Fin de milenio
Luisa Valenzuela
Él tiene una cantidad de posibilidades a su alcance. Puede reventar su dinero en un festejo de una noche en París o New York, puede irse a Fiji donde por primera vez en todo el mundo empieza el tercer milenio, puede. No encontrará ni un rincón en un hotel pero qué le importa, hotel no necesita. Ha estado explorando en Internet, explorando y explorando, conoce todos los precios, posibilidades y secretos. La guita que se puede reventar sin hacerle mella a su familia, la guita que ni ellos mismos saben que existe asciende a más de diecisiete mil dólares y eso debería de alcanzarle ampliamente.
Tiene desplegados ante sí sus propios retratos, lo que no tiene ni remotamente cerca es un espejo. Hasta se afeita de memoria. Poco a poco desde que vive solo ha ido eliminando todas las superficies reflectoras en su departamento. Las fotos sobre el escritorio lo muestran de treinta años, pintón. Ahora tiene algo más del doble, mucho menos pelo, blanco por cierto -a los pelos los ve en el peine, trata de peinarse lo menos posible, escribe, escribe, pero lo que escribe es su autobiografía distorsionada, más o menos apócrifa, de cuando tenía benditos treinta años. En dicha edad ha decidido quedarse congelado, coagulado, fijo. Tres años atrás se plantó en sus treinta, y es ésa la personalidad que asume para las circunstanciales parejas on-line. Ellas son hermosas a menos de que estén mintiendo tanto o más que él, algunas hasta son interesantes. Es con quienes se demora más tiempo, meses en ciertos casos, cada noche encontrándolas en la pantalla de su computadora, hasta que al propio relato de sí mismo le debería de ir apareciendo alguna cana, alguna arruga; para mantener su imagen debería cierto día cumplir un año más. Le resulta intolerable. Entonces corta la comunicación de cuajo, se deshace de esa cita ciega y empieza una nueva, penosamente a veces, buscando a alguien que, como la anterior, logre arrancarlo por un tiempo de la angustia.
Así desde que le pusieron el triple bypass y la cosa se complicó, y ni vale la pena pensar en eso. Así desde que no pudo responderles más a aquellas a quienes solía arrimarse blandiendo toda su verdad, porque su verdad se le hizo de goma, su verdad no supo atender más los desesperados reclamos de su sangre. Y entonces. Entonces se hizo instalar el modem y a otra cosa mariposa.
Hoy ya no es lo mismo. Él hoy ya está a un paso de dar vuelta la página del siglo, del milenio, y la realidad virtual está a punto -también ella- de traicionarlo. El primero de enero, cero horas, un segundo enloquecerán las computadoras, se estremecerán las pantallas, se apagará el mundo. Y2K, guai tu kei lo llaman los entendidos en muy norteamericana sigla de implicaciones apocalípticas. Ante tamaño Armágedon él tiene derecho de volver a ser el macho de siempre, el de sus treinta años cabellera al viento, ojos luminosamente verdes y no glaucos. Aunque sea por una vez, una solita. La decisión le vino de golpe, ahora quiere planearlo todo bien y se va tomando el tiempo.
Le manda un e-mail a cada uno de sus hijos allá en México deseándoles más felicidades de las que se merecen, turros los dos que se fueron a instalar a 2.600 metros de altura sabiendo muy bien que él allí no podría alcanzarlos. Turra sobre todo la hija que lo alejó así de sus dos nietitos. No importa. Tampoco importa su ex mujer que nunca lo entendió, ni entendió su necesidad de expansión, su vitalismo cuando él escapaba por ahí con alguna turrita o enfermera, la misma cosa, para darle libre curso a toda la maravilla que bullía en él, y ya no bulle. Su ex mujer hace ya tres años que estará riendo sin parar. Bonita venganza para ella, justicia poética habrá pensado la muy turra cuando la operación tuvo en él efectos imprevisibles. Él, hoy, no quiere ni oírle la voz, ni siquiera comunicarse con ella por correo electrónico. Que reviente. Su ex mujer de nuevo se pondrá pesada y le rogará que reabra el consultorio, le dirá una vez más que los pacientes le tenían gran confianza y lo reclaman. Ya deben de haber muerto todos por suerte, le contestó a su entonces aún mujer, pero ella no se dejó amilanar; no te creas insustituible, eras simplemente un muy buen clínico, le retrucó ella sin mosquear, y él pensó que nadie puede ser buen médico si no logra curarse a sí mismo, y bueno o malo qué importa, si lo único que importa es lo que en él ya no responde, y para qué seguir pensando.
Sólo que ahora sí, pensar es la única actitud de vida. Pensar y planear, y desempolvar el viejo recetario, y consultar el archivo de las candidatas del chat-room. Las de antes y las de ahora, ¿cuál estará mejor? ¿cuál de ellas estará diciendo la verdad? No tiene tiempo para andar desperdiciándolo en investigaciones EVR. En la Vida Real, le causa gracia la sigla, como si la otra vida, donde él luce eternos treinta años con ojos llenos de chispas y un potencial inagotable no fuera también real, a su manera, y yo te cojo así, y así, y te hago esto, y lo otro, como les escribe a algunas minitas (las turras, según él, quienes desde una computadora distante lo estimulan y lo azuzan), y acabo en larguísimas eyecciones de lava ardiente y blanca, y chorreo toda, y esas cosas, mientras ellas quizá se relaman de gusto, sin saber del mal que le están haciendo a él, las muy turras.
Son todas iguales, reventar a alguna de éstas no sería mala idea, se dice.
