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331

«1.ª Que ninguno de sus hermanos entiende el espíritu que les enseñó su padre Juan Francisco, sino sólo él, porque al morir su padre se le infundió o pasó a él todo su espíritu, y que ninguno de los otros lo entenderá hasta que lo entienda y practique yo; a quien eligió Dios por padre espiritual de ellos, y añadió que no tenía él más días de vida que lo que tardase yo en entender y practicar este espíritu, y que luego que esto sucediese, moriría, porque sólo vive porque no se sepulte el espíritu   —482→   de su padre, y que habiendo otro que lo enseñe, cumplió con su ministerio: temeraria et arrogans.

»2.ª Que desde San Ignacio acá no ha habido hijo más parecido a San Ignacio que su padre Juan Francisco: temeraria, scandalosa et piarum aurium offensiva.

»3.ª Que las pláticas de su padre no eran discursos adquiridos por industria propia, sino revelaciones del Espíritu Santo, y que así las creía, y que habló su padre en ellas como habló Moisés y los demás profetas en sus revelaciones, y que no había más diferencia entre unas y otras revelaciones que estar unas admitidas y declaradas por la Iglesia y otras no: herética.

»4.ª Oponiéndole yo que no podían ser revelaciones del Espíritu Santo dichas pláticas, pues en ellas había yerros materiales contra la Escritura (como es decir en la plática de la dominica séptima post Pentecostem, que después de haber arrebatado Dios a San Pablo al tercer cielo, le señaló por maestro a Ananías para que le enseñase, lo cual es falso y error, como consta de la Escritura, pues le señaló Dios por maestro a Ananías al principio de su conversión, y el rapto fue doce años después, como nota Cornelio sobre este lugar), me respondió muy alterado que no era yerro, que así era como su padre lo decía, y que así se debía creer, y que lo creyese yo así porque hablaba por su padre el Espíritu Santo, y que también tenía él su Biblia y entendía muy bien los sentidos de ella, y aún me añadió que volviese a leer la Escritura, y que hallaría y entendería que el sentido de ella era como su padre decía: herética.

»5.ª Quiso persuadirme que no hiciese otra mortificación porque cualquiera otra no me aprovecharía, antes me dañaría, sino mortificar el discurso en declarar cuantas razones se me ofreciesen contra lo que su padre decía, y en creer a ojos cerrados que el citado punto de la Escritura era cómo y del modo que su padre decía: Molinos.

»6.ª Que cuando él muriese me dejaría por armas, para toda la Iglesia, en primer lugar, la Biblia, y, en segundo, las pláticas de su padre, y, en tercero, al doctor Taulero: scandalosa.

»7.ª Que estaba dispuesto a defender la doctrina de su padre: temeraria et in doctrina est supra allata, herética».

 

332

Esto nos recuerda el caso que cuenta don Juan de la Sal, obispo de Bona, en carta al Duque de Medinasidonia, sucedido en Sevilla, en julio de 1616. «Ha mucho tiempo, refiere el Obispo, hace notable ruido la santidad aparente y lucida en extremo de un sacerdote seglar llamado el padre Méndez... Publica desde el día 1º de julio... que a los veinte pasará de este mundo al Padre Eterno, y está Sevilla llena de esta profecía... El viernes en la noche, a los quince de julio, le dijo al padre Guardián que le diese licencia para ir a decir la última misa a casa de sus hijas (que es un retiramiento de doncellas pobres que él tiene recogidas) y que le hiciese merced en su entierro de honrarlo con sus frailes. Recibida la bendición del Guardián, y despedídose de él para morirse, salió del convento buen rato después de anochecido, y de camino quiso antes consolar a una señora principal, su hija de confesión de las que más firmes estaban en la creencia de su muerte. Hallola que estaba acostada; mas, levantose en los aires en oyendo decir que estaba ahí el maestro, y después de los últimos abrazos, le pidió ahincadamente que, por la despedida, le dejase santificada su cama con acostarse un rato en ella. Él, como es un cordero sin mancilla y una paloma sin hiel, no tuvo corazón para negarle su cuerpo. Acostose en la cama como un ángel, y en habiéndola santificado, volviose a levantar y prosiguió su camino...». Biblioteca. de autores españoles, t. 36, págs. 539 y sigts.

