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Rafael González

Rafael González (Alicante, 1966). Es licenciado en Filología Hispánica y actualmente trabaja en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Ha publicado los libros de cuentos Caimán (1989), Cuba (1989) y Bocas llenas de peces rojos (1993), y la novela El regate cola de vaca (1999). Es guionista de cortometrajes y autor de varios textos teatrales, algunos escritos en colaboración con Paco Sanguino: 013 varios: informe prisión (1988), La pesadilla (1993), Metro (1994), El culo de la luna (1995), Creo en Dios (1995), Bienvenidos a Diablo (1996), Lovo (1997), El penalty de Panenka (1998). Ha obtenido, entre otros, los Premios Marqués de Bradomín, Generalitat Valenciana y Ciudad de San Sebastián.

El poema «Historias de amores imposibles» es inédito.

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ArribaAbajoHistorias de amores imposibles


Rafael González

Si alguna vez crees que no van bien las cosas, recuerda lo que le dijo Pancho al Cisco Kid: «Vámonos antes de que nos encontremos bailando en el extremo de una cuerda, y sin música».


Sailor a Pace en Wild at Heart, de Barry Gifford.                



Caminamos por el filo de la vida
y cantamos una música
que escuchamos en un cine una vez.
Ya no fumamos.
El tabaco no nos dijo nada
las últimas ocasiones
en que estuvimos en aprietos.
Podemos morir;
eso es algo que no se nos escapa:
estrellarnos con el coche cuando,
a 1000 por hora,
hacemos cortes de manga
a los semáforos en rojo;
llorar hasta que un lobo
venga a bebernos las lágrimas,
comer tus intestinos, mi úlcera;
pueden
reventar nuestras venas
por culpa de una sobredosis de amor.

Puede incluso que nos separemos,
que un día tomes tú el camino de la izquierda
y yo me quede en un banco
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en una plaza
en una ciudad
que no conoce ni siquiera el Demonio.
Puede que nos partamos la boca cuando
tu opinión con la mía no concuerde,
que yo piense:
«Ese traje es repugnante total, comida para escarabajos».
¿Y qué?,
¿debemos acaso por todo ello
dejar de caminar riesgo a riesgo
por el filo de la lluvia,
que nuestras botas se mojen
hasta caer podridas a pedazos?

No te digo yo que no,
que un día no abjures o abjure
de no haber respondido afirmativamente
a la pregunta que te hice
-quizá no la recuerdes-
sólo unos versos más arriba.
No te digo yo que no,
que no; ni soy adivino ni me importa,
y una gitana quiso un día leer mi mano
y la cara se le llenó de miedo
como jamás he visto a nadie en la vida.

Pero eso no quiere decir que lo mejor sea conservar
los órganos del cuerpo que todavía te son útiles intactos,
los 4 o 5000 billetes que,
en una libreta de ahorros,
artificialmente se reproducen ante la atenta mirada
del fusil de un reverendo
o militar,
de un político
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que, como siempre,
cumplen órdenes venidas desde Washington.

O sea,
que salgamos,
recorramos el filo de la vida
pavimentado con restos de tercios
y quintos de Neblí.
Caminemos.
Introduzcamos el dedo índice en el hueco
de una oreja
y volemos,
que nunca se ha dicho nada
de cobarde alguno.
Cantemos
la canción estrella de Blue Velvet,
soportemos la repetición constante, salvaje,
del golpe de una gota en la sien
derecha de nuestros áticos,
lo cual puede matar.

Hagámoslo, en fin, de una puñetera vez:
apenas queda tiempo.

¿O prefieres
que un mar de mujeres y hombres inválidos
nos sienten en sus rodillas de goma
y cuenten historias de amores imposibles
que nos hagan vomitar?