrillos y los cocteles. Todo aquello, en suma, que carecería de la atracción de lo desconocido si las niñas pudieran disfrutarlo en su casa. El mexicano golpea a sus hijos cuando les inyecta cotidianamente una idea hinchada de su edad y de su responsabilidad, en vez de aspirar a prolongar en ellos una infancia sana y optimista mejor que inventarles una mayoría pretensiosa y enfermiza. El mexicana golpea a su mujer cuando le oculta cuánto gana, cuando gasta su sueldo en las cantinas, cuando no tiene qué gastar en las cantinas y la culpa de ello; cuando le prohíbe tener amigos personales, ir sola a los espectáculos, o, con una amiga, a los bares para señoras. La golpea cuando la enfrenta sin escrúpulo ni filosofía ni responsabilidad a los aspectos más crudos de la vida, y la golpea cuando pretende impedirle que se entere por sí misma de la realidad, haciéndola, por ejemplo, salir del teatro cuando la obra tiene pretensiones de atrevida. La defrauda así de una porción de experiencia humana y, lo que es peor, la obliga a imaginar en ella profundidades que no existen. La golpea, sobre todo, por su empeño, que él cree amoroso, de elevarla a una dignidad de la que se siente investido, y esto es quizá más grave que cuando la golpea con el latido interminable de su superioridad. Circula en ella como una sangre viciada, hasta privarla de todo carácter personal, y la sacrifica a la tradición de heroísmo de la mujer mexicana. Como sentiría celos si ella, después de tener varios hijos, tratara de adelgazar, la repudia porque engorda del centro del cuerpo, la engaña con mujeres más jóvenes, o simplemente con mujeres en cuyo descoco y descarado gracejo descansa de la falsa dignidad que ha imbuido a golpes diarios y dominicales en su esposa.

Pero cuando esta familia de mutilados sale, par ejemplo, al Café de Tacuba en día domingo, parece un cuadra en el que el otoño se mezcla agradablemente a la primavera; cambia amables saludos y sonrisas con las otras familias, y el mexicano queda persuadido, por toda la semana, de que es un modelo de esposos y de padres.




¿Cuántas maneras hay de golpear a un marido?

No es difícil decir quién empezó los golpes, considerando sociológicamente el más libre desarrollo del hombre. Pero es difícil decir cuándo comenzó a devolverlos cristianamente la mujer bajo las formas del adulterio, del despilfarro, la conjuración de suegras y cuñadas, la desviación del cariño o del respeto, o, por lo menos, el cultivo de la indiferencia en los hijos, las cantilenas, las burlas, los celos reales o fingidos, y un a veces el descuido de su propio cuerpo, por conocer el poder que ejerce sobre el marido. En este caso, como en todas las peleas en que interviene mucha gente, maridos, esposas e hijos inocentes han recibido numerosos golpes por la capacidad de multiplicación del azar. En otras palabras, por la constitución en clase de los grupos humanos.

La infelicidad conyugal resulta a menudo de una falta de concierto sexual entre dos personas, por lo demás afines. La mexicana mentira en que han vivido ese mismo hombre y esa misma mujer a través de innumerables generaciones -que ya se ha añadido la partícula de nobleza-, la mentira heredada le impide enfrentarse libremente a la verdad y obtener, por la acción siempre pronta y eficaz de ella, una liberación justa. Otras veces la infelicidad conyugal resulta sólo de un espléndido concierto sexual entre dos gentes de condición y educación desiguales, de modo que aquí el infierno y el paraíso se hacen más agudos y tóxicos. Aquí los términos se invierten, lo que los interesados ocultan y sepultan es la verdad moral, mientras en el primer caso ahogan la verdad del sexo. Pero en un ejemplo como en el otro, los hijos resultan terriblemente golpeados por padre y madre a medida que éstos reconocen sus defectos naturales en aquéllos.

La mujer, que es sin duda más refinada que el hombre y posee más flexibles y múltiples recursos para golpear a su marido -desde el no pegarle los botones hasta engañarlo con el mejor amigo-, es, naturalmente, la que gana en último análisis. Satisface por un lado la llamada tradición que hace de la mexicana una sacrificada heroína doméstica, orgullosa de su esclavitud como cualquier enfermo que se respeta, de sus llagas. Por el otro, hace que su vacua y desecada vida interior refleje en la exterior, social y oficial del hombre con los resultados que se conocen para él. Consecuencia: una multiplicación de los golpes.

De este modo, la verdad que va formándose a golpes se revela un día, se revela terrible, de granito, un bloque insuperable aplastante que anula a sus creadores para siempre. Se convierte en una devastadora abominable que es preciso destruir a todo trance. Imaginemos ahora lo que sería una verdad armoniosamente desenvuelta, homeopáticamente producida. Sería, simplemente, la salud conyugal.




La verdad fabricada en México

Cualquier hortera, y aun cualquiera de nuestros llamados críticos teatrales, puede mutilar los pies a mi teoría con sólo aludir a la universalidad de la situación que describo. Creo que las características varían; pero en el caso de que México estuviera poseído por una fatalidad universal en este aspecto, el único cambio que sobrevendría sería el de hacer frente a esto como a un mal tanto más terrible cuanto más extendido, tanto más peligroso cuanto más exótico, a fin de salvar al joven país de una infección que no debe padecer en buena fisiología. Aunque la vanidad es capaz de grandes extremos, nadie coge voluntariamente las viruelas por imitar al buen vecino.

La verdad de México es una larga obra de las mentiras mexicanas. En sus fases de eclipse va acumulando poder hasta que explota un día. Entonces sobrevienen los crímenes pasionales, los infanticidios, los uxoricidios, el asesinato político o, modestamente, una revolución. Podría decirse que la verdad mexicana es una verdad al vapor.

Alfredo Gómez de la Vega -un actor que lee- me señaló hace poco, como una confirmación de todas estas negras ideas, una frase de Samuel Ramos, que, para él, explica la falta de un teatro mexicano. Samuel Ramos, único filósofo crítico que hemos tenido en este siglo, declara en El perfil del hombre que el mexicano es incapaz de objetivarse sinceramente. La frase no puede ser más feliz ni más sugerente en su sencillez. Es indudable que esta incapacidad obedece a causas tangibles; se ha perfeccionado en el tiempo desde que los tlaxcaltecas se unieron a los españoles, no por ellos sino con el único objeto de ayudarlas contra los aztecas -colaboración tradicional- y desde los cantados y decantados tiempos en que se decía: «Cortés como un indio mexicano».

