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11

Expone este criterio, esta convicción, por primera vez, en su conferencia de abril de 1925 «Lo viejo y lo santo en manos de ahora», recogida en Vida de Gabriel Miró, de donde tomo la cita (Ramos, 1996: 578).

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Cf. El conocido párrafo de El humo dormido, en su capítulo «La hermana de Mauro y nosotros» (Miró, 2007: 698).

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El domingo es un motivo simbolista al que sacó partido poético Georges Rodenbach. Para un adecuado tratamiento del tema en nuestra literatura, incorporando la crónica mironiana aludida, véase el estudio de Antonio Moreno (2004).

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En la versión de 1917 añade como conclusión: «de un dolor ajeno ha creado una dulzura propia, "inagotable" para todos sus hijos» (Miró, 2008: 533).

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Publica además, en los días de Semana Santa, tres artículos adecuados a las fechas: «Judas», «Simón de Cirene» y «José de Arimathea», que corresponden a los días 8, 9 y 11 de abril. Son primeras versiones de capítulos de sus Figuras de la Pasión del Señor (1916 y 1917).

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Para las diferencias entre las dos versiones de Libro de Sigüenza (1917 y 1927), véase Lozano Marco (2005).

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Esta primera versión del Libro no está ordenada ni temática ni cronológicamente; el texto que lo cierra no es uno de estos, sino «Pastorcitos rotos», publicado en 1911 y fechado luego como de 1906.

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«Lo viejo y lo santo en manos de ahora» (Ramos, 1986: 569).

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19

Miró le dedicó dos sentidos artículos: «Abandono y amor», Diario de Barcelona, 19 de noviembre de 1912, y «El muerto y nosotros», Diario de Alicante, 30 de noviembre de 1912.

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20

Algunas semanas después, Miró envió a Antonio Maura un libro suyo -debe tratarse de Del vivir o de La novela de mi amigo-; el político y director de la Real Academia Española escribió al novelista una carta que no se conserva, pero sí la respuesta. La carta de respuesta está fechada en Barcelona, el tres de agosto de 1914 (Macdonald cree, con sobradas razones, que se trata de un error de Miró; la carta parece ser de 1915); entre otras cosas, el alicantino escribe frases muy cercanas a lo que ha escrito en el artículo: «Sin merecimientos ni crianza ni gustos para la política, no he sentido nunca las tentaciones de ella. Si alguna figura de caudillo digna de ser ungida por toda una raza, quería yo trazarme y sentir con recogida emoción de artista, la suya, señor, era siempre la que se me aparecía en el cielo de España. Y ahora que los hombres menuditos que bullían a sus pies se han apartado para jugar a grandes, y queda V. como un bronce glorioso en una soledad histórica augusta, todavía destaca su contorno y se oye su palabra con más honda pureza» (Miró, 2009: 198-199). En el verano de 1915, don Antonio, en cartas con membrete de Director de la Real Academia Española, le escribe comentándole de manera elogiosa los libros que entonces le envió Miró: El abuelo del rey, Las cerezas del cementerio y Del huerto provinciano.

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