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El principio de este capítulo es uno de los pasages mas interesantes de la crónica, y participa de la sencilla é ingénua sublimidad de Homero. Un rey mozo casi avergonzado de su victoria y espiando con inquietud las miradas de sus nobles temeroso de ser reprendido, unos campeones que se creen en el caso de reprimir su temerario valor y en cuyos severos cargos traspira un celo tan paternal á par de tan sumisa abnegacion, son caracteres de belleza inimitable; y la impaciencia de Raimundo y la indulgente benignidad de Guillermo acaban de realzar el cuadro con su contraste.
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Aun cuando no existiera tan razonable disculpa, poco debe sorprender la inobservancia de las disposiciones del rey por mas justas que fuesen y encaminadas al provecho general, como esta que tenia por objeto guardar el campamento y ponerlo al abrigo de toda sorpresa. No es ciertamente en la espedicion de Mallorca, llevada á cabo con entusiasmo y unanimidad nunca vista, donde buscarse deben los mas notables ejemplos de la indisciplina que disolvia los ejércitos y frustraba las empresas mejor combinadas; y sin embargo al seguir su historia, amenudo creeremos asistir á las bruscas é irregularidades acometidas de imprevisores aventureros, mas bien que a los movimientos de cuantiosas y organizadas tropas con un monarca á su frente. La sujecion de las milicias feudales á sus respectivos señores, la veleidad de las advenedizas y voluntarias, la venalidad de las que tomaban sueldo, el límite por privilegios convenios á la duracion de las campañas, eran otras tantas rémoras para todo plan vasto, para toda empresa grandiosa; y hartas veces en el mayor apuro ó en el crítico momento de lograr sus afanes, veia el soberano desbandarse la inmensa hueste de que no era el alma ni el caudillo apenas, impotente para retenerla ni con ofrecimientos ni con amenazas. Las hazañas de Jaime I resaltan mas y mas admirables conforme se profundizan los obstaculos que la época les opuso.
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En Santa Ponza no habian desembarcado sino las taridas y doce galeras; las naves mayores y el grueso de la armada, que hasta el lúnes por la mañana no se movieron de la Palomera, no sabiendo el punto donde aportaron aquellas y no divisándolas á causa de las sinuosidades de la costa, siguieron mas allá su rumbo, y doblando el cabo de la bahía de Palma, anclaron en la ensenada de la Porrasa. Antes de llegar supieron por una barca espedida de Santa Ponza el desembarro del rey y su primera victoria, doliéndose los caballeros y los soldados que en los buques venian de no haber asistido á la jornada y de hallarse separados del cuerpo principal del ejército. Al anochecer del martes vieron asomar ácia oriente la numerosa y ordenada hueste, del rey sarraceno precedida de avanzadas; y observaron que tomando la pendiente de la cordillera, se detenia alli disponiéndose para el combate. Véase á Desclot §. 30. En lo mas recio de la batalla del siguiente dia, saltó á tierra la division de la Porrasa a reunirse con el rey y con sus barones, y atacando sin duda por el flanco derecho al enemigo, pudo contribuir mucho á su completa dispersion.
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Era D. Ladron hijo de D. Pedro Ladron oriundo de Navarra, hombre de nobilísimo linaje que acompañó fielmente al rey en todo tiempo: en su posada hubo de comer y albergarse D. Jaime en el dia inmediato á la toma de la capital, mientras sus criados corrian por las calles desbandados con la codicia del botin.
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El martes 11 se pasó tranquilamente; el rey permaneció en sus tiendas de Santa Ponza, la armada en la Porrasa; las divisiones sarracenas derrotadas y dispersas en el primer combate fueron juntándose sin duda al ejército principal que salió de la ciudad aquella misma tarde. Sin el aviso de los de la Porrasa hubiera tal vez aquella formidable hueste sorprendido al campamento cristiano desprovisto de centinelas; bien que el cansancio pudo mas que la alarma en nuestros campeones, para algunos de los cuales iba á amanecer el postrer dia.
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Una exhortacion semejante, aunque mas breve, pone Desclot en boca del rey mismo, y refiere que despues de haberse confesado todos, á saber, arrepintiéndose en sus corazones y recibiendo en comun la absolucion, comidos y armados ya, plegaron las tiendas y avanzaron con todo el bagaje, como si se tratara simplemente de marchar y como si no fuera posible una derrota que les obligase á retroceder.
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Esta generosa porfia con que los dos ilustres barones se cedian mutuamente el honor de guiar la vanguardia, pudiera admitir mas siniestra interpretacion si se atiende á su enemistad mal apagada, y á la estudiada dilacion de Nuño que comprometió la vida de los Moncadas. Las palabras de Raimundo son algo mas esplicitas en la crónica del rey: En Nuno, be sabem perque ho fets, per amor que vos hajats de malas feridas de la batayla que devem albergar á la Porrassa. Esta observacion tal vez encierra una ironía; tal vez indica que creyendo mas lejos al enemigo, no esperaban trabar combate serio hasta el dia siguiente en que Nuño se proponía llevarse la prez de la jornada. Desclot refiere que el rey otorgó la vanguardia al de Bearne, y trae la breve y animosa arenga que este dirigio a sus caballeros y parientes en el momento de marchar.
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Habíase distinguido Rocafort como caballero de la mesnada real en la campaña de urgel, y tal vez sea el mismo á quien cupieron 56 caballerías de las asignadas á los hombres de Marsella.
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Dice Desclot que los peones retrocedieron á vista de la muchedumbre de enemigos que ocupaban la otra parte de la cordillera, hasta que sostenidos por la caballería de Moncada y de los Templarios no dudaron acometer. Segun los detalles de la accion que nos trasmite aquel cronista en los §. 32 y 33, el vizconde de Bearne llevó en ella su valor hasta la temeridad. Ganada á viva fuerza una colina de cuya ocupacion dependia la suerte del combate, destacó toda su compañia de caballeros contra doce mil sarracenos que acudian á desalojarle, y se quedó solo con un caballero para defender su posicion; de suerte que aislado enteramente de los suyos, estrechado en derredor por el enemigo, sin poder siquiera valerse de su caballo por la aspereza del terreno, sucumbió sin posibilidad de socorro. Raimundo de Moncada, que siguió la bandera y el grueso de la division, tropezando con su caballo murio en lo mas recio del choque.
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Estas palabras indican que Mediona murió víctima de su pundonor resentido con la dura leccion del soberano, pero en la crónica de este se lee tan solo: «A cap de peça que nos guardam no'l vehem; y siguiéndole con los ojos un rato, le perdimos de vista». No es de creer que este fuese, como piensa Zurita, el mismo caballero que sostuvo al lado de Guillermo de Moncada todo el ímpetu de los sarracenos, y que viendo muerto á su señor escapó de ellos mal herido en la cabeza y en la cara, pues sus heridas debieron ser harto graves segun lo tremendo de la lucha, y no leves como las de Mediona.