Guillermo Díaz-Plaja y el exilio a través de su epistolario
Marcelino Jiménez León
El amplio archivo epistolar de Guillermo Díaz-Plaja constituye un referente inexcusable para el estudio del conjunto de su producción y de su trayectoria biográfica. Se conserva en la Unidad de Estudios Biográficos, ubicada en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona y dirigida por la Dra. Anna Caballé. En 2009 se publicó una breve selección de este rico epistolario (Amat, Bravo y Díaz-Plaja, 2009) y en 2017 Anna Caballé insistió sobre los tesoros que alberga (Caballé, 2017). En el presente trabajo estudiaré la relación que Guillermo Díaz-Plaja mantuvo con algunos destacados representantes del exilio republicano de 1939 a partir de su epistolario, de 1881 cartas, depositado, como ya se ha señalado, en la Unidad de Estudios Biográficos; el estudio se completa con los materiales conservados en el Fondo Guillermo Díaz-Plaja (custodiados en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona)1, y con el análisis de su extensa obra memorialista: en especial Memoria de una generación destruida (1966), Retrato de un escritor (1978) y Entre la vida y los libros (1984)), y ensayística, así como de la bibliografía al respecto.
Debido a las limitaciones de espacio, me centro en cuatro figuras clave: Guillermo de Torre, Arturo Serrano Plaja, Max Aub y Américo Castro, y en un lapso de tiempo situado, básicamente, entre 1965 y 1968, fechas que, en palabras de José-Carlos Mainer, tienen «algo de ocaso y un bastante de alborear confuso, en términos históricos»
(Mainer, 2003: 18), y que resultan claves en la trayectoria profesional de Díaz-Plaja, pero también para lo que se ha dado en llamar la «operación retorno» de la narrativa del exilio (Larraz, 2011), en la que Díaz-.Plaja tomó parte (de hecho, el sintagma entrecomillado aparece en uno de sus artículos).
Pero, antes de entrar en cada uno de los personajes, quisiera señalar una cuestión clave de la obra y de la figura de Díaz-Plaja que él mismo subrayó (Santos, 1972: 136 y 152), que también la crítica ha destacado (Zuleta, 1968: 362; Díaz-Plaja Taboada, 2003; Mainer, 2003; Amat 2007: 271; Cotoner, 2009: 225-227; Butiñá, 2017; Tenorio, 2017; Jiménez León, 2019: 146) y que resulta clave para el tema que nos ocupa: su carácter «pontificial» o de hombre-puente. Con esta expresión se refería a su voluntad de ser un vínculo entre sus dos lenguas, la catalana y la castellana; entre el mundo barcelonés y Madrid; entre España y América; entre culturas teóricamente alejadas, como la rusa o la china, y la nuestra. Cierto es que la crítica más reciente (véase Amat, 2015) no ha contextualizado suficientemente este aspecto, y el presente trabajo pretende incidir en ello.
En la selección de su epistolario que se publicó bajo el título Querido amigo, estimado maestro. Cartas a Guillermo Díaz-Plaja) se puede constatar que desde fecha temprana Díaz-Plaja mantuvo contacto con el exilio (tanto con el interior como con el exterior). Un temprano ejemplo es la carta de Guillermo de Torre (fechada el 31 de diciembre de 1941), donde este afirma: «que existamos algunos, de un lado y otro del océano y de las tendencias, capaces de esta generosidad extra política, ya está bien. Por mi parte, yo tampoco he querido cortar los puentes»
; o la de Adrià Gual, fechada el 20 de septiembre de 1942, en la que se puede leer: «opino, contrariamente a la opinión de muchos, que entre hombres de destinos afines, la cordialidad debe imperar por encima de todo»
; cartas a las que se pueden sumar las de Juan Ramón Jiménez, Max Aub o Américo Castro, entre otros, y que nos permiten saber exactamente en qué consistieron esos puentes a los que Díaz-Plaja dedicó buena parte de su labor, como ya se ha señalado. Así, en 1972 Díaz-Plaja escribía, refiriéndose a la generación de 1936 (la suya) y al dilema que se le planteó al acabar la guerra civil: «Los que permanecimos aquí somos -lo hago constar con orgullo- los que hicimos cada vez más posible el diálogo progresivo y tolerante entre las Españas»
(Santos, 1972: 109). Por otra parte, sus continuos viajes a América le ayudaron a mantener contacto continuo con el exilio, y de todo ello queda constancia en su extenso epistolario, en su mayor parte inédito, según se analiza en este trabajo.
