Filosofícula
Leopoldo Lugones
Como su nombre lo indica, este libro es modesto y ligero; lo cual, a despecho de las graves palabras, no le impide ser filosófico.
Es filosófico, porque responde a un ingenuo afán de explicar la causa de las cosas.
Pero no expone sistema de filosofía, ni se propone nada trascendental.
Su autor tiene, probablemente, una filosofía. Todos la tenemos, Y hasta un sistema, quizá, lo que no es raro.
Mas, esto que a los veinticinco años hubiera motivado una rotunda exposición, retráelo ahora en benévola duda.
Para entusiasmarse por un sistema, hay que creerlo seguro. Pero los sistemas cambian, como la vida cuya explicación intentan. Todos son buenos y no, según desempeñen con este fin su propósito, que es conformar a los adeptos.
La verdad es un estado de consentimiento más o menos cómodo, más o menos variable.
Existe como el espacio, como el tiempo, como el número, sin ser propiamente una existencia.
Quizá sea menos aún, y con ello le corresponda mejor la definición del punto matemático: una mera posición...
Pero, el autor advierte que está filosofando su duda, y que ha llegado el momento de contenerse.
No se proponía, en efecto, sino advertir que durante este paseo o divagación sin trascendencia, intentó aplicar a cada suceso la filosofía del sistema correspondiente.
Y esto es todo, amable lector.
Las leyendas orientales decían que el anillo de Salomón era el talismán de la dicha. Pero Salomón había sido sepultado con su anillo, durante la edad fabulosa, en las Islas de Diamante, cuya situación nadie conocía.
Un príncipe mogrebino, propúsose, no obstante, dar con ellas y apoderarse del talismán precioso; a cuyo fin equipó una caravana maravillosa, vistió armas únicas en el mundo conocido, y se fue por las comarcas. Donde había tierra, andaba a caballo y en camello; donde lo atajaba el mar, estaba ya provista una flota.
Al cabo de cincuenta años de peregrinación, el príncipe, montado en el último asno de su caravana concluida, sin más recursos que su última moneda, asegurada en el último pliegue sano de su ropa, y contando por único alimento para su último diente, el último dátil de la última palmera que vio tres meses antes al entrar en aquel desierto -pues se hallaba en un desierto que no era sino el fondo del antiguo mar de las Islas de Diamante- el príncipe llegó a la tumba de Salomón, vio el cadáver gigantesco en el sarcófago de diamante, y previas las conjuraciones de la seguridad, extrajo del dedo formidable el anillo que da la dominación de todos los espíritus en el aire, en el agua, en la tierra y en el fuego, y lo pasó a su índice ya rugoso por la vejez y por la sabiduría de las cosas tocadas para experimentar.
Y sobre el pecho del cadáver había una chapa de cobre, en la cual estaba escrito:
«Oh, tú, el audaz que ha llegado:
Sabe que este anillo es el talismán de la dicha.
Cuánto lo sea para ti, lo obtendrás con poseerlo y pedirlo en el silencio de tu intención.
Pero lo que es verdaderamente la dicha nadie puede decirlo, ni dar tampoco el nombre de la dicha, porque ella es inefable y nadie sabría nombrarla.
Goza, pues, de tu tesoro, oh tú, el audaz que ha llegado».
¿Qué puede ser la dicha para mí, dijo el príncipe, contemplando su cuerpo envejecido y su joya mágica, sino la juventud?
Y el príncipe pidió la juventud.
Pero cuando obtuvo aquel bien y lo hubo gozado un año entero, el príncipe dio en pensar: ¿No será, acaso, otra cosa la dicha?
Entonces pidió el dominio de los hombres.
Mas cuando lo hubo gozado, la misma duda volvió a presentarse en él: ¿No será, acaso, otra cosa la dicha?
Entonces pidió el amor de la mujer.
Y cuando tuvo el amor y siguió dudando, pidió el secreto de las cosas extraordinarias, la magia blanca y la negra, los tesoros fantásticos, el don de profecía, la fe de todas las religiones, la satisfacción de todos los raciocinios, el aroma de todas las virtudes.
Entonces, como siguiera dudando, pidió el dolor de la enfermedad, el lamento de la miseria, la ignominia de los vicios vergonzosos, la injusticia sobre su cabeza y en torno suyo; por último, el aislamiento de los hombres, desgracia horrible entre todas, hasta hallarse de nuevo en la espantosa soledad de las Islas de Diamante, junto al cadáver colosal de Salomón.
Y allá todavía, agotadas ya todas las penas y todas las satisfacciones, todos los desengaños y todas las esperanzas, todos los vicios y todas las virtudes, pensaba siempre su duda: ¿No será, acaso, otra cosa la dicha?...
Su espíritu vaciló entre dos soluciones extremas: demandar la muerte como postrer recurso, o devolver al rey muerto su talismán potente; pero antes de adoptar parecer ninguno, ocurriósele, en la propia distracción de su perplejidad, volver del otro lado el pectoral de cobre que adornaba la estupenda momia.
También de ese lado había letras, donde el príncipe pudo leer:
«Oh, tú, el infeliz que regresaste:
Para ser dichoso, no hay más que afrontar el secreto de la muerte. Pídela si quieres.
Mas, para no ser desdichado, basta alcanzar con dificultad las satisfacciones de la vida.
Si eliges lo primero, acuéstate en la tumba de diamante como Salomón, que así lo prefirió; si lo segundo, vuelve el anillo al dedo del cadáver».
Habiendo gustado ya las delicias del poderío, el príncipe vacilaba en devolver el talismán; pero el secreto de la muerte lo horrorizaba.
La presencia de la momia augusta que aún conservaba olor de sabiduría, fuelo serenando, no obstante.
Con lo cual, reintegrándose de nuevo a la cordura y a la humildad, decidió simplemente no ser desdichado...
Un rey justo, que estaba en trance de morir sin herederos, decidió legar su reino al más justo de sus súbditos. Con cuyo fin hizo llamar a todos los hombres del reino para examinarlos, sabiendo que las mujeres son incompatibles con la justicia.
Pero es esta un bien tan difícil de encontrar sobre la tierra, que los días y los súbditos pasaban sin que el rey hallase el heredero de su reino. Persistía, no obstante, en ello; pues, ¿cuál bien semejante al de un justo mandatario, podía aquel monarca legar a los hombres?
Al fin, de la ardua selección quedaron tres candidatos apenas. Dos que habían hablado bien, y uno que no había hablado. Porque el rey respetaba el silencio, que como una mina preciosa suele encerrar el oro de la cordura. Y la cordura, decía el rey, es una forma de justicia.
¡Cuántos habían hablado del asunto con el rey!
Todos decían ser justos, pero no eran sino vanidosos que se admiraban. Pretendían que la justicia consistiera en un acomodo del mundo a sus conceptos.
Por último, vino el primero de los tres que restaban, y solicitado para que hiciera un resumen de sus ideas, dijo:
-Señor, he sido juez. Apliqué la ley con inflexibilidad y sin pasiones. Creyendo que encerraba la sabiduría de vuestra majestad y de su pueblo, constituime en instrumento suyo. No he faltado una sola vez a la ley. Mi concepto de la justicia es la aplicación estricta de la ley, sin una debilidad, sin una pasión.
Y el rey dijo:
-Es claro tu concepto de la justicia.
Habló entonces el segundo de los hombres restantes:
-Señor, he sido pobre y rico. En todo tiempo hice el bien a los amigos como a los adversarios. A los que labraron mi fortuna como a los que consumaron mi ruina. Pude causar daño a mis enemigos y les hice favores. Domé mis impulsos de venganza en bien de todos. Para mí la justicia consiste en hacer el bien a aquellos cuyo mal nos complacería. Justo es aquel que domina su egoísmo.
Y el rey sentenció:
-Firme es tu concepto de la justicia.
El tercer hombre, el silencioso, dijo:
-Señor, yo no tengo conceptos. Pero he aquí lo que me sucedió una vez. Yendo camino del hospital, llegué a una población donde tenía un conocido. Estaba fatigado, hambriento. Pedile albergue y me lo negó.
Cuando arribé al hospital encontré otro conocido que salía ya, dado de alta. Llevaba como bagaje dos mudas de ropa y le dije:
-Tú que estás sano ya, hallarás trabajo. Yo estoy enfermo y no tengo sino estos harapos. Haz el favor de darme uno de tus trajes. Y él convino en ello. Años después, aquellos dos hombres fueron condenados al ostracismo por un consejo de guerra. Yo mandaba en jefe, y podía acordarles el indulto que ambos me pidieron por conducto de sus familias y de mis amigos. Dejé cumplirse la sentencia del que me negó albergue y agracié al otro. Esto es todo.
Entonces el rey tendió su mano al narrador. Un rayo de alegría hermoseó sus barbas ancianas. Y volviéndose hacia los ministros congregados, dictaminó:
-He aquí el hombre justo.
Había una vez tres vecinos: un hombre acomodado que traficaba con dos recuas de mulas; un pobre que poseía por todo haber una burra coja, y otro más miserable que nada tenía.
El dueño de la burra era empeñoso. A fuerza de curar todos los días la pata enferma del animal, alivió tanto su cojera, que pudo cargar en la bestia un costal de trigo. Así reanudó su trabajo y algo ganaba, aunque debía marchar a pie, prefiriendo el flete a su comodidad. Esto motivaba comentarios sarcásticos del vecino miserable, quien reía de la burra coja y de la avaricia de su dueño; pero, de cuando en cuando, y por más que esto mortificara grandemente su orgullo, la necesidad obligábalo a compartir de la mísera ganancia que el otro ofrecía generosa y discretamente.
Solo cuando el convidado lanzaba amargos reproches contra el propietario de las mulas cuya riqueza parecíale inicua porque no era suya también, el dueño de la burra decíale con calma:
-Mejor sería que procurara hacerse usted de una bestia, y que nos asociáramos para trabajar, primero, sin perjuicio de protestar después contra las desigualdades de la fortuna, poco equitativas en efecto.
Pero el otro hallaba mejor su amarga crítica contra los dos: uno por pobre y otro por rico; y pasábase los días opinando sobre lo que ambos debían hacer, sin hacer él mismo nada entretanto.
Al cabo de un tiempo la burra coja curó, merced a la solicitud de su dueño: con lo que este pudo cargar en ella un costal doble, y aliviar su propia fatiga, montando a las ancas de trecho en trecho. Y todavía, al año, parió un lindo pollino que así duplicaba el haber del pobre empeñoso. Todo lo cual motivó que el vecino acaudalado lo tomara como capataz de sus recuas.
No dejó el otro de condenar severamente aquella actitud con la cual el rico explotaba al pobre, mientras el pobre se entregaba rendido al rico; sin cejar en ella, por cierto, ni cuando el amigo generoso, que empezaba a prosperar, le regaló la burra y el asnillo. Pues se apresuró a vender los dos animales por desdén, juzgando despreciable el obsequio.
Y el filósofo, dirigiéndose a sus discípulos, añadió:
-Así seáis con vuestra conciencia, como el dueño de la burra coja. Que atendiéndola con solicitud corregiréis sus defectos y un día os dará multiplicio. Pero no hagáis don de ello al que nada cuida, porque lo dilapidará sin comprender. No os ocupéis de la moral ajena, que con ello no mejoraréis la propia, así como cortando las orejas a todos los jumentos del mundo, no alcanzaréis a formar ni siquiera una burra coja. Cada cual tiene su pollina defectuosa que debe cuidar; pero si en vez de esto, echa su tiempo en comentar los defectos de las ajenas, la igualará con ellas en el mal, que es la política de los necios. Aquí, en efecto, está la explicación de los malos gobiernos. En toda mala acción del gobernante, habéis de ver la pata de una burra coja. Porque la cojera impide el buen andar, pero no la coz.
Después que la elocuente princesa hubo salvado su vida con sus historias, en aquellas famosas mil y una noches de esplendor y de peligro, las cascadas de oro y de pedrería, de sedas y de perfumes, las adolescentes bellas como lunas, los jardines milagrosos, las ciudades extraordinarias, los animales estupendos, los duendes de la tierra, del aire y del agua, las aventuras que trama el destino para hacer un rey de un gañán, y un asno o un gamo silvestre del gallardo hechizado; todo ese poema absolutamente único, porque agotó los prodigios de la imaginación a los pies del sultán magnífico y celoso, constituyó la herencia de la princesa: la herencia con que la princesa Scheherezada dotó a su pueblo, fundiendo todos aquellos tesoros en la maravilla divinamente impar de una esmeralda: la esperanza.
Los que solo ven en aquellos cuentos el colorido pintoresco, el ingenuo entusiasmo de imaginar, el goce ilimitado de engendrar quimeras que embellezcan y encanten la vida, tal como el sol no acaba nunca de tallar su pedrería en el agua corriente, ignoran el beneficio inapreciable de esas leyendas en el alma popular. Para los pueblos imaginativos y sociales como aquellos de las Arabias, tales narraciones son el consuelo de la vida. Bajo su renovada impresión, que acaba por constituir un estado mental, el más ínfimo labrador despiértase creyendo que ese su nuevo día puede ser el día del destino, cuando la reja de su arado encajará en el anillo de bronce de tal cual lápida, conducente al inagotable tesoro inscripto bajo su nombre por las potencias desconocidas; el último mendigo engañará su hambre sonando con el azar nunca imposible del hada que suele venir; la pobre mujer que pare un hijo en la miseria y el dolor, puede imaginar sin exceso -vale decir, son satisfacción positiva- un destino de rey para tan triste criatura. Tanto mejor si el prodigio no llega. Los días sucédense hasta el fin, completamente iluminados por la esperanza, tan inmediata como la hora que va a venir, como el próximo minuto; y de este modo la pobre humanidad consume sus días como quien los caminara sobre un magnífico tapiz. ¿Qué importa no llegar? La muerte es la única verdadera llegada. La vida es bella por la ilusión que la encanta, como el paisaje por el cielo de su horizonte. ¿Acaso nos parece menos hermoso aquel cielo porque no hayamos de alcanzarlo jamás?
