-¡Tlatoani! ¡Notlatocatzin! ¡Hucitlatoani!91 dijo el teutli. Prisioneros de guerra hemos visto despuntar quince soles en el campamento de los hijos de Oriente, y restituidos generosamente a la patria por nuestros clementes vencedores, venimos a ti con un importante mensaje, que ha fiado a nuestra prudencia el general extranjero, y que juzgará tu sabiduría si se digna escucharlo tu benignidad de boca de este tu servidor Tamatlan, hijo de Nezabul.
Inclinose profundamente, y Guatimozin respondió:
-Permiso tienes para explicarte, Tamatlan, hijo de Nezabul, y atentamente te escuchará tu rey.
El teutli levantó entonces el tono sumiso que usara en sus primeras palabras, y dijo con respetuosa firmeza:
-Mucha sangre mejicana ha cubierto ya los campos de tu imperio, y claman por la paz tus afligidos súbditos. Las ciudades del lago, todavía dolientes por los recientes estragos de la peste que se ha atrevido a señalar su huella hasta en tu frente coronada, no tienen voz sino para lamentar sus desgracias, y apagado el rencor con las lágrimas, perdonan al que aborrecieron hasta ahora, y que ahora desea como ellas la terminación de la infausta lucha que nos ha ocasionado ya tantos desastres y que todavía puede producirlos mayores. Deseoso de evitarlos y ansiando regresar a su remota patria el Malinche Hernán Cortés, grande y fiel embajador del poderoso monarca de Castilla, tierra amada del sol, te propone solemnemente la suspensión de la guerra a fin de que, llegando a tu soberana presencia con sus capitanes, se celebre un pacto ventajoso para ambas naciones, que restablezca la alianza jurada por Moctezuma, asegurando al emperador de Oriente el vasallaje que lo reconocimos, y del cual es digno como descendiente de Quetzalcoal, sabio jefe de los pueblos tultecas, que fueron los primeros descubridores de los países en que hoy reina tu soberana justicia.
Tal es ¡oh Notlatocatzin! tal es la misión de que viene encargado tu vasallo Tamatlan, hijo de Nezabul, que espera humildemente la contestación de tus labios.
Había Guatimozin escuchado al teutli con reflexiva atención, y volviéndose a los ministros apenas hubo concluido su discurso, dijo con pausado acento y expresiva mirada:
-Excesiva candidez supone en nosotros el que tal mensaje nos envía. Talar nuestros campos imprimir con hierro en la tez de nuestros compatriotas la marca de esclavitud, destronar a nuestros príncipes, proscribir a nuestros dioses... tales son las demostraciones benignas con que nos juraba el caudillo extranjero la verdad de sus pacíficos deseos y de sus benévolos sentimientos. La peste fatal que lanzaron sus naves en nuestras costas como primera prenda de la pérfida amistad que proponían, no ha asolado bastante nuestras ciudades para dejarlas sin defensores; el sepulcro en que me deseaban cerrose a su pesar bajo mis plantas y saben ya los advenedizos que aun alienta Guatimozin y arma su brazo para vengar las afrentas del imperio: he aquí por lo que fingen aplacarse; he aquí por lo que han creído más conveniente a sus inicuas miras la proposición de una engañosa paz que la continuación de una guerra sangrienta. El éxito de esta se les presenta dudoso: las ventajas de aquella conocidas le son por experiencia. ¡Mas nosotros también las conocemos, tlatoanis y tleutis mejicanos! ¡Grabados conservamos sus recuerdos en las paredes que sirvieron de cárcel a Moctezuma, en la piedra que cubre sus cenizas!
Encumbrado al solio de Acamapit por el voto de los electores, que tan alto aprecio concedieron al derecho que me presta mi nacimiento y mis hazañas, rechazo con inmutable firmeza el vergonzoso vasallaje que arrancó la violencia a un monarca cautivo, y eximiendo del juramento inválido que con repugnancia pronunciaron a todos aquellos que han contraído la más digna y sagrada obligación de obedecerme, proclamo en altas voces la libertad del imperio. Para conservarla ilesa apresto mis ejércitos y enristro mi lanza; para conservarla ilesa desecho con indignación la capciosa paz que nos brindan los profanadores de nuestros templos, mancilladores de nuestra gloria... y antes que sacrificarla sabré rendir mi cabeza en holocausto. ¡Tal es, consejeros y ministros del trono, tal es, ¡oh tlatoanis y teutlis mejicanos!, la respuesta que doy a la proposición del enemigo y que someto al juicio de vuestra acreditada prudencia.
-¡Viva el emperador! ¡Mueran los enemigos —133→ de Méjico! -fue la única contestación que dieron los magnates.
Ardiendo todos en patriótica ira, demandan en seguida sus armas, y el grito de guerra, que estremeció los marmóreos muros del palacio, voló velozmente por la ciudad; se difundió en las plazas, retumbó en los teocalis, encontró atronadores ecos en Tacuba, Iztacpalapa, Xochimilco, Zopanco, Tepepolco y Tlacopan y llegó el espanto a los infieles habitantes de Tezcuco, Chalco, Mexquique, Otumba y Talmalanco, que se habían deshonrado con ignominiosos pactos.
Oyolo también Cortés y comprendió que era llegado el momento decisivo y todo debía hacerlo el arrojo y la perseverancia.
-Resuelto a perecer antes que abandonar su empresa, esperaba impaciente aquel caudillo la vuelta de Sandoval procurando inspirar entusiasmo a sus tropas y confianza a sus nuevos aliados, mientras Guatimozin mandaba guarniciones de gente de guerra a todas las ciudades vecinas de las sublevadas, reorganizaba sus ejércitos y disponía abundante pertrecho de sus usuales armas, inventando otras nuevas para desjarretar los caballos.
Cruzábanse en todas direcciones los emisarios del diligente príncipe, haciendo resonar en las provincias enérgicas proclamas dictadas por aquel, en las que pintaba con los más negros colores el carácter y la conducta de Cortés; desenmascaraba sus designios, y amenazaba tratar con inflexible rigor a cualquiera de los príncipes tributarios que escuchase proposiciones de aquellos a quienes declaraba el imperio guerra a muerte y sin tregua.
Formidable era el aspecto que en aquellos días presentaba Tenoxtitlan.
Entraban de continuo nuevos tercios armados que no cabiendo en la capital se derramaban por las poblaciones inmediatas. Redoblaban en todas ellas la vigilancia y policía: cuajábase de piraguas la gran extensión del lago, y el emperador en persona revistaba los ejércitos, arengándolos y prometiéndoles premios gloriosos si, como esperaba, defendían dignamente la libertad de la patria.
-No os halláis armados, les decía, por la ambición de un monarca que os pide mayores dominios donde extender su poder: no os halláis armados por el orgullo de una nación que ve ajado su decoro y os demanda venganza: más grande, más justa, más sagrada es vuestra causa, porque estáis armados por el honor de vuestras mujeres, por la libertad de vuestros hijos. Yo no os hablo hoy a nombre de aquella antigua gloria que os dejaron por herencia vuestros abuelos y que jamás deben perder los aztecas, no os hablo por el interés de mi casa, que siempre ha sido para vosotros un objeto venerado; no os hablo siquiera con el deseo de vuestra propia conveniencia al mandaros destruir un enemigo cuyos despojos serán herencia de sus vencedores; os hablo para explicar el mudo espanto en que yacen vuestras familias; para haceros oír el grito lastimero que ahoga el terror en sus gargantas. Ante sus ojos despavoridos, paréceles que ven arder ya el hierro ominoso que debe imprimirles un sello de esclavitud: vuestras esposas amedrentadas aprietan al materno seno sus hijos pequeñuelos y se imaginan que están escuchando las roncas voces de la soldadesca que viene a arrancar de sus brazos aquellas dulces prendas de sus castos amores... ¡de sus castos amores, que serán sustituidos por los torpes antojos de los bárbaros vencedores!... Os hablo a nombre de esos seres amados a quienes debéis protección; a nombre de aquellos hijos que engendrasteis para la patria y que serán esclavos con ella; a nombre de los dioses que adoraron vuestros padres y que quieren quitar a vuestros hijos los impíos que profanan sus templos; a nombre de un inmenso pueblo que pone su libertad en la punta de vuestras lanzas, y que ve detrás de los caballos del español, no siquiera la muerte, ¡no!... ¡la herradura del siervo!
Alaridos de furor respondían a estas palabras del príncipe, y esfuerzos tenían que emplear los jefes para contener a los guerreros anhelantes por lanzarse a la sangrienta lacha.
No era posible ya se retardase esta, pues iguales al ardimiento y coraje de los mejicanos eran los que animaban al ejército contrario, y Cortés acababa de recibir de Veracruz y de Tlaxcala el reclamado auxilio.
Diez y ocho o veinte mil guerreros enviados por el senado al mando de dos de sus más famosos generales encontraron en Tezcuco con Sandoval y su gente, desplegado al aire el arrogante pendón de la república, y atronando la ciudad con el ruido de sus instrumentos marciales.
El enviado de Cortes se había afanado en balde por traer a la cabeza de aquella hueste al joven Xicotencalt; pero la tenaz resistencia de este había indignado altamente al senado, y Sandoval aseguró a su jefe que podía deponer todo recelo, pues si no conseguía la república dominar el ánimo de Xicotencalt, tampoco alcanzaría este a hacer jamás la disposición de aquella respecto a sus aliados.
Cortés, sin embargo, no olvidó en medio de sus graves cuidados despachar un segundo mensaje al senado, recomendándole no dejase de emplear todos los medios imaginables —134→ para vencer la constancia del héroe tlaxcalteca, encubriendo la desconfianza que alimentaba de que la influencia de aquel lograse contrarrestar la que ejercía él mismo en la república, bajo el velo de una exagerada estima al objeto de sus sospechas, a cuya asistencia en el ejército aparentaba dar la mayor importancia.
Después de esto no pensó más que en prepararse el asedio, acobardando antes a los mejicanos con una nueva demostración de su audacia: a este fin reunió a la hueste tlaxcalteca 8 o 10.000 guerreros tezcucanos, y dejando la mitad de la fuerza española en Tezcuco a cargo de Sandoval, se puso a la cabeza de la otra y marchó contra una ciudad del lago que había hecho sacrificar a un teutli tezcucano enviado a ella con proposiciones de alianza.
Ascendía el número total del ejército con que emprendía la marcha a 29.000 hombres; pero era gente escogida y belicosa, de la que podía sacar grandísimo partido un jefe tal como Cortés. Además, la ciudad amenazada no era de las más populares del lago, y por muy fuerte que fuera la guarnición destinada por Guatimozin a su defensa, el caudillo español no podía dejar de prometerse un triunfo tan rápido como inapreciable, pues le aseguraría la sujeción de una de aquellas poblaciones vecinas a la capital, que era el principal objeto a que se encaminaban sus proyectos y afanes.
Tan furiosos estaban los pueblos mejicanos, que apenas traspasó el ejército de los aliados los límites de Tezcuco, comenzó a tener diferentes encuentros con pelotones armados que se arrojaban temerariamente a cerrarles el paso. Desbaratábalos la caballería sin necesitar grandes esfuerzos, y atravesando pequeños caseríos que abandonaban a su proximidad los pacíficos dueños, continuó su camino el ejército, dirigiéndose a Tlacopan, que era la ciudad contra la cual se emprendiera la expedición.
-¡Compañeros! -exclamó Cortés luego que avistaron las torres de la ciudad, rico será el botín que recogerán hoy nuestros guerreros: el tlatoani asesino a quien vamos a castigar es uno de los más opulentos señores del imperio. En su alcázar descansaremos esta noche, y mañana limpiarán el polvo a nuestros caballos las más hermosas damas de su corte.
Apenas acababa de articular estas palabras, que aunque apenas entendidas fueron celebradas con grandes voces por los jefes tezcucuanos y tlaxcaltecas y acogidas con sonrisa de confianza por los capitanes españoles, cuando llegó a sus oídos aquel grito particular que como ya otra vez hemos dicho, era el hurra de los guerreros mejicanos, y no tardaron en distinguir un sinnúmero de piraguas llenas de guerreros que cercaban a Tlacopan y cubrían los esteros ahondados por el hacha y convertidos en lagunas.
Asombrose Cortés observando tal previsión, y cuando estrechándose más la distancia pudo conocer la insignia que tremolaban aquellos adversarios inesperados, dijo volviéndose a su gente:
-¡Amigos!, los mejicanos van aprendiendo nuestra osadía: jamás hubiera creído, a no verlo, que el príncipe de Tlacopan quisiera evitarnos el trabajo de ir a arrancarle de su alcázar.
En efecto, las piraguas se aproximaban con buen orden y en actitud hostil los que en ellos venían, que bien podían llegar a 120.000. Entre ellos, en la más grande y engalanada embarcación, se distinguía el brioso señor de la ciudad amenazada; al lado suyo, ondeando sobre su cabeza, se veía en mano de uno de sus teutlis la brillante insignia de su ilustre casa, que era una bandera azul celeste, en cuyo centro se enroscaba una gran serpiente de plata, cuya trilingüe cabeza coronaba una diadema de preciosas piedras y gruesas perlas de las costas de las Californias.
El paraje en que tan súbitamente se vio atacado el ejército español no podía serle más desfavorable, pues en manera alguna permitía maniobrar a la caballería. La ciudad situada a la orilla del lago, estaba casi por todas partes rodeada de agua; los esteros convertidos en laguna, como ya hemos dicho, y rota la calzada que servía de comunicación con la tierra. Aun cuando los tlacopanos no se presentasen tan denodados a la defensa o aun cuando se consiguiese desbaratarlos, la entrada en la población parecía imposible. Conociolo Cortés, y viendo maltratada a su gente por la lluvia de piedras, flechas, varas y saetas con que la acosaba el enemigo, tuvo por conveniente retirarse o retroceder al menos, hasta ponerse fuera de tiro y obligar a los de las piraguas a entablar el combate en —135→ tierra firme, donde tuviesen sus caballos las ventajas que no podían aprovechar en medio de aquellos pantanos. En efecto, ordenó la retirada sin volver espaldas al contrario, obedecieron aunque murmurando sus belicosos batallones. Más atrevidos los tlacopanos a vista de aquel movimiento, redoblaron su coraje y comenzaron a denostarlos con los más insultantes epítetos, hasta que saliendo repentinamente de sus filas un guerrero tezcucano que parecía avergonzado y colérico de la burla que se les hacía, dijo con alta voz y resuelto ademán:
-¡Malinche! Si se atreven tus soldados a seguirme, yo les haré entrar en Tlacopan, a despecho de esa muchedumbre de luilones que nos afrenta llamándonos mujeres. Pasando por la derecha esos esteros, que bien se puede, y metiéndonos en la acequia que han hecho rompiendo la calzada, hallaremos esta más adelante, pues no toda ha sido destruida, sino solamente el pedazo que se tendía sobre la tierra firme. La única dificultad consiste en el miedo que puedan tener tus soldados, pues habrán de pasar con el agua a la cintura y oyendo silbar sobre sus cabezas las flechas del enemigo.