El sistema colonial, que protegió la hipocresía y la mentira en indios, mestizos y hasta en los inoculados criollos, privando a aquéllos de su idioma y de sus dioses, limitando sus transacciones comerciales, y frustrando a los otros de los mejores empleos y prebendas, es la primera fábrica oficial de la verdad mexicana.

Degenerado hasta el pulimento y la sensibilidad, este pueblo de guerreros rudos que exhibían en jaulas a sus enemigos capturados; descendiente de razas que habían construido sus pirámides sobre otras en vez de tomarse la molestia de derruirlas, aprendió a mentir para conservarse, o desarrolló su incapacidad natural para objetivarse sinceramente, bajo aquel régimen. Un buen ejemplo de la hipocresía del mexicano es el extraño grito de independencia lanzado por el cura Hidalgo: «Mexicanos: ¡Viva México! ¡Mueran los gachupines! ¡Viva Fernando VII!». Como si aquel rey de baraja, ya carcomido en los cuerpos de sus abuelos, hubiera sido un príncipe azteca, un último renuevo del viejo tronco mexica. Algunos disculpan la tortuosidad y la hipocresía de esta exclamación fundándose en el romanticismo ambiente en la época, en la aureola que el destierro y la tutela habían prestado al pasajero monarca. Pero, pregunto, ¿por qué no atenerse a las dos primeras partes de la sentencia de libertad? La actitud política de Hidalgo parece irreprochable: sabía que sin un viva al rey de España, los mexicanos no se levantarían contra el virrey. Pero, además, esas dos frases no podían ser verdaderas si no iban precedidas o seguidas de una mentira. Porque la forja de la verdad mexicana necesitaba de ésa, y todavía de otras muchas mentiras. Entre otras, de la hipocresía gubernamental que puede seguirse en la larga lista de los gobernantes que ha tenido México en menos de siglo y medio. Considérese el caso de Iturbide y el más característico y, dijérase, perfecto de Santa Anna. Lo efímero de los periodos de gobierno no hacía sino más angustiosa y lenta esta fabricación de la verdad. El vergonzoso comité que ofreció un trono espectral a Maximiliano, marca, en cambio, una decadencia, un receso: el mérito del hipócrita consiste en engañar a los que lo rodean y conocen, y no a quien, no conociéndolo, puede tomado a la letra. Véase después el contraste que un niño Juárez, mosaicamente salvado de las aguas y un romántico y deambulatorio presidente Juárez, ofrecen con un presidente Juárez bien establecido en una época en que el liberalismo, incapaz de objetivarse sinceramente, tiene todas las facciones de nuestro primer raqueterismo político. La larga paternidad porfirista, costosa ilusión de gobierno que establece el primer paralelo entre México y la Rusia zarista por la violencia de los contrastes que crea en el país, concilia con los Estados Unidos mientras vende concesiones a Inglaterra. Gobierna con un uniforme en el que brillan medallas de las que una gran parte le vienen de haber sido antes revolucionario. El poder político tiene, en los países como México, una virtud de transmutación en escala descendente. Si hemos tenido algún gobernante de oro, su gesto ha sido, como el de todos, convertirse en un hombre de cobre cubierto de oro estañado. Véase el porfirizo. Otros han discutido ya su perfil de tiranía que dicen ilustrada. En la entrevista Creelman-Díaz, en vez de objetivarse sinceramente en su tiranía, el gobernante la disfraza, declara que no se opone a que se haga política en el país, etc. Y no es la objetivación sincera, sino la falsedad del porfirismo, la que acarrea la revolución. Esta hipocresía progresiva resulta en una dilución, en una dilación del drama mexicano; pero da forma a la revolución de este siglo. Sólo que la verdad, liberada un momento, no parece haber alcanzado su madurez puesto que pronto vuelve a ocultarse para esperar las mentiras que la alimentan. Por una magia revelable, la revolución resulta así, sustituyendo y mejorando al régimen colonial, la segunda gran fábrica de la verdad mexicana por medio de la mentira y de la hipocresía de tantos de sus servidores.




Esperanza y demagogia

Con la revolución entramos, al fin, en el terreno propio de El gesticulador. Esto no quiere decir que El gesticulador pueda pasar a los revolucionarios ojos del Senado de la República por un candidato ideal al novel premio de literatura revolucionaria1. Pero en suma, la revolución es la causa, la atmósfera y el efecto de esta pequeña pieza.

De la revolución podría decirse, también, que si no hubiera existido nunca sería necesario inventarla, por su valor de tránsito. Pero en principio es lo mismo que toda idea política: una aspiración hacia la verdad. Por lo tanto, una mentira individual que pretende volverse colectiva para hacerse verdadera.

Una voluntad de crear algo que no existe. La mentira individual del gobierno porfirista no logra colectivizarse a pesar de sus treinta y cuatro años de vigencia. Ocurre que el porfirismo no es precisamente un gobierno para México, por la idea civilizada y romántica que tiene de las necesidades mexicanas; cree que el pueblo ambiciona la vida de un pueblo europeo, y aunque así parece ser, el fracaso político de la idea es innegable puesto que entonces los mexicanos ensayan otra mentira: la democracia. Es decir, un estado social para el que México, a todas luces y a pesar de Madero, no está maduro aún. Cuando esta mentira del gobierno civil, civilizado y cívica empieza a ejercerse apenas, una nueva mentira la destruye: la mentira militarista que, sin embargo, es la que más fácilmente se ha vuelto colectiva en el mundo, la que más completamente se verifica o veriza, si el barbarismo puede expresarlo mejor. De igual modo que Díaz cree que el mexicano quiere vivir a la europea, Madero cree que el mexicano quiere el sufragio a la manera suiza; Huerta cree que el mexicano se encontrará bien en una disciplina militar a la alemana y, sobre todo, piensa que la tradición nacional de la traición representa un anhelo, una mentira ya colectivos. No puede menos que observarse, al rastrar estos fenómenos, que todo el sistema político europeo que entrará en crisis en 1914 está representado en México con una amplitud desconcertante. Por otro lado, sin una creencia, subconsciente, o consciente, no habría acto de gobierno, porque creer es obrar; no se trata de la verdad, ya que la verdad no necesita de creencia alguna, sino que requiere conocimiento, y es la mentira la que anda en busca de credulidad, la que necesita ser creída. Como la fe, la verdad es acción; pero es una acción ya realizada.