Guillermo de Torre y Guillermo Díaz-Plaja
El primer contacto entre Guillermo de Torre y Guillermo Díaz-Plaja en el epistolario de este último es una tarjeta fechada el 1 de enero de 19412 dirigida al «querido amigo y admirado compañero»
. El texto muestra la recuperación del contacto interrumpido con la guerra civil, porque el motivo de la tarjeta es claramente doble: por un lado, De Torre agradece a Díaz-Plaja su mención en Poesía española3 y, por otro, aprovecha para preguntarle «¿Qué pasa por ahí literariamente?». La carta va dirigida a Editorial Labor, de lo que se deduce que G. de Torre no debía tener la dirección particular de Díaz-Plaja. Por una anotación manuscrita de Díaz-Plaja en la misma postal, sabemos que tardó seis meses en responder: el 14 de julio de 1941 (pero no conservamos el texto). La respuesta de G. de Torre se demoró otros seis meses, está recogida en Amat, Bravo y Díaz-Plaja (2009: 88-90), y es muy indicativa de cuál es la actitud de ambos respecto a la ruptura que la guerra ha producido. Extracto algunos párrafos a modo de ejemplo. Escribe G. de Torre:
sepa que me pareció muy acertado cuanto me decía sobre América y ejemplar su curiosidad desinteresada. Otra suerte de atenciones, embozadas en sueños hegemónicos, no toleran la idiosincrasia espiritual de estos países. Que existamos algunos, de un lado y de otro del océano y de las tendencias, capaces de esta generosidad extrapolítica, ya está bien. Por mi parte, yo tampoco he querido cortar los puentes, y de mi interés por lo que ustedes -algunos de ustedes- hacen ahí tendrá muestra en cierta separata que le he remitido [...]. Me interesaría saber qué opina usted sobre el valor y carácter de esas dos últimas literaturas hispánicas, la peninsular y la «peregrina» que yo analizo [...]. Quisiera mandarle más cosas, mías y de mi editorial, pero nadie me asegura que lleguen en las circunstancias actuales. Desde luego, aquí se ve muy poco, por no decir nada, lo actual de España, salvo de dos o tres editoriales, pero creo que ahí se ve aún menos lo mucho y de calidad, español, americano y extranjero que ahora se produce aquí.
La siguiente carta de G. de Torre conservada en el epistolario de Díaz-Plaja data del 23 de mayo de 1946 (n.º 618), y nos informa de algo muy importante: este restablecimento de las relaciones va a tener como resultado el primer viaje de Díaz-Plaja a América tras la guerra civil (recordemos que su primer viaje a América es en 1934: véase Jiménez León 2018), que será el iniciador de los muchos que vendrán después. De la carta se deduce que es Díaz-Plaja quien plantea la posibilidad de viajar a Argentina. Después de tratar las cuestiones de tipo administrativo del viaje, hay una frase que da cuenta de la posición de los exiliados frente a la cultura oficial de España, pero también del papel que ocupa Díaz-Plaja en este sentido (téngase esto muy presente porque se reproducirá cuando más adelante analicemos su primer viaje a México, en 1952). Escribe G. de Torre: «Por mi parte, no hay que reiterarlo, me sería muy grato verle por aquí y charlar largamente con usted, insistiendo desde ahora también en que los medios intelectuales que a usted le interesaría frecuentar están de espaldas a todo lo "oficial" venido de ahí y sólo acogen sin recelos a los que, por lo menos, llamaríamos independientes»4
.