Para los hombres que viven reunidos, todo mal proviene de la desigualdad. La leyenda iguala. ¿Sabe ese potentado si el destino le reserva la más miserable condición en el sello del anillo que un mísero pescador saca a la hora de estos del vientre de un pescado, o en la palabra que posee y podría emplear contra él, el sabio de un país remoto; o si ese remendón de babuchas será mañana el rey, o si, todavía, en ese perro hambriento que a su puerta se allega, está encarnado por la magia un hijo de sultán?... ¿Y qué sino la belleza, la gracia, el espíritu, hacen de la esclava una reina en el corazón generoso y en la casa honrada del verdadero emir?
Cuando los hombres creen que la vida es bella, reina en sus corazones la fe. Cuando saben que su lote de felicidad está llegando minuto por minuto, anima sus almas la esperanza. Cuando se sienten iguales, la caridad es la norma de su conducta.
La leyenda es fe, esperanza y caridad. Los hombres duros de corazón, que desprecian la leyenda, diciendo: «es mentira», son indignos de la belleza y de la gracia. Querrían que las perlas, los diamantes, las esmeraldas, los rubíes, los topacios de la leyenda, existieran realmente. No ven que, así, tendrían ya dueño, y serían motivo de opresión, de orgullo, de rencor, de envidia. Mientras en la leyenda son de todos y a todos los mejoran.
El hombre verdaderamente generoso, dicen los poemas, es aquel que, enriquecido por el trabajo o por la suerte, considérase un mero depositario de Alah, y con ello el ejecutor de su infinita munificencia.
De este modo es cómo llenos de caridad, de esperanza y de fe, alcanzamos a ver el rostro de la verdad en la esmeralda de Scheherezada.
Luego que hubo recorrido el mundo, en lo cual gastó la mayor parte de su fortuna, Walter Freeman llegó a la India, donde el virrey le dio un empleo. Asegurábase así la existencia modesta con que decidiera quince años antes rematar sus aventuras, cuando el dinero se le acabara y no pudiese ya viajar. Walter Freeman había realizado, pues, su programa.
Casi es innecesario agregar que, por lo mismo, no estaba contento. El mundo, a decir verdad, resultábale mucho más pequeño y también mucho más monótono de lo que supusiera al partir. Pero Walter Freeman era fuerte, y, con esto, incapaz de lamentar el pasado por inútil o por mejor. Entonces resolvió entregarse -panorama por panorama- al estudio de los hombres.
Tampoco esto último le interesó mucho tiempo.
La perspectiva mental en que hubo de colocarse para observar a los hombres, prodújole el efecto ya por él materialmente notado desde los rascacielos de Nueva York: y fue que le resultaron iguales y achatados por la igualdad como los clavos en la suela de una bota. El hombre era un animal legislativo y gregario, generalmente gris por fuera y un poco más sombrío, pero no más interesante, por dentro. Todos, a decir verdad, creían, sentían, procedían lo mismo. La proximidad de aquella multitud uniforme agravaba el aislamiento del observador, como el aumento de la arena profundiza la soledad del desierto.
Hasta que un día, en su rebusca de hombres, Freeman se acordó de aquellos célebres solitarios cuya vida consiste en la meditación, para lo cual, instalados sobre una peña, pasan los años mirándose el ombligo. Sabía esto por los viajeros que lo cuentan en sus libros; mas, conociendo a precio de buena fe la exageración de semejante literatura, suponíalo caso raro, inhallable quizá. Y así era, en efecto. Del arte de mirarse el ombligo en la soledad todos estaban enterados; pero costó mucho a Freeman dar con el solitario que lo practicara. Sin embargo, esto ocurrió al fin; y un día, después de muchos bien andados a lomo de caballo y de elefante, tierra adentro en el país, cerca ya de la frontera tibetana, el hombre de Europa, curioso, activo, preciso, observador, correcto -homo diligens, para decirlo con científica nomenclatura- encontró al homo negligens de Asia, tal cual lo esperaba, en su peña, con un lienzo a la cintura, sin edad bajo el lustre férreo que el sol le había dado, y poniendo sobre él dos ojos tan afables como serenos.
Entonces Freeman empezó a preguntar en la lengua palí que ya dominaba, y el otro a responder con sencillez. Así supo que llevaba treinta años de aquella disciplina, al raso en la peña día y noche, que era del mismo lugar, que nunca lo había abandonado, que apenas necesitaba alimento, que casi no dormía ya -y que jamás se había aburrido.
Picó esto último singularmente la curiosidad de Freeman, que tanto había andado sin cansarse ni satisfacerse. Entonces añadió el solitario:
-La serenidad es un estado supremo de belleza, y la quietud que sucede a las andanzas es un comienzo de serenidad. Pero nadie deja de andar sobre la tierra, ni puede hacerlo, porque vivir es irse. La existencia del hombre es una constante despedida. Por esto también la conciencia tiene su fundamento en la noción del pasado.
Pero, hay dos modos de andar y dos caminos que seguir. Usted ha andado hacia afuera, prefiriendo la materialidad de la función; ha recorrido el mundo y no está satisfecho. La enfermedad de la civilización occidental consiste en que solo le interesa lo presente. Así, desde su ciencia experimental hasta su cristianismo que atribuye a los actos pasajeros responsabilidades eternas. Mas, el presente y la muerte son sinónimos. Presente es lo que está simultáneamente llegando a ser y dejando de ser: una ilusión. Y todavía, como lo que aún no ha llegado a ser es incomprensible e imperceptible, solo comprendemos y percibimos el segundo aspecto de aquel estado, que tampoco es un estado, porque ni un instante permanece.
Lo que sucede con la estrella, que no vemos tal como es, sino como fue cuando de ella partió la luz que nos la revela, ocurre con todo. Tan pequeño como se quiera, habrá siempre un intervalo entre la partida de la luz que emite o refleja un cuerpo inmediato, y su llegada a mi pupila. Ese intervalo es el abismo del no ser; y por aproximado que esté a mi ojo el cuerpo supuesto, y por rápido que ande el rayo de luz, no veré ya ese cuerpo como es, sino como fue. Tal es el resultado de la visión normal hacia afuera. Para ver las cosas como son, hay que mirar hacia dentro. Mirarse. ¿No dijeron ya los griegos que conocerse a sí mismo es la suprema sabiduría?
-Bueno; ¿pero qué se ve? -está ya preguntando su curiosidad imperiosa.
Se ve la humanidad viviente desde sus orígenes, el ser que es usted mismo en rigurosa continuidad, dilatado a través de los tiempos y de los mundos. Y se tiene, con ello, la verdad, el bien y la belleza que las generaciones acumularon y que usted lleva consigo, como lleva una virgen la facultad de concebir. Así en cada uno de nosotros se sobrevive la humanidad inmortal. Ese germen es su vida que continúa; y tal como el otro, el de la fecundidad animal, reproduce un hombre en cuyos caracteres hereditarios resucitan sus antecesores, él lo hace con las generaciones que aparentemente fueron y que realmente son en el ser donde despierta.
Entonces se descubre que el hombre ya supo lo que ahora recuerda creyendo que lo aprende, según decía Pitágoras; y pasado y porvenir son la misma cosa, como la línea de un círculo. Y así como en ésta no hay delante ni atrás, todo lo que se ve es simultáneamente historia y profecía que el vidente comunica como una u otra cosa al que no ve, según el grado de instrucción de este último. Si dicha instrucción comporta una relación lógica con lo que se ve, el fenómeno comunicado es historia. Si no, es profecía. La vida existe de toda eternidad, y así es como somos inmortales. En la gota que se evapora del mar y habita el cielo transformado en nube, está siempre el ser del agua. Y es agua allá arriba, y lo es en el tejido vegetal o animal, o en la combinación química que constituyó hace millares de años esa árida roca. El reactivo que en el laboratorio la revela, así nos lo certifica. Allá está siempre, eterno, indestructible, el ser del agua. Y si un día la gota regresa al océano, solo con disolverse en él es ya el océano mismo. Dejó ya de haber diferencia entre la gota y el océano, porque lo permanente, que es el ser del agua, hallábase lo mismo en el océano que en la gota. Océano y gota son agua; y esta condición que, para uno y otra, es la existencia, no puede aumentar ni disminuir, y es exactamente lo mismo en la gota y en el océano. Así la existencia del océano cabe en la gota, y la existencia de la humanidad cabe en el hombre.
Así, también, se adquiere la serenidad y el conocimiento.
Yo nunca he leído ni oído nada referente a los griegos, pero sé lo que pensaron, porque están en mí, como están todos los hombres. Podrá ser que yo enuncie defectuosamente sus fórmulas o que pronuncie mal algunas de sus palabras. Esto es consecuencia del ser carnal que me sirve de vehículo. Un inventor de locomotoras puede verse constreñido a viajar en la más defectuosa carreta; y poseyendo la ciencia de la velocidad, sufrir materialmente la torpeza de la marcha.
Pero el arte de la contemplación reporta asimismo un progreso material.
Con soportar la intemperie sobre esta roca, he llegado a dominar los elementos. Y ellos me son ya indiferentes. Pero así, está usted pensando, se suprime el progreso. ¿Y cuál es el objeto del progreso, sino evitar el dolor? Toda construcción humana es una perfección de la guarida o del sendero. El temor a la inclemencia de las estaciones, y el bienestar que resulta de evitarlas, son los motivos de toda arquitectura, de todo vestido, de toda propiedad. Yo he resuelto el problema, sin las desazones que apareja la adquisición de esos bienes. Para mí no existe la inclemencia de los elementos; y en cambio, como no los evito encerrándome o limitándome, gozo la plenitud de su belleza reflejada en mi propia serenidad.
Ello me cuesta un esfuerzo de veinte años. ¿Pero se emplea, acaso, menos tiempo en adquirir lo que los hombres consideran necesario para vivir tranquilos? Y después, lo que yo he conseguido, ya no puedo perderlo. Es mío en mí, no fuera de mí; y como a nadie le serviría si me lo quitara, nadie, tampoco, lo codicia. La paz que así he conquistado, beneficia a todos porque no perturba a ninguno. El bienestar que consiste en la posesión de bienes materiales, mortifica, siempre, a algún semejante. Poseer es desalojar. Poseerse: he aquí la única verdadera fortuna.
Y el otro afán es comunicarse materialmente los hombres.
En vano la historia les enseña que a toda aceleración de comunicaciones sucede una guerra espantosa. La comunicación es el origen de la esclavitud. Por esto, la verdadera libertad, únicamente en la soledad prospera. ¿A qué comunicarse con los vivientes? Ellos no son otra cosa que nuestra misma sombra muchas veces reflejada. El camino de la eternidad es el único que valga la pena emprender, porque no termina. Todos los otros no hacen sino describir el círculo vicioso de la nada. Y la eternidad no tiene sino una puerta para el viviente: la meditación con que se pone a habitar deliciosamente su soledad interna. Porque no lo hacen, los hombres tienen que vivir huyendo cada uno de sí mismo. No pueden soportar el miedo de aquella tumba abierta que es su ámbito interior, y por esto se reúnen. El hombre lleno de sí mismo es el único que en su soledad nunca está solo. No se teme ni se huye. El ser de la humanidad está en él como en la gota el ser del agua.
Así es como se anda para adentro, hacia la eternidad; y cómo, además del conocimiento y de la belleza, se adquiere, con la exacta noción del bien, su práctica, que es la dicha suprema. Porque al descubrir uno en sí mismo el panorama de la eternidad, halla que, así como las paralelas de la geometría euclidiana se encuentran en el infinito, el bien y el mal coinciden en un solo punto evanescente, que es la conciencia humana, disuelta como la gota que al océano rodó, en el abismo de las causas desconocidas. Y de esta suerte la noción del bien formula el perdón sin límites. Toda relación con los seres es un acto de simpatía. Nuestro seno acoge con la misma solicitud a la flor que lo perfuma y a la víbora que lo muerde. Perdonar es amar sin egoísmo: amar verdaderamente, porque lo otro no es amor, sino deseo. Usted, con sus ideas cristianas, me dirá que, así, no hay justicia; pero, si la justicia es el primero de los bienes humanos ¿cómo podría causar daño a nadie su aplicación? Bajo su verdadero sentido, la justicia es la distribución del bien. Allá donde ella castiga, es decir donde hace mal al que hizo mal, aumenta el mal repitiéndolo. Creer que del mal puede salir el bien, es, precisamente, la razón del crimen. Toda falta ajena es reproducción idéntica o equivalente de una falta propia. Por esto, quien perdona a su semejante, a sí mismo se compadece. Dilatar la conciencia en la meditación, engendra, pues, el bien, que tal como sucede con la belleza y con la verdad, es un estado de serenidad perfecta. Toda pena y todo defecto tienen su origen en la inquietud. Cuando uno se sumerge en su propio ser, es como un lago que recobra la calma. El cielo desciende a nuestro ámbito y lo llena, y la transparencia interna se vuelve luz. Entonces nuestra alma nos desborda como una claridad sin límites; y percibimos en su seno nuestro propio ser material como un guijarrillo insípido.
Tal es el sendero de la meditación. El arte de mirarse el ombligo, como dice usted, vale, pues, tanto como cualquier otro, desde que conduce a las cimas del espíritu. ¿Y sabe usted por qué los solitarios preferimos fijar nuestra atención sobre ese punto de nuestro vientre? Porque ahí queda, no siempre inactivo del todo, el rudimento del órgano natal que constituye, materialmente hablando, la cadena de las generaciones. Esa es nuestra raíz...
Pero, lo que en este momento, piensa usted sobre tales meditaciones, es exacto. La humanidad perecería si emprendiera en masa semejante camino. En cambio, aquellos que lo adoptan son tan pocos, que su abstención resulta insignificante. La libertad, la verdad, la belleza, el bien, no son cosas asequibles para la multitud, ni le interesan, ni la harían feliz. Lo que ella busca y le basta, no es más que un poco de esperanza y de quimera...
Así fue cómo Walter Freeman halló por primera vez un hombre distinto.
Cuando la pira de troncos húbose consumido sobre el monte, los vientos apacibles fueron aventando las cenizas del héroe por los ámbitos.
Simiente prodigiosa, de la cual brotarían en el sublime futuro de la virtud viril, Rolando y Lanzarote, y todos los pares de la Tabla Redonda, y Carlomagno, pilar del mundo, y Pelayo, tremendo en su montaña como un jabalí de las cavernas, y aquel del Corazón de León cuyo heroísmo abrasara dos mundos al fuego de semejante entraña.