Dijo, y enojados los españoles por el expresado recelo, pidieron a grandes gritos la ejecución del designio. Hubo de acceder el jefe permaneciendo en tierra con la caballería para guardarles la espalda, y al punto mismo arrojáronse al agua las numerosas huestes, dejando suspensa con su arrojo a la orgullosa gente que las perseguía creyéndolas intimidadas.
El paraje designado por el tezcucano y por el que se abrían camino los de Cortés, no era bastante profundo para que pudiesen entrar las canoas; pero volaba de ellas espesa granizada de piedras y saetas, que rara vez eran perdidas; los invasores, sin embargo, continuaban avanzando con imponderable serenidad hasta encontrar la calzada. Halláronla al cabo, y apoderándose de ella, no tardaron en penetrar en el pueblo, a pesar de la desesperada resistencia que se les opuso. ¡Horriblemente se vengaron de ella! Entrada a saco la ciudad, cebáronse en la matanza y se entregaron al pillaje con vergonzoso extremo. El desventurado tlatoani salvo con dificultad su vida escapándose a Méjico en una piragua.
Después de terminado el saqueo, abandonó Cortés la población, llevándose consigo numerosos prisioneros, y pernoctando en un caserío cercano emprendió al día siguiente el camino de Tacuba, imaginando en el orgullo que le inspiraba su nuevo triunfo, que podía aventurar con buen éxito en aquella ciudad, tan próxima a la metrópoli, un ensayo igual al que con tanta dicha acababa de hacer en Tlacopan.
Su confianza creció de punto cuando atravesando aquel reino solo encontró pueblos abandonados. Llegó pues sin estorbo hasta plantar su campamento delante de Tacuba, y sus moradores no dieron la menor señal de apercibirse de ello. Sorprendido de tan completa inercia, pero no recelando el designio que encubría, ordenó Cortés la entrada en la ciudad, y solo entonces vio aparecer, como por magia, un formidable ejército a cuya cabeza reconoció por sus reales insignias al gallardo Netzalc. Sin embargo, la actitud de aquella fuerza no era acometedora; parecía dispuesta únicamente a la resistencia, y aun fue esta tan floja en el primer encuentro, que pudo el caudillo español prometerse sin pecar en presuntuoso, tan rápida como infalible victoria.
Aunque haciendo cara al enemigo, iban retrocediendo los tacubenses y avanzando aquel, muy ajeno de sospechar el artificio de aquella retirada. Mandaba Cortés al paso prender fuego en las casas que dejaba a su espalda, y a la lúgubre claridad de las llamas y entre los alaridos lastimeros de las mujeres y niños, que perecían víctimas de ellas o huían despavoridos por las calles, resonó el grito de triunfo que arrojó aquel jefe, cuando vio huir precipitadamente al adversario, que aunque con notable debilidad, se había defendido hasta aquel instante.
Corría en efecto desordenada la hueste tacubense, ansiosa de ganar la calzada que comunica su capital con la del imperio, y lanzose en pos de ella el ejército invasor hasta cubrir toda la longitud del puente, que retembló bajo el peso de la muchedumbre que lo oprimía. En el mismo instante vuélvense de súbito los fugitivos, cúbrese de piraguas el lago, y atronadora la voz de Netzalc deja oír estas palabras, entre los feroces gritos que lanzan sus súbditos:
-¡Malinche! ¡Llegó por fin tu hora! ¡Pisando estás tu sepulcro!
Conoce, aunque tarde, Cortés el engaño de que ha sido víctima. Oprimido por el enemigo, flanqueado el puente por más de dos mil canoas llenas de guerreros que hacen caer sobre él copiosa lluvia de piedras y flechas, y sintiendo a la espalda el furioso pueblo que le perseguía, contúrbase el ánimo del intrépido caudillo y abandónale por primera vez su serenidad. Una circunstancia, funesta en aquel conflicto, viene además a completar la consternación de su ejército y a llevar a colmo la arrogancia del adversario. El abanderado español, peligrosamente herido, cae del puente y —136→ rueda con el pendón que tremolaba a las ensangrentadas ondas del lago. Infinidad de canoas se dirigen al punto al paraje donde señalan la caída los círculos que se forman en la tersa superficie, celebrando ya con desentonadas voces la adquisición de aquel trofeo inapreciable.
¡Trofeo glorioso en efecto, que ya imaginan presentar en las aras de Huitzilopochtli, con mengua vergonzosa de los héroes de Castilla, que verán su veneranda insignia presa de aquellos bárbaros despreciados!
Ambos caudillos han sentido instantáneamente la impresión de este pensamiento, pues suspendiendo el combate, fijan sus ansiosas miradas en el sitio a que se aproximan a fuerza de remos sus veloces piraguas.
De repente adquieren aquellas aguas mayor oscilación: confúndense los círculos, ábrense las ondas y aparece el infortunado alférez enturbiando con su sangre el líquido cristal; pero llevando en su diestra, apretada por nerviosa contracción, la codiciada bandera.
Resuena unísono en aquel instante el grito de ambos ejércitos:
-¡A él! -exclaman los mejicanos.
-¡A él! -prorrumpe Cortés con imperioso acento: y el heroico herido, que comprende la diversa ansiedad de que es objeto, aprieta con mayor tesón la prenda apetecida y redobla sus esfuerzos para ganar el puente. Manda Cortés se le auxilie alargándole algunas lanzas para que asido a ellas, logre subir si le es posible librarse de los perseguidores que le van al alcance; pero antes de que pueda valerse de aquel apoyo el nadador, siente sobre sí la quilla de una piragua, y el jefe que la manda extiende el nervudo brazo y consigue echar mano al asta de la bandera. Defiéndese en vano con desesperado furor el fatigado castellano; debilitado por la sangre que pierde y por la desventajosa pugna que sostiene, va por fin a ceder, tal vez rindiendo la vida a la par que el pendón.
-¡Ya es nuestro! -grita entonces el mejicano con orgulloso ademán. Una bala sella los labios con que acaba de articular aquellas palabras; salta su sangre a la cara de sus compañeros y escápase de sus manos, heladas por la muerte, la presa que tenía asida.
Reanimado de súbito el oficial perseguido, aventura un último esfuerzo; invoca el nombre de Jesús; levanta en alto con rápido movimiento de su diestra la bandera tan valerosamente defendida; apoya su larga asta en el fondo del lago, y al grito de ¡Viva Castilla! que arroja con entusiasta acento, ásese con ambas manos de su extremo superior y salta ligero sobre el puente, a vista de los numerosos enemigos que dirigían contra él sus piraguas, y que quedan suspensos por el asombro. Aquel esfuerzo extraordinario no se realiza sin embargo impunemente. El valeroso defensor del pendón mancha con su sangre, que salta a borbotones, aquella insignia ilustrada siempre con tantas victorias, y apenas la pone en manos de Cortés, cae a sus plantas desmayado.
Enarbólala el caudillo, sacudiendo al aire sus empapados pliegues, y con inspirado tono:
-¡Compañeros! exclama: el pendón de Castilla es invencible; la lealtad lo sostiene y lo protege Santiago.
-¡Santiago y a ellos! gritan entusiasmados sus guerreros, y sucediendo frenético coraje al primer trastorno producido por la sorpresa, arremeten con tal ímpetu, que la multitud compacta retrocede simultáneamente, como si fuese un solo cuerpo.
La lucha se encarniza: enrojécese el agua con los arroyos de sangre que recibe: obstruyen los cadáveres el puente; pero no afloja al valor de los españoles, ni se debilita un momento la bravura de sus adversarios.
Aparecen inútilmente por la calzada de Méjico nuevos ejércitos del emperador; y Cortés, que ha logrado, no sin grandes afanes, despejar su espalda y salir de la estrechura del puente, comienza a retirarse con el mejor orden posible en tal situación, dando siempre la cara al enemigo.
El incendio mientras tanto había consumido muchísimas casas y amenazaba convertir en cenizas toda la ciudad de Tacuba. A vista de aquellas fúnebres luminarias que alumbran el camino de Cortés, detiénense turbados sus perseguidores, y aunque algunas horas después, apagado ya el fuego, volvieron a emprender su marcha en pos de los que se retiraban, era ya inútil la diligencia. Cortés y los suyos habían alcanzado a largas jornadas la frontera de Tezcuco.
-¡Compañeros! dijo entonces el héroe a sus soldados rendidos de fatiga: el botín se ha perdido, pero se ha conservado la gloria, y yo juro por Santiago que la bandera española, que hoy milagrosamente hemos salvado, ondeará dentro de un mes sobre la más alta torre de Tacuba.
—137→
Preciso era para devolver la confianza a los aliados de Cortés, recelosos ya en cierto modo y acobardados por el mal éxito de la última tentativa de aquel jefe, que algunas casualidades felices probasen la continuidad con que lo protegía la fortuna. En efecto, pocos días después de su regreso a Tezcuco recibió aviso de haber arribado a las costas de Veracruz un navío procedente de España que no solamente conducía noticias favorables para él respecto a la impresión que produjeron en la corte sus cartas y regalos al rey, sino también un refuerzo considerable de gente joven y entusiasta, que espontáneamente venía a alistarse bajo su bandera, con abundante cargamento de armas y municiones.
Casi al mismo tiempo que tan agradable nueva, llegaron también a Tezcuco embajadores totonaques a ratificar el pacto de alianza y a brindarle el auxilio de aquellos pueblos revoltosos, que eran sin embargo los más valientes y vigorosos de todos los del imperio.
Tan inesperadas ventajas reanimaron a las tropas haciéndolas olvidar el reciente desastre, y habiendo implorado por entonces los chalquenos la protección de sus aliados contra un ejército mejicano que iba sobre ellos, disputáronse animosamente los soldados el honor de afrontar el nuevo peligro, acompañando a Sandoval, que fue el capitán nombrado por Cortés para marchar inmediatamente al socorro de sus amigos. Interesábale demasiado conservar libre de enemigos los pueblos que le comunicaban con Tlaxcala y Veracruz, y creíase además en el deber de resarcir a su gente de las últimas pérdidas, proporcionándole algún botín.
Con tal objeto concedió amplias facultades a Sandoval para que después de alejar de Chalco la hueste mejicana, pudiese, si lo juzgaba oportuno, saquear a su placer las poblaciones cercanas. Con tal permiso, que se proponía aprovechar, partió de Tezcuco el capitán con suficiente fuerza; y mientras su jefe aparejaba los trece bergantines destinados al asedio de Tenoxtitlan, llegó él a Chalco, desembarazole sin gran dificultad de los tercios mejicanos que lo cercaban, con los cuales ya se habían batido valerosamente los del país, marchó contra Huaxtepec, llevando consigo toda la gente de guerra que tenía disponible Chalco, y, después de un reñido combate con su guarnición, entrola a saco, dejola convertida en teatro de desolación y cayó sobre la bella ciudad de Acapizla, cuya heroica resistencia ensañó de tal modo a sus soldados y auxiliares, que durante muchas horas tuvieron que padecer el tormento de la sed, por haber convertido en sangre las claras aguas del río que regaba con sus ondas los cimientos de la ciudad.
—138→Cargado de pingües despojos y seguido de innumerables prisioneros de ambos sexos, entró por fin en Tezcuco, volviéndose en seguida, aligerado de aquellos, para defender a Chalco, amenazado nuevamente por cohortes mejicanas. Llegó tar de para partir el peligro y la gloria de aquella pugna; pero a tiempo de asistir a los festejos con que se celebraba el éxito, que había sido tan desastroso para los imperiales como fausto para los rebeldes, habiendo auxiliado oportunamente a estos con uno de sus ejércitos la diligente república de Tlaxcala.
Llenos se vieron entonces los mercados de Tezcuco de las infelices gentes mejicanas, que cual si fuesen rebaños eran herradas y vendidas en pública almoneda92.
Aquel fue el espectáculo primero que presentó Cortés a las curiosas miradas de los recién venidos de España, y ciertamente no era el menos a propósito para excitar su codicia y justificar el anhelo y la confianza con que venían de tan larga distancia a participar de la suerte del audaz aventurero.
Allí, en aquellas plazas convertidas en inmundos bazares, regateaban el precio de las hermosas vírgenes americanas los soldados españoles, y acudían a insultar a los prisioneros sus feroces enemigos tlaxcaltecas. Allí, en medio de aquellos denuestos y de las obscenas chanzas de los compradores, exhalaban estériles amenazas los esposos, los padres, los amantes, que veían rasgar los velos sus mujeres, de sus hijas, de sus amadas, para exponerlas desnudas al examen de los mercaderes, que palpaban sus carnes para conocer su mayor o menor morbidez, su frescura más o menos intacta.
¡Inaudito cambio! Las princesas de Acapizla y de Huaxtepec, que tres días antes se adormecían en sus ricas humacas mecidas blandamente entre paredes de caoba, al eco halagador de sus damas que las cantaban hazañas de sus abuelos, están hoy allí, en aquel lugar de vergonzoso tráfico, desnudas, mancilladas, aguardando como su mayor fortuna que el liviano antojo de algunos de los capitanes extranjeros, las salve de ser presa de la soldadesca desenfrenada, que suele hacer bienes comunes las adquisiciones de aquel género.
En uno de los días de mercado, el sitio a que nos referimos fue teatro de escenas verdaderamente trágicas.
Una bella esclava de catorce años que se disputaron varios compradores, había sido por último vendida al hermoso Alvarado, que siempre era espléndido cuando se trataba de dispendios como aquel. La joven, ruborosa y afligida, es presentada a su dueño, que devorando con lascivas miradas sus nacientes atractivos, la dirige palabras cariñosas que no comprende la infeliz, pero que la reaniman, pareciéndole proferidas con acento blando. Pónese entonces de rodillas y señala, hacia el extremo opuesto de la plaza, un hombre robusto y de noble aspecto que forcejeaba por desasirse de los brazos de algunos soldados que querían obligarle a seguirlos.
-¡Tatli, Tatli!93 -decía entre sollozos la desgraciada niña. Comprendiola el capitán y compró a los soldados aquel esclavo para llevarlo consigo. Agradecida la doncella, besole los pies regándolos con sus lágrimas, y corrió ligera como una gacela a presencia del dueño.