Pero él ya no tiene los treinta años que le juró tener a la minita, a cualquiera de ellas. Ni en un rincón el corazón los tiene, porque ése mismo rincón reventó cierta mañana en su propio consultorio, y de ahí al quirófano un solo paso, y ahora esto. Lo estuvo reconstruyendo, al rincón treintañero de su corazón maltrecho, durante cientos de miles de palabras, pero se le han agotado las palabras, se está acabando el tiempo. Cuando suenen las doce de la noche del último día de este mismo mes de diciembre ya nada será lo mismo, el siglo que lo vio descollar en descomunales revolcones se habrá ido, se eclipsarán las pantallas, se eclipsarán sus fotos de los treinta años, el buen mozo que él mismo hizo revivir en monitores ajenos perderá la poca consistencia que alguna vez supo tener, ni la memoria perdurará de ciertas verborrágicas orgías que lo alimentaron durante el breve tiempo de comunicación virtual. Agotado estará el alimento, vencido como quien dice.
Ellas serán todas iguales, unas turras de décima, pero él es un tipo ético, y no le puede hacer una cosa así a ninguna minita de ésas que cándidamente (turramente) andan flotando por el ciberespacio como quien se revuelca en una cama deshecha. No, no le puede hacer eso, aun sin pensar en el quilombo que se puede armar. Lo fácil que sería desenmascararlo a través de la dirección de su casilla punto com, y después su familia metida en todo, los chicos viniéndose de México a verlo, cuando ya es demasiado tarde, su ex ni hablar, las idiotas de sus primas que nunca se preocuparon por él haciendo declaraciones a la prensa. Nada de eso. No quiere nada de eso. Y su antiguo compadre Juanjo, haciendo lo imposible, seguro, por consolarla, a su ex, Juanjo el muy metido, el mismo que le dijo muy al principio «Vos las odiás a todas porque no se te para más». Lo bien que hizo en mandarlo al carajo a ése, su ex mejor amigo, de una vez para siempre. Él no las odia a todas porque, no, él las quiere, por eso mismo las odia.
No es momento de ponerse sentimental. Es momento de acción. Desempolvar los viejos recetarios, desempolvar los trajes, aunque con este calor ni pensar en trajes. Afeitarse de memoria, el cuello no más, un poco las mejillas; quizá le quede bien la barba después de todo, no sabe, no quiere verse. No puede. Ha suprimido los espejos en su casa. Cuando salga, cuando retome el paso, cuando vaya más allá del supermercado de la vuelta, tan completo con Banelco y todo, una vez que le haya puesto la funda negra a la computadora, al monitor, y la funda al teclado, y la funda a la impresora, como un luto.
Enfermera, inteligente, puta. No sabe cómo se concilian estas tres instancias, sabe que la definen. Se lo repite a su imagen en el espejo:
-Sos enfermera, inteligente, puta.
Enfermera y puta son dos datos concretos, pero lo de inteligente es apenas una apreciación personal, y además los hechos no parecerían darle la razón. ¿Qué hay de inteligente en haberse venido a Comodoro Rivadavia, esta malhadada ciudad hecha de vientos, para cambiar de vida? Bueno, lo inteligente es precisamente eso, que logró su objetivo: cambió de vida. No que alguien lo estuviera persiguiendo, ni que hubiese motivo alguno para que la persiguieran. En su trabajo siempre fue irreprochable, despiadada, eficaz. Como le enseñaron. Nada de enternecerse, nada de perder el tiempo con algún caso más patético que otros. A todos lo mismo por igual, es decir lo estrictamente necesario, lo que dicta la orden médica.
El que se volvió totalmente ineficaz para ella fue su trabajo. En el hospital la declararon prescindible tras treinta años de irreprochable hoja de servicio. Después de convertirse en la mano derecha del cirujano mayor -él solía repetírselo-, el cirujano se volvió zurdo y la pateó de su lado.
A este nuevo trabajo, si se lo puede llamar así, arrastró las costumbres del viejo. También es irreprochable, eficaz y despiadada. Nada de enternecerse demasiado, aunque ahora a veces se permite perder un poco más de tiempo, sobre todo cuando encuentra un atisbo de goce, aunque sea un atisbo.
Ya no tiene edad de pedir mucho más. O todo lo contrario: tiene edad de pedirlo todo porque por fin sabe qué quiere, pero nadie se lo dará, sería como reclamar en el vacío. Más le vale callar. Es lo que mejor practica ella, el silencio. Esta tardecita, una vez más, como todos los últimos meses, atravesará el bruto viento por calles que ni puede reconocer de tanto entornar los párpados para que no la ciegue la bruta polvareda, girará con la puerta giratoria del Garby's, respirará el alivio de un aire detenido donde el tufo a hombre será la invitación para abrir nuevamente los ojos. En el Garby's toda penetración es auditiva, alguno se sentará a su lado en el mostrador y le contará su vida, el drama de su vida, porque si no es dramática a qué contarla, ella pondrá la oreja con todo esmero, profesionalmente casi, hará lo posible para que su potencial cliente sienta la imperiosa necesidad de pasar de la penetración auditiva a la vaginal, la única provechosa para ella. Es una vida como cualquier otra, se dice, es en realidad la otra cara de su vida anterior, ésa que acabó vaciándola del todo y la escupió a estas costas.
Lina vez adentro abre los ojos pero ni mira al hombre que circunstancialmente se sienta a su lado. Lo escucha no más, y es ésa su camada. Tampoco pretende que él la mire demasiado ya no está para eso ha pasado la cincuentena aunque tiene buen lomo, lo reconoce, las carnes duras y una sonrisa bastante juvenil nacida acá porque sí, quizá porque casi nunca afloró en su antigua profesión y entonces es más nueva que ella, la sonrisa.
Con el cirujano mayor a veces la sonrisa le latía en la comisura de los labios, allá en Rosario, en el distante lugar convertido ahora en un ya muy distante tiempo. Y el cirujano mayor una buena mañana la declaró prescindible, porque sí, y alegando motivos de presupuesto contrató a una asistente inexperta, sin antigüedad, es decir, mucho más joven, más apetecible. Ella reclamó tanto, protestó tanto que ahora ni abrir la boca quiere. Sólo para menesteres de su nuevo oficio, y bien la abre y chupa, y chupa, y con eso también sorbe las palabras del cliente, que no es un hombre para ella, nunca un hombre o ser humano alguno, sólo un cliente. Un ente. Que reviente, se dice en más de una oportunidad, por mí que reviente, aunque no sería éste quien debería reventar de mil maneras sino el cirujano mayor, el malaentraña.