 

333

Carta de Fr. Manuel Barona a la Inquisición, fecha 20 de septiembre de 1713. En esta ocasión anunciaba también Barona al Tribunal que había llegado a Valparaíso, en un navío francés, un tal don Juan Loaisa, y que circulándose esto por   —502→   la ciudad, trató de prenderlo, lo que no logró porque Loaisa no se atrevió a desembarcar; y, por fin, que remitía una denunciación contra don Nicolás de Iparraguirre.

 

334

El padre Urraca, en carta escrita dos días más tarde, dice que la prisión de Ubau «había ocasionado gran ruido y confusión en la ciudad».

 

335

He aquí la diligencia relativa a este último, con el inventario de la ropa que llevaba. «En el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de los Reyes, en quince días del mes de noviembre de mil setecientos y diez y ocho, por ante mí el infrascripto secretario del Secreto, don Francisco Romo Barajas, alcaide de las cárceles secretas de esta Inquisición, cato y miro el cuerpo de don José de Solís, español, natural de Santiago de Chile, en donde era vecino, de edad de cincuenta y dos años, poco más o menos, al cual no se le halló cosa alguna de las prohibidas en la instrucción, y las señas de su cuerpo son las siguientes: de mediana estatura, carilargo, rosado, pelo negro, corto, barbirrubio, poblada la barba, ojos azules, el cual fue recluido en la cárcel número 21, y entregado a dicho alcaide el domingo 13 del corriente a la oración, y trajo en su cuerpo la ropa siguiente: cinco camisas; cuatro calzones blancos; cuatro pares de medias de lana; dos corbatas; cuatro pares de escarpines; dos pares de calcetas de lana; una anguarivilla o chupa de sempiterna colorada; una anguarina de piel de fremusgo forrada en bayeta; un jubón de tripe a flores, musgo viejo; zapatos negros; un sombrero de castor blanco, un colchón de cotense, viejo; una sábana de ruán; una sobrecama blanca de canfibillo; una colcha de Chiloé, de colores; un poncho musgo; unos calzones de tripe colorado, viejos; un corte de calzones de paño de Quito, musgo; una mantera de paño musgo; tres varas de bayeta de la tierra verde; un almofrej viejo.

«Todo lo cual se quedó en su persona y cárcel, y el dicho alcaide se obligó a tener a dicho preso en buena custodia y guarda hasta que otra cosa se le mande por este Santo Oficio, y lo firmó, de que doy fe. -Francisco Romo Barajas. -Pasó ante mí. -Don José Toribio Román de Aulestia».

 

336

El religioso aludido aquí es sin duda fray Pedro Bardesi, de la orden de San Francisco. «Unos, dice su biógrafo, postrados ante el féretro, besaban los pies y las manos del venerable difunto, reconocidos a sus beneficios; otros cortaban pedazos del hábito para llevarlos, por reliquias, etc». Gandarillas, Vida del venerable siervo de Dios Fr. Pedro Bardesi, p. 126, segunda edición.

 

337

Con más exactitud, de la anteiglesia de San Miguel de Arasola, cerca de Durango. Carta del Consejo, de 13 de marzo de 1736.

 

338

Tuvo esto lugar el 19 de marzo de 1719. El cadáver fue trasladado a la cárcel para ser allí enterrado.

 

339

«Los sentimientos que Dios le daba en su cárcel» los iba escribiendo Solís en el papel que solía el Tribunal concederle, alcanzando a más de doscientas páginas en folio en la copia que poseemos.