Al recibirla en su seno hizo aquel desventurado tan extrañas demostraciones de gozo, que llamó la atención de los concurrentes. Besaba los cabellos de su hija como si quisiera devorarlos, clavaba en sus ojos miradas delirantes y llevó entrambas manos a su torneada garganta, acariciándola con vehemencia.
Un ligero gemido se escapa en el instante mismo del pecho de la joven; estremécense en seguida todos sus delicados miembros, y críspanse sus manos encima de aquellas que la ciñen. Sorprendido Alvarado, se acerca presuroso: el esclavo rechaza entonces el hermoso cuerpo, que se ha doblado en sus brazos como —139→ flexible liana, y arrójalo a los pies del capitán exclamando con ronco acento:
-¡Tómala!
Bájase Alvarado... ¡toca aquellos hechizos que le pertenecen: aun conservan el suave calor! ¡Pero la linda sierva es libre ya! ¡Su dueño solo abraza un cadáver!
En aquel mismo sitio, algunas horas después, se ahogaba con su propia lengua un general mejicano, que comprara por seis mantas de algodón un mercader tlaxcalteca.
Tezcuco, sin embargo, hacía fiestas en honor de Cortés; y sus aliados de Chalco, Mezquique, Otumba, Zempoala y demás ciudades de la serranía, llamábanle en altas voces (desafiando el poder de Méjico), redentor de los pueblos y azote de los tiranos.
Aceptando el conquistador tan inmerecidas calificaciones, no cesaba de despachar emisarios a las provincias, ofreciéndolas su apoyo contra la tiranía del emperador mejicano; ¡y cosa singular!, aquellas gentes ilusas, que veían a sus compatriotas vendidos como rebaños en público mercado por los que se decían libertadores, eran sordos a la voz de su benigno monarca, y quejándose de su autoridad legítima y paternal, acudían al llamamiento del advenedizo que llevaba tras sí el hierro marcador de servidumbre. No bastaban, sin embargo, a Cortés los aliados que se traía en el seno mismo de la nación que se disponía a esclavizar; érale sumamente importante privar a la metrópoli del auxilio de aquellas grandes ciudades que le servían de ceñidor, ganándoselas con la política o arrancándoselas con la fuerza. Aun cuando no se consiguiese ni lo uno ni lo otro, siempre le convenía recorrer por sí mismo todos aquellos puntos de comunicación que tenía la capital a cuyo asedio se aprestaba, y elegir los de ataque según cuadrase a su plan.
Dispuso a consecuencia una nueva expedición, y ofreciéronse gustosos para acompañarle en ella, no solamente los caudillos tlaxcaltecas, sino también los texcucanos, chalquenos, otumbeños y totanaques, componiendo con sus ejércitos una fuerza de más de cuarenta mil hombres, que aumentó el jefe español con la mitad de su caballería y cuatrocientos de sus peones.
Con tan respetable hueste emprendió su marcha el día cinco de abril de mil quinientos veintiuno, y tuvo Guatimozin el dolor de verle caer sobre sus más hermosas o importantes ciudades con un ejército formado la mayor parte de propios súbditos.
Los desastres que había experimentado en Chalco el ejército destinado a sujetar aquel principado rebelde; el mal éxito con que otros tercios leales habían intentado posesionarse de Mezquique y Otumba; el incendio que devoró la mitad de Tacuba, siendo causa de que perdiesen la mejor ocasión que hasta entonces se les presentara de alcanzar decisivas ventajas sobre el invasor; la deslealtad de muchos de sus tributarios, el amilanamiento de algunos, y hasta el mal estado de su salud, jamás restablecida completamente desde que padeció las viruelas; todo se adunaba para conturbar el ánimo del desgraciado monarca mejicano; pero todo era poco para hacer flaquear su constancia.
Presintiendo con aquel instinto maravilloso que se observa en ciertas organizaciones privilegiadas, la catástrofe que se le iba aproximando, decidiose sin embargo a afrontarla con faz serena, oponiendo al inexorable destino la resistencia sublime de un corazón impávido.
Con antelación a los primeros movimientos de Cortés contra las ciudades del lago, había puesto en ellas fuertes guarniciones para su defensa, conservando las mayores por guarda de la capital; pero apenas fue sabedor de la respetable fuerza con que se aproximaba aquel jefe, hizo salir a su encuentro las dos terceras partes de los ejércitos existentes en Tenoxtitlan, al mando de sus mejores caudillos. Volaron al mismo tiempo sus oficiales a todas las poblaciones del lago, excitándolas a la defensa y llevando a sus régulos las disposiciones dictadas por el emperador a fin de que no se perdonase medio para cortar la retirada al enemigo si se conseguía derrotarlo.
Cubría el ejército imperial, mientras tanto, toda la inmensa extensión del llano de Chimaloacan, situado en medio de ásperas sierrezuelas, y érale preciso a Cortés pasar por él si había de continuar vía recta el camino comenzado. Sabían esto los mejicanos, y se aprestaron a una batalla que según todas las apariencias, debía ser decisiva, pero que acaso por lo mismo no quiso entonces aventurar el caudillo español. En vez de dirigirse al llano, atravesó la sierra con tal sigilo y diligencia, que todavía le aguardaba en la llanura el ejército contrario, cuando ya el suyo había traspuesto la sierra, cruzado el valle de —140→ Yautepec, y hecho ostentación de su arrojo y perseverancia con la toma de un peñón casi inaccesible, donde se habían fortificado numerosas familias fugitivas de los pueblos del tránsito.
La sed y las fatigas que sufrieron durante aquel ataque temerario las tropas españolas y sus auxiliares, no enflaqueció en manera alguna su decisión: ganada apenas aquella fortaleza natural, emprendieron el asalto de otra más inaccesible aun, y mejor defendida por los poseedores, que después de tenaz resistencia, hubieron, sin embargo, de capitular, vencida por último su resistencia por la sed que padecían entre tan áridos peñascos, privados absolutamente de agua.
Examinó Cortés con detención aquellos puntos de defensa, que acaso podrían serle necesarios algún día; halagó a las gentes que en ellos encontró, impidiendo que la soldadesca usase de las acostumbradas violencias y rapiñas, y después de exigir a aquellas promesa solemne que no tornarían a hacer armas contra los ejércitos del emperador Carlos de Austria, de quien se reconocieron vasallas desde en tiempo de Moctezuma, continuó su marcha hasta la pequeña ciudad de Tepuzlan, que habiendo opuesto inútil resistencia a las fuerzas superiores del enemigo, fue saqueada al cabo y reducida a cenizas.
Ricos con sus despojos, cayeron en seguida los invasores sobre otras poblaciones inmediatas. En vano confió Coadalvaca94 en la defensa de sus profundas barrancas; cayó también al golpe del acero castellano, y vio a sus vírgenes y a sus matronas seguir encadenadas la huella sangrienta del vencedor.
Otro deseo, sin embargo, agitaba a Cortés en aquellos momentos. No eran Tepuzlan y Coadalvaca objetos principales de su atención, ni le satisfacía el botín conquistado, no obstante ser abundantísimo.
Consistía su empeño en sujetar por amistad o por las armas las capitales de Xochimilco, Iztacpalapa y Tacuba, que tan importantes eran para la realización de su plan de asedio; y sin dar descanso a su gente, encaminola hacia la primera de las nombradas ciudades, haciendo un pequeño rodeo a fin de engañar al enemigo, que no dejaría de ser instruido de sus movimientos por los fugitivos de aquellas cercanías.
A pesar de esta precaución, encontró apercibidos a los xochimilecos; habían roto las calzadas y levantado albarradas, aguardándolo denodadamente y en amenazadora actitud.
Acometieron los españoles con su acostumbrada valentía rompiendo por entre los ejércitos de la ciudad y aun por medio de las aguas, que eran tan profundas en algunas partes, que muchos murieron ahogados, y otros quedaron hinchados por la mucha que tragaron. Nada detenía empero a aquellos intrépidos aventureros, avezados a acometer imposibles: nada tampoco a los bravos auxiliares a quienes daban de continuo tan brillante ejemplo, y habíanselas en aquella ocasión con gentes tan decididas como ellos, que peleaban además en ventajosa situación. El combate debía ser por lo tanto encarnizado y fiero, y fuelo efectivamente, con tal exceso, que los cadáveres sirvieron de puente a la caballería para penetrar en la ciudad.
Cada calle fue entonces un campo de batalla, y cercado Cortés en una de ellas por los enfurecidos defensores, que dirigían contra él solo sus mayores esfuerzos, se batió con tan extraordinaria bravura, que hízolos repetidas veces retroceder asombrados. Su posición era sin embargo desesperada; no tenía a su alrededor sino a uno de sus soldados de a caballo y a algunos guerreros tlaxcaltecas, en tanto que crecía por instantes el número de adversarios, cerrándole el paso por ambos lados de la calle. Entonces fue cuando cargando sobre ellos con desesperada resolución, cayó el caballo traspasado de una lanza, arrastrando en su caída al esforzado jinete, que vio al punto arrojársele encima, como bandada de hambrientos buitres, un tropel de rabiosos enemigos.
Ya ha saltado sobre ellos la sangre del héroe, herido en la cabeza por uno de sus propios aceros (pues muchos de los jefes mejicanos empleaban entonces contra los españoles las espadas y lanzas que aquellos les dejaron por despojos en la terrible noche en que salieron fugitivos); ya cien gritos de júbilo han celebrado aquel triunfo que parece infalible, y Cortés juzgándose perdido, levanta su voz poderosa, domina todas las otras, y creyendo hacerlo por última vez, aclama con fervoroso acento el nombre de Santiago y la gloria de Castilla.
El acero, que ya ha probado su temple traspasando el yelmo que defendía aquella heroica cabeza, se levanta otra vez sobre ella, y diez y diez más brillan al punto delante de su impávido pecho; no estaba empero decretado que acabase allí una vida destinada a tanta —141→ gloria. El bizarro Olea (que tal era el nombre del soldado de caballería que le ayudara en el desigual combate) arroja un grito que atruena a los vencedores: lánzase a ellos como un león: hiere, atropella, destroza como si por inaudito milagro se triplicasen sus fuerzas y sus manos, y secundándola los tlaxcaltecas, que con sus cuerpos escudan al de Cortés, logra este por último levantarse y defenderse por el mismo, aunque herido y desmontado, hasta que, llegando en su auxilio uno de sus escuadrones, dispersa a la ensañada multitud, que tan próxima estuvo a decidir con un golpe, no solamente el éxito de la batalla, sino acaso también los destinos del imperio.
Todavía se prolongó la lucha por algunas horas; mas era imposible continuar sosteniéndola. Estaban heridos o contusos la mayor parte de los oficiales españoles; habían perecido más de diez mil indios de los aliados auxiliares, y el único recurso posible en tal situación era acogerse y hacerse fuerte en uno de los teocalis más grandes de la ciudad. Con este objeto procuró Cortés reunir en gente, y tal empeño puso en realizar su pensamiento, que a pesar de la tenaz oposición que hubo de arrostrar, consiguió ganar aquel asilo a tiempo que oscureciendo completamente la noche, suspendieron su persecución los xochimilecos, fatigados de todo un día de incesante, combate.
Pasaron la noche los retraídos en el templo curando sus heridos, preparando saetas los ballesteros, y fortificándose del mejor modo posible en tan corto tiempo y con medios tan escasos como los que tenían. Amaneciendo apenas, asaltaron el edificio los ejércitos enemigos, aumentados con nuevas fuerzas llegadas de la metrópoli durante la noche; pero fueron rechazados tres veces consecutivas, y aun pudo Cortés mantenerse todo el día en aquel fuerte, haciendo su caballería algunas salidas por la noche, en las cuales siempre alcanzó ventajas considerables sobre el enemigo.
No eran aquellas bastante, sin embargo, para hacer posible la prolongación de tan extraña cuanto difícil situación, y acudiendo por tierra y agua nuevas fuerzas mejicanas, tuvo Cortés que abandonar su refugio, cifrando ya todo su anhelo y esperanza en proporcionarse la retirada, que no parecía dispuesto a permitirlo el contrario.
Cortés, empero, hallábase asaz habituado a vencer con su poderosa voluntad todo linaje de obstáculos, y tan extraordinarios recursos le sugerían en los más apretados trances su ingenio y su osadía, que entonces, como otras veces, salió airoso de una empresa al parecer imposible.
Sacó, pues, a su gente de Xochimilco, no sin pérdida considerable, y sosteniendo todavía victoriosamente, durante el camino que emprendió, otros varios ataques de los ejércitos del imperio, que unos le seguían, otros le salían al encuentro atajándole el paso, llegó por fin a territorio de Tezcuco, a donde le aguardaba, sin que él lo recelara, peligro mayor y más sensible que todos aquellos de que a fuerza de valor y de sufrimiento acababa felizmente de libertarse.
Los xochimilecos, en tanto, corrían gozosos a Tenoxtitlan a presentar al emperador los prisioneros hechos al enemigo, entre los que había tres soldados españoles, cuyos corazones palpitantes reclamaban al punto, como imprescindible tributo, los teopixques de Huitzilopochtli.
Nunca se ejerce impunemente la superioridad de genio. Nunca los hombres que dominan a sus iguales por la sola alteza de su pensamiento logran inspirar aquella ciega veneración que sin dificultad tributamos a la excelsitud del nacimiento. Esta rareza se explica muy bien. El uno es un derecho concedido por nosotros; el otro lo dispensa solamente el cielo. En aquel reconocemos nuestra fuerza; en este vemos probada nuestra debilidad. Obedecemos sin repugnancia al dueño que nos elegimos; pero jamás con gusto a aquel que nos manda por decreto más alto de la naturaleza.
Al levantarse los grandes hombres de todos los siglos, de todos los países, han sido siempre anunciados por el instinto repulsivo de las medianías, presienten estas, aun antes de probarla, aquella fuerza extraña que debe dominarlas a su pesar, y afánanse por sacudirla, así como el caballo, todavía indómito, bota, relincha y huye al aproximársele el hombre; porque la naturaleza, próvida y maternal con todas sus criaturas, le dio, para advertirle del peligro, un ojo de aumento que le presenta con colosales formas el ser inteligente cuya débil mano debe enfrenarle a su capricho.
—142→Para el bien, como para el mal, encuentran resistencia tenaz los que nacen con gran capacidad de obrar el uno o el otro. Sus actos todos son otros tantos triunfos, porque su vida entera es un perpetuo combate: combate disculpable y aun legítimo mientras no sea alevoso, mientras solo presente por espectáculo la resistencia de muchos al dominio forzoso de uno; la vanidad común, oponiendo un dique al orgullo invasor de la inteligencia privilegiada.