Allá lejos, tiempo atrás, en otro infierno.
-Usted es el único que está llegando, sabe, todos se han ido yendo, día tras día, casi todos a la Capital a festejar, o donde tengan más familia. Nadie quiere quedarse en Comodoro a ver cómo el viento les trae el 2000. Con decirle que las autoridades planearon fuegos artificiales sobre el mar pero después desistieron, se les iban a desarmar antes de alcanzar la altura necesaria. Creo que hasta las autoridades se rajaron, la cosa va a estar mejor en Trelew, o en Rawson, dicen. Acá no cabe el color, sólo esa especie de gris de estas tierras tan grises, no entiendo qué vino a hacer usted acá justamente hoy para acabar el siglo.
Él no se sentó a tomar un escocés en las rocas para charlar con el barman. Pero le viene bien, necesita una información.
-Trabajo. -Contesta entonces parcamente.- Vine porque no pude evitarlo, me pregunto dónde habrá algunas chicas para no pasarlo tan solo.
-Si es hombre del petróleo, se entiende. Lo van a albergar bien en la compañía, pero usté escápese al hotel Imperial. Ahí tienen minas de primera, unas bombas, pregúntele a mi colega del bar y él le va a presentar a las mejores. Dígale que va de parte de Truman.
-¿Habrá otros lugares, también, no?
-En el Impe son muy discretos. Pero bueno, va en gustos y en bolsillos. Está también el Tom Tom, un lugar de jerarquía, oscurito. Alfonso se ocupa de eso allí, pregúntele, también puede ofrecerle otras amenidades, si prefiere.
-Ajá, ¿y?
-Hay otros. Y está el Garby's, pero yo no se lo recomendaría. Todas bastante gastaditas, qué le voy a decir.
Él pidió otro scotch, se quedó en silencio sin tomarlo, como acostumbrándose a la idea de estar allí, al frío. Había elegido Comodoro Rivadavia precisamente por eso, por la temperatura. Nada de andar achicharrándose en el calor, de perder energías. Para Europa o USA no había más pasajes, y por otra parte, un viaje largo, un cambio de idioma, los posibles apagones... demasiado esfuerzo para su sencillo propósito. La idea de un mar embravecido, acá, le había resultado atractiva, pero desde el avión, de su lado en el avión, no pudo ver el océano, sólo vio como un océano de dunas y las torres de petróleo.
Salió del aeropuerto cuando recién empezaba a caer la noche, tendría tiempo de recorrer el espinel. Decidió empezar desde abajo. Subió a un taxi y pidió ir directamente al Garby's. El bajo perfil, el anonimato total, todo le convenía. Miró su reloj: 30 de diciembre, las veinte y treinta, el plan podía irse desarrollando con mesura. Bastaba con no pensar demasiado.
Pidió otro scotch en el mostrador del Garby's, con mucha soda esta vez. Ir paulatinamente. En el bolso a su lado tenía lo necesario y un poco más también, por eso del lastre. Con el vaso en la mano se puso a mirarlas a todas, y en efecto, estaban ya bastante ajadas, y además poca elección había. Tendría que moverse a zonas más acogedoras, pero ésta no era inhóspita, todo lo contrario, le hacía sentir un cierto calorcito de hogar, vaya uno a saber por qué, parecería traerle reminiscencias de infancia con películas de cowboys. Un saloon, eso es, está en un saloon, le gusta la idea, también quizá le guste ir aplazando la otra idea: no tiene por qué salir corriendo, le agrega más soda al whisky y gira en su taburete buscando no sabe qué. La mujer sentada a su derecha dos taburetes más allá entiende algo que él no había alcanzado a formularse -no debería permitírselo- y le extiende el paquete de cigarrillos. Él lo mira azorado, tres años ya sin fumar, pero ahora necesita un pucho, y ahora qué importa. Se estira sobre el mostrador, le dice a la mujer gracias, muchas gracias, es justo lo que necesito. Ella no está fumando, ella no dice palabra, sólo le roza un poco la mano al retomar el paquete y le descarga una sonrisa insólita. Es una sonrisa que viene de otro lado. No de sumisión, ni de seducción, ni de reconocimiento, ni de abulia. Tiene vida propia, la sonrisa, tiene identidad e independencia. Quizá la mujer también las tenga, independencia, identidad, completud, una forma de estar en este lugar, en este instante que borra todas las demás posibilidades. A él le viene bien, le viene muy pero muy bien, quizá sea contagioso. La mira fijo a los ojos pidiéndole fuego. La mira muy fijo a los ojos pidiéndole un fuego que no es ése que ella no tiene -el barman se acerca y le enciende a él el cigarrillo-, es un fuego que chisporrotea dentro de ella haciéndole salir destellos de los ojos, ojos de mujer en llamas, fijos en los de él, que empiezan a recuperar su viejo resplandor iridiscente.
Están ahora sentados a una mesa.