Que G. de Torre y G. Díaz-Plaja eran «críticos independientes» lo pone de manifiesto Carballo Picazo en la Historia General de las Literaturas Hispánicas dirigida por Díaz-Plaja (Díaz-Plaja, 1949-1967, vol. VI, p. 366), algo que el mismo Díaz-Plaja recordó a G. de Torre en su carta del 11 de diciembre de 1965 (n.º 1025), y en un artículo publicado en Destino en 19665, y que también subrayó, para ambos, G. de Torre en su carta a Díaz-Plaja fecha el 12 de febrero de 1966 (n.º 1032).
Afortunadamente, se conserva el borrador de la respuesta de Díaz-Plaja (n.º 619), y por él sabemos las conferencias que ofrece, y que tiene precisamente la intención de dar a conocer lo que se está haciendo en España, como muestran estos títulos: «Los nuevos valores españoles» o «El Instituto del Teatro de Barcelona» (conviene recordar que ese mismo año también fue a conferenciar Américo Castro6.
Después de esta carta hay un salto temporal muy importante en el epistolario entre ambos, pues la siguiente conservada es de casi veinte años después7, cuando ya Guillermo de Torre ha podido volver a España (y cuando ambos publican en La Nación de Buenos Aires). Lo importante es que nos permite constatar que la labor de tender puentes entre ambos lados del Atlántico no solo sigue activa, sino que se va ampliando y dando frutos, en circunstancias cada vez más propicias. De hecho, nos dice que la carta es «continuación de nuestra grata conversación en el saloncillo de la Revista de Occidente»
y por ella tenemos noticia de que Las lecciones amigas8 fue publicada en la colección «El Puente», de G. de Torre, por expresa invitación de este: no deja de ser significativa también la coincidencia entre el título de la colección y la labor «pontifical» de Díaz-Plaja9. Por su parte, Díaz-Plaja invita a Guillermo de Torre a participar en una colección de crítica y ensayo que se va a inaugurar con un tomo de Díaz-Plaja y otro de Laín Entralgo, bajo el título «Fiel contraste». De ambos proyectos continúa hablando la carta enviada por Díaz-Plaja a G. de Torre fechada el 11 de diciembre de1965 (n.º 1025). Aquí Díaz-Plaja señala el objetivo de su libro: «pienso concentrar una serie de trabajos relacionados con la formación de nuestra generación en cuanto a doctrinas estéticas (tradición retórica, Menéndez Pidal, Azorín, D'Ors, Ortega, Unamuno, Maragall, etc.)»
. Y sobre todo le habla de un proyecto que no llegó a cuajar, pero que pone de manifiesto el interés de Díaz-Plaja en burlar la censura y dar voz al exilo:
voy a botar una nave que le va a sorprender. Vamos a lanzar (le ruego por ahora discreción sobre ello) una revista trimestral de Sociología y Cultura, y de gran calidad literaria, que aparecerá nada menos que en Andorra y aunque destinada a venderse en España intentará beneficiarse del tipo censura que las publicaciones de importación tienen sobre las que se imprimen en el país. La revista se titulará, seguramente, NORDESTE y la dirigiré yo. Han aceptado figurar en el consejo de dirección Pedro Laín Entralgo, José M.ª Valverde, probablemente Paul Merimée, de Toulouse y quisiéramos ahora dos nombres de Hispanoamérica. Para Méjico pienso que Max Aub, viejo y muy querido amigo, aceptará estar con nosotros. ¿Quiere Vd. cubrirnos la vertiente porteña? Sería para nosotros motivo de honor y de contentamiento.
G. de Torre contesta muy poco después10, agradeciendo su «larga y cordialísima carta última»
, y aceptando la invitación para colaborar en Nordeste. El resto de la correspondencia entre ambos11 está centrada en la publicación de Las lecciones amigas, pero la n.º 1028 (27-1-1966) nos interesa especialmente, porque aparece por vez primera una mención a Arturo Serrano Plaja: por esta misiva sabemos que G. de Torre declinó su invitación a participar con un ensayo en «El fiel de la balanza», debido al exceso de trabajo que le generaba la colección «El Puente», y en su lugar propuso a Arturo Serrano Plaja.