No siempre empero se sostiene de aquel modo la lucha; no emplea en su defensa la multitud únicamente las armas permitidas, y ni aun bastan alguna vez las del odio, de la calumnia, de las asechanzas pérfidas: a veces realzando a su pesar la fuerza que combate, reconoce su poca insuficiencia, comprando con el crimen la victoria.
¡Cuántos bajaron al sepulcro con el nombre de tiranos, solo por haberse apropiado el de libertadores los asesinos!
Nosotros no formaremos jamás el juicio de César sobre el puñal de Bruto, y ni aun quizá buscaremos su condenación en las destrozadas entrañas de Catón, porque la sangre que brota de ellas nos ahoga con vapores de orgullo, y ocúrresenos preguntar: ¿abriose el célebre romano las puertas de la tumba por no ser testigo de la opresión y mengua de su patria, o por negarse a los rayos de una gloria que le deslumbraba, de una fortuna de que su soberbia se ofendía?...
Hernán Cortés, una de las más grandes figuras que puede presentar la historia, Hernán Cortés que, no ha sido elevado a toda su altura ni aun por aquellos desacertados panegiristas que han alterado la hermosura de los rasgos del hombre, queriendo deificarlo; Hernán Cortés, tipo notable de su nación en aquel siglo en que era grande, guerrera, heroica, fanática y temeraria; Hernán Cortés, que hubiera sido un Napoleón si arrullase su sueño de niño el trueno de la revolución francesa, y que hoy, más glorioso que Napoleón, se nos presenta con la aureola de la conquista de un imperio en la nomenclatura de los ilustres vasallos; Hernán Cortés, digámoslo en fin, debía tener y tuvo la suerte común a todos los hombres justamente célebres. Persiguiolo anticipadamente la envidia; afanose por denigrarlo hasta después de muerto la calumnia, y acechole la traición, abrigada en aquellos mimos corazones que aprendieran del suyo a no temblar jamás en tantos peligros de que reportaron en común indestructible gloria.
Mientras infatigable el caudillo rodeaba la gran extensión del lago, examinando y eligiendo los puntos de ataque convenientes a su gran proyecto, mientras afrontaba los mayores riesgos para privar a Méjico del baluarte, por decirlo así, que le prestaba su ceñidor de ciudades; mientras dejaba impreso con su propia sangre el testimonio de su arrojo y constancia en el suelo de Xochimilco, la cautelosa perfidia minaba sordamente aquel en que debía reposar sus fatigadas plantas después de tantos y tan honoríficos afanes.
Villafaña, uno de sus oficiales, era el principal corifeo del alevoso complot tramado contra una vida ilustrada ya por tantas proezas y reservada por el destino a mayores y más gloriosas vicisitudes.
Muchos de aquellos soldados hazañosos, compañeros suyos en las fatigas, habían (con vergüenza lo decimos) habían trocado la siempre victoriosa espada por el ominoso puñal; y el héroe escapado milagrosamente de las lanzas del enemigo, entró en Tezcuco rodeado sin sospecharlo de traidores amigos.
Pálida la faz, trémula la mano que aun empuñaba indignamente un acero de Castilla, saliole al encuentro Villafaña. Los ojos del águila habituados a los rayos del sol no se detienen por lo común a examinar los pliegues imperceptibles del reptil que arrastra por el fango su venenoso diente: así la mirada penetrante de Cortés, fija constantemente en su porvenir de gloria, no se paró ni un instante en aquella frente, marcada ya por la pavura del crimen, y permitió manchase la suya, húmeda todavía de honroso sudor, el beso inmundo de aquel nuevo Judas.
Tembló, sin embargo, el traidor, y era ahogado su acento cuando dijo:
-Bendito sea Dios nuestro Señor que ha sacado con bien a Vd. de las garras de esos perros indios. Graves cuidados nos han aquejado durante la ausencia de nuestro gran capitán, recelándonos de las traiciones de esa gente descreída; pero pues ya, con el favor del cielo, tenemos la dicha de veros salvo y glorioso, dígnese Vd. aceptar un leve obsequio que le tenemos aparejado, viniéndose a comer con nosotros.
-Me place vuestro convite, Sr. Villafaña, respondió jovialmente el caudillo, pues tan de cerca nos ha seguido la pista el enemigo y tan mal nos recibían en esos pueblecillos del tránsito, que no me desmentirá mi estómago si os digo que nada ha entrado en él hace más de cuarenta horas. No han sido, como presumir podéis, más felices mis compañeros, y si vuestra dispensa está tan bien provista como infiero de vuestras rollizas carnes, os estimaré muy mucho hagáis extensiva vuestra fineza a los oficiales que vienen conmigo y a algunos de los jefes tlaxcaltecas, chalquenos y tezcucanos, pues todos se han portado a maravilla.
—143→La asistencia de tanta gente a un banquete de muerte no convenía a Villafaña, que se excusó diestramente pretextando que no había dispuesto sino los cubiertos necesarios para los ya convidados, y el general, ajeno de toda sospecha, dijo alegremente, vuelto hacia el príncipe tezcucano, que estaba a su derecha:
-Espero, Sr. D. Fernando, que ordenareis se trate bien a nuestros aliados y a vuestros súbditos, de los cuales vengo completamente satisfecho; y mañana me convido yo mismo a vuestro desayuno, ya que hoy quiere hacerme conocer la habilidad de su cocinero tlaxcalteca nuestro buen amigo Villafaña.
Los ojos del príncipe, clavados tenazmente en el rostro del traidor, se volvieron en aquel momento hacia Cortés con extraña expresión de inquietud, y dijo en mal castellano:
-Yo ruego al Malinche que honre mucho a su buen capitán Villafaña no comiendo nada que aquel no le dé con su mano y pruebe con su boca.
El tono con que acompañó las últimas palabras el joven tlatoani llamaron, sin fijarla empero, la atención de Cortés: distraído al punto por los otros capitanes españoles y magnates tezcucanos, que le felicitaban a porfía, no volvió a pensar en aquello, y algunas horas después atravesaba las calles de la ciudad galanamente ataviado y asido familiarmente del brazo de Villafaña, en cuya casa le aguardaban ya los conspiradores infames, dispuestos a sentarse con él a la mesa en que se debía brindar por su vida al comienzo del banquete en las mismas copas que a los postres habían de llenarse con su sangre.
La casa que habitaba Villafaña, que le había sido cedida por uno de los opulentos teutlis de Tezcuco, estaba situada en la misma plaza en que descollaba un gran edificio que había sido templo y era en la actualidad uno de los cuarteles españoles. La mayor parte de los aposentados en él estaban comprendidos en la trama y debían ponerse sobre las armas a una señal convenida. Designado estaba el sustituto de Cortés en el mando del ejército, aprestado el barco que debía salir inmediatamente que se consumase el crimen a llevar aviso a Diego Velázquez, adelantado de Cuba, con cuya protección y gratitud contaban fundadamente los que se proponían libertarle de aquel que era objeto de su antiguo odio y ensañada envidia.
Tomadas, pues, todas las medidas que juzgaron conducentes al buen éxito de su plan, esperaban a Villafaña los convidados, no sin aquel pavor inseparable de la maldad, en tanto que el infame conducía por sí mismo a la víctima, mintiéndole afecto con la almibarada, aunque trémula voz de la perfidia.
Un soldado de mala traza y que según los traspiés que daba y los ángulos que describía en su marcha, podía calificarse de borracho, iba siguiéndolos constantemente, bien que ni uno ni otro se apercibiesen de ello. Con todo, al entrar en la plaza, viéndose ya la casa a que se dirigían, el beodo apretó el paso encaminándose en línea recta a los que le precedían, y solo al emparejar con ellos tornó a dar muestras de su vergonzoso estado, hasta el punto de hacerse notar por el caudillo, que naturalmente severo, no echó de ver sin indignarse las señales positivas de un exceso que jamás dejó impune. Soltose con brusco movimiento del brazo de su compañero, y con ceñudo semblante se acercó precipitadamente al soldado, que en vez de aguardarle se alejaba aumentando la distancia entre su persona y la de Villafaña, con más celeridad que la que debía esperarse de un hombre en aquella situación.
-¡Pícaro! dijo el jefe con tremendo tono; ¿cómo te atreves a presentarte en estas calles después de haberte llenado del maldito brebaje que solo un borracho de profesión como tú pudiera tragar sin repugnancia?
-Mi general, articuló rápidamente el soldado, no entre V. en casa de Villafaña; le va en ello la vida.
Quedose suspenso Hernán; pero decidiéndose con la presteza que acostumbraba, volviose sereno a donde estaba el traidor, y dijole cordialmente:
-Seré con V., al instante, señor Villafaña; pero hame indignado la desvergüenza de ese miserable y quiero presenciar su castigo.
-Acompañaré a V. respondió cortésmente el oficial, si es que se empeña en hacer por sí mismo lo que corresponde a subalternos, que a una voz acudirán del vecino cuartel.
-En manera alguna, repuso decididamente Cortés; háseme antojado ir solo y por mí mismo a ver apalear a ese bergante, y ruego a V. me aguarde diez minutos en su casa.
Alejose apenas concluyó estas palabras, y viole Villafaña llegar airado al fingido beodo, darle un empellón para hacerlo andar y seguirlo en su marcha oblicua, con aquella paciente perseverancia que era rasgo distintivo de su carácter.
Luego que estuvieron a suficiente distancia, se detuvieron a la vez como si obrasen de acuerdo el general y soldado, y dijo el primero:
-¡Habla!
-Estáis vendido, mi jefe: Villafaña es traidor, cómplices suyos los convidados con quienes debéis comer y los que se alojan en este cuartel, a cuyos umbrales tocamos. Si V. llega a traspasarlos o entra en mala hora en casa del que lo espera, no saldrá con vida seguramente. —144→ V. debe pensar lo que le conviene hacer, pues concertado tienen el traspasaros a puñaladas, y son muchos los conjurados y veo inminente el peligro.
No pregunta más el caudillo; no se nota turbación en su rostro ni embarazo en su espíritu. Da sus órdenes al soldado sin aturdimiento ni indecisión; despídelo apretándole la mano con franca y honrosa familiaridad, y se encamina con mesurado paso a la morada de su amigo Sandoval, a donde halla casualmente a Alvarado, Lugo, Otea y algunos otros capitanes.
Instrúyeles detalladamente del suceso con la misma serenidad que si se tratara del hecho más natural o insignificante; pero previéneles al mismo tiempo que está resuelto a ejecutar en los culpables aterrador escarmiento.
Al decir esto, su penetrante mirada pasaba sucesivamente con la expresión terrible de uno a otro de sus oyentes: ninguno empalideció: en el semblante de todos alternaban únicamente la sorpresa y la indignación. Abrazoles Cortés, y lo que no consiguiera la ira de la inesperada traición ni el sentimiento del grande peligro, obtúvolo entonces la dulce certeza de la amistad: flaqueó la firmeza del héroe, y una lágrima corrió de sus ojos en brazos de sus leales compañeros.
Una hora después Villafaña le vio atravesar sus umbrales con faz risueña, y los cómplices de su alevosía acudieron con él a festejarle sin que ninguno alcanzase a descubrir indicios del más leve recelo en aquel rostro, que examinaban con mal disimulada turbación.
-La sopa se enfría y solo por V. se espera, dijo el dueño de la casa alargando la mano a su víctima.
Tomósela Cortés y apretola con tal fuerza, que arrancó un gemido a Villafaña.
-Tenéis unos dedos de hierro, mi general, exclamó balbuciente; pero enmudeció, temblando al encontrar la mirada que en aquel instante pesaba sobre él.
-Ya lo conocéis, señor Villafaña, dijo con amarga sonrisa el héroe; tengo una mano de hierro y una mirada de hielo, puesto que os hace temblar; pero no sabéis todavía, y quiero probároslo, que tengo también un corazón invulnerable al puñal de los asesinos, porque lo escuda esta penetración que llega hasta el fondo del vuestro y lee en él la traición como en vuestra frente el miedo.
Dijo, y dando una voz; precipitáronse en la sala sus capitanes y muchos soldados armados, que cercaron al punto a los reos, aterrados por tan súbito e imprevisto desenlace. Cortés arrancó por su mano del pecho de Villafaña la lista de los conspiradores que descubrió, queriendo rasgarla, y leyola de principio a fin, no sin muestras de admiración y dolor. Ambos sentimientos debió experimentar realmente si, como por entonces se dijo, estaban comprendidos en aquella vil conspiración algunos de sus más estimados compañeros: jamás, empero, se han podido averiguar sus nombres.
Villafaña murió por justa sentencia con la muerte de los traidores; los que con él estaban fueron expulsados con ignominia de aquellos dominios con tanta gloria conquistados; pero cuando Sandoval preguntó a Cortés en presencia de todos los capitanes, quiénes eran los demás culpables que había descubierto en la lista cogida a Villafaña y qué castigo se daría a los batallones complicados en el delito, aquel grande hombre respondió con magnánima resolución:
-La lista, señores, se borró en el pecho de Villafaña, y solo en él dejó la mancha de tan vergonzosa infamia. Yo espero que los nombres que contenía sean de hoy más inscritos solamente en la nomenclatura de los valientes y leales, según conviene a la gloria de nuestra común patria y al servicio de nuestro augusto rey, a cuyo cetro debemos sujetar estos vastos dominios. Por lo que respecta a la tropa seducida para tomar parte en el pasado complot, lavarla he del baldón que contrajo por ignorancia, haciéndola verter arroyos de sangre del enemigo.
Era el primer día de las Pascuas de Espíritu Santo; día en que Cortés, aparejados sus trece bergantines y tomadas todas las disposiciones convenientes para el próximo sitio que iba poner a Méjico, pasaba revista a su ejército, después de haber asistido a las fiestas religiosas que se celebraron por su orden en los templos de Tezcuco, según requería aquella solemne conmemoración.
También los neófitos de Tlaxcala practicaban aquel día algunas ceremonias católicas, adulteradas con reminiscencias de sus antiguos ritos, y asistía a ellas el senado, que no perdonaba medio alguno de hacerse grato a Cortés.