En el Garby's, ese saloon, han pasado cosas, se ha ido escurriendo el tiempo. En la mesa de ellos, no. En esta mesa se han vuelto a llenar los vasos, una y otra y otra vez, y los ojos no se han apagado. Ella siente que no tiene por qué tratar de llevárselo a él a la cama, que están bien acá, y qué bien se está acá, piensa él, tengo 24 horas todavía para estar acá y después; es mucho tiempo, no quiero ni moverme. Él le ha pedido algunos cigarrillos más sólo para rozarle una vez más la mano, porque después el cigarrillo queda olvidado en el cenicero y su lento humo azul asciende por el quieto aire azul del Garby's. Afuera ruge el viento, a veces hasta se lo oye como fiera hambreada. Yo fui una fiera hambreada, dice él como para su coleto. Ella así lo entiende y lo deja. ¿Fiera con hambre de quién, con quién? No le pregunta. Con la cabeza apoyada en la mano y esa sonrisa que aparece de golpe, ella casi ni se mueve ni habla y él sabe que está toda aquí, presente, para él. Ella quiere saber pero sin curiosidad. A los treinta años, dice él, y es como si dijera ahora. A los treinta años -¡ahora, ahora!-, y ella siente que está tocando un punto tan, pero tan delicado, que es quizá para esto que ella ha hecho el largo recorrido desde el hospital de Rosario hasta el Garby's, sin etapas intermedias, sin resuello. Ella lo deja ser y al mismo tiempo quisiera exterminarlo. Pisotearlo como a una cucaracha. El hombre no tiene derecho, no tiene derecho alguno de venir a remover. Él se echa para atrás en la silla y la sondea de arriba abajo. Ve lo que otros no ven, lo que él mismo nunca ha visto en otra ni ha querido ver. Por eso cierra los ojos y queda como durmiendo. Ella tiene la cabeza apoyada sobre su mano derecha, el codo sobre la mesa. También cierra los ojos. El Garby's se apaga para ambos y se apaga para el mundo. Son ya las dos de la mañana. Son las tres y él está diciendo: «Eran cuatro mujeres y se aburrían, una de ellas me invitó a tomar un copetín, todas se desnudaron. Volví sábado tras sábado, las cuatro para mí solito, en todas las posiciones, por todos los orificios, también las cuatro entreveradas sólo para mí, para mis ojos».
Ella escucha un dolor infinito detrás de tanto goce. Y a la inversa. Ella sabe de palabras sin saberlo.
Son las tres y media y él dice: también vine a causa del mar. Entonces vamos a verlo, al mar, propone ella en una de las pocas veces que abre la boca. Hará un viento helado. Qué importa, usted vino a ver el mar y debe verlo, usted no es de quienes no hacen lo que vinieron a hacer.
Ella es algo disléxica . Alguna vez escribió mal la palabra mar, escribió amr, y por lo tanto sabe qué está queriendo decir él sin proponérselo.
Van por la larga costanera desolada, azotada, y no tienen más remedio que abrazarse para no salir despedidos por el viento. Se abrazan y se abrazan. Caminan unos pasos, él con su bolso colgándole del hombro, y se abrazan. Él como a una tabla de salvación, ella aceptando el abrazo con todos los recaudos, entendiendo que es parte de su nuevo oficio, y no está relacionado en absoluto con eso que algunos llaman sentimientos.
Ojo, se dice ella en el camino frente a ese mar invisible, pero ¡oh, tan desaforadamente audible! Ojo, se repite, este no es un cliente, es un paciente, un desesperado más, yo no me engancho.
También es un cliente. Él le propone, y por muy buena suma, ir a un hotel a pasar juntos lo poco que queda de la noche y quizá la mañana. Para dormir nada más, dice él y no la besa.
Esto es otra cosa, piensa ella, así está mejor, piensa, es una suma interesante y no veo por qué no, al fin y al cabo. Tan sólo dormir puede resultarle a él poco estimulante, mejor darle algo por su dinero, y entonces le baja la mano por el pecho e intenta metérsela dentro del pantalón, pero él con toda delicadeza se la retira, y le dice no, ahora no, para nada, hoy a la noche puede ser, pero no con vos, ni te tomés la molestia.
No fueron al Imperial ni al otro hotel de cuatro estrellas. Caprichos del cliente, a ella qué le importa. Si él logró emocionarla en algún momento del Garby's, ahora ya todo ha retomado el cariz de la rutina. Darse nombres falsos, anotarse en recepción como si fueran otros, él siempre con su bolso a cuestas para que la cosa tenga un mínimo foque de credibilidad, y también por eso de la estúpida credibilidad él se registra por dos noches y paga al contado.
Una vez en la pieza, ella entra en acción. Sabe comportarse como lo que es, ahora, en esta tesitura, pero él no se lo agradece. La rechaza. A ella le da bronca. Ella entonces con gran esfuerzo abre las compuertas de sus palabras, las de ella que son en realidad las de él, las que él le fue entregando a lo largo de la noche en el Garby's. Le describe la escena, y allí está él tomando copetines con cuatro mujeres jóvenes, pero no tanto, cuatro mujeres que saben lo que hacen, y una a una se le van desvistiendo en las narices, trago va, trago viene, ¡oh qué calor hace!, ¡hace tanto calor acá!, gime ella como habrá gemido alguna de las cuatro, gatunamente, desvistiéndose ella también, mientras le devuelve a él su propia historia con una riqueza insospechada de detalles.
Él se ha sacado los pantalones, ella no lo toca. Ella se mueve en extraña danza; desdoblándose en cuatro, mientras se pregunta qué tendrá él en el bolso que metió en el placard. Como si a ella le importara. Él cerró el placard con llave y se guardó la llave en el bolsillo de la camisa. Él se echa en la cama con la camisa puesta, como cota de malla. Ella sigue con su historia.
De golpe él la interrumpe. Dejame dormir, le dice, después me seguís contando, es lo que quiero, pero ahora quiero dormir, hace tanto que no duermo, dejame dormir así acurrucado, vení tengo un sueño de años, después será otra cosa, y me seguís diciendo todo lo mío.
Después se va a ir usted con otra, eso dijo, le recuerda ella.
Qué importa lo que dije, te pago doble, no te preocupe el después, ahora quiero tenerte a mi lado, quiero, quiero, quiero. Necesito dormir.
Ella reconoce necesidades más imperiosas que otras. Sabe que dormir no es la necesidad más imperiosa de él, ahora, pero tampoco lo es coger, y cuál será, y sin embargo, él empieza a roncar, ahí no más, en la cama a su lado, dándole pudorosamente la espalda, eso sí, de cara a la pared.
Ella no puede conciliar el sueño aunque lo intenta. El hombre -perdón, el cliente- la intriga. Más aún, la exacerba. Dos modalidades que no debe permitirse. El cliente es una rata, como todos. El hombre es una rata. Y qué, ella está allí para ganarse el sustento y punto. Sin contemplaciones. Sin complicaciones de ninguna índole.