Para comprender mejor la multiplicidad de las mentiras individuales en que se apoya la revolución, basta el espectáculo de revolucionarios divididos en pugna mortal, que tratan cada cual de colectivizar su propia mentira. A la gran mentira colectiva de todos los tiempos -la esperanza- se suma entonces en los caminos de la revolución un procedimiento destinado a inflar, a decorar y a publicar las mentiras individuales. Este procedimiento es viejo y sus raíces se hunden en la antigüedad griega. Me refiero a la demagogia. Cada partido revolucionario tiene sus demagogos o cantores. La demagogia no es otra cosa que la hipocresía mexicana sistematizada en la política. Es el lenguaje siempre hablado y jamás escrito -aun el impreso- por el que los candidatos y las instituciones políticas encarecen y disfrazan sus intenciones y sus conquistas hasta darles un aspecto universal y moderno. La demagogia entre nosotros suple a la realidad, excita la actitud de creer y tiende a precipitar el proceso de colectivización de las mentiras; pero no es una ni otra, sino el instrumento de todas ellas. Se anticipa a la existencia real de las cosas exactamente como la mentira parlamentaria se anticipa en la letra de la Constitución de 1917 a la existencia mística de los problemas que tiende a resolver, según se ha comprobado a menudo. También es posible que de esta anticipación surjan en gran parte los problemas más tarde. Este lujo literario en los hombres de la revolución, que quieren un país grande, consciente y complicado, es idéntico en su origen al lujo social de la caza de la zorra en el porfirismo.

El afán de México por lograr una apariencia de lo que no es, me parece bien manifiesto ya. La demagogia, por otra parte, ha privado a la revolución de su categoría de tránsito fecundo, y mutilado su evolución. La demagogia, por ejemplo, para fines de publicidad, ha calificado de revolucionarios a muchos gobiernos que, aunque encabezados por caudillos de la revolución, eran negras equivalencias de atrasadas tiranías que, en vez de objetivarse sinceramente como tales, se cubrían con la piel de la revolución -si le han dejado piel a la revolución-. Un gobierno revolucionario sería en realidad aquel que, aun siendo monárquico, se adelantara a los del resto del mundo en la ilusión del progreso social. Si al principio de la revolución encontramos la mentira colectiva de la esperanza de mejorar, más adelante sólo hallamos en ella la misma demagogia al servicio de los más contradictorios gobiernos. La demagogia es tan responsable como el militarismo de que Carranza muera por la misma razón que años más tarde convierte a Calles en el «hombre fuerte» y en el «jefe máximo». Gracias a ella, Obregón consigue transformar la mentira, la esperanza democrática que dio un estandarte y un lema a la revolución: es decir, la revela como mentira.

Considerando que la sangre de México es químicamente política, ocurre así que el mexicano puede gozar opinión de cortés porque hace zalemas, en la calle mientras golpea en casa a su mujer, tal como la dictadura porfiriana hace de México un país aparentemente próspero y civilizado; el gobierno de Madero, un país aparentemente democrático; el gobierno actual, un país aparentemente izquierdista, etcétera.

No puede el mexicano moderno vencer en sólo un giro del sol una conducta que se ha convertido en una segunda naturaleza desde hace siglos. Una naturaleza que, en realidad, es para el mexicano moderno la primaria. Nuestra historia política es elocuente en probar que los gobiernos de México han creído siempre que la verdad no es otra cosa que una mentira generalizada. Por eso el estudiante universitario de El gesticulador, que busca la verdad en las huelgas escolares, no es más loco que cualquiera.

De la esperanza, tesis de la revolución, y de la demagogia, su antítesis, sale, para seguir la todavía válida definición hegeliana, una síntesis: la esperanza de que la demagogia tenga fin un día.




Héroes

Para su corta edad cristiana, México es, sin duda, un país extraordinario. En menos de siglo y medio de vida mentida independiente ha lograda acumular más héroes que todos los países de Europa juntos en las guerras del 70 al 18. El héroe es un atributo inseparable de toda entidad federativa. Se diría casi que las revoluciones no tienen más objetivo que fabricar héroes, como artículos de primera necesidad o monedas de curso universal y eterno. Lo más pueril en el caso de México su empeño de conservar incólumes -y polvosos- a sus héroes.

Un historiador joven recibió consigna hace veintiocho años guardar en el cajón del silencio documentos comprometedores para la reputación de héroe de Ignacio Allende. El concepto mexicano del héroe es infantil; cuando menos, romántico. No sólo se espera de él lo que es la espina dorsal del heroísmo, o sea una acción desinteresada, grandiosa y casual, sino una vida en línea heroica que no se encuentra en ninguno de los conquistadores de la historia. El resultado es que, en estos tiempos de furia biográfica en la literatura universal, pocas vidas de héroes mexicanos han podido ser noveladas. Un villano de película política, como Santa Anna, ofrece más abundante acopio de material y más interés humano que la mayoría de nuestros héroes. En oposición con este concepto, la revolución presenta como una fábrica de héroes, que hará un héroe de cada uno de los que secunden la nueva mentira que se trata de colectivizar. Un pequeño paseo reflexivo por la historia de México mostrará que la mayoría de nuestros héroes -con excepción quizá de Morelos- no son más que fragmentos: ojos, cabezas, brazos o piernas de héroes.

El lugar común de que el heroísmo es una cobardía trabajada hasta un punto de explosión en nada cambia este hecho. Los héroes, como los poetas, llevan una vida contradictoria y desilusionante; pero, por otra parte, un héroe es la mentira individual que más pronto se generaliza. Sin embargo, el héroe-a-todas-horas es un fenómeno que sólo se da en México gracias la regadera de la demagogia. Ahora bien, pese a su sed de heroísmo, la revolución de este siglo es una especie de rompecabezas de armar (interlocking puzzle) por obra de las variadas mentiras en que se origina. Aunque haya conseguido inventar algunos héroes cuyo balance -con excepción de Madero- no se hace aún y el día que se haga será escalofriante, no tiene un solo héroe absoluto, o, como dice el profesor Bolton en el primer acto, total. Bueno o malo para la revolución, esto es un hecho. Ninguno de sus hombres parece haber tenido una visión de conjunto, y hay demasiados héroes locales en ella para creer otra cosa. Ésta es la razón que me ha movido a inventar la anécdota del heroísmo de César Rubio. Hace falta un héroe semejante a nuestra revolución. La pieza misma, por demás, que sin este epílogo sería tomada, a causa de la fuerza de su materia anecdótica, por una fantasía o por un melodrama político, es simbólica de México aun contra sus propios deseos. La verdad es ineludible; pero, como todos los países de difícil destino, México sólo llega a la suya a través de las mentiras de sus hombres -y no por angustiosa es menos segura esta generación de la verdad.