—145→D. Lorenzo de Vargas (que tal era ya el nombre del padre de Xicotencalt) edificaba a los nuevos cristianos con las muestras de su devoción, y al verlo de rodillas en el blanco pavimento de la capilla, iluminada su devastada cabeza, salpicada apenas con algunos mechones de plata por la rojiza luz de resinosas caobas; cruzadas sobre el ancho pecho sus flacos y nervudos brazos, cerrar los ojos y levantar la voz rogando fervorosamente al cielo por la causa de la justicia [¡la causa de los conquistadores!], un observador imparcial se hubiera maravillado, creyendo encontrar en aquel indio republicano la personificación exacta del fanatismo de sus extranjeros dueños; el tipo perfecto de aquella época de fe y aberración, en que la causa de Dios no era en Europa la de la humanidad, en que se enseñaba el dogma de la misericordia con la punta de la espada, con la llama de la hoguera, y se plantaba el altar de la hostia, cándida y pura, afirmando sus cimientos en un suelo enrojecido por inocente sangre.
Cuando terminaron las ceremonias, el senado se retiró gravemente; no, empero, sin comunicarse en voz baja una observación que todos hicieron igualmente, y era la de que el general Xicontencolt no se había presentado en el templo, no obstante habérsele ordenado expresamente.
El anciano D. Lorenzo se apresuró a disculpar a su hijo, bien que allá en sus adentros no se hallase tampoco muy contento de la conducta de este.
Aparentaron los senadores quedar completamente satisfechos, y aconteciendo que se les trajese aviso en aquel instante de haber llegado de Tezcuco un mensaje urgente, expresaron con tono absoluto que era indispensable asistiese al consejo, que iba a reunir para oírlo, el joven general de los ejércitos de la república.
En efecto, algunos minutos después, hallándose juntos aquellos magnates en el vasto salón de las asambleas, compareció casi al mismo tiempo que los emisarios de Cortés el enemigo de este.
Eran los primeros los teutlis tezcucanos, un caudillo tlaxcalteca y el intérprete Aguilar, al que daban escolta algunos soldados españoles. Todos iban con atavíos marciales, y Xicotencalt se presentó también en traje de guerra, realzado con las insignias de su elevado rango. Blanco y encarnado eran habitualmente los colores que usaba aquel caudillo, y ellos formaban en el día a que nos referirnos el matiz vistoso del rico penacho que coronaba su casco de plata. Descendíale hasta las rodillas un tonelete, admirablemente tejido, de pelo de conejo tres veces empapado en líquido carmín, guarnecido con una franja o cenefa de plumas de cisne, entretejidas con notable primor. Debajo de esta falda, cubríale, los muslos una coraza de algodón, roja también, impenetrable a las saetas más agudas, la cual le subía hasta el cuello, sin embarazar sus movimientos, prestando sujeción en aquel extremo superior a un airoso manto blanco que se unía a ella por medio de brochecitos de oro, y que caía hacia atrás formando multitud de pliegues. Sobre este llevaba a la espalda el arco y el carcax, el escudo al brazo, en la diestra una corta pica laminada de plata, y alta la visera, que dejaba ver la expresión ceñuda y melancólica de su varonil semblante.
Colocose a la derecha de los senadores, que ocupaban sentados en hilera magníficos divanes de maciza caoba, y se mantuvo en pie inmóvil y silencioso mientras duró el discurso del enviado español, que se limitó a expresar los sinceros votos que formaba incesantemente su jefe por la gloria y prosperidad de la república, a la que daba aviso de estar ya aparejados como convenía los buques destinados al asedio de Méjico, abierta la zanja por la cual debían sacarse al lago, y tomadas todas las disposiciones conducentes a asegurar el éxito de aquella grande empresa. Que para comenzar su realización sólo faltaba al caudillo la reunión completa de toda su fuerza, rogando en consecuencia al senado se sirviese enviarle con la brevedad posible toda la gente de guerra con que tuviese a bien auxiliarle.
Que habiendo reclamado igual servicio de sus aliados de Tezcuco, Chalco, Mezquique, Otumba y demás provincias adictas a la justa causa, esperaba poder juntar un ejército formidable, con el cual y la protección del cielo se prometía pronto y completo triunfo, mayormente si el invicto Xicotencalt, accediendo a los deseos de la patria, consentía en dirigir por sí mismo las invencibles huestes de la república.
El senado, sin deliberación alguna, votó propiciamente a las exigencias de su extranjero amigo, ordenando con tono absoluto al joven caudillo, que fuera hasta entonces mudo espectador de aquella escena, que reuniese sin pérdida de tiempo todas las fuerzas de Tlaxcala y marchase al frente de ellas a prestar el debido auxilio al general de Castilla, a fin de que llevase a cabo con menos dificultades aquella empresa de común interés.
Adelantose con paso mesurado y aspecto grave el hijo de Vargas, y deteniéndose al frente de los senadores, la espalda vuelta a los emisarios y apoyada ligeramente la robusta diestra en la pica de que iba armado, dijo con desenfado, aunque sin faltar a la moderación que aquel lugar requería:
—146→-¡Padres de la república!, si la voz de un guerrero, ya tantas veces desatendida por vosotros, pudiera resonar más alta en este día o encontrar menos sordos vuestros oídos, levantárala resueltamente para deciros, con franca lealtad, que Tlaxcala no puede sin eterno oprobio adoptar por suya la causa de dioses y de reyes extranjeros; que no es ya Méjico el mayor enemigo de nuestra libertad; que no es contra él que debiéramos armarnos, y que más que el nombre de amiga de los hombres de Oriente, sería honroso a la república el de esclava del imperio.
Un murmullo de indignación cubrió un instante la enérgica voz del orador; pero sobrepúsola a fuerza de pulmones, y añadió con entereza:
-Convencido por desgracia de que tales reflexiones son perdidas en este sitio, solo quiero rogaros, ¡oh padres de la patria!, que carguéis vosotros la responsabilidad de actos que no puedo aprobar, que no acierto a comprender y para los que no creo necesario en manera alguna el auxilio de mi humilde brazo.
El más anciano de los senadores tomó la palabra, y desentendiéndose de cuanto acababa de expresar el joven guerrero, manifestó con acento solemne y severo que la república exigía la obediencia que le era debida y le ordenaba ocupar el puesto que le había conferido, so pena de ser declarado indigno de él y exonerado como traidor.
La profunda indignación que aquellas palabras produjeron en Xicotencalt solo pudiera compararse al amargo pesar que causaron en su padre.
Impelidos por tan contrarios sentimientos, entrambos se lanzaron a la par en mitad de la sala; dispuesto el uno, según las apariencias, a arrancarse por su mano los distintivos del rango de que amenazaban degradarle, y el otro a interponer sus ruegos para evitar, si era posible, la realización de aquella amenaza.
Al encontrarse, empero, uno al frente del otro, el joven y el anciano, que tan tiernamente se amaron hasta el día en que se interpuso entre ellos el guerrero de Castilla, se detuvieron de súbito, clavándose recíprocamente una mirada de dolorosa inquietud. Cada uno, en efecto, recelaba con razón de las intenciones del otro: Xicotencalt temía se humillase su padre en presencia de aquel concurso, intercediendo por él con el senado, el neófito don Lorenzo preveía, por su parte, que el imprudente mancebo iba a agravar su culpa con algún nuevo exabrupto de importuna soberbia.
Miráronse los dos un momento entre sobresaltados y tristes; pero rompió el silencio Xicotencalt y dijo con tono de respetuosa queja:
-¡Todavía, oh padre, todavía te empeñas en causarme disgustos! El senado de Tlaxcala, ese senado que...
El anciano se dio prisa en interrumpir una frase cuyas primeras palabras anunciaban acerba acusación, y con las lágrimas en los ojos, trémulas las manos, balbuciente la voz y presuroso el acento, dijo al fogoso caudillo en ademán suplicante:
-¡Xicotencalt! ¡Hijo mío! Hoy cumplen 27 años que tu madre, pálida y desfallecida por los atroces dolores con que anunciaste tu venida al mundo, te puso en mis brazos diciéndome: -«Los dioses te han dado un hijo y un ciudadano a la patria».
¡Xicotencalt!, hoy hace 27 años, y la patria llama inútilmente a su ciudadano, e imploro yo en vano a mi hijo. ¡Xicotencalt!, en el instante en que la patria te diga ¡yo te rechazo, mal ciudadano!, tu padre responderá a su voz: ¡yo te maldigo, mal hijo!, pero la luz de aquel día será la postrera que verán mis ojos: ¡Xicotencalt!, ¡piensa en esto!, hoy hace 27 años que viniste al mundo, atormentando a tu madre, que sonreía orgullosa, sin embargo, en medio de sus lágrimas, porque yo la decía: «¡Me das un hijo que será mi ventura!»
Aquel tierno recuerdo, expresado con sencillas voces y patético ademán, conmovieron hondamente al noble corazón del joven general.
Todavía quiso en la lucha de su ternura y su resentimiento lanzar una mirada acusadora al senado, testigo silencioso de aquella escena; pero el llanto que a pesar suyo se agolpó repentinamente a sus párpados, veló los rayos de sus pupilas de fuego, y avergonzado de su debilidad a la par que impelido por su afecto largo tiempo reprimido, echose en brazos de su padre, y por más de dos minutos los sollozos embargaron su voz.
Conmovidos los circunstantes, conservaron igualmente silencio, y el senado dio visibles muestras de haber depuesto su severa gravedad.
Levantó por último la cabeza el caudillo republicano, y dijo con profunda emoción:
-Hoy hace 27 años que vine al mundo, y en aquel día la patria y mi padre, fieles a sus dioses y celosos de su libertad, diéronme el valor que siempre distinguió a los tlaxcaltecas y la independencia de carácter que debe caracterizar a un republicano. ¡Hace 27 años, y la patria y mi madre me demandan hoy el sacrificio de mis convicciones!... ¡me arman a nombre de extranjeras divinidades, para entronizar tiranos!... Los ultrajes que pudiera atraerme mi justa resistencia no me reportarían afrenta; pero ha llegado a mi corazón la voz del padre que me engendró, y no me —147→ siento bastante fuerte para comprar mi gloria a precio de lo que juzga su dicha.
Hoy hace 27 años que vine al mundo, y desde aquel día pertenezco a Tlaxcala y al que me dio vida para servir a Tlaxcala.
Dispongan de mí Tlaxcala y mi padre; pero no caiga sobre el que obedece la responsabilidad del indigno mandato. He dicho, padres de la república; apenas el sol haya velado sus rayos para no alumbrar nuestra afrenta, cincuenta mil guerreros saldrán conmigo para Tezcuco.
Desapareció tan luego como hubo terminado estas palabras en medio de vítores de los asistentes, y según lo ofreciera, a la última hora de la tarde se vio salir un ejército numeroso, en cuyo centro brillaba a la tibia luz del crepúsculo la orgullosa enseña de la república, que era una águila blanca en campo rojo, encumbrándose altiva, fijos los ojos en un sol de oro.
-¡He recobrado a mi hijo! decía llorando de alegría el anciano Vargas; y sin embargo, un amargo presentimiento oprimió su pecho al pronunciarlo y se le oyó murmurar con acento trémulo:
-Hay felicidades parecidas al relámpago; lucen al estampido del rayo que mata, y llevan en pos oscuridad profunda.
Dos días después de haber entrado en Tezcuco el ejército de Tlaxcala, saliendo a recibirlo a distancia de algunas millas Cortés y sus capitanes, que se esmeraron en honrar y festejar a porfía al bizarro Xicotencalt, pregonose a son de tambores y trompetas el asedio de Méjico y las ordenanzas que durante él debían observarse escrupulosamente. En el mismo día hizo alarde de su gente el tlatoani de Tezcuco, que había aprontado para auxiliar a su protector cerca de treinta mil hombres, y llegó de Chalco y de los otros pueblos aliados una fuerza casi tan respetable como aquella, comandada por entrambos señores chalquenos y el arrogante príncipe de Otumba.
Magnífico aspecto ofreció en la revista general que pasó entonces Cortés, la reunión de tantos ejércitos de diversas naciones, confundiendo sus banderas bajo el pendón de Castilla, enarbolado en aquella tierra extranjera y remota por una hueste de mil y cincuenta aventureros, que no ascendía a más, aun después de tan repetidos refuerzos, el número de españoles.
En la noche de aquel día, antevíspera del señalado para el cerco de Méjico, en hora avanzada, cuando ya todas las tropas se habían recogido a sus cuarteles y yacían en descanso los moradores de Tezcuco, un hombre de elevada estatura, envuelto en un ancho manto a manera de albornoz, se paseaba lentamente a las orillas del solitario lago; parándose de vez en cuando para echar una mirada triste al sitio en que levantaba la metrópoli imperial las elegantes torres de sus enormes teocalis.
Imposible nos fuera describir ahora la situación de espíritu que privaba del general reposo a aquel encubierto personaje, sin recordar que en las mismas fatales riberas y con aspecto igualmente melancólico, hemos visto, en tiempo no lejano todavía, al valiente Cacumatzin condenado por el destino a no ver lucir los albores de aquel nuevo día que debía disipar con su presencia las nocturnas sombras en que envolvía los amargos pensamientos de su devorante insomnio.
Tan tristes como aquellos, pero de distinta naturaleza, eran los que agitaban al desvelado incógnito que ahora nos ocupa y cuyo nombre dejará de ser un misterio para nuestros complacientes lectores, si paran mientes en una observación que vamos a indicarles, y es que a los tibios rayos de la luna, que se avecina a su ocaso en el instante mismo en que ofrecemos a su vista al paseador solitario, se puede distinguir por la abertura de su manto, que agita algún tanto la brisa de la noche, que son blanco y rojo los colores de su vestidura. Superflua, empero, nos parece esta advertencia, pues deteniéndose por cuarta o quinta vez en actitud pensativa, vueltos los ojos hacia Tenoxtitlan, articula por último estas palabras, que no pueden dejarnos ninguna duda respecto al nombre de aquel que las dice:
-¡Oh Tenoxtitlan, Tenoxtitlan!, ¡muy niño he aprendido a aborrecer tu nombre, y hoy, avergonzado delante de ti, compadezco y envidio tu destino! ¿Saldrás vencedora o destrozada?... ¡Qué importa!, erguida o en escombros, te quedará tu gloria; al paso que tu antigua enemiga, ora triunfe, ora sucumba, solo conservará la mengua de haber venido a tu suelo para cargarte las cadenas que ha echado vilmente sobre su propio cuello.
