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ArribaAbajoCapítulo decimosexto

El presidente don Mateo Mata Ponce de León


Los filibusteros en el Pacífico.- Invasión del pirata inglés Sharp.- El corsario Eduardo David.- Invasión de Guayaquil en 1684.- Segunda invasión en 1687.- La ciudad es tomada e incendiada.- Nombramiento del obispo don Sancho de Andrade y Figueroa, como auxiliar del señor Montenegro.- Le sucede como propietario, y es el duodécimo obispo de Quito.- El visitador de los agustinos. Nuevos escándalos.- Costumbres del presidente Lope de Munive. Cosas de doña Leonor de Garavito, esposa de Munive.- Los oidores.- Su manera de vida.- Don Mateo Mata Ponce de León, visitador de la Audiencia, y decimosexto presidente de Quito.- Cuestiones sobre la observancia del Ceremonial Romano.- Prácticas piadosas.- Un suceso extraordinario.- La catástrofe de 1698. Muerte del obispo Figueroa.- Fin del siglo decimoséptimo.



I

Los funerales del señor Montenegro se celebraron entre angustias y sobresaltos; hacía pocos días a que la ciudad de Guayaquil había sido saqueada y quemada por una escuadra de corsarios, los cuales permanecían todavía en la Puná; Quito se hallaba consternada y llena de temor por la suerte de los prisioneros que los corsarios mantenían en rehenes, hasta que se les pagara el inmenso rescate exigido a la ciudad. Para dar una noticia exacta de este suceso, conviene referir despacio las circunstancias que precedieron y los peligros a que ya, desde mucho tiempo antes, se había visto expuesta la   -320-   ciudad de Guayaquil y las demás poblaciones del litoral ecuatoriano.

Después de la muerte de Felipe cuarto, celebró la Reina Gobernadora un tratado de paz entre España e Inglaterra; mas apenas se había ratificado la alianza de paz entre las dos naciones, cuando los filibusteros ingleses de Jamaica asaltaron la ciudad de Portovelo y la entraron a saco, con manifiesta violación del pacto que Inglaterra y España habían celebrado. La Corte de Madrid, por medio del conde de Molina, su embajador en Londres, presentó reclamos oportunos al Rey de la Gran Bretaña; pero se le respondió que las depredaciones cometidas por los filibusteros de Jamaica, se habían hecho sin ningún conocimiento del Gobierno. Este incidente dio ocasión para que la Reina Gobernadora expidiera en Madrid, el 20 de abril de 1669, una cédula, por la cual declaraba que el tratado de paz celebrado con Inglaterra no comprendía a las posesiones españolas de América, y que, por tanto, todo buque inglés podía ser considerado como pirata, y perseguido en estos mares. Como para dar mayor fundamento de justicia a esta declaración, el famoso pirata Morgan asaltaba a Panamá y la entregaba al incendio y al pillaje, a mediados del año siguiente, es decir en julio de 1670.

La expedición de Morgan contra Panamá abrió el camino del Istmo, que antes parecía cerrado e impenetrable para los filibusteros que pirateaban en el mar de las Antillas. Diez años después del incendio de Panamá, atravesó el istmo de Darién una tropa de aventureros, compuesta   -321-   de más de cuatrocientos individuos, la mayor parte de los cuales eran ingleses. Cuatro jefes capitaneaban la expedición: Harris, Coxon, Sawkins y Sharp; aliándose con las tribus salvajes del Istmo y auxiliados por ellas, dieron de sobresalto en la ciudad de Santa María, la saquearon y salieron al mar del Sud, con el propósito de asaltar Panamá. En efecto, trabaron un combate sangriento con dos navíos de la armada española que encontraron en el golfo, y sufriendo algunas pérdidas, se replegaron a la isla de Taboga. La división estalló entre los piratas; el capitán Coxon, con cuarenta de los suyos, se separó de los demás, volvió a cruzar el istmo de Darién y regresó al Atlántico; los otros dieron un asalto a Pueblonuevo y fueron rechazados, con muerte de algunos aventureros, y, entre ellos, del mismo capitán Sawkins, por lo cual todos los expedicionarios aclamaron por jefe al capitán Bartolomé Sharp, y resolvieron continuar probando fortuna en el mar del Sur.

Subieron, pues, en demanda de los puertos del Perú y tocaron en el archipiélago de Galápagos, ya desde entonces conocido y visitado por los corsarios en sus excursiones por el Pacífico; de Galápagos pasaron a la isla de la Plata, que, por su situación ventajosa, había sido escogida por los piratas como punto de reunión y de descanso, desde que el famoso Drake fondeó en ella y repartió el botín entre su gente. El mismo nombre de la Plata se pretende que le viene del cuantioso botín de piezas de plata, que fue distribuido en la isla por Drake, a fines del siglo   -322-   decimosexto, entre los expedicionarios que le acompañaban83.