Como muestra de esos sentimientos, tomamos al acaso las líneas siguientes: «Digo y lo diré mil veces para descargo de mi conciencia, que si todas las Escrituras   —525→   Sagradas faltasen -que eso no puede ser con la gracia de Dios- no me apartara un punto de nuestra santa fe católica romana, porque después de seguir y creer lo que nos enseña nuestra madre la Iglesia en el mismo Dios, que es la misma Escritura, lo ha visto todo el que fuere contemplativo, y sabrá por experiencia que cuando Dios por sí mismo entra la luz del alma en su luz misma, si Dios por sí mismo no la vuelve a sacar de Dios, ella por sí misma no sabe cómo saldrá, porque no tiene sabiduría propia con qué saberlo, porque sólo vive en ella la sabiduría preceptiva de Dios, porque como Dios es principio sin principio, y fin sin fin, todo luz y resplandor, para entrarla por sí mismo en sí mismo, le consume y acaba su vida y sabiduría humana con su misma luz y resplandor y la deja en puro amor, y con eso la convierte en su luz y resplandor y se están los dos gozando en una sola luz y en solo amor mirándose los dos, y esto por todo el tiempo que Dios quiere; y cuando Dios quiere que vuelva a su natural, se ausenta della su luz y entonces sabe de sí naturalmente esto; así pasa y de ello darán razón los que se hallaren en este grado de oración. No fuera fácil, como adelante tengo explicado, que yo me determinase a declarar que es unitiva con Dios en un Santo Tribunal donde ha de ser todo visto y probado, si Dios no me hubiera llevado al cielo a verlo, por ser tan dificultosa su explicación, porque en la unitiva con Dios, ha de quedar alma que ame y adore a Dios y no ha de quedar más de sólo Dios, y esto no es fácil su declaración, porque en el instante que Dios convierte las tres potencias del alma en su misma luz y resplandor de su misma luz, produce y cría la luz del alma por gracia, y con su misma luz se hace ver y con su mismo amor se hace amar, para que todo sea divino el obrar del alma, porque el dominio de usar de sus potencias, sólo le es concedido en la vida natural, y entrando a la vida eterna, vuelve Dios a convertir la luz de las potencias del alma, que de su misma luz crió, en su misma luz y resplandor, y con eso Dios mismo con Dios mismo se hace mirar, amar y contemplar de la luz del alma que tiene convertida en su luz   —526→   misma; el modo cómo es esto no lo declaro aquí porque ya lo tengo declarado en adelante en la explicación que hago de la unitiva.

»Y porque el Señor volvió a encargarme esto, llevé firme el amor. Con expresos sentimientos he querido volverlos a referir. Lleva firme el amor y deja que sólo Dios obre en vos, porque en la unitiva con Dios ha de quedar el alma que ame y adore y contemple a Dios y no ha de quedar más de sólo Dios; de mi luz misma crié la luz de tu alma y es mi voluntad volverla a convertir en mi luz misma, para que con mi luz misma goce mi luz misma.

»Por estas verdades ya tan declaradas de su Divina Majestad, se verá que todo lo que hablé en Santiago era enderezado a este fin, sin llevar la más mínima malicia; causó novedad, y con razón, porque son muy pocos los que llegan a la unitiva mística con Dios por puro amor.