La penúltima carta conservada entre ambos (n.º 1034, del 25 de agosto de 1966) resulta muy interesante por varias razones. Díaz-Plaja insiste en que Las lecciones amigas «un doble deber de gratitud y de desagravio»
para con la generación de sus maestros. Y añade: «En cualquier caso, comprendo muy bien las razones que le mueven a no querer dejar de estar presente en España y yo por mi parte colaboraré en ello con toda mi afectuosa amistad»
. Finalmente, la carta también es muy útil porque muestra el tipo de crítica que quiere ejercer Díaz-Plaja en ABC y porque sabemos que G. de Torre invitó a Díaz-Plaja a Argentina «como conferenciante y jurado de un concurso de poesía. Para mí sería un gran honor y una gran satisfacción pues ya sabe cuántos amigos tengo en ese país»
. La última carta (la n.º 1035) certifica la entrega del original de Díaz-Plaja a Edhasa. Así finaliza el epistolario entre ambos, que da clara muestra de sus comunes esfuerzos por una crítica independiente y por el restablecimiento de las relaciones entre la literatura peninsular y la del exilio.
Arturo Serrano Plaja y Guillermo Díaz-Plaja
Como hemos señalado antes, fue G. de Torre quien intercedió para que Arturo Serrano Plaja publicase un volumen de ensayos en la colección «El Fiel de la balanza», dirigida por este último. En el epistolario de Díaz-Plaja se conservan dos cartas de Serrano Plaja a Díaz-Plaja (n.º 1000, del 30-3-1966, y n.º 1001, del 25-3-1966) y una de Díaz-Plaja a Serrano Plaja (n.º 1028, del l27-1-1966).
Según hemos podido comprobar, el epistolario que estamos trabajando es una muestra de cómo se fueron tejiendo las redes entre ambos lados del Atlántico entre quienes se conocían de antes de la guerra (caso de G. de Torre, Max Aub o Juan Ramón Jiménez) o entre quienes no se conocían, como el caso que nos ocupa (o el de Américo Castro, como veremos más adelante). La primera carta de Serrano Plaja es claramente desenfadada y una buena muestra de su voluntad por establecer un contacto fluido. La segunda está condicionada por la falta de respuesta a la primera (Díaz-Plaja había emprendido uno de sus largos periplos, y ello motivó la tardanza en la respuesta). La tercera y última es la de respuesta de Díaz-Plaja (n.º 1037, fechada el 30 de marzo de 1966). Citamos un fragmento por su relevancia: «es curioso que sea a través de esta incidencia [la propuesta de Guillermo de Torre] cuando se haya producido nuestro primer contacto, después de las posibilidades que ofreció nuestra coincidencia en España, primero, y mis salidas al extranjero, después. Coincidimos en cronología, aficiones y acaso en consanguinidad. En cualquier caso, sea enhorabuena el contacto»
. Le dice que la colección va muy lenta (hay ensayos previamente comprometidos con Pedro Laín Entralgo, Julián Marías, Vicente Risco y Salvador de Madariaga), y le pide que valore si le conviene esperar. Finalmente, el ensayo de Arturo Serrano Plaja, El arte comprometido y el compromiso del arte, y otros ensayos aparecería publicado por la editorial Delós-Aymá, en la colección «Fiel contraste» en 1967. Este nuevo proyecto editorial se presentaba así: «La colección Fiel contraste, de crítica y ensayo, será un índice de testimonio y denuncia de nuestra vida cultural»
, y fue inaugurada por Díaz-Plaja con su Memoria de una generación destruida, volumen al que siguieron los de José Cruset, Pedro Laín Entralgo, Rafael Olivar-Bertrand y Arturo Serrano Plaja. Es decir, estos cinco primeros autores son miembros de la generación del 36: tres de ellos en España y dos en América, lo que corrobora esa voluntad, por parte de Díaz-Plaja de tender puentes.