César Rubio vende al profesor Bolton una mentira individual, en parte por su incapacidad para objetivarse sinceramente, en parte porque esa es la verdad de Bolton, o la mentira que le interesa adquirir como verdadera. Revelada, descubierta, casi expuesta a sucumbir, la mentira se salva por su violenta colectivización en un momento propicio. Se vuelve intocable hasta para Navarro, el competidor y asesino de César Rubio, que no tiene inconveniente en eliminar al hombre, concurrente estorboso, pero que tiene, en cambio, escrúpulos en sacrificar el mito del héroe. Este caso no es nuevo en la historia de México. Varios regímenes recientes han perseguido y aun exterminado a aquellos de sus miembros que se han gangrenado con mayor rapidez: pero se han abstenido de publicar sus exacciones, prevaricaciones, abusos, faltas o crímenes, por no lesionar a la Revolución con R.

Puede objetárseme que si trato de presentar en mi pieza la hipocresía o la incapacidad para objetivarse sinceramente, hago mal en usar un personaje de razón, como Elena, o en hacer que Julia se sepa fea y lo diga con sinceridad, o en hacer que Miguel busque inconscientemente la verdad y no su verdad. Pero acusarme de inconsistencia en esto equivaldría a negar la fuerza de creación del teatro, y aun el impulso latente, espero, en las generaciones nuevas.

Elena, por otra parte, es un tipo existente de mexicana a quien las privaciones y la limitación han disminuido, pero no ahogado; una mujer deformada que no puede, por ejemplo, comer más de lo que su pobreza la ha acostumbrado a comer, sin peligro de una indigestión. Julia cree que embellecerá proclamándose fea, o por lo menos que así impedirá que los demás la llamen fea -el general Obregón hacía algo semejante-. Como, en conclusión, el valor simbólico de mi comedia es lo que menos me importa, me resigno pensando que sólo se trata de un «caso» mexicano, de una fabricación más de la verdad por los golpes de la mentira. Creo, sí, que las proporciones de El gesticulador en lo moral, no podrían ser iguales en una obra de otra nacionalidad.

Al crear a César Rubio, héroe total al extremo de ser verdad y mentira, remedio una deficiencia -digamos una laguna de producción- de la revolución mexicana.




Héroes universitarios

-¿Los hay? -me preguntó hoy una persona a quien hablé de este epílogo. La respuesta categórica es innecesaria, tanto como la pregunta. Si los hubiera, yo sería uno de ellos, aunque nunca fui estudiante universitario -cosa que no me ha impedido ser catedrático-. Muchos de mis antiguos colegas lo serían si lo heroico fuera en su verdadero y único sentido capaz de ser cotidiano y cultivable en maceta. El sueldo de cuatro pesos diarios que he asignado al profesor César Rubio es sólo en sueño desde el punto de vista de ser el sueño de los catedráticos que sólo hemos ganado dos pesos diarios.

Los esfuerzos de la Universidad por generalizarse han sido estériles hasta ahora; hay un abismo entre la colectividad y las aulas, y aunque la Universidad en ninguna parte es una mentira generalizada, aquí lo parece, en su etapa individual apenas. Esto no quiere decir que deba imponerse a la masa de población una educación y una profesión liberal cuando hay tantas cosas interesantes que iniciar en México. Tampoco significa e la educación impartida a unos cuantos millares de estudiantes deba ser regida por el denominador común de una teoría política.

En la época pro-apariencia de la edad de pórfido del porfiado porfirismo, se creyó necesario tener también una apariencia de cultura, y don Justo Sierra fundó la Universidad. Pero que don Justo abre, el destino mexicano lo cierra, sea o no justo. Todos sabemos ahora que la Universidad hubiera podido salvarse en esencia y en forma, a mantenerse categóricamente aislada y sin ofenderse por los epítetos de aristócrata o pequeño burguesa que se le aplicaron. Pudo especular en las aulas sobre su naturaleza, para reconocerla y aceptarla en público. Pero esta impasibilidad filosófica ante la amarilla fiebre política era demasiado esperar de una institución mal alimentada. La hemos visto vasconceliana y estatal, lanzando la moda de la cultura espiritualista y clásica; la vimos callista, con rectores seudorracionalistas; la vimos revolucionaria a semejanza del hombre, y la vemos autónoma, es decir, devorándose a sí misma y estableciendo cátedra en el aire. En esta casa de los mil ecos, la revolución-eco y la demagogia-eco acabaron por aniquilar toda esperanza en el estudio. Dos, o quizá tres generaciones de estudiantes, han visto su juventud revolcarse en la arca política, y un gran número de catedráticos han perdido fe en lo que pretendían enseñar. Recuerdo una reunión bastante reciente, organizada para juzgar a un director impopular en cierto sector. No se adujo en su contra un solo motivo fundamental académico, si bien menudearon las razones políticas y sentimentales al extremo de que el director llegó a blandir como un supremo argumento de su eficiencia técnica el ser muy hombre. La bancarrota del respeta por la integridad científica de los profesores me parece explicable. El alumno no cree en sus maestros, a quienes ha visto venderse, acobardarse, dejarse dominar por las huelgas locas, y aferrarse a sus miserables empleos a pesar de que llegaban al punto de no enseñar ya, de no respirar en su función de maestros. El profesor ha vista al estudiante malbaratar su sinceridad juvenil, convertirse en un ente político a quien ya no puede tratar paternal ni afectuosamente, que a veces ha leído más libros de teoría social que él mismo; y, sobre todo, lo ha visto convertirse en su colega en pocos años, gracias al flujo político; ser su igual y su discípulo a la vez, y casi quitarle el pan sin superarlo pedagógicamente.

Yo he visto y oído actitudes y comentarios dignos de la corte de un político profesional, que hubieran debido envejecer también en lo físico a aquellos niños; arrugar y volver amarillos sus rostros, encorvar sus espaldas, desdentar sus bocas, pues procediendo coma viejos egoístas y fracasados, merecían representar exteriormente su decadencia moral.