Precisamente, para llegar al corazón de Alcides, tardaron siglos los vientos. Sus cenizas habían quedado bajo la materia estéril que fuera las costillas enormes, el formidable pecho, los brazos del titán. De estos miembros procedía aquella descendencia.
Un día, el triste Noto llevó también por los aires aquel último resto. Como un fruto de bronce, el corazón hercúleo habíase dividido en dos cascos ligeros y vacíos.
Esas dos costras de ceniza atravesaron al vuelo la Europa, y como atraídas por el magnetismo de la estupenda vida anterior, flotaron sobre el mar antiguamente abierto al empuje del olímpico paladín, sobre las columnas famosas, entre la tierra de África y los felices huertos hispanos.
Allá un retozo de la brisa separó las parcelas, que fuéronse volando, volando, cayendo, cayendo, hasta dar una en Ávila, la antigua heredad hercúlea, otra sobre la áspera Mancha, en un pobre lugar «de cuyo nombre no quiero acordarme...».
Y fue que allí nació Alonso Quijano el Bueno, último gajo do viniera a cortarse su hermosa flor sin fruto, purpúrea de honra, suave de ternura, olorosa de virtud -la prosapia del Héroe.
¡Ay de mí, sin fruto!
Sin fruto, porque caída la otra mitad de la ceniza generosa en clausurado jardín conventual, don Quijote murió virgen por fidelidad a su quimérica dama, mientras virgen moría en su celda avilesa, por fidelidad a la quimera del amor divino, santa Teresa de Jesús.
Es evidente, dijo el mitógrafo a sus dos interlocutores, el filósofo y el poeta, es evidente que Deyanira no estuvo enamorada de Hércules. El semidiós, nada joven ya, la hubo de su padre, el rey Eneo de Calidonia, mediante el don del cuerno de la abundancia. ¿Cómo pudo, entonces, Deyanira enfurecerse hasta causarle la muerte por medio de la famosa túnica, cuando supo sus nuevos amores con Yole?
-Por vanidad herida -opinó el filósofo-. Si hubiese estado realmente enamorada de él, habría dado muerte a Yole.
-Si hubiese estado realmente enamorada de él -sentenció el poeta-, ella misma se habría dado la muerte.
-Hallo una contradicción -dijo el filósofo- entre la inexorable ley, conforme a la cual ningún mortal volvía del Hades, y el retorno de Eurídice, concedido por el dios infernal a Orfeo, cuando este lo apiadó con la lira.
-Más aún -confirmó el filósofo- si se considera que la ley del Hades no incumbía al dios, sino al destino cuyo carácter impersonal excluye la compasión.
-El dios fue a la vez piadoso y sutil -enseñó el poeta-, y eso se ve en la condición que puso a Orfeo: no volverse para mirar a Eurídice, hasta no haber abandonado el infierno. Pues hallándose realmente enamorado de ella Orfeo, el dios sabía con seguridad que no resistiría al ansia de verla.
La noche de las bodas oficiales de Psiquis con el Amor, es decir, luego que Júpiter hubo perdonado la curiosidad de la exaltada doncella -al recobrar el lecho que con tanto dolor lloraron perdido, Psiquis apagó la lámpara.
-Cómo, amada mía -dijo Eros asombrado-, ¿apagas la luz ahora, cuando por encenderla para verme habías arriesgado la eterna separación?
-Es que nada hay más divino -suspiró Psiquis- ni más dulce a la vez, que tus besos en la sombra.
Sonrió Eros en la obscuridad, atado ya por la cadena de rosas de los brazos queridos; pero, cuando sintió dormida a su esposa, comprendiendo que al desaparecer para ella la ansiedad por el Bien Amado, empezaba la inevitable desilusión, volose en silencio -esta vez para no volver.
Cuando Siringa se volvió caña sonora entre los fogosos brazos de Pan, el numen se dejó caer rendido de cansancio y de pena en el fondo del barranco.
Aplastado, más bien que dormido, el alba lo sorprendió allí; y su primer soplo, anunciando el despertar del mundo con el estremecimiento de las hierbas, aligeró sus párpados lacios de fiebre.
La primera acción del numen fue llevar su mano a la verde caña en la cual residía el ser, ya que no la forma divina de la doncella; y sensibilizado hasta la poesía por el dolor, pensó que poseyéndola como ya lo estaba, bien que bajo la especie impersonal de una planta, debía encontrar un medio para poder besarla eternamente.
Pues los seres divinos, nada desean sino en la eternidad, que es la esencia de su ser.
Entonces decidió hacerse una flauta con la caña, y exaltar hasta la excelencia de la música, en una evaporación de alma gemida, su beso perpetuo.
Cortó, pues, la caña y la dispuso conforme era menester.
Luego decidió saludar el alba.
El abismo del espacio, no tenía, entonces, color, siendo una abstracción de la Gran Mente.
De manera que Pan, tanto como cualquiera otro ser, no percibía ni tenía idea alguna del espacio, siendo este la entidad negativa por excelencia.
En vez de alzar, entonces, los ojos, como hacen nuestros músicos cuando van a tocar, buscó inspiración, bajándolos, en la superficie florida de la tierra.
Y sopló el cañuto con su labio amoroso.
Pero el otro extremo de la flauta, en esa posición, rozaba los helechos llenos de rocío.
De tal manera, que una gota, en la cual el iris exaltaba su gloria efímera, se adhirió al orificio.
Al soplo de Pan, he aquí que la perla de agua fue ensanchándose hasta formar una ampolla azulina de la más encantadora fragilidad, cosa que no asombró al numen; pues, acostumbrado a crear, comprendió que aquello era la corporización de su amor en un suspiro.
Y curioso en medio de su dolor -poeta al fin- siguió tocando para ver su propia alma.
La esfera crecía incesantemente, sostenida su progresiva sutilidad por la coherencia de la música.
Pronto fue más grande que el numen, alcanzó las copas de los árboles, vaciló un instante al sobrepasar las más altas ramas, bajo el soplo del viento superior; mas la música era tan perfecta, que sus átomos no perdían el equilibrio.
Luego, el bosque entero estuvo dentro de ella; luego, el soplo pujante del viento.
Al caer la tarde, había ya envuelto al océano que tomaba su color, volviéndose azul. Y cuando vino el crepúsculo, el sol hallábase contenido en ella también, como el corazón ardiente de una doncella en su tierno seno.
Pan seguía tocando, absorto por aquel prodigio de ver su alma tan grande y de sentirla cada vez más ligera.
La luna se levantó tras de los montes, contenida también en aquella película que no cesaba de dilatarse por un milagro de armonía. Cada ímpetu del pecho amoroso de Pan, llevábale, con una nueva palpitación, una nueva onda de música. Expansiones que alcanzaban ahora a millares de leguas, conmoviendo el corazón de Pan con movimientos oceánicos.
Y la luna entró a su ocaso, y se vio que las mismas tinieblas, cuerpo de lo Absoluto, estaban en la gota de rocío ensanchada por el alma de Pan. Y que estaban también las estrellas como abejas en una colmena. Y más allá la sombra otra vez, la sombra inconcebible, concibiendo mundos.
El numen tocaba siempre; pero cuando vino el nuevo día, a la primera claridad, un grito de estupor arrancó la flauta de sus labios.
Su alma visible abarcaba todas las cosas, corporificada en una inmensa esfera azul, que era la gota dilatada por su suspiro. El amor acababa de producir la belleza suprema del Cosmos.
El firmamento había nacido.
Al regreso de cierta comisión olímpica, detúvose Mercurio a descansar en la isla de Nío. Era noche cerrada; y hallándose próximo el dios a una cabaña de pescadores, propúsose, conforme a su índole, atisbar el interior por una rendija.
Hilaban junto al fuego las tres hijas del pescador; y para divertirse, entrecontábanse sus ilusiones.
-Yo -dijo la primogénita que se llamaba Halia, la salada, y que lo era, en efecto, por su gracia picante-, yo quisiera casarme con el gran sacerdote de Apolo. -Y desbarató la excesiva pretensión en el cristal de una carcajada.
-Yo -repuso la segunda, cuyo nombre era Klymene, la famosa, y que lo merecía por sus magníficos cabellos-, quisiera casarme con el joyero que tenga las mejores perlas en el emporio de Corinto. ¡Qué diadema me haría!... -Y evaporó el ensueño imposible en las alas de un suspiro.
En cuanto a la pequeña, llamada Phanión, claridad, por la luz de sus ojos azules, afirmó muy seriamente y sin vacilar:
-Yo quiero casarme con el hijo del rey.
Como las jóvenes eran hermosas, lo que ponía a Mercurio de buen humor, y como le era simpática la gente de las Cicladas, propúsose colmar, al cabo del año, los deseos de las tres ilusas.
Y cada una recibió la suerte que había esperado.
La mayor casó con el sacristán de Delos, en quien pensaba realmente aquella noche. La segunda, con el dependiente de un perlero, pues tal había sido su verdadera aspiración.
Pero Phanión la pequeña, desposose con el príncipe que naufragó al efecto en la costa, y que salvado por ella le pagó así la deuda de la vida -pues a la vida, en efecto, solo puede pagársela con amor- porque en la perfección de su sinceridad había deseado ser realmente princesa.
Durante uno de los primeros años del siglo XVI, halláronse reunidos en Roma -cosa grande y singular- los tres hombres más eminentes de la época: Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael.
El primero estaba viejo, pobre y desgraciado. Los otros dos, en el apogeo de la gloria y de la vida -Rafael tenía treinta años y Miguel Ángel cuarenta- atacáronlo de tal modo, que lo obligaron a abandonar la ciudad. Rivalidades del orgullo con que esos hombres intentaban obscurecerse, así como los montes se mandan sus nubes.
Hay un rasgo sombrío en esos tres maravillosos: ninguno fue víctima del amor.
Rafael murió agotado por los placeres, que falsifican aquel divino afecto, tanto como se le parecen. Los otros dos no amaron sino a las musas admirables.
El amor está ausente de sus vidas. El orgullo es la llama que las sublima.
Un siglo antes, la Edad Media presentaba, al concluir, la amorosa vida de fra Filipo Lippi, que padeció su conocida pasión de amor y estuvo también en Roma, donde, llamado a pintar la capilla privada del Santo Padre, evocó la escena de la tentación de Jesús, poniendo al diablo en figura de fraile. Con este hombre enamorado y jovial, que es hasta hoy el primer pintor de lirios, se despidió en Italia «la sombría y tétrica Edad Media».
El Renacimiento culminó en triple cumbre con Leonardo, Miguel Ángel y Rafael.
Por un camino de Arcadia, dirigíanse los pastores Othryoneo y Agenor, el primero hacia Lycca, donde estuvo aquel santuario de Zeus en que toda criatura perdía su sombra; el segundo hacia Parthenion, entre Argos y Tegea, para cosechar respectivamente su viña y sus almendros, cuando vieron venir hacia ellos un fauno, viejo muy enfermo, pero goloso aún del jugo de las buenas uvas, quien, deteniéndolos, les preguntó por el camino de Roma.
Los dos pastores encontráronse muy afligidos por no conocer la noticia geográfica que de tan ilustre ciudad demandaba el viajero. Entonces este, después de saludarlos muy cortésmente, se dispuso a continuar la marcha sobre el aparato de sus viejas piernas torcidas,
-¿Qué vas a hacer a Roma, señor del bosque? -dijo Othryoneo. Y Agenor: -Sí; ¿qué vas a hacer a Roma?
Y el fauno:
-Voy en busca de una ninfa que el papa León X me ha robado.
En una mísera posada de Trento moríase un pobre hombre, que desempeñaba el oficio de buhonero y decía llamarse el señor Gaspar. Esto pasaba en 1563; y como la ciudad encontrábase llena de religiosos, con motivo del concilio, no faltó luego confesor para el moribundo.
Acogió este con dolorida urbanidad al monje dominico que fue, y cuando hubiéronse quedado a solas, no tuvo inconveniente en manifestarle que era el diablo.
Por mucho que el monje no lo creyera, como entre monjes suele acontecer, el nuestro hubo de preguntarle cómo siendo eterno por emanación y substancia, moríase sin embargo.
-¡Ah! -respondió tristemente el señor Gaspar-, me muero porque soy inútil. En estos cinco años han pasado cosas decisivas. El concilio ha escrito en nombre de Dios la enciclopedia del mal, agotando el tema; y en Yuste se ha ido con el emperador Carlos V, la última alma cristiana: el último César que se hace monje.
El fraile murmuró:
-Alabado sea Dios, entonces, puesto que triunfa con la muerte de Satanás.
-¿Dios... -murmuró el señor Gaspar, con una triste sonrisa-, Dios, reverendo padre?... Murió ayer de inanición, en una cueva de mendigos, mientras disputaban sus atributos los teólogos del concilio. Yo le alcancé, reverendo padre, la última sed de agua...
(Esto será mejor pensarlo en un jardín silencioso)
Un hombre primitivo, extraviado en la infinidad de los campos que su tribu acababa de ocupar, marchaba sin saber hacia donde. Esto era en los primeros días humanos, cuando los hombres aún no tenían ideas ni conciencia.
Marchaba el hombre por una planicie que se perdía en el horizonte, cubierta de hierba oscura. Marchaba sin descansar desde que amaneciera.
A la hora debida, el sol desapareció en el horizonte. No se oía un rumor. No corría un soplo de viento. Para aquella naturaleza, que solo podía experimentar temor por el ataque, ese silencio, esa quietud, esa apertura de campos infinitos que nada podían ocultar bajo la hierba demasiado corta, constituían una perfecta seguridad.
El hombre siguió marchando, sereno y feliz.
La paz de la hora habíalo distraído un instante, cuando de pronto surgió ante él, interrumpiendo por primera vez desde la mañana aquella monotonía de la hierba oscura, sin un soplo, sin un rumor, sin un movimiento, sin un desnivel, un lirio solitario y gigantesco.
Y aquella flor era como el centro ideal de un silencio más profundo en el silencio, de una paz más absoluta en la quietud, de una evidencia de tiempo inmemorial en aquella extensión inexplorada.
El hombre se detuvo. Sintió en las espaldas un escalofrío desapacible. Después le vino de toda esa inmensidad igual, una honda congoja.
Había adquirido la idea de la soledad.