Max Aub y Guillermo Díaz-Plaja
En realidad la correspondencia entre ambos es muy exigua, pues en el archivo epistolar de Díaz-Plaja constan solo tres cartas con Max Aub12, de las cuales únicamente se ha publicado una. Este breve epistolario se inicia con el agradecimiento que hace Díaz-Plaja a Aub por el artículo que este publicó en el n.º 224-225 de la revisa Ínsula (julio-agosto de 1965), donde otorgaba a Díaz-Plaja un papel destacado en el ámbito de la erudición literaria. Que el juicio de Aub agradó mucho a Díaz-Plaja queda de manifiesto no solo por esta carta, sino porque Díaz-Plaja reprodujo ese cuadro en dos de sus obras: Memoria de una generación destruida (Díaz-Plaja, 1966: 180) y Retrato de un escritor (Díaz-Plaja, 1978: 189)13.
Es sabido que Díaz-Plaja y Aub se habían conocido en Barcelona, antes de la guerra (Díaz-Plaja, 1966: 130) y que se habían reencontrado en México, en 1952 (Díaz-Plaja, 1978: 337). Desde el punto de vista del acercamiento, se nota buena voluntad tanto por parte de Díaz-Plaja (con expresiones como «mi muy querido amigo»
o «con todo mi afecto apoyado en una amistad "histórica"»
, en la 1043), como por parte de Max Aub, quien escribe: «me da mucho gusto recibir tu carta»
y le envía recuerdos para Luys (se refiere a Luys Santa Marina, amigo común y contertulio del Lyon d'Or), en la n.º 802. Sin embargo, sabemos también que Aub había retratado de manera poco halagüeña a Díaz-Plaja tanto en Campo cerrado (1943) como en Las buenas intenciones (1955)14, y tampoco es mucho más favorable lo que dice de él en La gallina ciega (1971)15. La crítica se ha detenido mucho más en estos textos de Aub que en lo que Díaz-Plaja dijo de Aub, y que puede leerse en Memoria de una generación destruida (1966) y Europeo en el exilio (1973). Está demostrado que en el momento de escribir estas frases sobre Aub, Díaz-Plaja conocía lo que el insigne exiliado había dicho de él, y aun así no hay voluntad alguna de revancha o venganza. Así, para las dos primeras citas dice: «Algunos reflejos anecdóticos -y un poco fantásticos- de esta tertulia [se refiere a la del Lyon d'Or, donde coincidieron Aub y Díaz-Plaja] pueden encontrarse en los relatos Campo abierto y Las buenas intenciones»
. El segundo texto al que aludo es la sentida necrológica que Díaz-Plaja publicó en La Vanguardia16, y que representa un rápido repaso de la estrecha relación que les unió, y por la que sabemos que el reencuentro entre ambos se produjo, sobre todo, tras los viajes de Díaz-Plaja a México, es decir, con anterioridad al viaje que realizó Aub a España en 1969 y que dio lugar a La gallina ciega. De su labor en México dice Díaz-Plaja: «sigue inventando, fabulando los recuerdos de su vida en torno a la guerra civil -Campo de sangre-. Ironiza, ataca, construye, proyecta, sueña»
(Díaz-Plaja, 1973: 221).
En Retrato de un escritor (Díaz-Plaja, 1978: 335-342) realiza un certero análisis de lo que supuso su primer viaje a México, en 1952, gracias a la invitación del profesor Francisco Monterde:
A su invitación debo el honor de ser el primero de los españoles que después de la Guerra Civil decía públicamente su palabra desde las tribunas mexicanas. No era sencillo. Sin relaciones diplomáticas, con una espléndida constelación de emigrados intelectuales en los puntos-clave de las cátedras y del periodismo, la decisión tenía todo el aire de una aventura [...]. Hacía falta explicar como en parte alguna a los emigrados republicanos españoles que en España permanecíamos muchos de los que pertenecíamos al bando vencido y que, por ello, nos estaba destinado el papel de añadir una sordina de equilibrio a la vocinglería del vencedor. Gracias a nosotros, una contrapartida de normalidad [se] empezaba a dibujar lentamente.