Los funcionarios con quienes traté sobre la realización de mi proyecto de crear una escuela universitaria de teatro me recibieron bastante bien. Lo único de que nunca pude convencerlos fue de la necesidad de hacer del actor un hombre culto. En nuestras innumerables y cordiales discusiones de mi proyecto, me acusaron con amistoso interés de ser un temible académico, de estar fuera de foco en México, ya que debería vivir en Suiza o en Suecia para ser comprendido; de ser un idealista incurable, un candoroso y pueril crítico que exageraba las dimensiones de las cosas. Todo porque pretendía yo que se fundara un bachillerato de teatro revalidable en las facultades de artes, filosofía y letras. Mi proyecto salió de manos de los dictaminadores -algunos de ellos, por lo demás, eran mis amigos- reducido como las mujeres gordas quisieran salir de un régimen de adelgazamiento o las feas de uno de belleza. Se aceptaba en principio -pero nada pasaba del principio-. Como soy la primera víctima de una obstinación ingénita incurable a pesar de numerosos fracasos, que son grandes doctores, volví a tomar la discusión donde ellos querían abandonarla, y razoné tanto, tan furiosamente y tan bien, que en una plática amistosa -bajo la invitación a la cordialidad que representa un vaso de cerveza- uno de ellos me reveló la verdad: «Nosotros no estamos en la Universidad para crear instituciones académicas, sino para hacer política. El teatro es una parte mínima de nuestras actividades políticas. Si quiere usted trabajar en esas condiciones...». Palpé aquí otro de los contrasentidos mexicanos: la práctica de deducirlo todo en la realidad sin perjuicio de inflar esa desmedrada realidad por medio de fórmulas pedagógicas. Una vez aceptadas las cosas, cuando aquellos funcionarios decían teatro o nuestro teatro, daban una vibración notable a la palabra. Como, en medio de todo, lo que me interesaba era trabajar, adopté aquella proposición y esforcé mi buena voluntad hasta creer que de unos amorfos cursos teatro podría salir más tarde una escuela completa. Me gustaría ver este consuelo aplicado al padre que ambiciona un niño y a quien la primera experiencia le resulta mujer. ¿Se decidirá a creer que con el tiempo la niña se volverá niño?

Durante todo un año de descomposición política me salvó, a los ojos de mis amigos y enemigos, el no intervenir jamás en las combinaciones y jugadas, planes rancheros y escándalos en que el régimen trataba de mantenerse a flote. Cuando la escisión final se produjo, encontré que todos mis amigos estaban distanciados entre sí y que yo no tenía razón alguna para tomar el lado de unos o de otros por encima de mi interés en mantener vivo un experimento de escuela teatral que, al fin y al cabo, podía ser más fecundo que todo lo político demás. Por una, la crisis puso término a mis dudas haciendo tabla rasa de los artificiales cursos de teatro. La promesa cotidiana de financiar algunas producciones dramáticas no llegó a la realidad nunca, y los profesores, los estudiantes y yo perdimos un año por lo demás abundante en pobreza y en desilusión.

La actitud de los estudiantes, por otra parte, no fue mejor la de las autoridades. Nunca hubo en ellos disciplina, pero tampoco pasión por su trabajo que, sin embargo, era un trabajo de arte que habían emprendido voluntariamente. Después he pretendido que lo primero que toda pasión crea es su propia disciplina. Algún día interrogué uno por uno a cuarenta de ellos, y ninguno pudo decirme por qué seguían los cursos de teatro. Las interminables huelgas y vacaciones universitarias se reflejaban directamente en ellos, y diluían toda posibilidad de concentración en el trabajo. Los cohetes quemados a diario en las puertas de la Escuela Preparatoria resonaban en las bóvedas de la Sala de Discusiones Libres hasta impedirnos hablar. De tal manera eran aquellos estudiantes criaturas de un caos original, que había que sugerirles y aun que ordenarles que tomaran notas, para que lo hicieran. Algunos eran buenos chicos muy en lo privado; pero todos se asociaban en la actitud general de no escuchar, de no anotar, de resistir valientemente a todas las instrucciones, consejos, enseñanzas y órdenes que recibían. Su falta de continuidad en la acción de estudiar es el fenómeno más completo que he visto. Conozco a algunas gentes de mi generación que hubieran dado cualquier cosa por haber seguido hace quince años los cursos que estos alumnos despilfarraban. Me convencí, bastante tarde ya, de que nada con forma humana podía salir de algo amorfo, inmoral en su falta de contornos concretos y de objeto inmediato. No sé por qué no pude comprender entonces que una escuela de teatro resultaba verdaderamente superflua en un lugar donde el teatro se vivía, donde todos eran políticos, es decir, actores consumados que actuaban cotidianamente en una farsa interminable.




Hombres al agua

En otros países los universitarios fracasados fundan academias, universidades, sectas religiosas, bibliotecas circulantes o periódicos. Aquí, dado el entrenamiento político y demagógico que reciben en la Universidad, se lanzan triunfalmente a la política federal en su forma burocrática. Obsérvese que ninguno de ellas es capaz de objetivarse sinceramente, de reconocer la invalidez de un título adquirido por medios políticos y no por el estudio, y de renunciar a él valerosamente como a un lastre abominable. Al contrario, el título es un escudo, una apariencia o máscara, una mentira individual en que el hombre se enconcha a fin de esconder su incapacidad, para hacer frente de otra moda a la vida. Y esta mentira se colectiviza con rapidez y despersonaliza a su propietario convirtiéndolo para siempre, de modo abstracto, en el doctor, el licenciado, etcétera.

El predominio de los instintos humanos por encima de la verdad y de la conciencia permite al «hombre al agua» apelar a cualquier recurso para salvarse. Se reconoce aun la validez del acto de matar para no morir en las chicanas del tuerto Derecho. Por esto quien ha negado al extremo de un callejón sin salida y se ahoga como César Rubio, puede hacer cualquier cosa sin distinguirse considerablemente de los demás. Ésta es una ley aceptada en los mejores círculos. Para suscitar en él reacciones tan poderosas que tuvieran que llevarlo a la actitud que asume en la pieza, había que darle los antecedentes más asfixiantes que fuera posible, y no los hay más que los universitarios en México. Para quienes encontraren excesivo este aserto, recomiendo un examen de la vida universitaria en los últimos nueve años, o una conversación a corazón abierto con un profesor o con un líder estudiantil. Los más humildes y apolíticos declaran que hay que callar y soportar para que la apariencia de universidad se salve; los otros se defienden y justifican con la demagogia hasta hacerse pasar por héroes. En ambas casos están dando esquinazo al problema, rehuyendo la comprobación de que lo mejor de la juventud mexicana ha sido diezmado, infectado o corrompido, ahogado por una tela ya metálica de hipocresía, de demagogia, de apariencia. Temo que ninguno de ellos estará de acuerdo conmigo, que todos se afirmarán en la negación y que me encontrarán arbitrario, desconocedor del medio, iluso y aun estúpido, como mis oyentes de la conferencia. En realidad, todo moralista lo parece en un clima inmoral o amoral, y produce la misma impresión que un chino, de quien siempre dudamos, al oírlo emitir sonidos, que pueda estar hablando.