Así que se supo en Lima que los piratas habían salido al Pacífico atravesando el istmo de Darién, expidió el Virrey órdenes a todas las provincias para que en todas partes estuvieran prevenidos, y acudieran a la defensa de los puertos, amenazados de una nueva invasión. Era virrey interino del Perú en aquellos días el arzobispo don Melchor de Liñán y Cisneros, presidente de Quito el licenciado don Lope Antonio de Munive, y corregidor de Guayaquil el capitán don Domingo de Iturri, sujeto de ánimo valeroso, diligente y advertido. El Arzobispo Virrey remitió a Guayaquil doscientos mosquetes, doscientos arcabuces y balas, y pólvora en cantidad correspondiente; de Quito, de Riobamba, de Cuenca y de Loja bajaron a guarnecer la ciudad como ochocientos hombres de tropa; y mediante la vigilancia del Corregidor, la plaza quedó fortificada y en estado de rechazar la anunciada invasión. Mas como no hubiera noticia alguna cierta acerca del rumbo que habían tomado los piratas, deseoso el Corregidor de saber el punto en que aquellos se encontraban, despachó un navío con el capitán   -323-   Tomás de Argandoña y treinta hombres de tripulación para que exploraran las costas; Argandoña desembocaba en la bahía de Guayaquil, a tiempo que Sharp con su flotilla cruzaba en dirección hacia el puerto de Ilo, que había resuelto atacar. Sorprendido por los corsarios, se entregó Argandoña, cobardemente, sin oponer la menor resistencia. Después del asalto y saqueo de Ilo, anclaron los corsarios en Coquimbo, saltaron en tierra, se hicieron dueños de la Serena y la incendiaron. Allí, en la misma costa, dejaron a Argandoña y a otros prisioneros, y continuando su rumbo hacia el Mediodía, fueron a tomar tierra en la remota isla de Juan Fernández. Perseguidos por la armada, que en seguimiento de ellos salió del Callao, dieron la vuelta al Norte, pero deponiendo antes a Sharp del mando y eligiendo por jefe a un cierto Watlin. Llegados a Arica, asaltaron la ciudad, y en la refriega murió Watlin; por lo cual, el mando recayó nuevamente en manos de Sharp. Todavía hizo este pirata dos viajes; descendió nuevamente hasta las aguas de Panamá, de donde regresó al Sur, y doblando el cabo de Hornos, salió al Océano Atlántico, y después de haber reposado en la Barbada tornó, por fin, a Inglaterra. El Gobierno inglés lo sometió a juicio; pero, como no hubiese pruebas suficientes para aplicarle todo el rigor de la ley, podemos decir que los robos y depredaciones cometidos por Sharp en Arica, en la Serena y en otros puntos del virreinato del Perú quedaron impunes84.

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Dos años más tarde, en 1684, una nueva expedición de corsarios ingleses, atravesando el Estrecho de Magallanes, recorrió del Sur al Norte todas las costas de la América Meridional. Armose esta expedición en un puerto de Virginia, en la América entonces inglesa, y tomó el rumbo para el Atlántico, con el intento de entrar en el mar del Sur por el Estrecho de Magallanes. Haciendo una dilatada travesía y tocando en las costas de África, llegaron los aventureros cerca de las islas de Juan Fernández, después de haber doblado con mucho trabajo el cabo de Hornos. Poco antes de arribar a las islas de Juan Fernández, encontraron otro navío también de corsarios, mandado por el capitán Eduardo Eaton; el primero traía por jefe a un criollo inglés de la isla de San Cristóbal, llamado Jhon Chook; ambos navíos anclaron, a principios de marzo de 1684, en una bahía de la isla principal, donde había surgido dos años antes el buque expedicionario del capitán Sharp. Tomando nuevos bríos la flotilla de los corsarios, se hizo a la   -325-   vela para el Norte, engolfándose mar adentro, a fin de no ser descubiertos por los centinelas, que estaban atalayando en los puertos de Chile y del Perú, donde ya se tenía noticia cierta de la llegada de los piratas. Las naves de éstos se detuvieron en la isla de los Lobos, y de ahí vinieron al archipiélago de Galápagos; su intento era asaltar alguno de los puertos del Perú, pero prefirieron ir antes a tomar la villa de Realejo, dependiente de la Audiencia de Guatemala, porque uno de los prisioneros españoles que llevaban a bordo les ponderó la riqueza de aquel punto, y lo fácil que les sería apoderarse de él. En la travesía hacia Realejo falleció el capitán Cook, y en su lugar fue aclamado jefe de la expedición el capitán Eduardo David, flamenco de nacimiento, marino diestro y hombre capaz de hazañas difíciles y de empresas atrevidas.