No dijo más, porque agolpábanse a su mente —148→ multitud de ideas y de reflexiones que era imposible pudiera expresar el labio. Después de haber hecho el sentimiento filial el sacrificio impremeditado de sus íntimas convicciones, sintió Xicotencalt debilitarse aquel impulso, ruborizose de su flaqueza, y más de una vez le asaltó la tentación de volver atrás y rendir a los pies de su padre, causa querida de su vergüenza, una vida que detestaba, si había de serle forzoso mancillarla, exponiéndola voluntariamente en defensa de extranjeros tiranos. Jamás, sin embargo, fueron tan violentos los combates de su alma como en la noche a que nos referimos. Clavados estaban en su pensamiento todos los recuerdos de aquel día: la declaración solemne del próximo asedio, el bando pregonado, los bergantines ocupando la zanja por donde habían de botarse al lago; todos aquellos preparativos ejecutados con admirable orden y diligencia, y por último, tantos pueblos rebeldes y traidores aprestados a entronizar con sus armas a un monarca desconocido, bajo el dosel de los legítimos reyes; todas estas circunstancias, presentes a su imaginación, le sugerían acerbas reflexiones, y llegó a parecerle no solamente loca e indigna, sino también criminal y cobarde, la ayuda que iba a prestar su brazo a la violenta agresión de los españoles contra un príncipe infamemente vendido por sus propios vasallos, y con injusticia perseguido por los huéspedes ingratos que hallaron en su antecesor Moctezuma la benévola cuanto imprudente acogida causadora de la ruina de aquel infeliz monarca.
Había visto aquel día la formidable fuerza que reunía ya el invasor; conocía por experiencia las extraordinarias ventajas que le prestaban su táctica y la disciplina de su tropa, así como la superioridad de sus armas, y al pensar en la sangre que iba a derramarse en aquella lucha, al concebir la posibilidad de que sucumbiera el imperio, no pudo menos de conmoverse, horrorizándose en seguida al preguntarse a sí mismo: ¿y cuál será en aquel caso la suerte de Tlaxcala? Instrumento hoy de la ambición ajena, ¿qué debe esperar de aquellos cuyo yugo haya impuesto ella por su propia mano al poderoso de los Estados del Anáhuac?...
-¡Oh ilusa y caprichosa república! exclamó el joven guerrero, exaltado por tales ideas. ¿Deberé ceder a tus locas exigencias y a los indiscretos ruegos de un padre cuya razón se ofusca con los hielos de setenta inviernos? ¿Pelearé aquí bajo las órdenes de un jefe extranjero para conquistar a su dueño los tronos americanos, mientras que adormecido en engañosa confianza no escucha tu senado una voz leal que sin cesar le grite: «¡Levántate insensato! ¡Levántate, que aun es tiempo, y acaso no lo será mañana! ¡Levántate y mira a la patria, que hoy alucinada por tu acento olvida imprudentemente su gloria, pero que desengañada más tarde te pedirá cuenta de su libertad, porque su libertad será sumergida en esos ríos de sangre que van a correr por este suelo a perderse en este lago! ¡Para ti no hay alternativa después de la lucha fatal! ¡Aquel que venza será tu dueño!»
Terminado este soliloquio proferido con vehemencia y como si realmente lo estuviese escuchando el senado, quedose sumido en honda y larga meditación. Después tornó a pasearse agitado, y luego a pararse nuevamente con aire pensativo.
Era indubitable que fluctuaba, durante aquellas horas, entre abrazar decididamente o desechar para siempre una resolución temeraria que le sugería su mente; pero cuando observó que comenzaban ya a colorearse ligeramente las nubes del Este y que en breve debía aparecer el sol, cesaron de súbito sus vacilaciones, calose hasta las cejas la capucha de su manto, empuñó su pica, que había clavado en la húmeda arena de la ribera, y echó a andar apresuradamente.
Seis horas después, los otros jefes del ejército tlaxcalteca dieron aviso a Cortés de que faltaba de Tezcuco el general Xicotencalt, y un mayeque tezcucano declaraba haberlo encontrado a dos leguas de la ciudad, solo, disfrazado, dirigiéndose, según las apariencias, a la frontera de la república. Ordenó el caudillo español que los mismos comunicadores de aquella noticia corriesen, en compañía de algunos teutlis tezcucanos, a alcanzar al fugitivo, rogándole se volviese inmediatamente al campamento, y ordenándoselo expresamente a nombre de la república, si no bastaban a apartarle de su resolución las instancias y los consejos.
Fatigado Xicotencalt por tantos días de secretos pesares y agitaciones, por una larga noche de vigilia y por tres leguas que anduvo sin descanso, detúvose en un pueblecillo del territorio de Tezcuco, y allí le encontraron alojado en humilde choza los emisarios de Hernán.
Sorprendido a vista de ellos, pero sereno y resuelto, escuchó su mensaje sin interrumpirlos ni dar señales de disgusto o aprobación, hasta que hubieron agotado toda su elocuencia para encarecerle la fealdad de su deserción y lo indispensable que era para su gloria, y aun para la seguridad de su vida, se volviese con ellas a prestar sus servicios a la causa de la república, que se había identificado con sus aliados.
El joven caudillo limitó su contestación a estas breves cuanto enérgicas palabras:
—149→-Si soy un reo y merezco la muerte, a presentarme voy a aquellos que tienen únicamente el derecho de juzgarme. Decid vosotros al que os envía, que al abandonar su campo no huyo de los peligros, sino de la infamia, y que sobre aquel recaerá esta que ose interpretar con malicia la conducta de un guerrero que siempre fue el primero en lanzarse al combate y el último en retirarse, cuando se lidiaba por la libertad y el honor de la república, no por los intereses de los advenedizos codiciosos. Nada más tengo que deciros, ni nada más os escucharé que lo que ya expresasteis.
Los comisionados tuvieron que volverse a Tezcuco sin haber conseguido su objeto, y Xicotencalt, después de dos horas de descanso, continuó su camino, coordinando el discurso que pensaba dirigir al senado a fin de arrancarle, si era posible, de su funesto empeño.
-Si nada alcanzo, pensaba, si son como otras veces sordos a mi voz, ciegos a la verdad, entonces dispongan de mi vida, mas déjenme mi honor. Envidiada será algún día mi muerte, si la recibo por haber defendido la libertad de mi patria, prefiriendo el sepulcro a la ignominia.
Embebido en estos pensamientos continuaba su marcha a paso regular, cuando percibió a su espalda el galope de dos o más caballos, que al parecer se iban aproximando. Desviose un poco a la vereda del camino, cobijándose bajo las pomposas ramas de un florido mamey, y volviendo los ojos al punto de donde partía el rumor. Poco después distinguió claramente que venían efectivamente hacia él cuatro soldados españoles de caballería corriendo a media brida, y seguidos por un alguacil que montaba también una yegua cordobesa perteneciente a Cortés. Las miradas examinadoras que echaban sin cesar a uno y otro lado del camino, indicaban suficientemente que iban en pos de alguno, y Xicotencalt no dudó ni un instante ser objeto él mismo de aquella pesquisa.
Extraño hubiera sido no le descubriesen los jinetes, y vergonzoso para su orgullo el hacer esfuerzo por ocultarse; así, apenas vio próximos a los que al parecer le buscaban, salioles al encuentro con frente severa y ademán firme. Apenas conocía algunas voces de la lengua castellana; pero haciéndose comprender más por la elocuencia del gesto que por la de las palabras, dijo con dignidad:
-¡Teutlis!, ¿es a mí a quien buscáis? Diríjome a mi país y nada tengo que ver con vosotros.
Los soldados, fieles ejecutores de un mandato cruel, le clavaron sus lanzas en el pecho, y levantándolo del ensangrentado suelo en que cayó moribundo, le ahorcaron de una de aquellas ramas que le habían cobijado.
-¡Tlaxcala! ¡Padre! -fueron las últimas palabras que articuló el infeliz. Su cuerpo quedó allí abandonado a la voracidad de las auras95, y los ministros de la ejecución sangrienta volvieron veloces a comunicar a Cortés el cumplimiento de su sentencia inhumana.
Con tan criminal ingratitud respondió aquel jefe a los favores de su anciano amigo D. Lorenzo de Vargas, y ni aun nos es dado presumir, para atenuar en cierto modo la desagradable impresión que tal hecho produce en nuestras almas, que un secreto pesar, una lágrima vertida en la soledad, haya sido consagrada a aquella ilustre víctima de una política terrible, pues era aquel un día sobrado importante para que pudiesen tener lugar en el ánimo de Cortés otros pensamientos ni cuidados que los multiplicados y graves que debían forzosamente acompañar a la grande empresa cuyo éxito iba definitivamente a decidirse entonces.
En la mañana del 13 de mayo de 182196 mientras las aves carnívoras celebraban abundante banquete con el cadáver del héroe de Tlaxcala, ocupó el lago de Méjico la flota de Cortés, desplegando con arrogancia el pendón español entre el estruendo de doce cañonazos que la hicieron saludo, y los jubilosos gritos con que atronaban la ribera los ejércitos auxiliares.
Reservándose Hernán Cortés al mando de su pequeña armada, había dividido su gente en tres cuerpos, a las ordenes de Sandoval, —150→ Alvarado y Olid, que marcharon el mismo día en que los bergantines ocuparon el lago, sobre Tacuba, Coyoacan e Iztacpalapa para atacar a la capital por aquellos tres puntos importantes a Oriente, Poniente y Mediodía.
Contenía entonces Tenoxtitlan las principales fuerzas del imperio: la más escogida juventud y los más afamados caudillos de todas las provincias, se hallaban reunidos en la amenazada metrópoli, extendiéndose tan numerosos ejércitos a todas las ciudades vecinas.
El sol que había iluminado con sus primeos rayos la salida que hicieron en Tezcuco las huestes agresoras, en tanto que reflejaban las tranquilas ondas del lago, a par de los resplandores de su fecunda llama, las tendidas banderas españolas, vio también saludar su nacimiento con voces de patriótico entusiasmo a la multitud guerrera que llenaba las plazas de Méjico, cubriendo por todos lados sus anchurosas calzadas. Allí en torno del supremo estandarte del imperio, ondea la matizada enseña de Zopanco, la lúgubre insignia de Mexicalcingo, que es negra con estrellas rojas; la argentada de Tepepolco, que deslumbra con su brillo al desplegar el viento su pelícano coronado; la de Tula, ostentando en campo verde sus dos torres de nácar; la de Xochimilco, que jamás vio por tierra su cocodrilo azul; la de Atlixco, cuyas guirnaldas de rica pedrería no alcanzan a agitar los hálitos del céfiro; la de Cuautitlan, blanca y ligera como espuma, levantando al menor soplo sus floripondios de oro; la singular de Quahnahuac, que se compone de dos anchos girones color de fuego, sujetos al mástil por una garra de león, trabajada de finísima plata; otras muchas, en fin, que nos sería imposible especificar. Bástenos decir que allí se encuentran los altivos moradores de Popoloqui, los bizarros hijos de Malinalco, los siempre inquietos de la bella Tozantla, los del antiguo Zopi, los que huellan la volcánica tierra de Colima, los que escuchan el perpetuo arrullo del mar Pacífico en las frescas riberas de Acapulco; los que habitan las ásperas gargantas de las sierras de Tuspa, y el Zapoteca agreste, y el belicoso Minxe, y el opulento Olancho, que funda su ciudad sobre ruinas de oro, y el montaraz Tantamanca, cuyos dominios fragosos se han hecho tan célebres bajo el nombre de San Luis de Potosí; y el voluptuoso Mescalense y el Zacualco de corteses modales, y el que respira todo el año deliciosos aromas en los vergeles de Totonilco... por último, todos los pobladores de las amenas orillas del lago de Chapala, así como también los que beben las aguas del Hiaqui, los que miran regados sus natales campos por las ondas del Napeztle, y los que se aduermen al ruido de las cataratas del Río Grande.
Guatimozin recorre por sí mismo las compactas filas de aquella multitud de ejércitos y les dirige breves y elocuentes arengas, a que responden con sus alaridos de guerra. Alta lleva el príncipe la visera, que deja ver sus juveniles facciones, desfiguradas por la cruel enfermedad cuyos vestigios se conservan en su tez, animadas aquel día con una expresión de casi sobrehumano ardimiento. El soberbio penacho de su casco de oro entrega a los caprichos del viento anchas pencas de verdes y encarnadas plumas; cubre su pecho y espalda triple coraza de apretado algodón, revestida de primoroso tejido de hilos de plata, y suben trenzadas hasta sus rodillas, donde termina su ancho faldellín blanco festoneado de púrpura, las delgadas correas de piel de cíbolo que sostienen sus ligeras sandalias. Uno rica espada de Toledo, inapreciable despojo del enemigo, pende a su diestra en magnífico tahalí sembrado de turquesas y esmeraldas; lleva al brazo izquierdo un enorme escudo, y revuelto al derecho el manto imperial, que es verde guarnecido de armiño.
A las diez de la mañana dieron los españoles su primer ataque, cargando a un mismo tiempo las tres divisiones sobre los puntos designados y poniéndose en movimiento los bergantines, que hasta aquel instante se mantuvieran a la capa.
Resistieron las fuerzas mejicanas la triple acometida con imponderable firmeza; pero los mayores esfuerzos del emperador se dirigieron contra la flota que comandaba Cortés y que parecía formidable a gentes que no se habían habituado a ver otros barcos que sus piraguas.
Cuajose de estas en un momento la inmensa extensión del lago, y aprovechando la calma que reinaba entonces, se arrojaron osadamente a fuerza de remos, al encuentro de los bergantines. La lucha hubiera sido sangrienta si, prolongándose la calma, conservara su posición la flota mejicana; mas levantose a poco el viento terral, tendieron sus velas los buques españoles y con ímpetu irresistible traspasaron aquel muro de apiñadas canoas, que dispersándose como bandada de palomas al tiro del cazador, los dejaron absolutos dueños de aquel campo liquido, en el cual era indisputable su superioridad. No igualaban empero a estos resultados los obtenidos por las fuerzas terrestres. Habían rechazado los tacubenses la división de Alvarado, que hubo de contentarse con la única, aunque no pequeña ventaja, de haber roto los acueductos de Chapultepec, que proveían de agua a todas las poblaciones del lago.
—151→Sandoval no alcanzaba mejor suerte. Después de un encarnizado combate con los de Iztacpalapa, se vio aquel capitán en precisión de suspender el ataque; mientras que Cristóbal de Olid, tercamente empeñado en posesionarse de Coyoacan, hubiera pagado cara su pertinacia a no acudir oportunamente en su auxilio la flota de Cortés.
Hizo tronar este sus cañones contra los teocalis en que se hacían fuertes varios tercios guerreros; pero aun así no consiguió amedrentar a los coyoacanos, que bajo la misma boca de los cañones botaban al lago sus piraguas preñadas de guerreros, y cubrían el aire con espesa nube de dardos y flechas.