Pero el estado actual de la Universidad no es más que la consecuencia más grave, si no final, de una revolución desintegrada por la demagogia y por la hipocresía. Y las mentiras mismas de esta revolución no son, en el fondo, sino herencia le la fábrica colonial de la hipocresía mexicana.




La nueva colonia

La guerra de España ha tenido la virtud de restablecer una liga afectiva, que estaba un poco floja ya, entre españoles y mexicanos. El español, con pocas excepciones y sin culpa personal, sigue considerando a América, y en particular a México, como una colonia sempiterna. Para el mexicano parece completamente inútil la experiencia de tres siglos de vasallaje, como para el español parece vana la guerra que le hicieron desde 1810. Ambos olvidan que la desintegración racial de México, primero, y su artificialidad racial después, son resultados de la Conquista y de la Colonia.

Por mucho que me regocije ser un producto de la cultura española, y por más que no cambiaría yo el español por ningún otro idioma en el mundo, no puedo menos que reconocer que esa cultura no me ha capacitado para hacer frente a la vida moderna de México, y estoy seguro de no constituir una excepción. Si es cierto que la cultura forma el espíritu de un país, no lo es menos que la cultura es un hecho sujeto a otros hechos geográficos y económicos, aunque a veces los supere en arma imperialista. Y la geografía y la economía de México, son de lo más ajeno a la geografía y la economía de España.

Los propios marxistas y materialistas dialécticos no podrían dejar de reconocer este hecho sin negarse a sí mismos. Es visible que el mexicano dista de poseer las virtudes características del español: su reciedad de carácter, su obstinación, su forma libre y aun cruda de hablar, su seguridad en sí, su inmunidad -a veces excesiva- a las influencias de moda, su pasión, sin frenos, su cólera, su capacidad, en suma, para objetivarse sincera y aun brutalmente. La diferencia en los regímenes de alimentación de los dos pueblos es bien conocida y explica muchas cosas. Resulta claro, pues, que el español no pudo, en trescientos años, permear ni, menos, moldear al mexicano a su imagen y semejanza -no pudo destruir ninguna de sus ilusiones sobre sí mismo; no logró, con su resplandor, sino ensombrecerlo e introvertirlo más-. La rapidez con que el injerto de la cultura francesa se desarrolló entre nosotros en el último tercio del siglo XIX, prueba claramente que la cultura española no bastaba para afirmar completamente al mexicano -que, por lo demás, todavía habla y hablará siempre el castellano como un extranjero.

El español ha vivido un largo destino de repercusiones universales; es un ser de afirmaciones indudables y, por ello, un pasadista. Él conquistó a México, por ejemplo, y no tiene la menor idea de haber perdido su dominio. La conquista de México es una afirmación que reviste caracteres únicos en la historia, como todas las afirmaciones españolas. Y si no, allí está la masa de la arquitectura colonial para probar esta afirmación de España. Para probar el genio pasadista del español, allí están los toros, el folklore y la gitanería intransmutables; allí está el tema del honor, tratado infatigablemente en el teatro desde hace trescientos cincuenta años; allí está la supervivencia del Cid y del Quijote. Es pasadista porque todo esto tiene para él valor de afirmaciones eternas, y cuando jura, jura por todo lo que sigue siendo eterno para él -Dios, la hostia, etc.-, jura de poder a poder. Si no se le cree pasadista, obsérvesele intercalar siempre la anécdota, lo inmóvil, en la conversación y en el movimiento diarios, es decir, presentes. Si no se le cree afirmativo como una máquina de afirmación, véase su incapacidad general para la pausa y para el silencio en la conversación. Defectos o cualidades -no me interesa definirlo-, todo esto constituye energías afirmativas, integrantes de una raza hecha y bien hecha.

¿Dónde están entonces las afinidades con el mexicano? El sentido mismo del humor difiere entre ellos como toda su sensibilidad. El único punto en que podrían encontrarse es cierto exhibicionismo; pero aun aquí, el exhibicionismo del español es fanfarrón y jactancioso, es decir, afirmativo, mientras el del mexicano es modesto, es decir, hipócrita, es decir, negativo.

No soy de los que gustan de volverse contra el pasado, por la absoluta futilidad de tal gesto. No obstante, no puedo dejar de afirmar que la visión política de España en los siglos de oro fue menos grandiosa y universal de lo que se piensa. La inmigración conquistadora nunca pasó, en el Norte, de California, Texas y Nuevo México -parte del sur y del oeste de los actuales Estados Unidos-. Es decir, un décimo a lo sumo del territorio de aquel país. Ninguna división marítima impedía percatarse de esta extensión territorial. ¿Qué razones políticas impidieron a España explorarla y conquistarla en tantos años? Si todo lo que es hoy la Unión Americana hasta las fronteras del Canadá hubiera podido ser dominio español sujeto al idioma castellano, el presente de México sería muy diferente de lo que es: tendría una frontera al Norte con España o con un pueblo indo español, no con un pueblo sajón. De esta vecindad, de esta situación geográfica ineludible, emanan los problemas reales de México, problemas que no puede resolver la cultura española que hemos heredado. Es cierto que el idioma español, aunque complica en parte nuestra vida porque no ha llegado a ser íntegramente vivo entre nosotros, nos salva hasta ahora de convertirnos en una extensión geográficamente natural y lógica de los Estados Unidos del Norte. Pero, de todos modos, el peso y la predominancia del buen vecino en nuestra existencia política y económica, su gradual penetración en nuestra cultura, han sido cotidianos desde hace casi un siglo. Santa Anna no es el único ejemplar de agente vendedor de propiedades inmuebles a los Estados Unidos, ni Juárez el único caso de político que ha necesitado recurrir a los gobiernos norteamericanos para consolidar su poder. Porfirio Díaz encuentra una justificación histórica al promover la capitalización europea en México para contener la invasión económica del pueblo norteamericano en marcha. Esta medida, sin embargo, no pudo menos que ser transitoria, ya que nuestra fatalidad geográfica permanece inconmovible. Apenas caído Díaz, nuestros gobiernos sucesivos viven y mueren con la vista fija en la Casa Blanca. Por otra parte, nada ha podido contra esto la heredada cultura española de México ni la hispánica grita vasconceliana.