(337-338)
La importancia de la proyección de la figura y la obra de Díaz-Plaja en México ha sido estudiada por Tenorio Trillo (2017: 143-169), quien afirma que leer sus libros en México:
era subirse al puente que con tanta autoconciencia creó Díaz-Plaja [...]. Fue en un tiempo el gran difusor, el sintetizador elocuente, como su hermano Fernando [...]. También como Vicens Vives, como Alfonso Reyes, o Martín Luis Guzmán, Díaz-Plaja fue, en el mejor de los sentidos posibles, un empresario de las letras; sabía publicar y difundir sus libros. Cuando estuvo en México, lo primero que hizo fue contactar con editores, Porrúa, Salvat, A. Orfila. De ahí el útil y popular manual de historia de la literatura española y mexicana que Díaz-Plaja y Monterde publicaron en México con Porrúa.
(147)
Tenorio Trillo subraya también el especial papel que tuvo Max Aub, quien fue «el verdadero contacto de Guillermo Díaz-Plaja en México»
(pp. 152-155). Pero todo ello cambiará en la década de 1980: «Guillermo Díaz-Plaja estaba en el índice de los prohibidos, porque se quedó»
(p. 147).
Américo Castro y Guillermo Díaz-Plaja
Como en el caso de Max Aub, las cartas conservadas de Américo Castro en el epistolario de Díaz-Plaja son muy pocas17, pero significativas para el tema que nos ocupa. Este breve epistolario comienza porque Castro escribe a Díaz-Plaja para excusarse por no haber visto antes su obra El espíritu del barroco: tres interpretaciones (Barcelona, Apolo, 1940), y que de haberlo sabido antes lo hubiera tenido muy en cuenta18.
La respuesta de Díaz-Plaja es entusiasta hacia el maestro y da cuenta también de hasta qué punto la incomunicación cultural de los primeros años les perjudicó. Muy interesante es también el párrafo con el que Díaz-Plaja se presenta ante Américo Castro y que muestra, una vez más, su capacidad para adelantar acontecimientos:
pertenezco al grupo de españoles que, después de la guerra, que me sorprendió en zona republicana, donde permanecí todo el tiempo de la contienda, decidió quedarse sencillamente para continuar en un plano de exigencia puramente cultural, que al cabo de los años entiendo que ha servido para desarticular muchas actitudes fanáticas e intransigentes. Cuando se haga el balance de estos veinticinco años creo que habrá de hacerse justicia a esta tarea denodada y no siempre bien entendida.
La respuesta de Castro a esta carta fue calificada por Díaz-Plaja como «modelo de elegancia espiritual»19
, y más recientemente ha sido considerada por Anna Caballé (2017: 64-65) como «mi carta preferida de todo el epistolario»20
. Desde luego es un texto que muestra la fuerza y el espíritu combativo de Américo Castro hasta el final de su vida. Desde el punto de vista que nos interesa, destaca sobre todo su voluntad de charlar con Díaz-Plaja: «huelga decir que tendré mucho gusto en conocerle»
. En la de Díaz-Plaja de octubre de 1968 (la última conservada, n.º 1302) se insiste en la necesidad de «charlar largamente en torno a una taza de café, puesto que tengo verdaderos deseos de tener con usted un intercambio de ideas»
.
Conclusiones
En definitiva, este rápido análisis demuestra, en primer lugar, el valor del epistolario, pues nos permite acercarnos mejor a la realidad de su quehacer cotidiano, a los entramados personales, que son muchas veces la clave imprescindible para acabar de entender actitudes y proyectos. Más en concreto, en el caso que nos ocupa, acredita la función de puente de Díaz-Plaja, y permite testimoniarla en casos muy significativos (a los que podríamos añadir otros que han quedado fuera por falta de espacio, como sería el de Juan Ramón Jiménez). Conviene una reflexión final sobre las fechas de la mayoría de estas cartas: entre 1965 y 1968, lo cual no es baladí: recordemos que Díaz-Plaja
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