El hombre/cliente en cambio parecería tener más de una complicación e intenciones ocultas. Vaya una a saber, y qué me importa. En su bolso quizá esté la clave del asunto. No es asunto mío. Me cuido, eso sí, y cobro, me voy, me desentiendo, y listo.
Debe de ser tardísimo a juzgar por el hambre que la atenaza. También al cliente. Él, al verla abrir los ojos, le pregunta si quiere comer algo. Ella hace sí con la cabeza, y él descuelga el teléfono y empieza a hacer el pedido. Se ve que se ha levantado hace rato y ha estado consultando el menú. A ella no la consulta, pero le va gustando lo que él pide.
Ella va al baño, se viste, se arregla, cuando sale lo encuentra a él con los pantalones puestos. En cuanto terminen de almorzar seguramente él partirá en busca de alguna o algunas que le resulten más apetitosas; y ella se sentirá a salvo, siempre que él le pague lo prometido. Él se irá con su bolso a otra parte, así como con sus intenciones aviesas. Una y la misma cosa.
Él ha pedido vino tinto, centolla pelada, sándwiches de lomo. Ella recibe la bandeja, él paga la adición. Comen, y el comer los alegra. Él por primera vez en todas estas largas horas de estarse visteando como duelistas con cuchillos mellados, ríe. Y ella siente que se le abre el canal de las palabras y se larga a hablar de cosas que nada tienen que ver con lo de él. Tienen que ver con ella, con sus sueños. La centolla, dice, vine a Comodoro por este bicho mítico para mí, inalcanzable.
-Los aviones se inventaron para trasladar también alimentos, ríe él.
-Por supuesto. Pero en Rosario es carísima. Me hablaron, no más, nunca hasta venir acá había podido probarla.
-¿Te gustó?
-Me iluminó por dentro.
Él quedó con el tenedor en el aire, después dejó que ella terminara la centolla. Y esperó verla toda iluminada por dentro, quizá como esa Virgencita de Luján que le habían regalado de chico, esa imagen tan poco agraciada a la luz, totalmente de yeso y casi sin forma hasta que la oscuridad le devolvía toda su fosforescencia y sus pliegues y colores.
Aquí no crecen los colores, le había dicho el barman del aeropuerto, o algo por el estilo.
Pero esta mujer a su vera, deleitándose con las últimas hebras de centolla, relamiéndose, de golpe brillaría con toda la luz y los colores del mundo, y él perdería la opacidad de los últimos años, junto con ella se volvería radiante. De dicha.
Me iluminó por dentro, había dicho ella, y él ahora se larga a reír y reír con mucho de llanto dentro, porque -no se lo puede, ni quiere explicar a ella- advierte haber llegado a un punto, donde toda metáfora parecía reemplazar la verdad literal, verdadera, EVR, mientras la vida real pasa por otra parte, y esta mujer sigue sentada frente a él, con su sonrisa radiante sí, pero sin la luminosidad interna prometida, sin la salvación ni nada.
Ella después de la risa se prepara para irse. Terminar ya con esta farsa, o mejor dicho, con este hiato entre una farsa y otra. Dejar la pieza de hotel, dejar al cliente para que pueda ir a buscarse una putita joven, las cuatro putas señoras de sus sueños treintañeros, mientras ella zarpa a gastar los buenos billetes prometidos antes de que suenen las doce, y empezar así el año 2000 con zapatos nuevos, por ejemplo, y hasta quizá con un nuevo abrigo.
Ella estira la mano para reclamar la deuda, él le toma la mano y la retiene. No te vayas todavía, le pide.
-Págueme no más lo que quiera, le dice ella. Ya son las siete de la tarde, es hora de que usté vaya armando sus festejos. Hoy es mañana, hoy ya es la víspera de lo que vendrá: el año nuevo, el siglo nuevo, el anticristo o como quiera llamarlo. No todos los días se entra al año dos mil, sólo se entra hoy. Aprovéchelo.
-Vos tendrás tu programa...
-Yo no tengo nada y no me importa. Me alegro. De que sea así, quiero decir. Lo único que tengo es tiempo y no quiero malgastarle el suyo.
-También yo. Lo único que tengo es tiempo y no lo quiero. Quédate. Hablame, pedimos más centolla. Champaña si querés.
-No. No es eso lo convenido.
-Mirá, te doy todo lo que tengo pero quedate y hablame. Hace mucho que...
-Hace mucho que no escucha palabra alguna. No me quedo, no me interesa.
Él fue al perchero, sacó la billetera de su abrigo:
-Tomá. Tomala, te doy todo lo que hay acá y es bastante más de lo convenido. Quédate.
-¿Y vos? pregunta ella deslizándose en el tuteo sin querer, bajando la guardia.
-Qué importa, en fin, se inventaron las tarjetas de crédito, ¿no?
Ella vuelve sobre sus pasos y se sienta en la cama. Se desabrocha la blusa a pesar del viento que sopla afuera. El abrigo y la cartera los deja caer al piso. Está triste.
Cierra los ojos para no ver el silencio. No ha tocado la billetera. Él se acerca muy silenciosamente a ella y le pone una mano sobre la nuca.
-La plata es tuya, le dice él muy quedamente como si le estuviera hablando de temas íntimos. Es toda tuya, hay más de lo que te imaginás.
-No quiero ganarme la plata así, sin haber hecho nada, escuchando solamente.
-Así se la ganan tantos... Abogados, analistas, médicos. Sí, hasta médicos.
-Yo soy enfermera, dice ella muy a su pesar, como si sólo el ser enfermera la justificara. Bueno, en realidad -corrige- fui enfermera en una época, pero ya no.
-Con razón me gustás, confiesa él también a su pesar, y permitiéndose reconocer, por primera vez, que ella, no obstante sus años, su distancia y esa como dureza, le gusta; o quizá por todo eso le gusta.