Otro fenómeno digno de considerarse es el que se refiere a nuestra literatura, por tanto tiempo subsidiaria, sin frutos casi, de la española. Naturalmente, lo que en las letras españolas, por tradicional y pasa dista que sea, tiene aún cierta vitalidad explicable, en las mexicanas que van a su zaga es materia muerta. En puridad, el periodo más brillante de la poesía mexicana se inicia en el tercio final del siglo XIX, cuando la influencia francesa se extiende. Sor Juana es demasiado solitaria para tener nacionalidad poética fuera de la española. Nuestro teatro, en cambio, continúa regido por el gusto de los abarroteros españoles, de tal suerte que las obras que tienen éxito fuera del ambulante y ubicuo teatro Ideal son precisamente aquellas que las hermanas Blanch no han tenido tiempo de llevar a escena. Un tipo de teatro, en suma, contra el que protesta a diario todo lo que hay de más culto en México. En el abarrotero, especie española inferior, el pasadismo se convierte en un defecto de incultura, simplemente. Esto explica por qué ayuda a mantener vivo el astracán, la declamación cursi, lo irreal, mientras, por ejemplo, boicotea a las actrices o los autores con apariencia de izquierdistas. (Margarita Xirgu y García Lorca en diversas ocasiones, aunque Lorca ahora es ya un lugar común lírico bien recibido.)

Cuando en el cenit de la revolución cursaba yo la escuela primaria, me fueron instilados sentimientos nada cordiales hacia los españoles y los norteamericanos. Así, llegué a la vida, que habitualmente principia en México después de la escuela, lleno de ideas falsas. En cambio, existen profesores de literatura que son académicos y que al enseñar la novela, por ejemplo, se atienen estrictamente a la española, y prefieren hacer leer a sus alumnos las obras de Pereda y de Picón a las de Stendhal, Balzac, Dickens o Dostoievski.

Pero el problema de la nueva Colonia en que la guerra de España ha venido a situamos, ha traído consigo un recrudecimiento de nuestra colonial hipocresía vuelta ave fénix. Dos países unidos durante siglos por un común destino político, no pueden, ciertamente, serse indiferentes. Los españoles muertos por mexicanos y los mexicanos muertos por españoles han establecido entre nosotros ese sentimiento que distingue a la familia; una liga de sangre derramada que no podría desconocerse. La cultura mexicana se compone en gran parte de esencias de la cultura española que no hubiéramos podido animar y hacer vitales sin la colaboración de otras culturas, principalmente la francesa. Esto es una realidad comprobable en el desarrollo de nuestra cultura, no una teoría sin puntales. El movimiento de la cultura en México, por lo demás, no es sólo una mezcla por partes desiguales de lo español y de lo francés. En los últimos veinte años hemos demostrado una capacidad temible para asimilar el humour y la cultura anglosajones, y el número de gentes que hablan el inglés en México sobrepuja al de las que hablaron francés en la época porfiriana. Los Estados Unidos nunca nos absorberán culturalmente por entero, aunque el paralelismo del destino geográfico entre ambos países hace temerlo. Y no lo lograrán porque hasta ahora el pueblo norteamericano es infinitamente menos resistente que el nuestro a las influencias culturales, más curioso también, y capaz de, convertirse con los años en un invernadero de las culturas de todo el mundo, incluida la futura mexicana. Lo que nos toca aprovechar del vecino es su sentido de la realidad y de la disciplina. En la Alta California, por ejemplo, se conservan los edificios de las viejas misiones, los nombres españoles de los lugares, con una veneración que ya quisiéramos ver aquí al cuidado de nuestros abundantes monumentos coloniales. Se hacen fiestas con trajes de la época hispánica en la región; pero todo ello con la conciencia de que se trata de un pasado, de una noche veneciana que no puede regir la vida presente. Véase la diferencia en México.

Es decir, que la identidad fatal que por un tiempo reúne a España y a México en un solo haz político no existe ya. Que España, con toda lo que representa para nosotros, con la cordialidad que nos suscita, con el interés a que nos mueve en la sincera objetivación de su tragedia, es España, no México. Y que esta tragedia misma pesa menos sobre nuestro destino que las fluctuaciones del dólar, o tanto como las de Austria, Checoslovaquia, o China, o Rusia, en lo político; quiero decir factualmente, por supuesto, no sentimentalmente.

Esto explica por qué el hombre que representa al nuevo destino en mi pieza, el hombre que determina el destino heroico de César Rubio, es el profesor Oliver Bolton, norteamericano del Este. Al usar para este fin a un universitario en vez de un coyote, un lobo financiero, un gánster o un periodista, pretendo señalar la evolución que está sufriendo el interés de los Estados Unidos en México. Un interés que empieza a volverse espiritual e intelectual, y del que México debe sacar un partido más inteligente, aunque menos heroico, que el que obtiene César Rubio. Quiero decir que debemos empezar ya a cambiar valores intelectuales y de cultura por técnica y sentido real de la vida, en vez de cambiar tierras y esclavitud política y petróleo por dólares y por armas.




Cantar de gestos

La capacidad mexicana de gesticulación es infinita. Esta mañana, en un tranvía demasiado lleno, ocurrió algo que cuento, aunque pueda parecer pueril, porque tiene el valor de ser un hecho venido a mí. Un joven rubio, bien vestido, tuvo que sentarse, a causa de la aglomeración, en la banqueta que corresponde al cobrador, que no la ocupaba por tratarse de un tranvía sin caja colectara. Como el cobrador, siguiendo una típica costumbre de su clase, conversaba en el frente con el motorista, un pasajero que bajaba mostró su abono al joven rubio. Poco tiempo bastó a éste para posesionarse de su papel: empezó a mirar inquisitivamente a todos los pasajeros que salían, y se encargó además de tocar el timbre, una vez para que el tranvía se detuviera y dos para que reanudara su marcha, por todo el resto del viaje. Debo confesar que lo hacía bastante bien y con una exactitud nada profesional. ¿Por qué? Porque lo divertía, lo cambiaba momentáneamente en otra persona -era un gesto-. Sin embargo, si hubiera podido convertírsele, por medio de una vara de virtud sindical, en un cobrador auténtico, es seguro que se habría ido inmediatamente a conversar con el motorista.

El mexicano todavía no puede ser actor en el teatro, como lo demuestra palmariamente la escasez de actores de que sufrimos, porque gesticula demasiado en la vida, de un modo anárquico, gratuito y pasajero. Cuando es actor de modo permanente, todos sus gestos se dirigen fuera de su profesión.