Un joven salvaje amaba a una doncella que le correspondía. Sin traba ninguna para su afecto, ignoraban la inquietud. Desconocían también la perpetua angustia en que ella ha convertido nuestros amores, y separábanse dichosos después de haberse reunido felices. Una vez separados, ya no volvían a pensar uno ni otro en el objeto de su amor, hasta el momento de volver a reunirse. Su amor era como el hambre y como la sed, es decir que comportaba dos goces. El de saciarse y el de prevenir la saciedad con el olvido. Un amor natural, como el hambre y como la sed. Un amor sin tormento; pues este proviene de la permanencia del deseo.
Pero sucedió que una vez la joven amó a otro.
El amante abandonado, sintió una gran cólera por aquel despojo: la afección que hoy llamamos injusticia, y que entonces no era sino la protesta del egoísmo. Buscó a su rival y lo mató; pero la joven, aterrada, huyó, sin que pudiera averiguarse su paradero. Y el amante tomó otra mujer.
Pasaron los días. El salvaje había ya olvidado su primer amor, y cazaba para su nueva compañera con la misma buena voluntad que para la otra. Cortaba para ella las mismas flores y los mismos frutos. La amaba con la misma serenidad. Su amor era como el hambre y como la sed.
Un día que se había alejado mucho, ojeando un ciervo por los tallares, dio, en cierto claro del bosque, con un rastro de mujer. Su ojo experto no podía equivocarse. Aquel rastro pertenecía a su anterior amada.
El cazador quedose meditando.
Primero le vino la idea del rastro en esta forma: este es su pie. Después pensó que ella había pasado por allí. Diose cuenta de que padecía, pero cerró los ojos sin abandonar el sitio. Había pasado por allí... Era su pie, a no caber duda.
Y bruscamente arrojó al sitio aquel una mirada anormal.
Acababa de verla, el pie puesto sobre el mismo rastro, los ojos oscuros llenos de pasión, la boca sonriente. El olvido no existía ya para él. Aquella desdicha de ver lo que no existe, se llamaría después ilusión.
Los hombres primitivos despreciaban al perro, porque olvida las injurias.
Pues para ellos, nada más natural que contestar la injuria con la injuria y el golpe con el golpe. Idea que les había venido de ver rebotar la piedra contra la piedra, siendo a la vez el principio recíproco del que impone devolver bien por bien: lógica perfecta, puesto que esto último es obvio e incontestable.
Los hombres tenían, pues, razón de despreciar al perro, y este desprecio ha quedado proverbial en todos los pueblos sinceros.
Mas, cuando los hombres tuvieron ovejas, el defecto del perro se les volvió cualidad preciada. Y erigieron en virtud elogiosa su fidelidad, aunque continuaron manifestándole el desprecio primitivo, por medio de puntapiés cada vez que podían.
A causa de las ovejas, el perro se les volvió indispensable; pero la voz de la naturaleza, siguió vibrando en este supremo insulto: ¡perro!
He aquí por qué los pueblos no aman nunca a sus autoridades.
Hablaban las leyendas de un maravilloso pájaro azul que nadie había visto ni nadie podía ver. Por lo cual el joven quimérico, que cambiaba por queso y miel flautas a los pastores, decidió ir a verlo.
Sin sorpresa ninguna, lo cual prueba su independencia de carácter, vio al pájaro, no bien hubo entrado en la selva. Y era de una belleza como en vano hubiera intentado describirla el lenguaje mortal, y como solo habría podido sugerirla el encanto de la música.
El joven era pronto en sus resoluciones, y disparó al pájaro una flecha. Pero marró la puntería y el pájaro voló a otra rama.
De árbol en árbol, durante un tiempo que no habría podido precisar, el joven persiguió al pájaro hasta salir de la selva.
Entonces notó que entendía el lenguaje del bosque. Comunicó sin asombro con los árboles y con las bestias libres.
-¿A dónde vas, joven? -decíanle los cedros.
Y las fieras:
-¿Joven a dónde vas?
Y él respondía:
-Voy persiguiendo al pájaro azul, que nadie ha visto ni puede ver.
Así entró en la región de las praderas.
El pájaro, al principio pequeño como una curruca, tenía ya el tamaño de un faisán. Una especie de largo relámpago azul sobre las praderas.
Y cuando salieron de allá -¿a los días? ¿a los meses? ¿a los años?...-, el perseguidor notó que entendía el lenguaje de las hierbas y de las aguas.
-¿A dónde vas, hombre insensato? -decían las voces.
Y él respondió lo que debía responder.
Entonces, persiguiendo siempre al pájaro, que había adquirido la magnitud de un pavo real en el inalcanzable deslumbramiento de un incendio de oro azul, entró a la región de las arenas.
Y cuando salieron de allá, el peregrino advirtió que entendía el lenguaje de las rocas y de las arenas,
-¿A dónde vas, oh vagabundo de la cabeza gris? -decían las voces.
Y él respondió como debía.
Por último, siempre volando el pájaro, siempre andando el hombre, flecha tras flecha, entraron a la región de las montañas.
Las voces de las nieves y de los abismos preguntaban:
-¿A dónde vas, temerario anciano?
Y él las entendía bien.
El pájaro habíase vuelto enorme como el ave Rock de los cuentos. Saltaba de pena en peña, y a cada vuelo, su sombra azul cubría la montaña.
Por último, llegó al pico más alto. Levantose en el aire, a tiempo que llegaba el perseguidor, desmesurado como un navío.
Y cuando aquel alzó la cabeza para lanzar el último dardo, las alas estupendas tocaron los dos horizontes.
Entonces el hombre vaciló deslumbrado. En torno suyo reinaba una inmensidad azul.
Abajo y arriba, era lo mismo. Ya nada veía. Habíase vuelto ciego de azul sobre las cumbres inaccesibles.
Pocos días después, dos pastores que buscaban por las breñas montañesas el rebaño extraviado, hallaron un hombre ciego y muy viejo, cuya voz sorprendente cantaba con el lenguaje de los árboles y de las bestias, de las hierbas y de las aguas, de las rocas y de las arenas, de las nieves y de los abismos.
Interrogado, solo contestó esta insensatez:
-Me extravié persiguiendo un pájaro azul que tenía dentro de la cabeza.
Lleváronlo a Esmirna, donde dejó posteridad.
Yo sostengo la necesidad de castigar al hereje, formuló el elegante pesimista ante su auditorio de five o’clock; y naturalmente, afirmo también que la herejía es un crimen.
Para que una verdad exista -prosiguió- es necesario que se crea en ella. Así la verdad viene a constituir un artículo de fe. Las generaciones que creyeron en el milagro, vivieron en la verdad, tan exactamente como nosotros con nuestras demostraciones.
Que nosotros hayamos rectificado sus creencias, nada importa. Ellas murieron creyendo así. Y para quien muere con la seguridad de una verdad, esta es, propiamente, la verdad absoluta. El milagro creído es, pues, una verdad, tan completa como el hecho demostrado.
Toda demostración es, en efecto, un caso de conformidad, imperativo por deficiencia de información en el que se conforma.
Y viendo que sus oyentes se aburrían, pues el tedio que cabe detrás de un abanico o de un clac, presupone paisajes mentales no mucho más latos, apoyó sus consideraciones con una historia.
-En cierto episcopado montañés, el obispo era santo. Y como era santo, hacía milagros. Y como hacía milagros, era el médico de los pobres. Además, como no había ricos en la diócesis, el señor obispo era médico de todo el mundo.
Cierta vez, esperábanlo en la aldea más rústica de la comarca, para un caso grave: la joven más hermosa y estimada del lugar, había muerto pocas horas antes de desposarse con el mozo más apuesto y considerado; desgracia singular, que por cierto requería un milagro. De manera que cuando el señor obispo llegó, la aldea entera pidiole que resucitara a la muerta.
Oró el señor obispo con fe sobre aquellos despojos, ante el pueblo congregado para ver el prodigio. Mas, pasadas largas horas, el santo alzose de repente, clamando:
-La falta de fe en uno de vosotros, impide que se efectúe el milagro. Quien quiera que sea, confiese la aflicción de su alma, y la Infinita Misericordia le otorgará el don inefable de creer.
Entonces un viejo buhonero que se había agregado al vecindario por curiosidad, declaró ser él el que no creía.
Ahora bien, como esa falta de fe impedía el milagro; como no era posible vacilar entre un vagabundo desconocido y la preciada doncella que en el féretro yacía; y sobre todo, como quizá el viejo aquel fuese judío y lo callara, el vecindario en masa decidió su muerte. No existiendo allá verdugo, ni teniendo con qué costear uno de la ciudad vecina, ni habiendo quién quisiera mancharse con un homicidio, decidieron entregar el descreído a la activa justicia del fuego.
Así nació la Inquisición, tan democrática y naturalmente, como ahora nace del sufragio universal un diputado socialista...
-¿Y la joven resucitó? -dijo una suave chica rubia, con toda la displicencia de su interés aristocrático.
-La historia no lo dice -respondió el elegante pesimista-, ni tiene tampoco mayor interés esa circunstancia; pues lo que aquellos aldeanos defendían, no era realmente la resurrección de la doncella, sino la ilusión de que podía resucitar.
-Pero hay cierta diferencia -intervino un señor, con moderada ironía de hombre feliz- entre la elección de un diputado y el suplicio de un inocente. Los tiempos han cambiado sin duda.
-¿Me permite? -repuso el otro, animándose ligeramente.- Yo creo que no han cambiado. La bomba anarquista, modernísima como el feminismo y como el automóvil, vale la hoguera y tiene el mismo objeto: defender la ilusión, que como han dicho todos los poetas cursis, es el tesoro de los míseros. Por fortuna, nosotros, felices y sabios, no tenemos ilusiones; puesto que es filosófico y «chic» haberlas perdido.
No seremos anarquistas ni veremos resucitar a los muertos...
I
-Nada importante -dijo el claro filósofo-, nada importante hacemos en nuestra vida sin las flores. Esto compone el detalle más característico, quizá, de la civilización. Haciendo intervenir a las flores en su vida, el hombre empezó a ser amable...
...Y la mujer sentimental -añadió con una sonrisa complementaria para la hermosa Andrea, en cuyo pecho una ligera nieve de jazmines oponía poética con tradición al dulce fuego de gemelas palomas escondidas.
-Oíd, por ejemplo, cómo vino a formarse el primer bohemio:
Los jóvenes salvajes que en el bosque primitivo amaban, hacían su cortejo por medio de presentes que eran frutos elegidos y primicias de caza.
Uno de entre ellos, salió cierto día con su flecha y su anzuelo a la busca del consabido regalo.
El río ofreciole como siempre la segura promesa del pez de plata que deseaba, hermoso como nunca.
Pero, en tanto que el aparejo provocaba con su camada, al cabestreo de la corriente, el buen pescador se puso a pensar en lo lindos que eran los pies de su amada, vadeando el manantial explayado sobre guijarros; los pequeños pies que el agua calzaba de cristal...
Y tanto lo distrajo aquello, que el pez esperado vino, picó la carnada, comenzó a tirar -oh piecesitos de las doncellas en el agua clara- tiró más aún, más todavía... y se llevó el anzuelo.
Entonces el joven salvaje se fue de caza.
Pronto encontró un ave hermosa en la punta de un árbol corpulento. Verla y dispararle una flecha, fue todo uno. Pero erró el golpe, no sin advertir que en el breve trazo del dardo, había algo de la mirada de su dulce querer.
Mas, aquella impresión era tan vaga, que para cerciorarse, disparó otra flecha; y otra; y otra...
Cuando agotó su aljaba, se dio cuenta con terror de que ya érale imposible cazar ese día.
Entonces acudió al viejo manzano, donde había una manzana, una sola, pero la más hermosa que hasta entonces viera.
Solo que cuando la tuvo en sus manos, sintió tan patentes las mejillas de su amada, que no pudo menos de besarlas en el fruto; y como del beso al mordisco no hay más que un paso, tratándose de esos tentadores objetos, he aquí que pronto el joven salvaje hizo de su manzana un problema insoluble. Se la había comido...
Defraudado en todos sus proyectos de sensato amante, volvía el triste por la pradera.
No llevaba a su tierno cariño, ni el pez de plata, ni la primicia de caza, ni el fruto de los acostumbrados presentes. Cuando de pronto ocurriósele pensar en las flores que iba hollando.
El primer ramillete de amor fue rechazado por la destinataria. No era de moda...
Pero el primer bohemio había nacido, cortando las flores de la infinita miseria. Las flores con que se adorna la vida cuando no se tiene qué comer.
Otro día os contaré cómo nació el oráculo de la margarita.
II
-Cumplo mi promesa, niñas -dijo el claro filósofo-, entrando a narraros cómo nació el oráculo de la margarita. Pues sabemos ya que nada importante se hace en la vida sin las flores.
La pradera reverdecida por una lluvia estival, miraba al cielo, en éxtasis, con los mil ojos de oro de sus margaritas.
Una joven salvaje atravesábala a paso lento, deshojando una flor...
El tema os parece viejo y os he visto sonreír. Viejo es, en efecto. Como el beso, el suspiro y la luna, que sin embargo, no cansan. Viejo como la juventud, que vive de olvido.
La joven deshojaba una flor como lo había hecho muchas veces. Pero aquel día acababa de advertir una correspondencia entre cada pétalo arrancado y una idea suya. Esto le causaba una gran admiración.
Ahora bien, sus ideas no tenían sino un objeto: el hombre a quien amaba, y que desde algunos días antes, no iba a verla. De modo que toda su mente hallábase ocupada en pensar:
-¿Vendrá?
¿No vendrá?
Sí vendrá.
No vendrá.
Las horas pasaron. El dolor hizo su obra de gota que cava. Engendró la duda, y con la duda ideas más definidas:
¿Me quiere?
¿No me quiere?
Los pétalos de la margarita fueron cayendo. Sí, no. Sí, no. Fue no al fin.
Aquella muchacha enseñó así a padecer a todas las demás muchachas de la tribu.
Pero, andando el tiempo, ellas aprendieron a defenderse del dolor, pues lo cierto es que los amantes volviéronse cada día más dudosos.
Fue necesario asegurarlos con otros lazos: inventar el novio...
Entonces se perfeccionó aquel primer ensayo, que fue a la vez -grave problema- el origen de la lectura.