»Y para que se vea que por la misericordia de Dios no estoy enfermo de la cabeza, sino que es verdad que todo lo que doy escrito lo he visto en la vida eterna; explicaré brevemente por puntos de fe y verdades católicas lo que he visto, como digo, en el mismo Dios y cómo obran las almas en saliendo desta vida y entrando en la eterna. Primer punto. -Dios, única causa de todo lo creado, principio sin principio, todo luz y resplandor, quiso por sólo su bondad, para mayor gloria suya y de sus bienaventurados, representarles en el inefable misterio de la Trinidad Santísima, su poder, sabiduría. y amor, porque mirándose por sí mismo a sí mismo, con su poder produce y engendra de su sabiduría al Hijo, y de su sabiduría y la del Hijo producen al Espíritu Santo, que es amor, y gozar deste divino misterio es toda la gloria de los bienaventurados. -Segundo punto; que Dios en cuanto Dios, es todo luz y resplandor y por eso es comparado al elemento del fuego, que no se puede dar a otra materia sino la convierte en fuego; así Dios en cuanto Dios, no se puede dar a la luz del alma,   —527→   que de su misma luz crió a imagen y semejanza suya, sino es convirtiéndola en su luz misma y haciendo que su luz misma le sirva para gozar con ella misma luz misma y esencia misma, y Dios por sí mismo hacerse mirar, amar y contemplar de la luz del alma, que de su misma luz crió; y porque nada puede haber en Dios que no sea Dios ni más sabiduría que su sabiduría divina, mirándose a sí mismo de su misma luz produce la luz del alma para que lo mire y ame, con sólo lo que es de Dios, como lo tengo explicado ya adelante en la unitiva con Dios. -Tercero punto; que la luz del alma no puede por sí misma salir de la luz de Dios, si Dios es principio sin principio, todo luz y resplandor, y sin consumirle y acabarle su vida y sabiduría humana, no pudiera Dios entrarla ni tampoco convertirla en la divinidad de su luz misma, y así hasta que la saca Dios por sí mismo de Dios mismo, ella por sí misma no puede saber naturalmente cómo saldrá de Dios, porque sólo vive en ella la sabiduría preceptiva de Dios. -Cuarto aviso; que todos los bienaventurados convertidos en la divinidad de su luz misma con su luz misma, saben su voluntad, mirándolo todo en el mismo Dios, según es voluntad de Dios hacérsela ver con su luz misma, esto es, hacerles Dios saber lo que Dios quiere que sepan, y no más, porque no hay allí más voluntad que la voluntad de Dios, ni más sabiduría que la sabiduría de Dios. Quinto aviso; que la gloria esencial es general común a todos los bienaventurados, y la accidental, gracia especial de Dios, según los méritos de las buenas obras; fuera nunca acabar si hubiera de ir refiriendo todo lo que en Dios veo y conozco cuando me entra en su luz divina; sea alabado para siempre. Amén».

 

340

Transcribimos en seguida dos certificaciones que dan fe de la muerte y entierro de don José Solís. -«Don José Toribio Román de Aulestia, secretario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de los Reyes del Pirú, certifico que en cumplimiento de orden verbal de dicho Santo Oficio, pasé hoy día de la fecha al hospital real de San Andrés, y estando en él, entré a su iglesia y en una pieza en donde se ponen los cuerpos difuntos de los que se curan en él, hallé un difunto, y habiéndole destapado el rostro, en compañía del portero, éste me expresó ser un reo que se había curado en dicho hospital, perteneciente al Santo Oficio, y habiéndole reconocido, hallé ser don José Solís, el cual estaba con su camisa y tapado con un lienzo blanco, y ser el mismo que traté y comuniqué en el Santo Oficio cuando se halló en él preso y vivía, y habiéndome informado del capellán de semana, don Juan de Hermosilla, de cuándo había muerto el dicho don José Solís, me expresó haber sucedido el domingo 19 del corriente, cerca de las seis de la tarde, y para que de ello conste, lo certifico de mandato de dicho Santo Oficio, en los Reyes, en veinte y un días del mes de agosto de mil setecientos treinta y seis años. -José Toribio Román de Aulestia.

«Don José Toribio Román de Aulestía, secretario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición desta ciudad de los Reyes, reino del Perú, certifico que en virtud de orden verbal de los señores inquisidores, pasé al hospital real de Sr. San Andrés, y hice saber al licenciado don Juan de Hermosilla, capellán semanero en él, no diese   —529→   sepultura al cuerpo difunto de José Solís que se hallaba en dicho hospital, a que me respondió obedecería lo que se ordenaba; y a hora de las siete de la noche, de orden asimismo del Tribunal, en compañía de don Francisco Romo Barajas, alcaide de las cárceles secretas, y de dos negros de Guinea, a quienes se les encargó el secreto, pasé a dicho hospital, y puesto en un ataúd que para este efecto se pidió en él, el cuerpo de dicho don José Solís, se condujo a las cárceles secretas de esta Inquisición, en donde estaba abierta la sepultura del número 1, en el lugar señalado para dichos entierros, y en ella se puso dicho cuerpo difunto vestido de su ropa, y se tapó con su tierra, a todo lo cual me hallé presente, siendo testigos el dicho don Francisco Romo y los dos negros que le enterraron; y para que de ello conste lo pongo por diligencia, y firmé en veinte y un días del mes de agosto de mil setecientos treinta y seis años. -Don José Toribio Román de Aulestia, secretario».