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Escenas

Miguel Hernández

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Los ojos anegados de llanto y los brazos ceñidos a un erguido tronco de palmera, en un desesperado gesto, contempla la pobre mozuela, la alegre escena, que a cierta distancia de donde ella se halla se desarrolla en un cuadro soberbio de vida y color.

A la puerta de una pintoresca barraca, casi cobijada por una frondosa parra que la regala con su sabroso fruto y su fresca sombra, celébrase un típico baile. Mozas y mozos ataviados con sus más bellas galas bailan. Estos últimos susurran, al cruzar junto a ellas dulces palabras de amor, que al escucharlas quienes las suscitan, entornan ruborosas los brilladores ojos y complacidas entreabren los rojos labios por un peregrino momento, para mostrar la luna de los blancos dientes en el cielo moreno del aterciopelado rostro.

Suspiran cadenciosas las guitarras, pulsadas por temblorosos dedos, conocedores de las intensas emociones que duermen en sus cordajes ... Una potente y briosa voz, hiere el cristal impalpable del viento, y una copla impregnada de melodías y querencias, sube en sus alas invisibles y llena los ámbitos... Palmotean nerviosas manos... Zapatean persistentes, muchos pies... Relampaguean lúbricas bastantes miradas... Brotan en distintas bocas requiebros... La serena tarde abrileña, día de luz, hermosura y aromas todo lo acoge en su dulce seno...

El rubio Apolo, coronada la frente por una catarata de fúlgidos diamantes, como victorioso rey marcha al ocaso...

La infeliz moza que todo lo observa, llora desolada... Luego, desciñendo sus manos del grácil árbol y separándose unos pasos, cae desmayada sobre la muelle y alfombrada tierra, junto a un claro y murmurador arroyuelo. Y de esta forma, alarga el cuello hasta la ligera corriente y tras mirarse unos momentos retratada en sus puras aguas, lanza un hondo suspiro y exclama la voz velada y acongojado el acento: «Yo... no he nacido para el amor... No he nacido para que me amen... Solo vivo para llorar mientras dure mi vida... Yo no puedo participar de la alegría, del gozo aquel... A mí jamás me mirará un mozo; a mí ninguno me dirá un requiebro; ninguna garganta entonará por mí una copla... Yo solo puedo causar asco, repulsión, risa... ¡Mi cara es horrible! ¿Por qué Dios mío me diste esta vida tan desgraciada...? ¿Por qué me sacaste del negro abismo de la nada y me lanzaste al mundo, si nada había de ser yo para él...? ¡Señor... quiero morir...! Y alza los ojos al cielo cegados por las lágrimas y tiende los brazos en fervorosa petición. Luego, inclina la frente sobre el trémulo pecho, del que suben hasta la boca lúgubres gemidos.

Así queda inmóvil, abatida...

El sol ocúltase ya tras una imponente sierra. La noche, silenciosa va tendiendo desde Oriente su manto de tinieblas y estrellas... A la puerta de la barraca siguen el baile, la alegría, las coplas, los requiebros...; y como una arrullante y trémula elegía al amor, los lánguidos suspiros de las guitarras pueblan el poético ambiente de la serena hora crepuscular...

La mozuela no parece advertir la noche que envuelve de medrosas sombras el tranquilo prado... Está aún gimiendo su desventurada suerte... La fugitiva corriente del arroyo canta bajo sus plantas... Ella solo es consciente a su dolor... De esta manera se halla. De pronto la hace estremecerse una voz que suena a sus espaldas, hosca, desabrida y triste como la del lobo hambriento: Y esta voz la dice: «¡Te amo!»

Vuelve la faz, y algo espantoso ve, qué rápido dirige las manos sobre ella; álzase temblando y huye despavorida más veloz que el rayo.

Desaparece enseguida de la misteriosa pradera. Allí, junto al sonoro arroyuelo, un ser diforme, una pavorosa figura humana, la ve esfumarse, mientras dos lágrimas gruesas ruedan por su horrible faz y caen en la boca contraída en una terrorífica mueca...

A la puerta de la barraca, bajo la parra undosa prosiguen el baile, las risas, las flores de los enamorados mozos... y el suspirar de las guitarras como una trémula y arrullante elegía al amor...

MIGUEL HERNÁNDEZ