El gesto del mexicano es una fuga fuera de todo lo continuo y lo rítmico. Si la política hubiese procedido por ideas y no por gestos, el mexicano de hoy no padecería el desconcierto que lo fragmenta, la dispersión no sería el mapa de su espíritu. El gesto del mexicano es siempre opuesto a su realidad: es su manera, bastante primitiva, de salvarse de ella y de eludir y desbandar la verdad. Por ejemplo, en el momento en que la Universidad y lo universitario en México han entrado en una disgregación sin esperanza, se publica el gesto de fundar una casa intelectual de España. A diferencia de otros gestos mexicanos, éste es generoso y, también, contra toda costumbre, fecundo, de tal modo que es imposible considerarlo sin simpatía y sin emoción intelectual. Pero, a la vez, ningún hombre de vista clara puede dejar de encontrarlo desmesurado e hipócrita por cuanto se trata de cubrir, con un centro de estudios españoles, la falta de muchos centros de estudios mexicanos. Todos nos regocijamos sin duda de que españoles con merecimientos tengan esta oportunidad de enseñar; sólo que es imposible no preguntar cuándo tendrán igual oportunidad los mexicanos con merecimientos que se ahogan bajo el bajísima techo de los sueldos universitarios. Samuel Ramos lo ha señalado ya. Por otra parte, es verdad que la juventud mexicana ha contraído hasta un exceso sin pudor la costumbre de no pagar por la enseñanza que recibe, a veces porque no puede pagar y se empeña en recibir una insegura educación universitaria; a veces porque, pudiendo pagar, se enmascara de pobre para gastar en los salones de billar el importe de sus colegiaturas. Gestos. Noble como es, este gesto de la casa española nos recuerda los habituales en la clase media, cuando tira el domingo la casa, no ya por la ventana, sino al ruedo de toros, a reserva de ayunar el lunes. Yo quiero que el mexicano tenga el lujo, pero también lo necesario, o por lo menos lo necesario; que vaya a los toros, pero que coma el lunes, exactamente como un español. La fórmula de esta realidad es romana, si no me equivoco: panem et circenses.

A menudo, en cambio, el gesto mexicano carece de la nobleza y fecundidad que lo salvan en el caso que señalo. Es el gesto que levanta monumentos suntuosos a los héroes no liquidados y a la revolución amortajada en la demagogia, en vez de promover una cultura y un arte orgánicos y graduales en México. El gesto de superación de un complejo de inferioridad que invierte presupuestos mayores en armamentos y mitos militares prematuros, y no en una educación ya retardada. Este catálogo de gestos podría llenar muchas páginas.

En El gesticulador César Rubio gesticula, pero Navarro, un tipo más común en nuestra historia, compite en gesticular con él porque no puede afrontar la verdad, porque profesa, como todo mexicano, la idea de que la verdad lo perdería.

Es inútil añadir que El gesticulador no es precisamente César Rubio, sino que tiene una semejanza impresionante con México.




Prueba de fuego a la libertad de prensa

El 24 de octubre de 1936 se estrenó en el teatro del Palacio de Bellas Artes una comedia de autor mexicano que, independientemente de cierta flacura técnica, bastante fácil de remediar, contiene valores apreciables desde el punto de vista dramático y mexicano. Me refiero a Sombras de mariposas, de don Carlos Díaz Dufoo, que, en sus proporciones, enriquece al teatro nacional contemporáneo mejor que muchas de las obras que se presentan en temporadas seudomexicanas. Las autoridades municipales de diversiones, u otras, prohibieron Sombras de mariposas a raíz de su estreno. También en 1933, en una temporada oficial de la Secretaría de Educación Pública en el teatro Hidalgo, fue presentada, y automáticamente prohibida, la trilogía San Miguel de las Espinas, de Juan Bustillo Oro que es, de paso, la mejor obra de su autor. En 1936, cuando la sombra de Plutarco Elías Calles pesaba aún sobre México antes de chocar contra el cuerpo de Lázaro Cárdenas, ningún editor se atrevió a publicar, ningún empresario se atrevió a presentar mis Tres comedias impolíticas, que trataban de temas demasiado actuales, y de las que la primera iba precedida por un extenso prólogo muy parecido a este epílogo. Incidentalmente recuerdo que un político prominente les envió un embajador amigo para pedirme que demorara yo todo lo posible la publicación de esas obras, aunque no las conocía.

El general Cárdenas declaró en 1938, más o menos, que la libertad de pensamiento y de prensa es un fenómeno inseparable de todo gobierno civilizado. Desde entonces, los escritores periódicos de México han explotado esta sanción con una puerilidad desconsoladora. No hay uno solo que no se haya dedicado semana a semana, con verdadera furia, a sacar al sol los trapos de regímenes políticas ya caducados. El escándalo por los tratados de Bucareli se hizo con varios años de retraso; se cubre de diatribas a Calles, se elogia a Carranza, se exalta a Serrano y se persigue a los asesinos de Field-Jurado. En suma, se nos hunde en un periodismo sin actualidad hablándonos de cosas que, en términos generales, han prescrito ya. La libertad de prensa es justamente el acto de cordura legal que capacita a la prensa y a los escritores de un país para debatir públicamente la vida actual y los fenómenos políticos presentes en ese país. En los teatros norteamericanas del Proyecto Federal (WPA), es decir, en teatros subvencionados por el Estado, se han llevado a escena Periódicos vivientes en los que se critica la labor rooseveltiana, y abras como I'd rather be right, en que se hace una caricatura bastante divertida del presidente Roosevelt. Ninguna autoridad federal o local ha suspendido esas obras. La libertad, por lo demás, desarma la sátira y la convierte en una crítica doméstica y sana. Al actualizar en El gesticulador y en su epílogo el uso de la libertad de prensa, sé que la someto a una prueba de fuego. No pretendo curarme en salud; pero estimo que, en el casa de sufrir alguna persecución por parte de los servidores más celosos y menos capacitados del gobierno, yo pasaría a ser un héroe -cosa para la que no tengo vocación- mientras la libertad de prensa y el gobierno contraerían una enfermedad terrible y repugnante que mancharía para siempre su piel.

Pero la prueba de fuego la aplico también, y sobre todo, a esta pequeña obra.




La quema del libro

Un libro no se destruye con el fuego, sino con la acción. Los libros que han sido quemados los ha leído todo el mundo y han hecho la fortuna de varias generaciones de editores. En cambio, existen en las bibliotecas millares de libros destruidos por la acción eficaz a que han estimulado a sus lectores. Son libros que ya nadie lee porque han perdido toda realidad. Por otra parte, todo libro arde en sí mismo, página a página, y pocas veces resurge de sus cenizas. Si el mío tiene aptitudes de fénix, es cosa que ignoro completamente y que no depende de mí. Aconsejo, sin embargo, a las autoridades que no lo eternicen quemándolo. Pero, por otra parte, lo daré por bien quemado -y toda mi obra con él- si logra consumirse en el fuego de la acción de un mexicano menos hipócrita y capacitado para alcanzar una objetivación sincera de su espíritu. ¿Cuándo?

México, D. F., octubre 1.º-5, 1938.





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