Esta desesperada resistencia hizo conocer al caudillo la dificultad de que pudieran conseguir su objeto las otras dos divisiones sin el apoyo que podía prestarles, y mandó inmediatamente al socorro de Alvarado cuatro bergantines y tres a Sandoval, quedándose con seis para sostener a Olid.
Apoyados en esta fuerza, atacan de nuevo vigorosamente sus respectivos puntos los tres cuerpos del ejército; rompen las barricadas que habían hecho los sitiados para defender las calzadas, franquean las trincheras y se esfuerzan por penetrar hasta la misma capital, cegando con los escombros de los edificios que entregan a las llamas, los canales y puentes rotos por el enemigo.
La defensa, sin embargo, es tan bien ordenada, pelean los mejicanos con tal bravura, que a pesar de aquellas primeras ventajas no logran los invasores ninguna completamente decisiva, y retroceden por último después de doce horas de continuada lucha. Los sitiados se apresuran entonces a reparar sus fortificaciones, y el emperador, que ha peleado personalmente en las calzadas, en vez de buscar reposo a sus fatigas, pasa la noche presenciando por sí mismo las obras que se hacen para la defensa; designando los batallones que han de montar las trincheras, y dictando las disposiciones necesarias para que pueda llegar a la metrópoli abundante bastimento por medio de las piraguas; pues teniendo el contrario cortadas sus comunicaciones con tierra, y destruido el acueducto de Chapultepec, no puede abastecerse como de costumbre, ni tiene más aguas que las saladas del lago.
En tanto que así se desvela aquel ilustre monarca, bellísimo y patético es el cuadro que presenta en palacio su interesante familia.
Durante el combate de aquel día la emperatriz y princesas habían permanecido en el gran teocali de Huitzilopochtli, uniendo sus silenciosas preces a los cantos de los sacerdotes, que imploraban al poderoso numen a favor de sus fieles adoradores; mas retiráronse del templo a la proximidad de la noche, y pasaron las largas horas de esta esperando inútilmente a Guatimozin y sus deudos.
Rodeaban a Gualcazinla la preciosa Otalitza, la enlutada Tecuixpa, la bella Teutila, la siempre inconsolable Miazochil y otras varias princesas hijas o hermanas de los tlatoanis del lago, que habían juzgado prudentemente que en aquellos días de peligros, debían colocar cerca de la emperatriz a los tímidos seres que les eran queridos. Así es que en la noche a que nos referimos reunía la cámara regia de Gualcazinla, además de las beldades nombradas, de las cuales la menos joven, que era la viuda de Moctezuma, no llegaba a 30 años todavía, las más hermosas e ilustres damas de los Estados vecinos. Allí descollaba entre otras por su elevada y majestuosa talla, la hermana del malogrado príncipe de Matalcingo, esposa del de Atenco; allí esparcía el destello de sus grandes ojos negros, extraordinariamente vivaces, la esbelta princesa de Zopanco, hembra de antigua y esclarecida prosapia, pues llevaba en las venas azules que se trasparentaban por su finísima tez, la sangre de los tultecas: allí exhalaba amorosos suspiros por el bizarro señor de Xochimilco la única hija del opulento régulo de Atixco, tan blanca entre sus compatriotas, tan delicada y tan bella, que la llaman generalmente Meztlixochilt97. Allí, en fin, se encuentran las dos matronas de Tacuba, madres de Guatimozin y Netzalc, la varonil princesa de Tlacopan, que no ha consentido en el tálamo nupcial a su esposo desde el día en que volvió la espalda al enemigo, las dos jóvenes esposas del enamorado e inconstante Izcapeczuma, tlatoani de Tepepolco, y en torno de ambas, bellísimas esclavas que las usurpan muy a menudo los pasajeros afectos del infiel marido.
Encima de una mesa de primoroso mosaico98 arde en ancha copa de oro el odorífico tecopalli, en honor de los tepixtotones, y alrededor de ella, envueltas entre las blancas nubes de aquel humo fragante, están sentadas en sillones de la exquisita madera conocida con el nombre de palo gateado, las regias hembras que acabamos de designar a nuestros benévolos lectores.
—152→-La hermana del sol ha desaparecido ya de los campos azules en su carro de marfil, dejando llena de luto a la tierra que se entristece con su ausencia, dice después de una hora de general silencio, la esposa del emperador: sin duda es ya corrida la mitad de la noche y aun no viene a reposar bajo la protección de sus dioses domésticas, aquel que es la gloria de los aztecas y la delicia de mi alma.
-No te apesadumbres sin embargo, hermana mía querida, articula con musical acento la tierna Otalitza. Los teutlis del rayo99 se han retirado a sus campamentos apenas reclinó Tonatioh su cabeza encendida en el lecho que le guardan los vientos de Occidente, velado entre cortinas de púrpura. Ya hemos oído de boca de los oficiales de tu esposo que ha salido salvo del combate, y que con él están libres de toda desgracia los guerreros que son más caros a nuestro corazón.
-Los guerreros de la sangre de Moctezuma, exclama con sonora voz la altiva princesa de Ateneo, no piensan en el descanso cuando puede turbarlo el clarín del enemigo. El emperador y sus tlatoanis cumplen su deber tanto en medio de las sombras como al resplandor del día; solo vendrán a nuestros brazos cuando puedan decirnos: «Dormid tranquilas, esposas; la cabeza que reposamos en vuestro seno ha recibido de Huitzilopochtli la corona del triunfo».
-Pronto podrán decirlo, añade la intrépida matrona de Tlacopan; los dioses han decretado la ruina de los monstruos orientales, y el corazón me dice que antes que vuelva Meztli a asomar en el cielo su pálido semblante, habrán visto mis ojos humear la sangre del último de ellos en la piedra de los sacrificios y conocerán mis dientes el sabor de su carne.
-Eso que dices, ¡oh matrona!, prorrumpió con calor la joven Tecuixpa, es mitad bello y mitad horroroso. Yo no soy más que una doncella cuyo pecho está escaso de vida aunque todavía no ha sentido el frío de 18 inviernos; pero me parece que no está bien en una mujer cuyo seno ha sido fecundado, esa hambre de carne humana. Tus hijos se llenarán de gloria presentando corazones enemigos en el altar de Huitzilopochtli; pero besarán con horror tu mano, si cuando la tiendas para bendecirlos, los salpicas con sangre.
-¡Calla, Tecuixpa! -exclamó estremeciéndose la bella Meztlixochilt, he oído el melancólico canto del guanabá100; la desgracia nos está amenazando. ¡Ay de mí! ¿Por qué mi amante adornó su casco guerrero con el brillante penacho del ave siniestra?... ¡Lleva la muerte sobre su cabeza!
Oíase en efecto la voz tristísima de aquel pájaro americano, cuya pluma pudiera rivalizar con el marabú de África, y un silencio pavoroso reinó por algunos minutos en la asamblea femenina.
Poco después llegaron a palacio el emperador y sus tlatoanis; pero las hermosas, no depusieron en sus brazos la tétrica tristeza de que súbitamente se hallaran poseídas, y al enjugar la emperatriz el honroso sudor que bañaba la regia frente de su esposo, decíale en voz baja y con trémulo acento:
-¡El guanabá ha entonado su canto a las orillas del canal! ¡Bendice a tu hijo, Guatimozin, porque la hora de la desgracia está cerca!
A pesar de su gran talento, no acertaba Hernán Cortés a formar los planes más acertados contra una ciudad de la situación de Méjico, al paso que comprendía perfectamente Guatimozin todos sus medios de defensa.
Desde el día 13 de mayo, en que se dio como visto el primer ataque a aquella gran capital, hasta el 12 de junio, en el cual se modificó algún tanto el primitivo pensamiento, siguiose sin alteración aquella singular manera de combatir la ciudad, reducida a no atacarla sino a la luz del sol, dejando por consiguiente a los bloqueados la facilidad de hacer inútiles todas las ventajas alcanzadas sobre ellos durante el día.
Semejante plan, sostenido por ambas partes con igual vigor y perseverancia, no proporcionó ni a una ni a otra resultados decisivos.
Escaseaban los víveres en la ciudad, pues dos bergantines recorrían incesantemente la laguna dando caza a las canoas que conducían —153→ bastimento; vieron los mejicanos muchas veces con los primeros albores colgados de las entenas de los buques a infelices abastecedores que habían sido sorprendidos en mitad de la noche; pero no siempre era superior la vigilancia de los asediadores a la cautela de los asediados, y el hambre no había llegado todavía a completar con sus horrores la situación de estos.
Con mayor o menor pérdida, ganaba Cortés cada día las calzadas de Méjico, y cada día era rechazado de ellas, retirándose sin otra ventaja que la de haber arruinado algunas casas y roto las estacadas y trincheras, que la siguiente mañana volvían a aparecer repuestas por el enemigo.
Cansado de tan larga resistencia y convencido por último de la insuficiencia de aquel género de ataque, modificolo en parte, y los combates se sucedieron desde entonces con más continuidad y encarnizamiento.
Tarea enojosa y sobrado ardua sería para nosotros el hacer detallada relación de aquella desesperada lucha en la que así unos como otros contendientes, no encontraban alternativa sino la de la victoria o la muerte.
Infatigable el desvelo en entrambos campos, siempre sobre las armas de día y de noche, ya bramase el huracán, ya lloviese rayos la tempestad, con calor o frío, con aguas o con nieblas, siempre en acecho para sorprenderse recíprocamente, siempre igualmente activos y vigilantes, la incesante pugna se prolongaba, haciéndose su éxito más dudoso cada día.
En efecto, varia era por entonces la fortuna como si vacilase en pronunciar el decisivo falto. Si en un ataque consiguió Alvarado asolar a Tacuba, en otro vio huir desbaratada Olid del suelo de Coyoacan a la división de su mando. Si el celo de Cortés velaba para impedir la entrada de víveres al enemigo, burlábale no pocas veces la astucia de este, y armándole diestras celadas, alcanzó una vez la sorprendente ventaja de apresarle uno de sus mejores bergantines.
En vano el gran capitán español hacia uso de su notable pericia, desplegaba su singular energía, hacía alarde continuo de su personal arrojo; los mejicanos se defendían con tanta decisión como perseverancia, animándolos con su ejemplo el mismo emperador, que disputaba palmo a palmo el terreno a que se lanzaba con sobrada temeridad el enemigo.
Así se mantenía indecisa la victoria todavía cuando acudió oportunamente la traición a determinar el éxito, acelerando la hora de la lamentable catástrofe.
Hallábanse al lado de Guatimozin, como ya hemos dicho, casi todos los régulos de los dominios del lago, y aprovecharon aquella circunstancia tres hombres ambiciosos, igualmente dignos de execración. El uno, deudo lejano del tlatoani de Iztacpalapa, había quedado por la ausencia de este con el gobierno de su capital; era otro un general del imperio, colocado al frente de una división de Coyoacan para la defensa de aquella importante ciudad, que se había batido hasta entonces con superior denuedo, y el tercero, un personaje de Churubusco, hombre astuto, poderoso y que gozaba considerable influencia, debida en parte a su opulencia, en parte a un talento particular que poseía para captarse la pública benevolencia.
Conviniéronse estos tres perniciosos magnates, y entablando secretas comunicaciones con el enemigo, se comprometieron vilmente a entregarle las ciudades en que residían, mediante la promesa solemne de ser reconocidos régulos de ellas bajo la protección de Castilla.
Fácil es adivinar que aceptaría Cortés sin la menor duda, otorgando cuantas seguridades demandaban los ilusos rebeldes, que cumplieron por su parte las ominosas condiciones del pacto poniendo en poder de aquel jefe las plazas que custodiaban.
Tan inesperado golpe afligió sensiblemente el ánimo del emperador, al paso que restituyendo al enemigo la ya vacilante confianza, le animó a aventurar un ataque general y decisivo, para el cual reforzó su ejército con las gentes de guerra que guarnecían las poblaciones recientemente vencidas.
Distribuyó con acierto sus divisiones; formó un plan más seguro y de más rápidos resultados que el hasta entonces seguido; publicó por ordenanza que a medida que fuesen avanzando sus ejércitos, cegasen los canales y acequias para facilitarse la retirada en caso de desgracia, y dando por sí mismo a sus capitanes instrucciones detalladas de la manera con que en cualquier evento deberían conducirse, señaló definitivamente el día 29 de junio para aquel grande ataque, que en su concepto debía ser el postrero.
Ninguna de aquellas prevenciones se escapó a la vigilante observación del monarca mejicano. Comprendió que era llegado el día solemne en que se decidieran los destinos del imperio, y no obstante las últimas desgracias, no obstante los conflictos que ya empezaba a ocasionar la suma escasez de víveres, no obstante, en fin, la íntima convicción que le apenaba de estar irrevocablemente fallada la suerte de los aztecas, a la proximidad de aquel momento decisivo sintió arder en sus venas con nueva energía el entusiasmo santo del amor patrio; creciose su audacia, iluminose su inteligencia y hasta tal punto se extendió su decisión heroica, que hubiera impuesto asombro —154→ a la enemiga fortuna sino fuese ciega la inhumana.
No desmerecedores de tan ilustre soberano, cercábanle respirando saña sus poderosos tributarios, entre los que se distinguían por su mayor ardimiento los dueños de aquellos dominios entregados por la traición. Es el tlatoani de Iztacpalapa un anciano brioso cuyos blancos cabellos contrastan singularmente con la fogosidad de sus negros ojos, chispeantes en el fondo de sus redondas órbitas: los otros dos aun no han llegado al comienzo de su sexto lustro, pero llevan ambos en torno de su casco de plata el cordón rojo que divulga su procedencia regia, y el número de borlas que da testimonio de su gloria.
Entre tantos guerreros esclarecidos mirase a una amazona que, recelando se haya entibiado por el frío de cincuenta y siete diciembres, ya pasados sobre la frente de su marido, el ardor marcial con que diez y ocho años antes conquistara su corazón soberbio, ha cubierto con la coraza del soldado su fecundo seno, ha oprimido su espalda con el pesado carcax, y empuñando la lanza y embrazando el escudo, corre a dar ejemplo a los dos hijos, criados a sus pechos, que entrados apenas en la época de la pubertad, van a tener por ensayo de su fuerza aquella lucha de muerte.
Nuestros lectores no necesitarán de nuestra afirmación para reconocer en aquella denodada hembra a la varonil Quilena, princesa de Tlacopan.
Rayos despiden sus ojos a la sombra de su visera de concha perfilada de oro; vivaz sonrosado colora sus pronunciadas facciones, que aunque privadas ya de la frescura intacta de la juventud primera, conservan todavía aquella enérgica hermosura que hizo olvidar al régulo tlacopano, vástago de los antiguos reyes Colhuas, que era sangre tarasca la que la animaba con agradable brillo.
