71
Biblioteca Nacional, Manuscritos, vol. 754.
72
Constitución de nuestro muy santo padre Papa Pío Quinto, inserta en la Relación del auto de fe de Peralta Barnuevo.
No tenemos para qué entrar aquí en la enumeración de las gracias que los Pontífices tenían concedidas a los inquisidores, pero el lector podrá encontrarlas en un libro impreso en Lima, en 1707, por Fernando Román de Aulestia, y reimpreso cincuenta años más tarde, por mandato del Tribunal, que existe en nuestra Biblioteca y que se intitula: Summario de las indulgencias plenarias, jubileos y gracias espirituales concedidas por los Summos Pontífices a los señores inquisidores, fiscales, etc.
La familia de Aulestia sirvió sin interrupción al Santo Oficio durante más de ciento treinta años según consta de la Relación de méritos y servicios de José Toribio Román de Aulestia, impresa por orden de la Marquesa de Montealegre, que tenemos a la vista.
73
[«excelecencia» en el original (N. del. E.)]
74
Leyes 7 y 14 del título 22, libro I de Indias.
75
Corónica moralizada, pág. 620.
76
Carta de 26 de abril de 1584.
77
Carta de los inquisidores de 3 de abril de 1581.
78
[«recibó» en el original (N. del. E.)]
79
Es sabido lo que aconteció con doña María Pizarro, con Moyen, etc.; pero aquí debemos recordar todavía otro hecho semejante.
En 3 de septiembre de 1720 fue denunciado en Cajamarcas, Santos Reyes Montero, que daba fortuna con amores y curaba maleficios, y que se excepcionó diciendo que había sido acusado por un enemigo capital suyo. Habiendo sido objetado el proceso desde España, vino a fallarse en noviembre de 1749.
80
Cuenta el viajero francés Julián Mellet que aún en los últimos días de la existencia del Tribunal, conoció él, en Lima, a un infeliz titiritero que ganaba su vida con algunos perros y gatos vestidos de arlequines, que exhibía por las calles de la ciudad, y que, considerado por esto como brujo, estuvo encerrado tres meses en los calabozos de la Inquisición. «Sería imposible, agrega Mellet, formarse una idea del estado lastimoso a que estaba reducido ese desgraciado cuando salió de la prisión y de las torturas que en ella había sufrido. El mismo no se atrevía a referirlas, limitándose a contestar a los que le interrogaban, que se había justificado: lo que había de positivo era que se le hubiera tomado por un esqueleto escapado del sepulcro». Voyages dans l'Amérique Méridionale, pág. 120.