-Así que -agrega él como quien vuelve a tomar las riendas- ahora vamos a hacer una siestita, pero a las diez de la noche me despertás para hablarme más sobre las mujeres a la hora del copetín, el tiempo va a ser nuestro, todo nuestro, yo te voy a..., vos me vas a... Como nunca. Despertame, no te olvides. Si te olvidás te mato.
Ella no tomó en serio la amenaza de él pero quedó pendiente del reloj. Y para mitigar la espera, y no sentirse como una idiota romántica, tomó la billetera y contó los billetes. Es cierto, había más de los convenido pero no tanto más, tampoco. Se puso a hacer cálculos. Para matar el tiempo, y no preguntarse sobre el durmiente ni hacerse ilusión alguna, empezó a imaginar la lista de lo que compraría con la plata. Nada utilitario figuraba en la lista, nada utilitario en esta última noche del milenio. Ni pagar la renta ni la nueva estufa. Sábanas nuevas sí, eso sí, bellas sábanas para ella sola en su pieza de pensión donde nunca nunca entraría cliente alguno.
A las diez de la noche en punto empezó a despertarlo muy suavemente, acostándose a su lado y pasándole la mano por la espalda. Cuatro bellas mujeres maduras te invitan a tomar el copetín los sábados al caer la tarde, le recuerda. Vos vas aunque estés casado y bien casado, adivina ella sin que él se lo haya dejado entrever.
-Esperá un momento, dice él. No te movás, una cosa, y me seguís contando, con ganas me seguís contando ¿eh? Yo tengo treinta años...
Él saca el bolso del ropero y se encierra en el baño. A ella qué le importa, ella no se siente insultada o sospechada. Él se demora muchísimo en el baño, se oye correr el agua, y cuando sale por fin con el pelo mojado lleva puestos los mismos calzoncillos de antes. No se ha afeitado. Ella le dice:
-Son las once pasadas, van a empezar los festejos. No serán gran cosa acá pero es lo que nos toca. El momento es importante, podríamos ir a...
-No. Tengo planeado otro festejo mucho mejor, dice él y empieza a desvestirla y la agarra de los pelos. Vamos a hacer el amor como nunca en tu vida. Te voy a hacer gozar hasta que no puedas respirar, puta, turra, turrita de mierda, vieja chota, y me vas a pedir más, mucho más y yo te voy a dejar sin habla, sin resuello, te voy a dar. Y después esto, lo único que te exijo es esto: vos con tus últimas fuerzas, cuando acabe con vos, te llenás la bañadera y te das el baño más lujoso de tu vida. Ahí te dejé la espuma, de lo mejor, la mejor de todas las espumas después de la mía propia. Vos te sumergís en la bañera y te quedás ahí todo el tiempo necesario hasta que te vuelvas blanca y pura y limpita, pero limpita como nunca estuviste, que así te quiero ver cuando vuelvas a esta pieza. Tomate mucho tiempo en la espuma, no voy a querer verte por un buen rato. Y cerrá bien la puerta del baño. Cerrala con llave.
A ella no la inquietan propuestas estrambóticas. Conque eso tenía en el bolso, un frasco de espuma, pura espuma todo él, en el hospital usaban un puñado de sal gruesa y un mínimo chorrito de lavandina, mucho más relajante. Pero este hombre trae espuma, es pura espuma y promete como todos: te voy a reventar de gozo, perra, te voy a hacer pedir más y más y más, no vas a poder ni moverte, puta, vas a ver lo que es bueno, lo que es un hombre, vas a recibir el pijazo mejor de la historia, todas esas cosas, y ojalá. Te voy a lamber toda, te voy a... Promesas tantas veces escuchadas. Ella está abierta a toda sugerencia, a qué negarlo, bien quisiera, y en más de una oportunidad la cosa se puso bien candente, pero bueno, no como con el jefe de cirugía, el muy ciruja, y después vuelta a la rueda, y son todos iguales. Mierditas ostentosos que se mueren de susto cuando una dice su placer y pide algo.
-Tengo preservativos en la cartera, le dice a él que en medio de tanto fragor parece haber olvidado el detalle.
-Yo no uso.
-Es así o nada.
-Conmigo no corrés riesgo alguno. Hace años que no... Conmigo no...
Ella le ha visto la cicatriz bajo la tetilla izquierda, ella entiende de esas cosas y le cree.
-No te arriesgues vos entonces. Qué garantías podés tener -le dice con toda sensatez a su cliente.
-No me importa. No me nada importa, no me...
Y se le tira encima, y aquello que hasta entonces parecía dormido sacude las plumas y se echa a volar con alborozo, así, sin manipulación alguna, sin esfuerzo de su parte, no por nada le dicen el pájaro, piensa ella a su vez alborozada y expectante.
Todo aquello que le vinieron prometiendo desde siglos atrás, todo desde el comienzo del mundo, todo lo que empieza y termina, y vuelve a resurgir en oleadas intensísimas se da ahora. Ella rueda por arenas de oro, es un tambor vibrante, es una cuerda, resuena con clamor de las esferas, se abre y se cierra, y el aire en bocanadas se le mete muy hondo, y la infla y la eleva, ella vuela con el pájaro ése que la lleva ensartada, gira y grita de placer, de dicha, sabe que hay otro allí volando con ella, dentro de ella, alrededor de ella, y son lo mismo, ella y el otro, una súbita catarata que se va afinando, y después un latido interno, denso, persistente.
Ha quedado transpirada y ahíta sobre él. Él la aparta con un dejo de fuerza, logra soplarle.
-Me prometiste...
Ella sabe que irá hasta el baño, dejará correr el agua en la bañera, la colmará de espumas, será como el mar al que sólo pudo acercarse con él de noche, la espuma también la lamerá toda, se le meterá por todos los intersticios y no será lo mismo.
Se queda horas en la bañera regodeándose en la tibieza, en un bienestar tan olvidado del cuerpo.
Después empieza a secarse frente al espejo de la puerta del baño y empieza a verse con nuevos ojos.