Las niñas siguieron deshojando margaritas, pero nunca hasta el fin. El sí y el no decisivos quedaron en el último pétalo, que nunca era arrancado. Permanecía adherido al botón central, recto, como una pequeña indicación hacia el infinito.
¿El infinito del dolor? ¿El infinito de la dicha?
Así habló el claro filósofo, y después hubo un silencio meditabundo de ideas comunicadas.
De repente, con simultaneidad extraña, sus jóvenes interlocutoras se echaron a reír.
Era evidente que ninguna había deshojado su margarita hasta el fin.
Y aquel pequeño descubrimiento psicológico del narrador, las divertía.
Este añadió, paternal:
-He ahí el inmenso problema de la flor deshojada.
Me quiere...
No me quiere...
To love, or not to love: that is the question
III
Cuando la flor fue símbolo de amor padecido y de ensueño sin esperanza, los hombres corporificaron en ella la pureza, y entonces nació la corona de las novias. El estado de novia es un instante que tiene la fugacidad y el brillo de la chispa. La novia dura todavía menos que sus flores. Bien se ve, entonces, que la corona nupcial lleva consigo la melancolía.
Ella fue una ocurrencia de cierta joven tierna y casta que murió de amor.
Cuando su último delirio fue llevándola como una ola decreciente a la playa sin situación donde empieza la eternidad entre sauces inmensos y calmosos, alcanzó a oír en los labios de la enfermera una protesta contra el ingrato que así la dejaba morir.
-Oh, no; oh, no -pudo replicar todavía-. Deme unas flores.
Y en aquella incongruencia de conceptos, iba el quimérico pregusto de los besos no dados, como ella se imaginaba que debían de ser.
Se coronó de flores, divagando ya en la gran sombra, con la inconciencia pacífica de un encanto que era la dicha de morir.
Morir de amor es el supremo desposorio.
Y sensibilizado más de lo que hubiese querido, ante aquellas muchachas modernas que seguramente no morirían así, el claro filósofo, a título de irónica defensa, sonrió el verso romántico:
Murió de amor la desdichada Elvira...
-¿Y las flores de las tumbas? -añadió presto.
Los hombres primitivos, al verlas brotar con profusión sobre la fertilidad de los túmulos de tierra, las creyeron almas. Visitadas por las mariposas, de ahí nació la leyenda de Psiquis.
Nuestros grandes dolores y nuestros grandes placeres tienen por símbolo la flor.
El rasgo más típico de civilización lograda y estable, lo dio la mujer que un día, en la cueva prehistórica, rodeó de hierbas inútiles y olorosas el pernil de ciervo destinado al banquete. El acto griego de deshojar rosas en la copa, es una de las escasas invenciones humanas que no tenga antecedentes en la predecesora animalidad.
Esta era la novedad: la rosa quería convertirse en espina.
Allá en los tiempos de la prebotánica, el rosal, árbol corpulento, era preferido por los marsupiales acróbatas que anticipaban el futuro mono. Esto no resultaba agradable para el rosal, individuo de genio vivo a juzgar por sus flores rojas, de ardiente almizcle. Pero en las plantas, las ideas -tienen ideas muy simples, que alcanzan hasta el silogismo, según lo demuestran las enredaderas de Bernardin de Saint-Pierre (¿quién lee hoy Les études de la nature?...)- las ideas y los sentimientos -ahí está el «pudor» de la sensitiva- no alcanzan la instantaneidad que en nuestro complejo organismo. Entre la idea y la acción, media un período apreciable de tiempo, lo propio que entre la sensación y la conciencia. En cambio, el vegetal trasmite por su semilla, a la planta venidera, la idea que no alcanzó a entender durante su vida, así como la sensación que no llegó a apreciar; constituyendo este fenómeno, para las plantas, lo que la inmortalidad del alma para nosotros. Y como nosotros a la inmortalidad del alma, a esto deben las plantas la conservación de su tipo fundamental en la eterna variabilidad. Así, en la elaboración de una idea vegetal, pueden intervenir varias generaciones de plantas: desde aquella en que la idea empezó (subrayo, porque esto de dar extensión temporal a una idea, es casi incomprensible para la mente humana) hasta la que llega a entender por completo. Usted va a fastidiarse, Marilia, con tanta sutilidad.
-No lo crea; aunque mi condición «inferior» (aquí un pequeño mohín de ironía libertaria) mi condición «inferior» de mujer, debería de hacérmela inaccesible. ¿Pero cómo sabe usted todo eso?
-No lo sé de ningún modo, y hasta es probable que sea un absurdo; pero me moriré de aburrido esperando a que conformes con el método científico, las plantas se lo demuestren con hechos a algún sabio. Mientras la ciencia elabora en lo infinito su pequeña suma de nociones concretas, como teje una araña en el rincón de una sala, el Casi-Todo restante, quiero decir la inmensidad, pertenece a la fantasía. Sin la cual, tampoco habría infinito. Pero volvamos a nuestra narración.
El rosal se incomodaba con los animalejos que por él subían. Y pensó evitarlos. Edades pasaron, desde que la molestia sugirió la idea de bienestar; luego la comparación entre las dos; luego la noción de preferir una; la de evitar la otra; la de concretarla al escalamiento de los seres trepadores. Hubo un abismo de años, desde este punto, hasta la idea de oposición. Costó mucho la de defensa. La uña del trepador que lastimaba al subir, sugirió la espina. Primero blanduzca, inservible; una simple hoja encartuchada. Durante siglos limitose a esto la defensa; hasta que, por último, el principio de constancia, trasmitiendo la idea en evolución de planta en planta, llegó al aguijón realmente defensivo. Y no hubo, desde entonces, «rosa sin espinas».
La espina había nacido para defender a la rosa. Tenía a su cargo cuanto era rudo en la tarea vital. Estaba contenta de su misión, como todo lo que es simplemente fuerte.
Así transcurrieron siglos de paz, en armonioso equilibrio la fortaleza y la hermosura. Pero la rosa, entretanto, habíase embriagado con un sueño de perfume, de luz y de rocío. Estaba descontenta de su situación, como todo lo que es puramente bello.
Su vago y secular ensueño, pasaba de la fecundidad a la absorción. Solo con dejarse amar, había adquirido la belleza y el dominio que es su más íntimo atributo. Fue su destino realizar la belleza: el más alto sobre la tierra. El que consagra la superioridad de los mejores con una sola obra de arte cuando llegan a ejecutarla. Ella, en cambio, la reproducía diariamente, sin otro esfuerzo que prenderse una gota de rocío con un rayo de sol. En vez del dolor que acompaña inevitablemente la acción de amar, bastábale la plenitud que comporta el estado de ser amada. Su embriaguez de rocío, de perfume y de luz, era una tentación del orgullo.
Y durante mil años, pensó la rosa:
«La espina es fuerte. De ella depende mi seguridad. Es mi amo. Yo quisiera convertirme en espina. Yo no soy inferior a la espina. La espina me tiene esclavizada. Libre yo, sería como la espina».
Al cabo de otros mil años, la rosa, que a decir verdad, iba decayendo mucho, pensaba ya en esta forma:
«Yo soy, con toda evidencia, superior a la espina. Más artista, más sensitiva, más bella. Quiero igualarme a la espina. Después seré superior. La tiranía de la espina me ultraja. Yo quiero ser como la espina».
La espina oponía sus razones. Demostraba a la rosa su superioridad de flor. Exponía los trabajos, la fealdad, inherentes al oficio de aguijón. Imploraba por la belleza del rosal, que desaparecería al extinguirse sus flores. ¡La belleza del rosal! La rosa era egoísta como todo lo que es puramente bello.
Y un día, por último, se convirtió en espina. El hermoso árbol volviose un matorral hirsuto, entecado por las más bajas pasiones. Un manojo de espinas cuyo único gozo era causar daño. Ya no había en él sino espinas iguales.
Tan horrible situación duró edades. La familia rosácea estaba perdida, a no ser por una eglantina silvestre que conservaba la antigua armonía. Era una modestísima corola, pero, asimismo, infinitamente más bella que una espina.
Ella fantaseó el ensueño reascendente de la pasada belleza, en instintiva embriaguez de perfume, de luz y de rocío. Cien años... mil años... Hasta que en una de las espinas, la más fiera, la más aguda, brotó como un beso corporificado el nuevo pimpollo. Pues durante el mismo espacio de tiempo, la espina había trasformado en prototipo amoroso la melancolía de su soledad.
-¿Y las espinas -dijo picarescamente Marilia- nunca han querido trasformarse en rosas?
-No lo creo. A pesar de su ruda existencia, la espina está satisfecha de su misión, como todo lo que es fuerte.
-Pero yo -qué quiere- preferiría ser rosa -rio locamente Marilia.
Marilia, que con su linda boca y un moñito negro en la cabeza, conquistaría imperios como rinde corazones.
¡Ah, Marilia! ¿Cómo podría ser usted igual, siendo tan hermosa?...
Cortejaba así a la hermosa señora el rendido caballero:
-Señora, dejé de creer en Dios, por culpa de vuestros bellos ojos.
-Ved que ponéis en peligro vuestra salvación.
-¿No estoy, acaso, condenado al infierno de vuestro desdén?
En eso llegaron a un rosal donde una rosa se deshojaba.
Y la señora dijo:
-¡Quién supiera el verdadero lenguaje de las flores!
-Por vuestro amor -respondió el caballero-, yo sabría comprenderlo.
-¿Qué dice, entonces, esta rosa al deshojarse?
-Suspira que está muriéndose de dolor, al veros más hermosa que ella.
Hablando así, hallaron un árbol sobre el cual reñían dos halcones. Cubiertos de sangre dieron por fin en tierra, y la dama coqueteó:
-¡Quién supiera el lenguaje de los animales!
El caballero fue hasta las dos aves, que una vez separadas por él, echáronse a volar.
Después, regresando hacia la dama:
-Señora, por vuestro amor he podido comprender que los dos pájaros reñían, sosteniendo el uno vuestra hermosura contra vuestra gracia, y el otro vuestra gracia contra vuestra hermosura.
En estas pláticas llegaron ante una hoguera.
-Ah -sonrió la dama-, ¡quién supiera el lenguaje del fuego!
-Por vuestro amor, señora -respondió el galán-, ello no es imposible de ningún modo.
Tomó después de la hoguera una clara brasa con su mano desnuda, y lentamente la aproximó al oído. Luego, dejándola caer con elegancia:
-Señora, el fuego sostiene la necesidad de consumir para alumbrar. Y lo argumenta con el brillo de vuestra hermosura.
Así encontráronse ante un viejo puente, en cuyo extremo opuesto disputaban dos hombres.
-¿Qué dirán? -interrogó la dama.
-Señora, por vuestro amor, fácil es adivinar que la fama de vuestros hechizos forma el objeto de su querella.
Pero aquellos hombres, al sentir aproximarse los pasos de la dama y del caballero habíanse apartado silenciosos. De manera que cuando la gentil pareja cruzó, ambos clamaron a un tiempo:
-¡Por amor de Dios: una limosna para este pobre ciego!...
La dama frunció vagamente las cejas ante esa cruel ironía; mas el galán, sin inmutarse, vació su escarcela repleta de escudos en la escudilla del uno, y puso en la del otro su sortija de diamantes.
-Regia limosna -comentó la dama- para darla por el amor de Dios quien en él no cree.
Y el caballero:
-Señora, entiendo compensarles pobremente, así, la desdicha de no poder admiraros.
Cuando Rémy de Gourmont dio su primer paseo por el infierno, en compañía de Abelardo, llamole la atención una mujer hermosa y ensimismada, que parecía lejana cual la luna poniente,
-Esa -dijo Abelardo- fue una a quien amó en la tierra cierto poeta famoso, sin ser correspondido. No era linda ni fea, inteligente ni tonta; pero no supo comprender la belleza del alma enamorada. Entonces él, por medio de la poesía que le dedicó, puso en ella toda la belleza de su alma. Y así, además de aquel tesoro inútil, le dio en los tiempos la gloria. Él se quedó solamente con el dolor; y cuando no pudo más, se mató por ella.
Ahora, en el infierno a que los echaron el suicidio y la vanidad, ella, embellecida por la hermosura que él le creó, lo desdeña más, viéndose tan hermosa, y tomando la gloria que la rodea por el esplendor de su propia hermosura.
Dos siglos después de Dante, un joven platónico que había muerto en plena adoración de la Vita Nuova, hallose con Guido Cavalcanti a la salida del Purgatorio, donde este acababa de expiar su noble, si bien profano amor por Mandetta la tolosana.
-Señor -le dijo-, puesto que para vuestra eterna gloria, merecisteis ser llamado por el Supremo Doctor en la Ciencia de Amar, el primero de sus amigos, satisfaced, os lo imploro, la única insaciable curiosidad de mi existencia: decidme cómo era Beatriz.
-¿Beatriz como ser corporal? ¿La Bice Portinari? Una linda criatura, por cierto; pero no mejor, a fe mía, que otras doncellas de Florencia.
-Figurábamelo así, y esta es la angustia de mi alma. ¿Cómo pudo, entonces, el poeta ganar el cielo con la mentira de cantarla perfecta?
-¿Mentira? Lo único falso que había en ella, al ser, por imperfecto, lo perecedero, era aquello que le faltaba para alcanzar la perfección. La verdad es el ángel que Dante inmortalizó en ella.
Cuando se supo en el infierno el próximo ingreso de Anatole France, fue Voltaire a esperarlo en la portada.
Poco después empezaron a llegar los personajes creados por el insigne artista, inclusive un ángel caído y dos pingüinos inocentes.
Mas, nada sorprendió tanto al filósofo como ver pasar a Crainquebille.
Llamolo, pues, y le dijo:
-¿Cómo, tú también aquí? Te hacía entre los bienaventurados por derecho propio.
-Fue mi vicio, señor -contestó el infeliz-. Amargado por la iniquidad, me entregué al alcohol. Entonces el buen Dios me condenó justamente. No entran borrachos en el reino de los cielos.
Voltaire sonrió, compasivo:
-¿De suerte que todavía lo encuentras justo? -preguntó.
