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«Eran tales, tantos y tan bien combinados los objetos de esta formidable empresa, que, sin una declarada oposición a nuestros designios de la Providencia divina, no habrían podido nuestros enemigos evitar los terribles males que les amenazaban.» Memorial presentado al Rey, etc.

 

852

Todos los trámites de las negociaciones que produjeron el tratado de paz de 1783, se hallan explicados perfectamente en el memorial de Floridablanca.

 

853

D. Ambrosio de Funes Villalpando Abarca de Bolea, conde de Ricla y ministro de la Guerra, falleció el 15 de julio de 1782, a los sesenta años. D. Manuel de Roda, ministro de Gracia y Justicia, el 30 de agosto, a los setenta y cinco. Carlos III escribió a Tanucci muy dolido del fallecimiento de este último ministro, y aquel le contestó estas palabras: «Es propio de la sublimidad de la mente y del corazón de V. M. el sentimiento por la muerte de D. Manuel de Roda, tan buen servidor de V. M. Yo le conocí en Italia y celebré su buen entendimiento y su doctrina de jurisprudencia, emanada de la historia eclesiástica, tan necesaria para tener a los eclesiásticos a raya. También conocía perfectamente a los jesuitas, con el debido aborrecimiento a su conducta, requisitos necesarios en un ministro de Estado, a quien corresponden los negocios de justicia y de la Iglesia:» 23 de setiembre de 1782. -En la Gaceta de Madrid se dio cuenta de su fallecimiento, notando la celebridad que gozaba dentro y fuera de España por su vasta instrucción, erudición y literatura, encomiándosele asimismo por su gran prudencia y juicio, integridad de costumbres y constante práctica de todas las virtudes cristianas. Para que se conservara la memoria de tan digno ministro, se nombró marqués de Roda a D. Miguel Joaquín Lorieri, del Consejo Real, y su heredero, en representación de su sobrina doña Francisca de Alpuente y Roda. Se halla enterrado en la capilla del Cristo del Real sitio de San Ildefonso, y sobre su sepulcro se lee este epitafio:

Regi saeculorum immortali.

-S.-

Emmanuel de Roda et Arrieta, Caesaraugustanus, Carolo III Hispaniarum Regi a sanctioribus Gratiae et Justitiae negotii, integritate vitae, morum innocentia, pietate in Deum et homines, eximius ac paene singularis; qui tum variis doctrinae atque ingenii monumentis, tum in eo maxime se jureconsultissimum exhibuit, ac probavit quod in summo honorum fastigio supraque omnem fortunae aleam positus. -Honeste vixerit: alterum non laeserit, suum cuique tribuerit. -Obiit XXX Aug. MDCCLXXXII. -Annos nat. LXXV.

 

854

«Memorial de Floridablanca.» En su texto se hace mención honorífica de los servicios prestados en la embajada de París por Aranda; y los despachos de oficio, al firmarse la paz, están llenos de expresiones halagüeñas a aquel celoso y entendido personaje. Otras gracias no podían tocarle, pues había escrito a Floridablanca el 7 de julio de 1781: «Por mi persona tampoco me queda carrera, porque llegué por todas vías al non plus ultra, sin quedarme más que procurar el morir in odore sanctitatis

 

855

Memorial presentado al Rey Carlos III, etc.

 

856

MURIEL (D. Andrés) la inserta en el cap. 3.º adicional a la España bajo los Borbones, t. VI. La copia de la colección de manuscritos del duque de San Fernando. No sé que antes de Muriel la haya publicado otro alguno; de muchos que posteriormente la han citado, no me falta noticia. Con que un escritor de cierto nombre publique una novedad, se acredita velozmente; pero es menester buscar los datos que la sirven de apoyo. Según lo dicho por Aranda en su correspondencia con Floridablanca, la cual existe íntegra en el archivo de Simancas, me parece demostrar la inverosimilitud de que dicha representación sea obra suya.

 

857

Aranda a Floridablanca: 28 de diciembre de 1778.

 

858

«Mi tema es que no podemos sostener el total de nuestra América, ni por su extensión ni por la disposición de algunas partes de ella, como Perú y Chile, tan distantes de nuestras fuerzas, ni por las tentativas que potencias de Europa pueden emplear para llevársenos algún girón. Vaya, pues, de sueño. Portugal es lo que más nos convendría, y solo él nos sería más útil que todo el continente de América, exceptuando las islas. Yo soñaría el adquirir Portugal con el Perú, que por sus espaldas se uniese con el Brasil, tomando por límite desde la embocadura del río de las Amazonas, siempre río arriba, hasta donde se pudiese tirar una línea que fuese a parar a Paita, y aun, en necesidad, más arriba de Guayaquil. Establecería un infante en Buenos-Aires, dándole también el Chile; y si solo dependiese en agregar este al Perú, para hacer declinar la balanza a gusto del Portugal en favor de la idea, se lo diera igualmente, reduciendo el infante a Buenos-Aires y dependencias. No hablo de retener Buenos-Aires para España, porque, quedando cortado por ambos mares, por el Brasil y el Perú, más nos serviría de enredo que de provecho, y el vecino por la misma razón se tentaría a agregársele. No prefiero tampoco el agregar al Brasil a toda aquella extensión hasta el cabo de Hornos, y retener el Perú o destinar este al infante, porque la posición de un príncipe de la misma casa de España, cogiendo al dueño del Brasil y Perú, serviría para contener a este por dos lados. Quedaría a la España desde el Quito, comprendido, hasta sus posesiones del Norte y las islas que posee al Golfo de Méjico, cuya parte llenaría bastante los objetos de la corona, y podría esta dar por bien empleada la desmembración de la parte meridional por haber incorporado con otra solidez el reino de Portugal. Pero ¿y el señor de los fidalgos, querría buenamente prestarse? Pero ¿cabría, aun queriendo, que se hiciera de golpe y zumbido? Pero ¿y otras potencias de Europa, dejarían de influir o obrar en contrario? Pero... y cien peros; y yo diré que soñaba el ciego que veía y soñaba lo que quería.» Aranda a Floridablanca: 1786.

 

859

Por Real providencia de 22 de febrero de 1778.

 

860

Es sabido que la América española se alzó de un cabo a otro impulsada por el aborrecimiento a depender de un rey intruso, ni más ni menos que se alzó la metrópoli como un solo hombre respondiendo al heroico grito del 2 de mayo. Documentos sobre esto se pueden hacinar sin fatiga. Limítome a citar en corroboración un escrito notable que ha caído por estos días en mis manos, y se halla en el primer número de la Revista española de ambos mundos. Quien lo firma es persona muy competente, y que para brillar con legítimo renombre no ha menester que yo manifieste que figura muy en primera línea entre los hombres doctos de la edad presente, no solo en nuestro país, sino también en los extranjeros; y es oportunísimo añadir, para avalorar toda la autoridad de sus aserciones, que ha residido muchos años en varios puntos de la que fue América española. «La separación de las colonias (dice) fue, pues, y debió ser, no un acto de libre determinación, no una necesidad, no el desenlace de un drama preparado de antemano, no la reventazón de pasiones comprimidas, no la ejecución de planes preexistentes, no la expresión de un voto público: fue la consecuencia forzosa, imprescindible, de lo que estaba pasando en la península. Lo prueba del modo más luminoso la simultaneidad con que se realizó en todos los centros del poder delegado. Méjico se emancipó sin saber cómo pensaba Chile, y Buenos-Aires sin ponerse de acuerdo con Caracas.» De la situación actual de las repúblicas sur-americanas, por D. JOSÉ JOAQUÍN DE MORA.