Colocose la altiva hembra delante de su marido, llevando a sus lados a los dos jovencitos, frutos de su himeneo, a los que exhorta con notable elocuencia a preferir la muerte a la ignominia.
-Mi seno, les decía, este serio que os dio vida y os abrigó nueve lunas, será el escudo de vuestros corazones mientras deba conservar en ellos dos altares a la patria, dos alientos generosos aceptos al gran Huitzilopochtli; pero si los sintiese temblar, si los viera cubrirse con pavoroso miedo... esta mano que sostuvo vuestros primeros pasos, se alzaría para clavar en ellos el dardo deshonrado en la vuestra.
Dignos de aquella madre, los dos príncipes tlacopanos respondían balbucientes de cólera y clavando en ella miradas centelleantes:
-¡Desgraciada de ti si fueras osada en expresar ese injurioso recelo sin recordarnos que el pecho que lo abriga nos alimentó con su sangre!
El ejemplo de Quilena, aunque no exactamente imitado, produjo su efecto en el ánimo de las bellas habitadoras del alcázar imperial. Vioselas durante la noche que precedió al solemne día, reunidas en la cámara de la emperatriz, sentadas formando círculo en blandos almohadones y ocupadas las unas en emplumar saetas, las otras en preparar bálsamos para los heridos, y alguna hubo que ensayase su delicado brazo a disparar la piedra de la honda, resuelta a no permanecer ociosa dentro de aquellos muros cuando llegase el momento decisivo.
Apenas aparecieron los primeros albores, sintiose el movimiento de entrambos campos, y las princesas dominando la ansiedad que crecía por instantes en sus corazones, entonaron en coro un himno guerrero en honor de Huitzilopochtli, formando particular contraste los marciales conceptos con las melifluas voces que los expresaban.
La agitación se aumentaba rápidamente. Atravesaban sin cesar las calles nuevos ejércitos que acudían a las calzadas; oíase de vez en cuando dominando los alaridos de la multitud, la voz enérgica de los jefes que exaltaban su coraje con breves y furibundas arengas; por último, retumbó en los aires la primera descarga de la fusilería enemiga que anunció haberse comenzado la pavorosa lucha.
Viose en aquel instante al emperador volar de una a otra parte, do quiera que era mayor el peligro, señalando su paso con inauditas proezas. Do se levanta su arrogante penacho en medio de nubes de pólvora, allí acude la muerte a recibir víctimas. Do se deja oír su acento poderoso, allí se enciende el heroísmo y se fija la victoria. Su acero no descarga golpe que no sea mortal, su arco no despide flecha que yerre una vez el blanco.
Pero carga de repente la caballería enemiga por los tres puntos de ataque. Truenan al mismo tiempo los cañones de los buques, decidiendo el éxito de la batalla que se verificaba en las aguas entre la flota de piraguas mejicanas y la de igual clase con que auxiliaban a Cortés las ciudades aliadas; crece la carnicería, corre a arroyos la sangre sosteniéndose con igual desesperación la contienda; mas comienza por fin a desordenarse el ejército imperial y Cortés por un lado y Sandoval por otro logran ganar la calzada, traspasando las aberturas practicadas en ella, y penetran ya en la ciudad siguiendo al enemigo que aunque haciendo cara todavía, se va a toda prisa retrayendo.
—155→En el ardor y regocijo de su triunfo, olvidan los españoles cegar las aberturas: resuena sin cesar la voz de Cortés que les grita ¡adelante! y obedecen los ejércitos con tan irresistible ímpetu, que se les ve romper por entre la multitud contraria como basas al través de mi muro de papel.
-¡Compañeros! -exclama entonces-, Tenoxtitlan es nuestra. ¡A Tlaltelulco! ¡Marchemos a tomar posesión de Tlaltelulco! ¡Que no se oculte el sol sin ver ondear en la torre del gran teocali la bandera de Castilla!
-¡A Tlaltelulco! -repiten a grito las vencedoras tropas, que en su entusiasta fervor no echan de ver que el enemigo en cuyo centro se han metido, los tiene completamente cercados, y que una muchedumbre de canoas preñadas de guerreros acaba de apoderarse de la acequia que ha dejado sin cegar su irreparable descuido.
No se retiran ya las huestes mejicanas, hanse multiplicado como por encanto, y firmes y compactas, presentando un céntuplo muro erizado de lanzas, se extienden formando un círculo en torno de los invasores. En vano buscan salida, en vano conociendo Cortés que ha sido, como otra vez en Tacuba, víctima de una astuta maniobra del enemigo, arde en furor, embravece con su acento a su gente atrevida, manda romper a su caballería y se lanza él mismo hacia el sitio en que ve tremolado el estandarte imperial con tan temeraria pujanza, que a pesar de la triple hilera que le escuda, el oficial que lo sostiene siente apenas en su cabeza el golpe dirigido por aquella mano poderosa, y cae en tierra abatiendo la venerada insignia.
En vista de tal desastre, a que presta incalculable valor la superstición mejicana, un alarido de pavura resuena en el campo; pero lanzándose veloz como el rayo un guerrero atrevido entre la nube de polvo y la lluvia de saetas con que oscurece el aire el enemigo, levanta y enarbola con un grito de triunfo el abatido pendón, y mientras lo sostiene con su izquierda, clava el acero que empuña su diestra en el pecho del generoso bruto que acaba de hollarlo con sus herraduras.
El ejército mejicano aclama con unánime voz al de aquella hazaña, y al oír el nombre de Guatimozin, al comprender quién es el adversario que viene a oponérsele frente a frente, aunque desmontado y herido, el jefe español siente crecer su ira; excita con furibundos gritos a sus estrechados escuadrones y acomete con tan desesperada rabia, que no hay cosa que pueda resistirle.
Mas hace una seña el emperador mejicano; repítese de fila en fila con la velocidad de un golpe eléctrico, y atruena la ciudad retumbando hasta los montes vecinos un estruendo súbito y extraño.
Los españoles, que no comprenden su origen, suspéndense involuntariamente al escucharlo; mientras que poseídos los mejicanos de frenético furor, lánzanse a ellos con embriaguez de sangre, y como si en cada uno de aquellos lúgubres y misteriosos sonidos entendiesen la voz del Omnipotente ordenando el desprecio de la vida y dictando por soberano decreto la satisfacción de la venganza.
La inspiración de Guatimozin había sido digna de su talento. Aquellos graves y solemnes sonidos eran los ecos poderosos del caracol sagrado, custodiado en el gran templo de Huitzilopochtli por más de trescientos sacerdotes destinados exclusivamente a la guarda y al cuidado de tan venerado objeto. Solo el hueiteopixque o sumo sacerdote gozaba el privilegio de hacer resonar aquel instrumento santo, y solo se verificaba aquello en las ocasiones de inminente peligro para la patria.
El coraje de los mejicanos, exaltado hasta el frenesí por el celo religioso que aquellos ecos despertaban, costó caro a Hernán Cortés el día a que nos referimos. En balde se afanó por sostener el brío de sus tropas; cedía completamente este ante la rabiosa perseverancia del enemigo. Cubierto de cadáveres el campo de la lucha, enrojecidas por arroyos de sangre las aguas del lago, desordenadas ya las huestes invasoras, buscando inútilmente camino de fuga, y más ensañado el vencedor a proporción que se mostraba más desalentado el vencido, llegó la noche a tender su lóbrego manto a aquella desastrosa escena. Solo así podía encontrar salvación el ejército derrotado, que a prolongarse el día, la hubiera buscado en vano. Las sombras propicias a la fuga y siempre esquivadas por los mejicanos, que creían funesto para ellos cualquier combate que no alumbrase el sol, favorecieron la retirada que por último verificó Cortés no sin grandísima fatiga, y después de dejar en el campo 11.000 muertos del ejército indio, —156→ 20 o 30 de los suyos, contándose entre ellos el bizarro Olea, que sucumbió defendiendo a aquel jefe como otra vez lo había hecho, aunque con mejor fortuna. Además de tan considerable pérdida, había sufrido el ejército invasor la de tres mil prisioneros que le hizo el enemigo, siendo sesenta de ellos soldados españoles, de los más apreciados por su caudillo.
-Este desastre no fue el único que experimentase en tan infausto día la temeraria gente, que hiciera por tanto tiempo a la victoria inseparable de sus banderas.
Pedro de Alvarado, que al comienzo de la batalla había obtenido considerables ventajas, perdiolas completamente cuando presentándosele de súbito una nueva hueste mejicana, arrojó a su campo, a guisa de prenda de reto, cinco cabezas españolas acompañándolas con estas aterradoras palabras:
-¡Allí tenéis a vuestro jefe y a sus mejores capitanes! Esas cabezas os enviamos para que sustituyan a la que vamos a quitar a vuestro Tonatioh, que así llamaban a Alvarado aludiendo a su hermosura.
Aquella ficción produjo el efecto que esperaban sus autores. Consternados los soldados a vista de aquellos sangrientos despojos, que según les decían, eran los de Cortés y sus oficiales; suspenso el mismo Alvarado a tan inesperado golpe, y acometido con indecible brío por aquella fuerza repentinamente aparecida y tan orgullosa con los trofeos de una reciente victoria, el éxito de la lucha no fue por largo tiempo dudoso. En el momento en que desbaratada la división invasora comenzaba a retraerse, perseguida encarnizadamente por el enemigo, los lúgubres sonidos del caracol de Huitzilopochtli acabaron de consumar la derrota de la una, llevando hasta el delirio el coraje furibundo del otro.
Nada pudiéramos decir que hiciese formar al lector idea tan exacta y terrible de los horrores de aquella retirada, que costó el capitán español la tercera parte de su gente; nada tan expresivo en su sencillez y desaliño como las palabras que refiriendo este desastre risa el ya tantas veces citado Bernal Díaz del Castillo. «Nos íbamos retrayendo, dice, oyendo tañer un como atambor de tristísimo sonido, digno instrumento de demonios, que retumbaba tanto que se oía desde dos o tres leguas de distancia. Era aquella una señal que mandaba dar a los suyos el emperador de Méjico para que entendiesen que habían de hacer presa o morir sobre ella. Retumbaba aquel sonido lastimando el oído, y oyendo los enemigos no sabré decir con qué rabia se metían entre nosotros, que si Dios no nos salvase imposible fuera lograrlo».
En medio de aquel conflicto que nos hace comprender el historiador cuyas palabras acabamos de trascribir, y del otro no menor en que se hallaron al mismo tiempo Cortés y Sandoval, los bergantines no podían prestarle los auxilios que de ellos se prometieran. Uno había sido apresado, otros se hallaban encallados en las enormes piedras y multitud de varas que con este objeto dispuso en la laguna el enemigo, cercándolos en tanto una flota de piraguas que con la incesante guerra que les hacían, no dejaban ocasión a los que estaban en ellos para procurar sacarlos de aquella estacada que los inmovilizaba.
Solo cuando el viento de aquella noche tan favorable a los derrotados se hizo sentir en el lago, pudieron los buques romper los obstáculos que los detenían, y tendiendo majestuosamente sus velas, se abrieron paso al través del movible muro de canoas, que los siguió sin embargo con más diligencia que buen éxito.
La retirada quedó de este modo efectuada completamente, aunque con la pérdida que era consiguiente a sus dificultades, y causando en el ánimo de Cortés uno de aquellos momentáneos pero dolorosos desalientos de que jamás se hallaron exentos los hombres audaces que nacieron destinados a grandes y difíciles empresas.
Herido, fatigado, escuchando todavía el jubiloso clamoreo con que celebraban el triunfo los mejicanos, paseábase delante de su tienda el caudillo español en la última hora de aquella noche de desastres. Cruzados los brazos sobre el pecho, abatido el semblante, meditabundo el gesto, deteníase de vez en cuando para levantar al cielo una mirada melancólica y casi acusadora, mientras escuchaba con estremecimientos nerviosos los lamentables ayes que exhalaban en torno suyo los innumerables heridos.
Otra figura igualmente pensativa y silenciosa se destacó de entre las sombras y se acercó paso a paso con grave lentitud hacia el paraje en que se había detenido el desconsolado jefe. Era Sandoval, su capitán predilecto, su amigo querido. Al conocerlo le tendió la diestra con muda expresión de gratitud, porque pensó que aquel, partícipe en otros días de sus triunfos y hoy de sus reveses, venía, como era justo, a prestarle alivio en su quebranto, o a compartirlo al menos. Dolorosa fue cual inesperada, la impresión que le causaron las primeras palabras que oyó salir de aquellos labios queridos, y acaso fue este uno de los más sensibles pesares que devoró su gran corazón durante aquel período amargo y glorioso de su agitada vida.
-¡Qué es esto! -articuló con áspero tono el —157→ ingrato capitán-. ¿Es una derrota vergonzosa el postrer resultado de los colosales proyectos, de las altas esperanzas que vuesa merced nos está hace tanto tiempo anunciando? ¿Es este el triunfo de sus ardides de guerra y de su decantada fortuna?
Guardó silencio Cortés un breve instante porque las lágrimas habían a su pesar humedecido sus párpados: magnánimo empero aun en los momentos de mayor exacerbación, dijo por último con imponente calma:
-Los hombres, amigo Sandoval, no son responsables de los caprichos del hado o de las disposiciones del cielo: la gloria no la da el éxito, sino la grandeza de la empresa. Si los reveses que lamentamos son obra de mis desaciertos, advertírmelos podéis y aun acusarme de ellos: si son efecto de adversa suerte, cruel seríais a la par que injusto en demandarme cuenta.
Apartose del capitán concluyendo esta frase; pero la herida que acababa de recibir su alma, pareció sacarla de su breve entumecimiento. ¡Venceré! -se dijo con aquella energía de voluntad, con aquella fuerza de convicción que en cualquier empeño es una prenda segura de victoria-. ¡Venceré!, pese al diablo, y esta mano que tantas ofensas deja impunes por intereses más elevados, plantará en este suelo ignorado, antes de que el estío acabe de agostarlo, el madero del Gólgota que hará eterno en él la memoria de mi nombre.
El sol comenzaba a aparecer en aquel momento alumbrando un espectáculo que debía ser atrozmente doloroso para los españoles.
A la distancia a que se hallaban de Méjico llegaron a sus oídos los sonidos de los tambores y clarines acompañados por la alegre vocería del pueblo; y poniéndose en observación, no tardaron en comprender la causa de aquel alboroto.
¡Los míseros prisioneros eran conducidos al sacrificio!