-Sí, señor, porque es conforme a mi destino. Lo que llaman justicia en la tierra, es una creación fantástica de filósofos y de artistas, que, víctimas de su error, se condenan casi todos. La justicia de Dios es más sencilla y más recta. Cuando Dios hace un pobre, sabe que se condenará, porque la pobreza induce al vicio y al delito, causas de condenación. Es de lógica cerrada.
-Entiendo -apoyó Voltaire, que ya no sonreía-. Y cuando hace un talento, sabe que razonará, que dudará en consecuencia, y que se condenará por racionalista o por disidente.
Pero, su interlocutor, que entendía poco de problemas mentales, limitose a concluir:
-Por eso será que cuando un infeliz llega al último grado de miseria, la gente dice con piedad: un pobre diablo.
Epicuro, que había oído, acercose a su ilustre colega, ofreciéndole con plácido ademán una rosa del jardín.
-Si no temiera fastidiaros con la contradicción -intervino-, me permitiría recordar con cuánto ingenio habéis probado, siendo deísta, la monstruosidad de Dios ante la sensatez y la lógica. Esa monstruosidad bastaría para demostrar que Dios no existe, si no enseñara que ella misma solo es la desmesura de la vanidad humana.
-Estoy por creer en ello -contestó el Patriarca de Ferney-. Cada día encuentro, en verdad, más posible al diablo que a Dios...
-Mi experiencia infernal, mucho más larga que la vuestra, me induce a haceros esta revelación: el diablo no existe. Es otra quimera del deísmo: el monstruo visto por la espalda. En todo esto, pues, no hay más que el hombre. Observad esa flor: Nada necesita saber del diablo ni de Dios para ser perfectamente hermosa. Mirad ese pájaro que canta junto a su nido: Nada sabe del diablo ni de Dios, y es perfectamente feliz. Os propongo este sencillo experimento filosófico: Negad un instante la existencia del hombre. Dios y el diablo dejan acto continuo de existir.
-Quizá -propuso el célebre profesor- con la cautela de quien se arriesga y no a formular una teoría -quizá la idea de Dios proviene de la invención del espejo. Cuando el hombre pudo ver su imagen comprendió la posibilidad de que existieran seres reales e incorpóreos a la vez. En suma, todo lo sobrenatural está ahí. Aquello explica el don de ubicuidad, y hasta el misterio de la trinidad inclusive. En el espejo, soy simultáneamente uno y doble. Basta un sencillo bisel para transformarme en trino y uno...
«... la femminetta Sammantana...».
(Dante, Purg. XXL)
Cuando la samaritana se retiró del pozo, después que diera de beber a Jesús, una mujer que todo lo había visto, le dijo:
-¿Cómo le has dado de beber siendo judío?
La samaritana respondió:
-Es hermoso y joven. Además habla muy bien y me ha dicho: «al que bebiere del agua que yo le dé, se le quitará la sed para siempre».
Y la otra pensó:
-Entonces esta mujer que ha tenido cinco maridos y ahora un amante, ¿es insaciable?...
Mientras Jesús caminaba con la cruz a cuestas por la calle de la Amargura, un hombre, demostrando más saña que los otros, lo escupía.
Alguien, reconociéndolo, le dijo:
-Pues qué: ¿no eres tú el baldado de la piscina?
El interpelado respondió:
-Ciertamente; pero yo no he perdido mi libertad de pensar; y como creo que este hombre es perjudicial para mi patria, sacrifico mí gratitud a mi patriotismo.
En un barrio mal afamado de Jafa, cierto discípulo anónimo de Jesús, disputaba con las cortesanas.
-La Magdalena se ha enamorado del rabí -dijo una.
-Su amor es divino -replicó el hombre.
-¿Divino?... ¿Me negarás que adora sus cabellos blondos, sus ojos profundos, su sangre real, su saber misterioso, su dominio sobre las gentes -su belleza, en fin?
-No cabe duda; pero lo ama sin esperanza, y por esto es divino su amor.
Desde Proclo hasta san Agustín, dijo el escolástico, es cosa probada que las almas no tienen sombra. En esto puede reconocérselas cuando se nos aparecen de día, lo que es raro; pues por tal razón prefieren la noche. Así, cuando Jesús resucitado se apareció a sus discípulos, estos lo creyeron vivo; porque siendo apenas el alba, no podían reparar en tal circunstancia.
-¿Pero cabe admitir que un cuerpo visible no dé sombra? -preguntó el más joven de los discípulos.
-Claro está. La sombra es un accidente de posición; mas, como los cuerpos gloriosos escapan a las leyes de la naturaleza mortal, no tienen adelante ni atrás, derecha ni izquierda. Porque esto es inconcebible en lo absoluto. No habiendo, entonces, razón para que dichos cuerpos emitan sombra.
Admitido un espacio de cuatro dimensiones, los seres de cuatro dimensiones que lo habitaran, no tendrían sombra. Porque la sombra es un accidente del espacio de tres dimensiones: el límite objetivo de las mismas.
Si los espíritus existen, pueden ser, entonces, reales y a la vez invisibles. No hay ninguna razón que a ello se oponga, admitido el espacio de cuatro dimensiones.
Poco antes de la oración en el huerto, un hombre tristísimo que había ido para ver a Jesús, conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
-Yo soy el resucitado de Naím -dijo el hombre-. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?
-Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el apóstol-. Es como si aquel volviese a nacer en la pureza del párvulo.
-Así lo creía y por eso vengo.
-¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?
-Que me devuelva mis pecados -suspiró el hombre.
Cuando Jesús decidió entrar a Jerusalem, como sintiérase fatigado de la marcha que hacía desde Jericó, por ser áspero, aunque corto, el camino, mandó a sus discípulos en busca de la pollina, según lo refiere Mateo:
«Diciéndoles, id a la aldea que está ante vosotros, y luego hallaréis una burra atada con su borrico. Desatadla y traédmelos. Y si alguien se opone, respondedle: el rabí los necesita. Y al punto los dejará»
(Cap. XXI, vers. 2 y 3).
Nadie había junto a la pareja de asnos; mas esa noche, cuando Jesús, después de hacer su entrada en Jerusalem, fuese a dormir a Betania, el dueño acudió por lo suyo.
Y reclamaba el alquiler de la cabalgadura, reprochando a la vez:
-¿Cómo has podido, rabí, apropiarte del bien ajeno? La pollina estaba en mi campo, atada a una estaca que yo planté, habiéndola cortado de un árbol de mi heredad. Pero lo hecho, hecho está. Abóname solamente el precio del viaje, que la burra es acémila de alquiler.
Jesús le repuso:
-Estaba fatigado de andar, y por eso tomé la pollina. Tú reposabas mientras tanto, satisfecho, a la sombra.
Pues el rabí nunca supo ni practicó el sentido de las palabras «cobrar» y «pagar», ni tocó jamás moneda alguna. Porque así no perdieran la pureza sus bienhechoras manos.
Mas el otro se obstinó:
-Tu cansancio no me atañe. Yo solo sé que la jumenta es mía.
Y Jesús, dulcemente:
-En verdad te digo que las cosas de este mundo no tienen sino un propietario, y que este se llama Necesidad. En aquel momento, ni tú ni yo éramos dueños de la burra. El dueño era mi cansancio. Y desde el principio de los tiempos, el cansancio fue el domador que adiestró a las cabalgaduras para su servicio.
Con lo que el dueño de la burra se fue a clamar contra Jesús, acusándolo de fomentar a los ladrones.
Prefirió al reino de los cielos, que habríale abierto su generosidad, la posesión de una acémila de alquiler.
Y pudiendo disfrutar del infinito amor en que el reino de los cielos consiste, se quedó con el Reino de lo Suyo, que tenía por limites una cola y dos orejas de asno.
Como los discípulos comentaran la diferente actitud de Marta y de María, las hermanas de Lázaro, cuando Jesús paró en la choza fraternal, en Betania, y la primera se fue a prepararle la comida con grande afán, mientras la segunda se quedó adentro contemplándolo, el Maestro les dijo:
-A ninguna prefiero, según creéis. Pues en cada una está el reino de los cielos. Y es que cada una se muestra conmigo infinitamente generosa de lo suyo. María me da su alma, que es todo lo que tiene, en la mirada de sus ojos. Marta me da su trabajo, que es también todo cuanto posee, en el aderezo de su cocina. Veo lo mismo el reino de los cielos en los límpidos ojos de María que en el fregado cuenco de la escudilla de Marta. Y ellas lo encuentran, a su vez, en lo único que posee el Hijo del Hombre, que es la bondad total para con ellas. Así no hay entre nosotros mío ni tuyo. Y dándolo todo, lo poseemos todo. Quien se da sin tasa, es el único que posee absolutamente.
-¿Qué es, entonces, Maestro, el Reino de los Cielos? -preguntó Juan.
-El infinito amor, sin deseo ni recompensa.
Las tres Marías, dícese en frase proverbial, aunque ello constituya una injusticia. Pues en realidad fueron cuatro las Marías del Evangelio. Tres halláronse al pie de la cruz, según San Juan: la madre de Jesús, dice, «y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofas, y María Magdalena». Que San Juan lo supo bien, es evidente; no solo como testigo presencial, sino porque la Iglesia considera su Evangelio el más auténtico, aunque no figure entre los sinópticos. Pero existió además otra María, la más poética quizá: la hermana de Lázaro; la exaltada y suave doncella de Betania.
Desde los tiempos evangélicos, existe en toda la literatura cristiana como un reservado propósito de excluirla. San Mateo y San Marcos no la mencionan. San Lucas confunde como adrede su acción más bella. Únicamente el inspirado de Patmos ha salvado su nombre y el pasaje que la inmortaliza, en la página más bella, quizá, del Nuevo Testamento.
Me refiero a la unción de los pies divinos con el óleo de nardo que enjugaron después los cabellos de María.
¿Quién no sabe, o cree saber que esta misma era la Magdalena?
Oigamos, entretanto, a Juan:
«Jesús, pues, seis días antes de la Pascua, vino a Betania donde estaba Lázaro el que había muerto, al cual Jesús había resucitado»
.
«E hiciéronle allí una cena, y Marta servía; mas Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa juntamente con él»
.
«Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús y limpió sus pies con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del ungüento»
(Cap. XII; 1, 2, 3).
Aquella María, fue, pues, la de Betania; la predilecta de Jesús; la que consiguió de él, con pedírselo llorando, el milagro más evidente, o sea la resurrección de Lázaro. Tan evidente, que decidió el sacrificio de Jesús ante el concilio de sacerdotes y fariseos.
Este acto de gracia tan singular, unido a la sustitución intencionada de María de Betania por la Magdalena, indica que los primeros discípulos vieron, como aun ahora es posible en el Evangelio, un amor del hombre Jesús hacia la hermana de Lázaro. Juzgaríanlo después incompatible con la divinidad del Maestro, resolviendo disimular o callarlo. Y es el caso, que aun el episodio de la resurrección de Lázaro, solo figura en San Juan. Pero, si al encarnar bajo figura de hombre, Jesús tuvo por principal objeto padecer en la carne ¿cómo es posible que no sufriese el amor de la mujer?
San Juan es quien nos presenta más humano a Jesús, sin perjuicio de ser entre los evangelistas quien mejor lo define como divino. Así, es también el único que menciona el milagro de las bodas de Cana, aquel prodigio desproporcionado y hasta absurdo, si no se piensa que Jesús lo hizo por el amor de su madre. El voto de amor está visible: Por ella fuera capaz de cambiar el agua en vino.
Entretanto, la confusión que ha hecho atribuir a la Magdalena el acto de la doncella de Betania, proviene de Lucas. Este sitúa la escena de la unción en una ciudad sin nombre, aunque por el texto del mismo capítulo (el VII) inferimos que fue Naín de Galilea; pues partiendo de Cafarnaum, Jesús (versículos 1.º y 2.º) habíase dirigido a aquella ciudad, que estaba en la misma comarca, y el capítulo no menciona que saliera de ella.
La escena de la unción refiérese en él a «una mujer de la ciudad, que era pecadora»; pero lo extraño es que no la nombre, cuando en el capítulo siguiente (el VIII) habla (versículo 2.º) de María Magdalena, a quien Jesús curó echándole del cuerpo siete demonios.
Hase creído ver una alusión a esta última en el hecho de llamaría «pecadora», y en la respuesta de Jesús al fariseo: «sus pecados son perdonados porque amó mucho».
Pero tratándose de una cortesana como la de Mágdalo, el Evangelio habría dicho «ramera». Es su lenguaje. Y dado el comercio de Magdalena, nunca Jesús lo habría llamado «amor». Pecado le dijo siempre, hasta en el caso de la adúltera, que no era una cortesana.
Al venir después de la resurrección de Lázaro, el acto de María de Betania resulta una manifestación de gratitud, lógicamente hablando. Y así lo refiere Juan (capítulos XI y XII). Es su forma lo que revela el amor. Aquel exceso de perfume, que escandaliza al fariseo.
Pero en la Magdalena habría sido absurdo. Esta venía, ya convertida, siguiendo a Jesús; pues Mágdalo está distante de la Naín galilea. Y el Maestro había tenido que pasar por Mágdalo para venir, conforme al itinerario de Lucas, de Cafarnaum a Naín.
Entre esas vagas menciones de Lucas y el texto preciso de Juan, la elección no es dudosa. Parece que este hubo de oír ya en su tiempo algunas dudas al respecto; pues el capítulo donde cuenta la resurrección de Lázaro, empieza así:
«Estaba entonces enfermo Lázaro de Betania, la aldea de Marta y de María su hermana»
.
«(Era María la que ungió al Señor con ungüento y limpió sus pies con sus cabellos cuyo hermano Lázaro estaba enfermo)»
(Cap. XI, versículos 1.º y 2.º).
La mención especial, y todavía redundante, no deja lugar a dudas. Luego, ¿cómo es posible que Jesús se dejara tocar con la Magdalena, cuando aun muerto y transfigurado se lo prohibió con el famoso noli me tangere?
El rastro corroborativo del texto de Juan, si todavía lo necesitara, está en el pueblo de Naín que menciona Lucas. Había dos Naín. El antes mencionado de Galilea, a cuya comarca pertenecía Mágdalo, y el de la región hierosolimitana (conforme a la división de Tito) un poco al sur de Betania. Esta aldea era casi un arrabal de Jerusalem, perteneciendo, como la Naín vecina, a la Judea propiamente dicho. La confusión de Lucas estriba en esa vecindad; pues Juan dice expresamente que la escena se efectuó en Betania. Y por lo demás, Lucas no menciona siquiera a Naín. Deja entender que pasó allá...
