1
«Estos acontecimientos hacen que América se presente a los artistas españoles como una tierra de promisión de la que va a venir a España una ola de prosperidad»
(Urtiaga, 1965: 21).
2
El concepto de «tanto vales cuanto tienes»
-esa «epigramática copla»
en palabras de Bretón de los Herreros (1834: 85)- provocó en Bretón en 1834 esta sarcástica observación: «¿Falta a sus deberes algún empleadillo de escalera abajo? ¡A la calle! ¡Formarle causa! ¡A presidio! ¡Picarón! ¡Ingrato! ¡Mal español!... ¿Se acusa de cohecho, de perfidia, de fría y voluntaria ferocidad a un alto magistrado? ¡Eh! Jubilarle con las dos terceras partes de su sueldo... No. Mejor será conferirle otra magistratura»
(88).
3
Lógicamente, Cádiz figura en muchas historias de indianos que regresan con sus riquezas de América. Un caso típico es el de Juan Bautista Casabona y Ecay, «que se acababa de establecer en la ciudad [Zaragoza] de manera definitiva tras regresar de América, a donde había emigrado muy joven en busca de fortuna. En el Virreinato del Perú había logrado formar un vasto patrimonio gracias a su habilidad y diligencia al servicio del riojano José Antonio Manso de Velasco (1688-1767), I conde de Superunda y Virrey del Perú entre 1745 y 1761, para quien entró a trabajar como empleado de confianza al poco de llegar este a Lima en julio de 1745. Muy pronto se convirtió en Mayordomo Mayor de la Casa del Virrey, puesto muy destacado que lo convirtió en una de las personas más conocidas e influyentes de la capital del virreinato, lo que sin duda le permitió establecer relaciones, emprender numerosos negocios particulares y enriquecerse. Además, a pesar de residir en las Indias, en 1755 obtuvo a su favor ejecutoria de hidalguía pronunciada por la Real Audiencia de Aragón. Fue uno de los colaboradores más estrechos del virrey, a cuyo círculo más íntimo y de confianza pertenecía. De hecho, le encomendó alguno de sus asuntos más personales y oscuros, como la gestión entre 1750 y 1757 de distintos envíos a Cádiz, de forma encubierta, de grandes cantidades de plata que le pertenecían pero que no podía remitir de forma declarada»
(Martínez Molina, 2013: 106).
4
Casabona (ver la nota anterior) volvió a Madrid en 1768 y construyó un palacete en Zaragoza para «vivir de manera acorde al rango social que había logrado adquirir, es decir, con el boato y distinción que correspondía a un indiano ennoblecido y enriquecido, con el fin, entre otras cosas, de lograr su aceptación entre las clases altas de la ciudad, a las que no pertenecía cuando se marchó en plena juventud, pero a las que aspiraba a pertenecer a su regreso»
(Martínez Molina, 2013: 109).
5
La institución es tan nueva en esta época que Rivas hace una pausa para explicar, en palabras del novio de doña Paquita, lo que es: «El seguro, en conclusión, / es quien responda tener / de que no se ha de perder / alguna especulación, / con lo que el interesado / en suma no arriesga nada, / porque el daño se traslada / a aquel que lo ha asegurado, / y hay un establecimiento / formado por negociantes, / que dan fianzas semejantes / cobrando el tanto por ciento»
(98).