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ArribaAbajo No es fácil inventar mientras la lluvia nace


Sol Ruiz de la Cuesta Fernández


No es fácil inventar mientras la lluvia nace
desde mi ventana, diluyendo la tarde.
Varios libros explican contratos temporales
encima de mi mesa. Parece que me miran de reojo,
impacientando el verso y el cigarro. Malditos,
pienso,
si la tarde es de cuento y de té calentito,
es de sofá y de manta, de Saramago y todos
sus desnombres.

Hace ya muchos años
una tarde de lluvia celebrada era vértigo puro:
debía estar mamá, por fin mamá
como ala de pájaro, mamá cogiendo firme
nuestras manos, esquivando los charcos repentinos
mientras el uniforme se empapaba
de ese rocío raro
que venía a cantarnos el que llueva que llueva. Probablemente
en casa esperase el tazón de chocolate,
apresurado cambio de ropajes,
zapatillas de felpa y camilla preñada de brasero.

Hace ya algunos años que la lluvia no cala hasta los huesos.

Aunque siempre se puede secuestrar una tarde,
cualquiera de estas tardes de lluvia repentina,
para dejar plantados contratos temporales,
horarios con candado
y esto que huele a tesis repensada.
Sería bueno, podría, no descarto
regalarme el sofá sin plazo fijo.
Sería bueno, podría, no descarto
preparar ese té y replegar el alma hasta olvidarme.
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Y sería bueno,
podría,
no descarto
dejarme de nostalgias convenientes
agarrar por los cuernos esta tarde de lluvia y
esperar que me llueva por favor otro día
en el que pueda darme un homenaje.