Lucas no fue apóstol, sino discípulo de los apóstoles, según San Jerónimo; pero donde más lo engañó su sentido científico -era médico- fue en no ver lo que un artista habría concebido al punto: que el acto de la unción, no es un acto de cortesana. La cortesana arrepentida, habría evitado escrupulosamente toda escena de amor.
Y aquella fue una a no dudarlo.
Mas, los santos libros presentan otra corroboración. Cuando Jesús visitaba la casa de Betania, mientras Marta corría tras los afanes domésticos, María quedábase muda a sus pies, contemplándolo y oyéndolo.
¿No es así como han procedido siempre los novios sencillos?
El hermano, afuera, en el rastrojo, o por el camino de la ciudad con el asno. La hermana hacendosa en la cocina, llena de benévola piedad hacia la pareja que necesita estar sola. Y bajo el sicomoro o la palmera, donde un cálido viento anuncia la siesta con murmullos remotos, el dulce rabí, ligeramente tostado por el desierto habitual, arroba a la preferida, que, como los niños para oír un cuento, se empequeñece acurrucándose a sus pies, el mentón posado sobre las rodillas varoniles, dilatada toda ella en un silencio de sumisos ojos, para que el rabí la encante con palabras de eternidad, profundas, cariñosas y pocas.
Y por esto le han trocado su acción más bella, disimulándola en la inmortalidad que así consiguió ganarse. He aquí que ella fue la vencedora de la muerte, al obtener la resurrección de Lázaro en el amor de Jesús. Nada tan típico como este rasgo: salvar al hermano de la mujer amada. Nótese que en el citado capítulo de Juan, es María quien pide la gracia a indicación de Marta, aunque esta ha hablado primero con Jesús.
No existe, sin embargo, una santa María de Betania. La Leyenda Dorada confúndela repetidas veces con María de Mágdalo. Solo su hermana tiene culto, aunque fue ella, María de Betania, la predilecta de Jesús.
Salvemos íntegro para ella el acto de poesía sublime que le inspiraron la gratitud y el amor. Honremos con la verdad a la cuarta María del Evangelio. Aquel afecto, sin duda divinizado por su silencio y su pureza de lirio singular, fue quizá para Jesús la única dicha sobre la tierra.
En su nombre y con el texto de Juan como prueba, deshojemos una rosa mística por la devoción de santa María de Betania.
Conducido Jesús ante el consejo de escribas y ancianos que presidía Caifás, no hubo testigos que declarasen en su contra. Apenas un fanático afirmó haberle oído decir que era capaz de destruir y reedificar el templo en tres días. Imputación necia a la cual el reo no se dignó contestar.
Ya iban a absolverlo en la deliberación subsiguiente, cuando uno de los escribas que era a la vez concesionario de las pesquerías en el lago de Genezaret, donde Jesús multiplicó los peces, lanzó contra él una acusación terrible:
-Nadie lo ha visto nunca comprar ni vender, como hacen los hombres honrados.
Era cierto. Jesús no había comprado ni vendido nunca la cosa más insignificante.
-¿Será, entonces, un ladrón? -preguntó alguno.
-No; porque los ladrones venden lo que roban.
-¿Un mendigo vagabundo?
-No; porque los mendigos piden limosna y este nunca ha pedido.
-¡Cómo! ¡Ni siquiera ha pedido!
-Nunca. Desprecia el dinero. No lo ha tocado jamás.
-¿Jamás?
-En efecto; ni cuando hubo de pagar el censo al César. Mandó a su discípulo Pedro que oblara por él, extrayendo la moneda necesaria de la boca de un pescado de mis pesquerías. Lo cual agrega a su delito, la magia.
-¿Pero qué delito?
-El de no haber jamás comprado ni vendido.
Entonces los ancianos y escribas, meditaron. Un hombre que no compraba ni vendía, no era ciertamente ladrón, ni mendigo, ni cometía delito alguno con ello. Pero no podía ser hombre honrado, porque todos los hombres honrados compran y venden.
Y como no podía ser hombre honrado, condenáronlo al suplicio, volviendo así por el principio de simetría moral, que aquel extraño violaba.
No hubo allí ningún psiquiatra que lo declarara irresponsable como anormal.
-Para que eso pudiera haber sucedido -dijo el astrónomo- fuera menester que varios miles de años antes, hubiera ardido un mundo en algún lejano universo; pues esas estrellas que aparecen y desaparecen en pocos días, son mundos incendiados cuya imagen vemos mucho después de haber ellos desaparecido, dado el tiempo que emplea la luz en franquear la distancia intermedia.
¡Un mundo ardiendo diez o veinte mil años antes del nacimiento de Jesús, nada más que para anunciar este suceso a tres reyezuelos de Asia!
Es una de las pruebas más fuertes de la divinidad de Cristo, y nadie la considera, sin embargo.
Cierto día visitó a Jesús un hombre profundamente decaído.
-Señor -le dijo, quejándose-, yo soy el marido de la adúltera que perdonaste. Hiciste mal, Señor, porque no ha escarmentado. Sigue faltándome, y héteme aquí cubierto de oprobio ante los vecinos.
-Tanto la amabas -respondió Jesús-, que si dejo ejecutarse la sentencia, nunca me lo habrías perdonado.
El hombre bajó la cabeza.
-Ciertamente -murmuró luego-; pero sigue pecando, Señor, y es menester castigarla.
-Puedes hacerlo sin faltar a la ley.
-Ya lo intenté, Señor, pero no pude. Conforme a tus palabras de aquel día, mis pecados impidiéronme tirarle la primera piedra. Y como tú eres, Señor, el único viviente sin pecado, vengo a pedirte que lo hagas en justicia.
-Mal recurres a mí. El estado de pureza lleva la bondad a tal perfección, que todas las cosas se connaturalizan con el puro. Y así, basta que yo toque las piedras, para que tomen la misma blandura de mi carne.
-Su castigo es justo -insistió el hombre.
-Lo que en ti tiene razón -concluyó el Maestro- es el cariño que perdona, no el agravio que reclama. Vete contento con tu debilidad. El amor culpable es todavía mejor que el más justo de los castigos.
Cuando ante el bárbaro decreto de Herodes, la Santa Familia debió emigrar a Egipto secretamente, José enterró en el establo del natalicio el tesoro que los Reyes Magos ofrecieron pocos días antes a Jesús, con el objeto de no sobrecargar el asno. Mucho peso eran para este, ya, la madre y el niño.
Los principales dones del tesoro consistían, según se recordará, en mirra, incienso y oro fino. Mas, sabemos por la enseñanza de eminentes teólogos, que dichas especies no eran sino una prefiguración de las tres virtudes cardinales: la mirra, amarga y dolorosa, constituía realmente la integridad heroica de la fe; el incienso, generoso en perfumar, la divina esperanza; y el oro purísimo, la perfección de la caridad.
Tesoro tan absoluto, no podía arriesgarlo José al azar de la fuga, y por eso lo dejó enterrado para siempre. Pues como la Santa Familia nunca volvió a Belén, tampoco se ha sabido jamás dónde lo puso el carpintero.
-He aquí por qué -añadió el filósofo- ni los evangelios, ni nadie, dijeron una palabra más sobre el tesoro de los Magos. Lo poco que de sus maravillosos dones suele verse por ahí, proviene de algunas partículas que José dejó caer en su premura sobresaltada.
Cierta vez que Jesús iba por los caminos, engrosaron su comitiva cuatro transeúntes que se interesaron en las palabras del rabí. Eran arrieros de las sendas, a quienes allegaba esa ingenua confianza que ponen los ignorantes en la suavidad y en la sencillez.
Y habiendo preguntado Jesús al primero si creía en Dios, y cómo apreciaba su potestad sobre los hombres, respondió aquel:
-Creo en Dios, y sé que es infinitamente poderoso, infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente justo. Como es infinitamente poderoso, podrá salvarme por su solo querer, aun cuando sea yo el peor de los hombres, y condenar al más virtuoso, de acuerdo con su voluntad inescrutable. Así, mi actitud ante su omnipotencia, es una absoluta humillación. Y quien no lo crea, será un malvado.
-Tienes de Dios -advirtió Jesús con dulzura- una idea despótica que mal se compadece con tu propia afirmación de que es infinitamente justo. ¿A quién oíste afirmar semejante cosa?
-Al príncipe de la Sinagoga -respondió el hombre.
El segundo arriero dijo:
-Conforme a la enseñanza de un doctor de la Ley, yo creo que siendo Dios infinitamente sabio, no puede ignorar el mal y que este es también de origen divino. De consiguiente, tengo derecho para exterminar en nombre de Dios a los herejes y a los impíos. El mal que les cause por la gloria de Dios, será también obra divina.
-Entonces, ¿cómo sería Dios infinitamente bueno? -suspiró Jesús-. ¿La infinita bondad, no excluye, acaso, al mal que la niega?
Y el tercer arriero opinó de esta suerte:
-La evidencia de esas contradicciones es la mejor prueba de mi conclusión, que así reza: la infinita bondad excluye la capacidad del mal. Todo cuanto se hace es bueno, el mal inclusive. No tengo para qué preocuparme de mis acciones. Todas son buenas en Dios. Y quien no lo creyere así, mostrará claramente la maldad de su alma.
-He aquí -dijo el Galileo- una noción de la bondad que excluye por junto a todas las otras. ¿Cómo sería, entonces. Dios, poderoso, sabio y justo? ¿De dónde tomaste tan peregrina idea?
-De mi amo el opulento viñador, que es un letrado saduceo.
El cuarto arriero, que solo instado se decidió a hablar, dijo con voz tranquila:
-Yo no creo en Dios, rabí; mas, por lo mismo, reconozco y respeto el derecho de todos para creer en él como les plazca, y no hallo que ninguna de estas creencias me impida cumplir con todos mi deber de consideración y misericordia. Dueño cada cual de su concepto divino, ante mi modesta razón todos son iguales en la condición humana.
Como llegaran en eso a la encrucijada donde habían de separarse, Jesús los bendijo.
Y los discípulos preguntaron entonces:
-¿Cómo pudiste maestro, bendecir al ateo?
-En verdad os digo -replicó Jesús- que vine a este mundo como hijo del hombre, para el bien de los hombres.
Y pareciéndoles a ellos enigmática la respuesta, añadió el Galileo:
-Mientras los tres primeros interpretaban a Dios como teólogos, teniendo solo en cuenta su bien personal, el otro habló del bien ajeno como un hombre sencillo. ¿Y no os tengo dicho ya que estos hombres serán los bienaventurados?
Cuando Jesús echó los espíritus inmundos del cuerpo del endemoniado al de los cerdos, y estos precipitáronse al mar en número como de dos mil, según lo consigna el capítulo V de Marcos, el propietario de las piaras compareció para reclamar.
-Ese ganado -dijo- constituía toda mi fortuna. Ahora estoy arruinado sin remedio.
-Si hubieras visto a aquel poseído que moraba en los cementerios, aullando de noche a la soledad como un perro vagabundo y destrozándose de día, con el furor, entre los perdenales y las zarzas, no lamentaras tus puercos.
-Tengo, Señor, mujer e hijos. Dos mil cerdos no son cosa fácil de juntar con el trabajo. Cuesta una vida.
Jesús replicó:
-¿Si estuvieras enfermo sin remedio y los dos mil puercos fueran al precio de tu salud, vacilarías tú y vacilarían tu mujer y tus hijos en darlos todos para que te recobraras?
-No, sin duda, Señor. Pero los puercos serían míos, que no ajenos.
-Aquel hombre estaba enfermo sin remedio, y tú mismo acabas de fijar el precio de su salud. Si amaras al prójimo como a ti mismo, ya no sabrías distinguir entre mío y tuyo. ¿Quién osaría sostener sin maldad, que la salud o la dicha de un hombre valen menos que dos mil puercos?
Entonces los jueces y los príncipes de la sinagoga comprendieron que había llegado el momento de procesar a Jesús, pues aquella doctrina sobre la propiedad fomentaba la anarquía.
Mientras un puñado de plebe conducía a Jesús por las pedregosas calles en el precedente paseo del suplicio, cierto remendón hebreo llamado Cartáfilo, claveteaba una babucha a la puerta de sórdido tugurio.
Vestía una túnica misérrima de pelo de dromedario, que le daba el color y el triste erizamiento de un pajarraco viejo; contribuyendo no poco a este símil, que los muchachos habían anotado ya con un mote exacto, la costumbre de sentarse sobre un talón, como estaba precisamente entonces, mientras oficiaba de banco la rodilla de la otra pierna. Muy agachado sobre el remiendo, apenas se veía entre la obra y la grasienta calva color de queso, sus cejas imperceptiblemente contraídas de rato en rato como orugas velludas.
El sol blanco de una siesta metálica, iba recortando poco a poco sobre la acera la sombra en que el remendón estaba sentado como en un tapiz. Al fondo del cuartujo había un banco, y encima un caldero de cobre, una tajada de calabaza cruda, un cobertor de jerga. En el barrote que unía las patas de aquel mueble, espulgábase perezosamente un estornino doméstico. Suspendidos del marco de la puerta, dos pares de zuecos; las sandalias rojas de la hija del carnicero; y más arriba, enorme y torcido, un borceguí de legionario.
Al rumor de la pandilla que avanzaba, el hombre levantó la cabeza. Era muy flaco y tenía los ojos amarillos.
Las casas estaban mudas como sepulcros bajo el aplastamiento de la siesta. Todas las personas acomodadas del vecindario dormían.
Chiquillos escapados, vagabundos de la peor especie, dos o tres mendigas estúpidas entre su balumba de andrajos, y el piquete de soldados ejecutores, componía el séquito de Jesús. No eran muchos, a causa de la hora y de la indiferencia que despertaban esas condenas dogmáticas, bien que el populacho odiara a Jesús por su noble alcurnia; pues la propaganda libertaria y materialista de los saduceos, había producido en la turba una exageración de democracia.
Así, no era cosa de asombrar a Cartáfilo aquel vulgar episodio. Nunca falta concurrencia para una ejecución, y el buen hombre no habría separado probablemente los ojos de su babucha, a la cual acababa de volver, si justamente cuando llegaba ante su puerta, Jesús no se detiene allí.
