1
Avalle-Arce (1964) sigue siendo la referencia básica.
2
Por mi parte lo he intentado en sendos artículos: «De la imitación a la fructificación: variaciones sobre el motivo de la reproducción en La Florida del Inca» y «Emulación y simulación en La Florida del Inca».
3
Desde el principio
de la obra son constantes las menciones de Garcilaso a la
cría de ganado. En Cuba se detiene en la cría de
caballos (algo que se ha relacionado con su actividad en Montilla),
«porque para las nuevas conquistas que
en el Perú, México y otras partes se habían
hecho y hacían, se vendían muy bien y era la mayor y
mejor granjería que en aquel tiempo tenían los
moradores de la isla de Cuba y sus comarcas»
(I, 11:
100). El caballo es el animal de la conquista. Una vez en tierra
firme e ignota, el animal clave será el cerdo. Comienza
siendo elemento «civilizador»: «[...] y, porque se acordasen de ellos, les dio
el gobernador, entre otras dádivas, dos cochinos, macho y
hembra, para que criasen. Y lo mismo había hecho con el
cacique de Altapaha y con los demás señores de
provincias que habían salido de paz y hecho amistad a los
españoles»
(III: 2, 283). En ese mismo lugar,
Garcilaso subraya la cantidad de cerdos y su capacidad reproductora
(«llevó más de trescientas
cabezas, machos y hembras, que multiplicaron grandemente y fueron
de mucho provecho en grandes necesidades que nuestros castellanos
tuvieron en este descubrimiento»)
. A tal punto resulta
importante este ganado que se designa una compañía
especial para guardarlo y que sólo se atreven a comerlo
cuando el hambre es realmente insoportable (III, 7: 298); (V,
2.ª parte: 15, 522). La prueba de que es un animal
«civilizador» aparece más adelante, cuando
-citando a Carmona- Garcilaso cuenta que «una puerca puerca que a la ida se les
había quedado perdida»
es encontrada luego
«con trece lechones ya
grandes»
, marcados por los indios, «de donde se puede sacar que hayan conservado
aquellos indios este ganado»
(V, 2.ª parte: 6,
493-494), conclusión que parece utilizarse como argumento
para garantizar la fertilidad de la tierra y animar a su conquista.
Hasta el final, estos españoles conservarán algunos
ejemplares «para criar si poblasen en
alguna parte»
(VI, 6: 537). El cerdo, entonces, es
símbolo de la posibilidad de poblamiento, que a su vez es la
condición sine
qua non para la fructificación de la religión.
Todas las referencias están tomadas de la edición de
La Florida preparada por Sylvia Hilton (1986), citada en
la bibliografía. Se indica en números romanos el
libro, a continuación la parte (si es el caso) en
arábigos, separado por barra; luego el capítulo
también en arábigos, separado por dos puntos y,
finalmente, separado por coma, el número de página en
esta edición. Se han cotejado también las ediciones
de Carmen de Mora (1988) y la de Mercedes López Baralt
(2004).
4
«Esta literatura anticuaria había surgido en
Alemania y Francia, en Italia y España, favorecida por la
vanidad nobiliaria de los nuevos estados nacionales»
(Asensio: 591); «It shoud be
stressed that genealogical studies were his early historical
excercises, as he researched parochial and family archives in
Extremadura and Andalucia»
(Anadón:
157).
5
«Los dos capitanes
[a los que se les había
escapado el cacique tullido de Apalache], que
por su honra callamos sus nombres, y sus buenos soldados hicieron
grandes diligencias por aquellos montes buscando a Capasi
[...]»
(II/2, 12: 235).
6
Y cabría anotar que la interpretación imaginaria del proyecto Comentarios - Historia general del Perú como escritura «del lado materno» y «del lado paterno» reproduce en cierto modo este patrón.
7
También -hasta que Vitachuco los desmiente (II/1, 21: 172)- los indígenas de la Florida consideran a los españoles hijos del Sol y de la Luna.
8
«En 1563 [...] figura como padrino de varios bautizos en
la ciudad cordobesa»
(De Mora: 24); «El 17 de febrero de 1571 vuelve a figurar en
Montilla como padrino de bautizos, tarea que compartía con
la cría y venta de caballos»
(De Mora: 25);
«[era] buscado y acostumbrado padrino de
bautizos de toda clase de pobladores montillanos»
(Miró Quesada, 1971: 103). Por eso, llama más la
atención el silencio garcilasiano respecto de su propio hijo
(Miró Quesada, 1971: 313-320).
9
Conviene recordar
que el neoplatonismo planteaba el hilemorfismo que está en
la base de su concepción de la creación en
términos de «generación» o
reproducción biológica, como Garcilaso había
leído en León Hebreo: «[...] las más de las cosas engendradas
tienen dos principios de su generación, el uno formal y el
otro material, o el uno que da y el otro que recibe, de donde los
poetas llaman al principio formal padre que da, y el material madre
que recibe»
(Filón, Diálogo II; De la Vega,
1996: 152). Podría entenderse que la Historia-sucesos es la
materia que recibe la organización de la forma
historia-discurso. Esta concepción condice con el
planteamiento que Garcilaso hace de la génesis de la obra,
en la cual son necesarios los dos principios: el del
incitador-escribiente-Garcilaso (principio masculino, desde ese
punto de vista neoplatónico) y el del poseedor de la
relación-Silvestre (principio femenino), sin cuya
colaboración el texto no podría haber sido
engendrado. No quiero llevar más lejos de momento la
importancia de los Diálogos en el surgimiento de lo
que Pupo Walker llamó «síndrome analógico»
o
(en mi lectura) «pulsión
reproductiva»
en Garcilaso; pero hay un pasaje en la
traducción de León Hebreo (el único que
Garcilaso glosa con una nota en latín: Maxima poenis et linguae
similitudo) que podría servir para establecer una
conexión entre reproducción biológica y
reproducción verbal: «[...]
así como moviéndose la verga engendra
generación corporal, la lengua la engendra espiritual con la
locución disciplinal, y hace hijos espirituales, como la
verga corporales»
(Filón, Diálogo II; De la
Vega, 1996: 123).
10
Sabido es que el autor decidió darse a sí mismo el nombre de Garcilaso de la Vega en España, hacia 1563, cuando ha desistido de regresar al Perú. Para un resumen reciente de la cuestión, puede verse Rodríguez Garrido (2000).