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En mi opinión, la tragedia romántica supone, por tanto, no un paso atrás; no una vuelta al clasicismo, pasado el esplendor romántico, ni un intento de conjugar clasicismo y romanticismo en la línea del justo medio tan pregonada en la época; sino que es la conclusión lógica a que conduce el drama histórico romántico, cargado de patetismo y trágico en esencia. Agotado ya el género, por demasiado explotado, así como la propia historia nacional, los autores trágicos españoles no quisieron deshacer lo andado, sino buscar nuevas alternativas en la tradición teatral europea para hollar diferentes caminos y encontrar otros cauces expresivos que satisficieran su deseo de mostrar el plectro trágico genuino del movimiento romántico. La tragedia romántica no es, por tanto, repito, un paso atrás ni una concesión al gastado clasicismo, sino una nueva vuelta de tuerca -quizá la última y definitiva- que el romanticismo español ofrecía a la historia del teatro contemporáneo.

 

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Aunque no siempre es así; existen, como veremos al tratar el caso de la Avellaneda, tragedias románticas inspiradas en la historia medieval española.

 

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Véanse las actas del I y II Coloquio de la S. L. E. S.XIX, así como mi tesis doctoral sobre el citado autor, que se encuentra a disposición de los especialistas entre los fondos bibliográficos de esta Sociedad. Pueden consultarse además los siguientes artículos: González Subías, J. L., «El empresario teatral D. José María Díaz y su polémica relación con el Ayuntamiento de Madrid (1855-1858)», Siglo XIX 3, Valladolid, 1997, pp. 23-37; González Subías, J. L., «Un primer acercamiento biográfico a la figura del dramaturgo romántico español José María Díaz», en: AA.VV., Biografías Literarias (1975-1997), J. Romera Castillo y Fco. Gutiérrez Carbajo (eds.), Madrid, Visor, 1998, pp. 435-442; González Subías, J. L., «Juan sin Tierra (1848), un drama romántico "shakespeariano" original de José María Díaz», Revista de Literatura LXII, 124 (2000), pp. 365-381.

 

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R. P. Sebold nos recuerda que para la autora, según propia confesión, su «gran placer y única afición» siendo niña «era representar tragedias con otras muchachas de mi edad» («La Avellaneda y el drama trágico», en De ilustrados y románticos, Madrid, El Museo Universal, 1992, p. 177).

 

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Cotarelo y Mori, E., La Avellaneda y sus obras, Madrid, Tipografía de Archivos, 1930, p. 65. Aunque esta afirmación no es compartida unánimemente por la crítica actual. Para Luis G. Villaverde, por ejemplo, la relación que establece Cotarelo no es acertada y prefiere vincular la obra con Cervantes o Calderón (vid. Villaverde, Luis G., «Gertrudis Gómez de Avellaneda, dramaturga ecléctica», en: AA. VV., Homenaje a Gertrudis Gómez de Avellaneda, Miami, Universal, 1981, p. 203.).

 

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Son los siguientes: Alfonso Munio (o Munio Alfonso, como prefiere la autora en la 2.ª ed.), El Príncipe de Viana, Egilona, Saúl, Recaredo, Catilina y Baltasar.

 

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No sólo Alfieri o Soumet escribieron su correspondiente Saúl, existe incluso una tragedia neoclásica española con el mismo título, escrita por María Rosa Gálvez de Cabrera.

 

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Aunque, al contrario de lo que ocurre con la Avellaneda, el grueso de las tragedias de José María Díaz se inspira en la historia romana, éste también estrenó en diciembre de 1845 la tragedia bíblica Jefté, que, al igual que la obra de la Avellaneda, guarda concomitancias con piezas neoclásicas; en este caso con la Ifigenia de Racine y el Idomeneo de Cienfuegos.

 

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No deja de ser curioso y relevante que José María Díaz, al que continuamente estamos utilizando como referente para estudiar el teatro trágico de la Avellaneda, escribiera también cuatro de sus seis tragedias entre 1841 y 1845: Julio César (1841), Lucio Junio Bruto (1844), Catilina (1844) y Jefté (1845).

 

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Cito por la edición de las Obras de la Avellaneda incluida en la BAE 278, ed. de J. M. Castro y Calvo (vol. 2, Madrid, 1978, p. 9).

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