Su rostro era una masa indefinible de polvo, sudor y angustia. Olía a fiebre y a sangre como un bofe que empieza a corromperse. Tenía en los codos cardenales azules como las peladuras de los asnos. Sus pies parecían cubiertos de rescoldo.
Apoyose en el marco de la puerta, y hubo un silencio. De la sombría covacha salía una frescura penetrante y hedionda.
Entonces Cartáfilo se alarmó. Aquel descanso lo comprometía ante sus vecinos. ¿Tenía él algo que hacer con redentores? Bastante trabajo daban ya a la autoridad. Y exagerando la acritud de su voz, para mejor declarar su indiferencia, dijo al condenado:
-¡Anda, anda, buen hombre!
Jesús tuvo un momento de injusta amargura. No vio el natural egoísmo de aquel miserable. Cegolo, sin duda, la sangre voluntariosa de David.
-Anda tú también hasta el fin de los tiempos -respondió con voz sorda, comprometiendo quizá inconsideradamente la eternidad en su indignación de ser divino.
La formidable manía ambulatoria, que debía poseer a Cartáfilo más allá del tiempo y de la muerte, manifestose desde el siguiente día, sin preocuparlo mucho. Miserable y solo, poco tenía que perder con la ausencia; pero antes de partir, quiso precaverse a todo evento, por si volvía...
Diez sueldos de cobre formaban su haber, que dividió en dos, encaminándose a la oficina del banquero Manasés en cuya cocina lavaba platos por las sobras, los días de banquete.
El financiero consideró las cinco piezas de cobre. Nunca, en verdad, había caído a su bufete depósito más exiguo.
-¿Por qué te ausentas? -preguntó a Cartáfilo.
-¡Psch!... Por conocer el mundo -respondió el interpelado evadiendo toda alusión a su enfermedad vergonzosa.
-¡A tu edad! ¿Cuántos años tienes?
-Setenta y dos.
El otro recapacitó ligeramente. Cinco sueldos. Setenta y dos años. Espalda ahuecada en bóveda por la tisis profesional. Aquello no tiraría ya más de un lustro. Y sintiose impulsado a la caridad por tanta miseria; por esa permanente miseria de setenta y dos años, ante su medio siglo opulento y craso. Pero los financieros no saben dar limosna.
-Tomo tus cobres a interés compuesto -dijo-. Es un gran favor.
El otro dio las gracias y se fue.
Pasaron los años, vinieron los siglos. Los cinco sueldos de Cartáfilo iban progresando en la sombra; pues como nunca volvió por ellos, pasaban incesantemente de banca en banca. Al principio no produjeron sino centésimos nominales. Luego, sueldos como ellos. Luego, ciclos de plata. Luego, piezas de oro.
Los tesoros de Roma sucumbieron al pillaje bárbaro. La barbarie se congregó en feudos y en reinos. La Edad Media emprendió su jornada quimérica hacia el Edén, sobre los mapas fantásticos en que deliraban sumas y almagestos; fue a Jerusalem vestida de hierro intrépido y de cilicio como una torre bien armada por dentro y fuera; labró los piñones góticos cual gigantescas estalactitas de sus lágrimas.
El capital de Cartáfilo era ya inmenso. Y Cartáfilo caminaba siempre, pero nunca volvía. Cambió de nombre cada tres o cuatro siglos. Llamose aquí Ashaverus, allá Isaac Laquedem, más allá José, conforme lo refirió un arzobispo de Armenia a los monjes ingleses de San Albano. Los feroces barones, los reyes necesitados, los obispos arruinados, los tribunales inicuos, metían mano sin tasa en su tesoro. Su tesoro crecía siempre. Cada minuto al día, ganaba un ducado.
Pues desde el as romano hasta el doblón aragonés, habían pasado todas las monedas, y desde los Césares hasta el imperio bizantino habíanse transformado todas las naciones, sucumbido y nacido creencias, mezclándose y combatido razas de todo el orbe, sin que el principio inflexible al cual debían su multiplicación los sueldos de Cartáfilo, aquel interés compuesto, eterno e incontrastable como una ley de la naturaleza, hubiese variado un solo instante.
Y llegó la Edad Moderna, echando la mitad de los tesoros de América al abismo insondable de los cinco sueldos del judío. Y vinieron los tiempos contemporáneos, rindiéndole su tributo las justicieras confiscaciones de la Revolución; poniendo en manos del antiguo execrado las llaves del mundo, con Rostchild, con Hirsch, con la Gran Banca omnipotente como el destino.
Cartáfilo camina siempre, pero ha empezado ya a hablar de volver. La maldición de Jesús se ha estrellado ante una ley tan permanente como ella. Su representante en la tierra ha empezado también -¡mala señal!- a atesorar los óbolos universales. Pero ¿qué son sus monedas en comparación de los intereses formidables acumulados por los cinco sueldos del remendón?
Así, la única injusticia que Jesús cometió sobre la tierra, vuélvese contra él favorecida por su propia maldición.
¿Qué importa un zar asesino, todavía; un pontífice que excomulga, un literato que miente?...
Desde su monte de oro, Cartáfilo vencerá al Galileo.
Si este le perdona, como era justo, el remendón habría sido nada más que uno de sus apóstoles.
Hallé un grano de oro,lo supe guardar.Hallé la sabiduría,la supe estimar.Y a costa de muchas penaslogré la verdad.Otra vez hallé la dichasin haberla ido a buscar:Era una suave palomaque aceptó cautividad.Y un día por distracciónla dejé escapar...¿Qué haré ahora con el oro,con la ciencia y la verdad?
El espejo de Eufrosina
Como una abeja segura en el viento,Por la inherente música de tu oreja activa,Lleve el consejo su miel equitativaA la colmena de tu conocimiento.Y como es la abeja sobre el huerto en flor,Brújula de la dulzura y del buen olor,Tu laboriosa idea,Ennoblecida de ingenio y de tarea,Aguce su tino, en superior destello,Para lo verdadero, lo bueno y lo bello.En los días sin pena y sin afán,la belleza es la mesa puesta,y la verdad el agua honesta;pero el bien es la realidad del pan.Cuando la tarea del bien asume,el corazón gana fortaleza y salud,y madura en la virtudcomo el sándalo en el perfume.Lleva tu mérito como una ropabien medida, pero sin ballenas.Haz del silencio el cofre de tus penas,y de tu corazón tu íntima copa.Así la discreción será tu adorno-espejo viril de la virginidad-y muro bien labrado te pondrá en torno,con atrayente naturalidad,como es el rubor, contra halago y soborno,rosal impenetrable de la castidad.Da tu agua, pero oculta con aciertola fuente original que te retrata;y en esa sombra personal, dilatatu meditación como un ojo abierto.Elige la compaña silenciosade las flores, para meditar.Las flores son la gente deliciosade los sitios en que es grato pensar.El pequeño sol de la margarita,te iluminará poeta;y te revelará suave eremita,la pequeña sombra de la violeta.Ante esos discretos testigos,en expansión de dulce maravilla,tu conciencia será grata y sencillacomo la sociedad de los amigos.No huyas del mal. Con sombra y luz se fraguael mismo crimen que te aterra;y la substancia del lodo encierraen la pureza del agua,la sinceridad de la tierra.Semejante a hiel en sórdido trasiego,nunca hieda en tu lengua el sarcasmo.Perfúmate de fortaleza en el entusiasmo,como el incienso al contacto del fuego.Conserva a tu ilusión todas sus galas,Si aspiras al dominio de la inmensidad.La ilusión es una divina enfermedad;Mas, si para aliviarte, con los cuerdos te igualas,Piensa que la cura de la realidad,Es una amputación de alas.Tengan tus ideas un fácil cursode aguas abajo, en tu serena vida.Y la cordura sea en tu discursocomo el sabor del pan en la comida.Opón bajo una gravedad seductora,en la jactancia y la baraúnda,a la frivolidad interlocutora,una tranquilidad de agua profunda.Tu palabra, aclarándose a la llamadel argumento afable o severo,sea decorosa como una dama,y valerosa como un caballero.Si en el relato ahorras con noblezael ademán holgado de la estima,en la discusión resalte tu franquezacomo la pierna desnuda en la esgrima.Pero el ajeno sentido,disfrute la felicidad de tu tolerancia,hasta impregnarse de una misma fragancia,como los pañuelos de un baúl compartido.Muéstrate como apóstol, sublime, pero humano:León que pone un algo de canto en lo que ruje.No levantes tu antorcha con demasiado empuje,que la llama, volviéndose, te quemará la mano.Rindiendo el mismo decoroal hombre fuerte y a la niña grácil,que tu hospitalidad sea fácilcomo el cambio de una pieza de oro.Tenga tu urbanidad la persuasivasencillez de una vieja parra;y pronta esté la garganta de tu jarraa sangrar en la copa consecutiva.No ahorres tu largueza. Como el arroyo clarolava el pie que lo enturbia, tu bondad permanenteinfunda una benévola seguridad de amparo,con nitidez continua de cristal en tu frente.Si la mujer complica tu vida, ponle tasade joya impar en tu justo querer.Como es fuego total la brasa,así es puro amor la mujer.Pero al dulce mal en que te consumes,déjalo que te altere alma y color:La evidencia del amores el más grato de los perfumes.Así se eternizará tu poesía,fiel como la sombra, que al declinar el día,sin desprenderse del cuerpo, se alarga.Y en esa grave alegría,será noble tu cortesíacomo el corcel que lleva una reina por carga.En la secreta dicha del bien obrar,que dé a tu vida una modesta calma,la honradez sea en tu almacomo la sal invisible del mar.Solo al rayo del bien sin ostentación,el misterio inefable se nombraen la obscuridad del corazón.La virtud, como el ojo del león,se ilumina con la sombra.Aunque el vicio te humille en su insolencia,tu prez resaltará del mismo modo.Puede el viento doblar la azucena hasta el lodo,sin que esa inclinación sea una reverencia.Pide a las teorías, resguardadopor una espina de duda ligera,hospitalidad reducida y pasajeracomo las golondrinas al tejado.Reserva tu excelencia naturalen forma de alas, para el ciclo neutral;mas, acuérdate que en el azul abismohay que volar para permanecer,y que, volando, has de serel apoyo de ti mismo.La dicha de que tu alma sea el centro,recree tu morada desde el zaguán.La dicha es social como el panque el pobre come en tu puerta y tú adentro.Tu carácter reserve en los buenos modossu austeridad; así la menta verde,que es perfume espontáneo para todos,y acerba solo para el que la muerde.Haz grata sobre los hombres con sencillez,tu superioridad, en uso discreto,como la rosa domina al seto,adornándolo a la vez.Al discutir tu razón seguralos problemas del bien y el mal,la verdad, como la sal,sazone tu palabra con mesura.Si eres joven, tu elocuencia desata;y que en el tema noble y sonoro,tu lengua abra las puertas de orodel silencio, como llave de plata.Si eres viejo, acendra y destilagota a gota la interna miel que labras;y así guarde tu barba tranquila,como un talego el rédito de las pocas palabras.Aprovecha, oponiéndote como nave completa,el viento audaz de tu ambición;y aspira a la consideración,como un buen hombre a una esposa discreta.Gasta en tus quimeras, chiquillas locas,el ochavo de luna que les basta.Respeta la esperanza como una novia casta,que es tuya, pero que no tocas.La petulancia es chabacanacomo un calzado ruidoso en la vereda.Prefiere el pie desnudo de la modestia queda,cuyo rastro, en la tierra liviana,cariñosos hoyuelos de sonrisa remeda.Dominando tu cuita en el dolor,y tu egoísmo en la prosperidad,sea tu mejor condición la humildad,como lo es para el agua el desabor.Para que disfrute bien tu existenciasus mejores intereses,haz de la sólida pacienciael molino de tus mieses.En la serenidad de tu optimismo,tu propia alma ha de darte compañía en la pena,como al reflejarlo el agua serena,el cisne es la pareja de sí mismo.La malicia es sutil como los tuertos;mas, la inocencia tiene los dos ojos abiertos,siendo más avisada en su propio candor:Así el acero limpio también corta mejor.Reclama a la franquezadel amigo leal,la sonoridad y la firmezadel yunque fundamental.Solo así tu conciencia estará segurade sus errores, en un viril dolor.La certeza del errores el reverso de la cordura.Al deber siempre alerta,tu lealtad honrada,sea persuasiva como la mano abierta,y firme como la mano cerrada.Ante el destino más perplejo,tu alma, en su clara integridad,tenga el brillo único de la serenidad,como la espada quieta tiene un solo reflejo.Cobre la gratitud naturalde tus buenas acciones, el agradode la moneda casualque se encuentra en un traje desusado.No te condenes a excesiva pena,cuando te arrastre al mal la adversa suerte.Has de saber también compadecertecomo lo harías con la culpa ajena.Vive en belleza, poniendo su encantoen la manera habitual de tu ser,como el pájaro que al bebertoma la actitud del canto.En la luminosa clausurade tu alma, como en lámpara hermética,los secretos de tu estéticasean silencio, dignidad y blancura.Si en el arte aspiras a la gloria rara,de tus más queridas miserias te has de aislar,como el ave, para volar,de su sombra se separa.Preste tu ingenio, en obra satisfecha,a las ideas el valor del acto,cual la abeja fecunda a su contactolas mismas flores cuya miel cosecha.Cuando el diario afán te obligueal trato de los hombres, sea, en prudente tasa,la vanidad el gato que se queda en casa,y la sinceridad el perro que te sigue.Premiando tu fortalezacon singular patrocinio,las virtudes te darán dominioen los tres reinos de la Naturalezay así serán, en trinidad divina,la felicidad tu madera,la honradez tu canteray la medianía tu gallina.Si así sabes vivir, dulcemente vive;y llévete la vida, silencioso y manso,como a una playa limítrofe, al descanso,con la fácil vicisitud de un declive.Para quien este mundo es casa que se alquila,(inquilino fugaz de la Fortuna)la idea de la muerte es unasoledad de pradera tranquila.Rinde todo tu esfuerzo en la jornada.Vela siempre con seriedad y empeño.Al final tienes por profunda almohadala eternidad. No temas por tu sueño.