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11

Adolfo de Castro, «Noticias de la vida del doctor Felipe Godínez», Memorias de la Real Academia Española, 8 (1902), p. 282.

 

12

Ver Antoni Restori, «Piezas de títulos de comedias». Saggi e documenti inediti o rari del teatro spagnuolo dei secoli XVII e XVIII, Messina, Vincenzo Muglia, Editore, 1903, pp. 117-18. También hay constancia del compromiso de representación de una comedia con esta denominación en la villa de Hita en septiembre de 1640 (Cristóbal Pérez Pastor, «Nuevos datos acerca del histrionismo español en los siglos XVI y XVII (segunda serie)», Bulletin Hispanique, 9 (1907), n.º 356.

 

13

Para facilitar la comprensión de los textos citados, he modernizado la puntuación, la acentuación y las grafías, sin afectar a las que tienen relevancia fonética.

 

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Con las que se hizo merecedor de juicios como el de Pérez de Montalbán en su Para todos: «El doctor Godínez tiene grandísima facilidad, conocimiento y sutileza para este género de poesía, particularmente en las comedias divinas; porque entonces tiene más lugar de valerse de su ciencia, erudición y doctrina». O el de Enríquez Gómez en el prólogo del Sansón, donde dice «que el doctor Godínez se llevó por las sentencias los doctos».

 

15

Sólo otras dos comedias del dramaturgo presentan un número menor de versos: Amán y Mardoqueo (2.226) y La Virgen de Guadalupe (2.128).

 

16

Su título consta en los libros contables estudiados por N. D. Shergold y J. E. Varey, «Some Palace Performances of Sevententh Century Plays», Bulletin of Spanish Studies, 40 (1963), p. 227.

 

17

Edward Glaser, «La comedia de Felipe Godínez O el frayle ha de ser ladrón, o el ladrón ha de ser frayle», Revista de Literatura, 12 (1957), pp. 91-107; y Soledad Carrasco Urgoiti, «De buen moro, buen cristiano...».

 

18

«La reescritura permanente del teatro español del Siglo de Oro: nuevas evidencias», en Marc Vitse, ed., Siglo de Oro y reescritura. 1: Teatro, Criticón, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 72 (1998), pp. 26-33.

 

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Una vez más se aprecia el cuidado del dramaturgo a la hora de elegir los títulos de sus comedias. El acierto de algunos de ellos es evidente: bien por su expresividad compendiosa, como en De buen moro, buen cristiano y O el fraile ha de ser ladrón; bien por su polivalencia significativa, como en Las lágrimas de David, con referencia a las vertidas en el ruego amoroso a Bersabé y en el arrepentimiento. También es el caso de Ha de ser lo que Dios quiera: la expresión, que además se repite como broche de diferentes escenas, se hace eco de todo lo que en la obra incide sobre el papel del hombre y de Dios en la salvación; y, al tiempo, es asociable a este otro contenido fundamental de defensa de la Inmaculada Concepción, que tiene una de sus apoyaturas fundamentales en el razonamiento de que no se puede pensar que Dios no haya querido conceder ese don a su madre, toda vez que su potencia infinita es capaz de hacerlo.

 

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Casi con toda seguridad la obra fue escrita para celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción. Esta posibilidad debió de incitar a Lanini a refundirla en su comedia Será lo que Dios quisiere. Obviamente, la existencia de esta operación, en la que se han aprovechado muchos elementos de la pieza original y un número notable de sus versos, ha permanecido velada hasta la aparición de la comedia de Godínez (ver G. Vega, «La reescritura permanente del teatro español del Siglo de Oro: nuevas evidencias», pp. 26-28 y 32-33).