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ArribaAbajo Y que sean cavernas tus ojos


Richi



(I)

Y que sean cavernas tus ojos,
pozos que caen de la fosa silenciosa de tu alma
y se extienden y ramifican
bajo la molicie subterránea de tus huesos y la carne
en galerías y reductos y manantiales líquidos
bajo la tierra ciega, donde la luz aún no ha llegado.

Hoy pienso en ti, mi amor, tu boca es
honda, tu boca es como las entrañas de la tierra.
En hondas noches excavo en tu boca.
Y las cavernas de tu tráquea derraman la saliva líquida
de la tierra.

Tu boca es el pórtico en que migran las generaciones.
Yo poblaré tu boca de multitudes,
y los hombres yacerán en ella
como la noche de su origen.

Tus dientes, amor, las almenas
de la ciudad subterránea de tus huesos,
donde aguardan las palabras pálidas como ejércitos.
Tus dientes son el arrecife,
la empalizada rocosa.

Bajo el espeso tapiz de la tierra,
donde sórdidas palpan las raíces,
así son las venas de tu carne.
Así, en el tronco de las vértebras,
se licua la savia lechosa de los árboles.
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Tu cabello es un bosque de sombríos troncos,
perfumado como las maderas de Asia,
oscuro y túrgido como la selva
en que el orfebre trenza pesados metales.

Laderas son tus hombros, donde pacen negros rebaños.

Hablaré de los caldos de tu coño,
turbios como la sangre de los peces;
de la zanja de tu coño como las grietas de la tierra.

Todos los pueblos yacen a tus pies,
todos los siglos te pertenecen;
porque he levantado en ti una casa,
la casa donde reposan los huesos de mis padres.

Mira, para que llegase hasta mí el aliento
muchas razas nacieron bajo el Sol,
se arruinaron ciudades, pueblos cruzaron
vastas regiones y el abismo de los océanos
y se extinguieron linajes ya olvidados
y los hombres emigraron bajo la faz desolada de la tierra.

Yo te ofrezco, amor, la memoria de la tierra,
el naufragio de la carne entre los siglos,
el sudor vertido por las frentes,
el alma de los no nacidos
trepando entre los huesos
y el horror
bajo un abismo de vacío.

Hoy te ofrezco esta noche derramada de astros,
el aliento de subterráneo que fluye de las ciudades,
los metales bajo la tierra,
la oquedad silenciosa del mundo.
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Yo me formé de los altos hijos de la tundra, venidos del Este,
de los viejos pueblos del mar
que fundaron las ricas ciudades de Tiro y Micenas,
de las fuertes razas del Sur,
de miembros brutales y ojos oscuros.

Del Sur vinieron mis padres,
de los áridos desiertos, de las tierras vacías;
de los valles perdidos para los hombres,
soy un «bedú», un hijo de las nubes,
de ellos aprendí que el hombre levanta su casa ante las estrellas.

Del Este, de la tierra de los ríos
vinieron mis padres;
ellos vieron anegarse la tierra
y forjaron metales para doblegar a los hombres
y eran jóvenes y temían la muerte
y seguían el curso del ocaso;
de ellos aprendí a cultivar la tierra y levantar ciudades.

Del Norte vinieron mis padres,
de los bosques innombrables,
y eran altos como el negro macizo de los montes huérfanos,
hechos de la misma sustancia de la tierra;
de ellos tengo el gusto por la muerte
y el horror a la noche.

Desde lo profundo te deseo,
sólo tú posees las llaves del mundo del silencio.
Todos los siglos te pertenecen,
tú eres la tierra donde yacen todos los que fueron.

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