-Soy linda, le dice a su imagen.
Su ropa está allí al alcance de la mano. Se va vistiendo lentamente, mirándose, apreciándose. El tipo quizá quiera seguir durmiendo hasta el día siguiente. Ella no, ella quiere festejar, ahora más que nunca. En el Garby's ya todos deben de estar en pedo, pero seguirán festejando y festejando a lo largo de la larga noche, aunque sólo esté allí la gentuza de siempre. Ella ahora tiene unos pesitos demás y los va a poder convidar a todos con sidra. El tipo dijo que iba a pedir champán pero no importa, por eso no vale la pena quedarse, él ya cumplió su cometido y con creces, ella cumplió el suyo, los dos tienen motivo de más para estar contentos, a sus años y dadas las circunstancias.
De dónde habrá sacado él tantos bríos, tanto fragor machazo, se pregunta mientras acaba de vestirse; un tipo que parecía tan apático, tan poco estimulado, un sofaifa cualquiera y de golpe ¡shazam! Superman de la catrera. En el fondo a ella qué le importa. Se echa encima las últimas gotas de perfume y piensa que ahora, con suerte, podrá comprarse una botellita de extracto francés.
En la penumbra de la pieza él parecería seguir durmiendo, boca arriba. Ella se acerca para decirle chau, y quizá hasta para decirle gracias, pero a los pocos pasos nota las burbujas que le salen a él de la boca y sabe. Él está muerto.
Su primer impulso es el de sacudirlo, llamarlo a los gritos, quizá hacerle respiración boca a boca o un masaje cardíaco, pero se contiene a tiempo. Le toca la frente con extremo cuidado y la frente está bien fría. Ya es tarde para cualquier intento y además qué, ella ya no es enfermera, no es la buena samaritana que quizá sin quererlo alguna vez supo ser, es ahora una puta barata que se encuentra ahí con un fiambre y algo debe de hacer antes de que la metan en líos. Pobre tipo, pero ahora no estamos para estas consideraciones. Vuelve al baño a revisar un poco, y claro, en el canasto de papeles y de desperdicios está la cajita vacía de la píldora azul. Remedio para las disfunciones eréctiles como le dicen. Ahora entiende el súbito ardor de él, debió de haberlo imaginado. Imbécil, con su múltiple by-pass o lo que mil carajos le hayan hecho al corazón. Boludo y mil veces boludo, hijo de mil putas quisiera gritarle a voz en cuello, pero más vale calladita, eh, más vale pensar rápido porque no es cuestión de complicarse la existencia.
Hacerle justamente eso a ella. Venirse de tan lejos para hacerle eso a ella, nada menos. Poco a poco ata cabos y no puede más de la bronca que siente. Puede irse y dejarlo allí plantado, volverse a la capital, total él pagó la pieza un día más, y ella colgará del picaporte de la puerta el cartel de «No Molestar», y tomará el primer avión y se irá a cualquier parte. A empezar de nuevo. Algo de guita tiene entre lo ahorrado y lo que él le dio. Sí. Que reviente. Ella se va y él allí queda a juntar moscas como se merece. Al menos se hubiera buscado sus cuatro mujeres, tomado copetines, la habría pasado bomba. Aunque mal no le fue después de todo, acabó con ganas, y ella le hizo honor a sus eyaculaciones.
Y ahora esto. Sólo espuma. Espuma en la boca. Hasta el más infeliz de los detectives la encuentra a ella y le carga la culpa. Más vale alejarse del todo, irse a Brasil, qué se yo, a Venezuela, lo más lejos posible.
Él debe de tener alguna identificación, ¿quién será? ¿Y a mí qué me importa? Quizá tenga más guita en alguna parte.
Ella conoce la rutina y afuera hace frío, cosa que por primera vez agradece: tiene guantes en la cartera. Se los calza para empezar a hurgar en los bolsillos de él. No encuentra nada y es raro, sólo una lapicera, algo de cambio suelto. Ni tarjeta de crédito ni documento ni papel alguno. Pero claro, qué la asombra, se dice ella, confirmando por fin la propia inteligencia. Qué la asombra, si él tenía su plan muy bien urdido. No dejar rastro alguno. Un suicida anónimo, carajo, y le tenía que tocar justo a ella. De tanto ardor provocado, él se le pudo haber muerto encima, adentro, y ella tratando de acabar con un fiambre, cerrando así su propio mierdoso círculo.
Con saña se arroja sobre el bolso que al salir del baño él había dejado sobre una silla. Ya no es cuestión de andarle respetando intimidad alguna al sofaifa ése, y en el bolso ¡oh, sorpresa!, sólo encuentra dos libros gordos, un cuaderno, una muda de ropa, un par de zapatos, una sevillana...
Una navaja, qué raro se dice ella, ya nadie se afeita con navaja, y no parecía un tipo de andar con esas agresiones petulantes.
Pone todos los elementos sobre la mesa, al lado de las sobras del banquete. Los libros no parecen decirle nada. El cuaderno está en blanco. Los calzoncillos, la camiseta, el par de medias, usados pero limpios, como los zapatos. Y la sevillana. Se queda mirando todo largo rato para no mirar al muerto, y de golpe entiende.
Es inteligente, no más. Supo usar la sevillana para cortar con sumo cuidado el forro del bolso y ahí aparecieron los billetes, de cien dólares, muchos más de lo que imaginó jamás, unos contra otros como entretela, hasta contar 160. Es decir dieciséis mil dólares y no hay error, los contó y los recontó un montonal de veces, los puso en pilitas, en paquetitos de a mil dólares, de todas las formas, y sí, 16.000 verdes, y todos para ella.
Ya que estaba en las matemáticas, calculó: son las dos y cuarto de la mañana, él pagó por dos días y llegamos hará unas veinticuatro horas, tengo hasta mañana al mediodía. Me debo apurar pero no desesperar. El primer vuelo a la capital sale a las 8:23, tengo tiempo, y después que me echen los galgos. Acá me llamo Silvia López y en ninguna otra parte. A las 8:23 Silvia López se esfuma, y recién a eso de las 12 empezarán a llamar para pedir que deje la habitación, y cuando él no conteste, no conteste...
Yo estaré lejos.
Ya empiezo a ir estando lejos. Ya me calzo el abrigo, ya meto los fajos de billetes en los bolsillos secretos de mi abrigo. Nunca se pueden tomar suficientes recaudos con los clientes, pero nunca de los nunca jamases pensé en semejante cantidad de dinero, y los bolsillos están que revientan y parezco un canguro. No importa. En una noche como ésta nada importa. Hoy empieza otra era. Para mí más que para nadie.
Me voy feliz a pesar del muerto. Me voy sin pensar en el muerto, pero en el rellano le digo chau, muy suavemente, muy bajito, y vaya con dios, le digo, que es lo único que se puede decir en estas estúpidas circunstancias.
De recuerdo no solamente me llevo tus verdes. También tu cuaderno y la navaja.
Primero de enero del año 2000. Somos cuatro los que abordamos este vuelo. Ninguno tiene cara de santito, yo tampoco. No es fecha para pedir algo mejor. Lo que me restaba de la noche lo pasé juntando mis petates, metí en una valija toda mi ropa que no es tanta, también la navaja para no dejar corpus delicti en el camino, saldé mis deudas en la pensión y dije que me iba a casa de una hermana enferma, acá nadie pregunta demasiado, a nadie le importa, no quise llamar la atención pero igual tomé un taxi porque un día como hoy... Ahora en el avión me pregunto de dónde habrá sacado las lucas verdes el sofaifa, a quién se las habrá afanado. Que reviente. Ahora están en buenas manos. Él no podía ignorar en qué baile se metía, no digo con lo de los verdes, digo con su pildorita infame. Yo voy a ser una duquesa, me voy a Angra dos Reis donde siempre quise ir, me voy al spa a darme todos los baños de espuma del mundo sin que nadie me mande, me voy a recorrer Brasil y a tomar caipirinhas como contó la enfermera en jefe, esa vividora. O no. Mejor hago bien mis cálculos, con unos doscientos dólares por mes puedo vivir en un pueblito de pescadores cerca de Fortaleza, eso hizo aquel residente jovenazo, y así por los años de los años sin tener que preocuparme por trabajo alguno, honesto o del otro que tuvo lo suyo mientras duró. Tuvo esto. Me alcanza para un montonal de años. Eso es. Estupendo. En aeroparque me tomo el primer vuelo al Uruguay, si no hay vuelos me cruzo en Aliscafo, de allí derechito en ómnibus a mi Brasil brasileiro hasta dar con el pueblito que más me convenga. Ya voy a estar en el extranjero cuando traten de despertarlo al sofaifa ése y no lo logren.
Soy más que inteligente, soy brillante.
Eso cree ella.
¿Por qué se quedó entonces con el cuaderno en blanco del sofaifa, como lo llama al pobre finado?
Ahora la vemos en pleno vuelo a Buenos Aires a ocho mil metros de altura escribiendo febrilmente algo que parece ser una carta. Ahora la vemos dirigirse al baño del avión con el abrigo puesto y eso que la calefacción está funcionando a pleno.
Ahora no la vemos más ni nos interesa su destino.
A las seis de la tarde del primero de enero del año 2000 el Garby's en Comodoro Rivadavia está cerrado, más que cerrado, hermético. Pero cierto resplandor de luz, y por ende, de vida fluye desde dentro, y alguien está golpeando desesperadamente las ventanas, una tras otra, con una urgencia inaudita. Los que están dormidos sobre o bajo las mesas se sobresaltan y le gritan al barman que vaya a ver qué pasa. El barman arrastra su curda y su agotamiento hasta la puerta, y allí se topa con una mujer de muy buen ver a la que no tiene fuerzas para homenajear como es debido. ¿Qué..? Empieza a preguntar, y ella le pone rápido en las manos un envoltorio, como si estuviera hirviente.
-¿Usted es el barman, no? No lo niegue, lo reconozco. Este paquete me lo dio una pasajera esta mañana y me hizo jurar, por mi madre y por todo lo más sagrado, que se lo haría llegar a usted esta misma tarde. El vuelo de regreso se demoró pero acá estoy. Soy sólo la azafata. He cumplido.
El barman se ve en la obligación de despertar del todo. Desencurdelarse. Tomarse un café triple, encender una buena luz y ponerse a leer la carta. Porque al abrir esa bolsa de plástico, toda mal atada con cintas y piolines, se le cayeron encima crocantes billetes de cien dólares, y sintió que había llegado la hora de despejarse los vahos del alcohol.
La carta empieza diciendo:
«Barman de mi corazón, sólo en vos puedo confiar, vos viste cómo nos conocimos anteayer.»
Después sigue una larga saga sobre las noches del 30 y del 31 de diciembre del año, del siglo, del milenio anterior, y habla de un encuentro y de una muerte que fue en realidad una extraña forma de suicidio.
Y al final aclara: «dejé al muerto en el hotel, no sé quién es él ni cómo se llama. Nos dimos, yo por Comodoro siempre di, nombres falsos. Habrá que comprender. Pero lo que sí sé, y quiero, es que le den a él cristiana sepultura. Y por si no encuentran a sus familiares, como seguramente no los encontrarán (¡la policía y los jueces son tan inoperantes!) y aun si los encuentran, aquí van seis mil dólares para pagarle el entierro. Con todo el boato y la pompa que el difunto se merece. Y no te guardés la guita para vos como no me la guardo yo, porque en ese caso me encargaré de que caiga sobre tu cabeza toda la maldición del mundo y un poco más también de yapa.»
Todo el final de la carta está húmedo, ni se lee la firma, está como empapada en lágrimas.
-Vaya, carajo, -rezonga el barman del Garby's- las cosas de la emoción no hay que envolverlas en bolsa de plástico. Después se empaña todo.
De Tres por cinco.