La acometida al puerto de Realejo se frustró por tropiezos que los aventureros supieron evitar con prudencia; así es que, recorriendo el golfo de Nicoya y haciendo algunas presas, aunque no de consideración, en el de Amapalla, viraron el rumbo otra vez para el Sur y anclaron en la isla de la Plata, ya en aguas de la Audiencia de Quito. Mientras adobaban sus naves en la isla, discurrieron los corsarios acerca de cuál puerto les convendría atacar; el capitán Eaton se apartó entonces de David, porque entre la gente de los dos caudillos reinaba la emulación y la discordia; pero, en cambio, arribó a la misma isla otro marino inglés el capitán Swam, que con una nave cargada de mercaderías andaba recorriendo los puertos del Pacífico. La tripulación de Swam,   -326-   compuesta en su mayor parte de filibusteros, se le había insubordinado; pues, a las lentas e inseguras ganancias del comercio de contrabando con las colonias hispanoamericanas, preferían los aventureros las pingües ventajas del pillaje y del saqueo. Vacilantes estaban los caudillos sobre la ciudad que debían invadir; unos proponían ir a Zaña, otros aconsejaban apoderarse de Guayaquil; pero la mayor parte se decidió por Trujillo, aunque lo arriesgado del puerto de Guanchaco les inspiraba recelo. Para proveerse de víveres y tomar prisioneros, y descubrir por medio de ellos todo lo conducente a la mejor realización de su intento hicieron, entretanto, dos salidas a los puntos fronteros de la costa: la primera fue al pueblo de Santa Elena, y la segunda a Manta. Ninguna de las dos les proporcionó ventajas codiciables; todo el botín recogido en Santa Elena se redujo a un poco de maíz, que no bastó ni siquiera para la comida de un día; en Manta no encontraron nada; el pueblo estaba solitario, porque a la aproximación de los corsarios, habían huido todos sus moradores a ocultarse en lo más retirado de los montes; dos indias viejas fueron las únicas que hallaron en las abandonadas casas del pueblo. Por orden del Virrey se habían talado las sementeras y consumido todos los granos; y hasta las cabras baldías de la isla de la Plata se habían hecho matar de propósito anticipadamente, para que los invasores no tuvieran recurso alguno. Uno de los prisioneros les dio aviso de que el Virrey había mandado salir en persecución de los corsarios diez fragatas muy bien municionadas; esta noticia los inquietó;   -327-   deploraron haber dejado partir al capitán Eaton y resolvieron salir a buscarlo, para restablecer de nuevo la compañía con él, haciéndole cuantas concesiones exigiera. Despacharon una barca ligera para que le diera alcance; y luego toda la escuadrilla zarpó de la Plata con dirección a las islas de los Lobos, donde suponían que Eaton se habría detenido. En efecto, Eaton había tocado en una de estas islas; pero cuando la escuadra llegó, había seguido ya adelante. En esas circunstancias, los corsarios entraron en consejo y deliberaron asaltar la ciudad de Guayaquil, cuya riqueza era entonces muy ponderada; el puerto era manso y la ciudad estaba menos fortificada que Trujillo. De paso asaltaron Paita y le prendieron fuego, no hallando en la población las presas que codiciaban.

Llegados a la altura del cabo Blanco, dejaron anclados allí los buques mayores, y en chalupas trasbordaron hasta la isla de Santa Clara toda la gente que podía manejar armas; en la isla de Santa Clara se estuvieron fondeados dos días completos, mientras algunos de ellos daban de sorpresa en la poblacioncita de la Puná. Para esto, despacharon dos canoas, las cuales, así que llegaron a Puntarena, se ocultaron en una ensenada pequeña, y allí se mantuvieron toda la noche en acecho, esperando que vinieran los pescadores, que solían acudir a aquel punto por la madrugada; parecieron los pescadores, y los corsarios dieron de súbito sobre ellos y los hicieron prisioneros; apoderáronse sin dilación, uno tras otro, de los dos indios que hacían de centinelas en los extremos de la punta, y luego se precipitaron   -328-   sobre la población, de la cual quedaron dueños en breves instantes, sin resistencia alguna. El primer paso estaba dado y con éxito feliz; se había conseguido, sin trabajo ni dificultad alguna, enseñorearse de la isla y estorbar el que se tuvieran en la ciudad noticias oportunas de la llegada y aproximación de los enemigos. Los barcos y canoas de los piratas pasaron a la isla; al otro día, hicieron presa de un buque pequeño, que bajaba cargado de paños de Quito, y supieron que, con la marea siguiente, saldrían tres barcas de la trata de negros. Urgía el tiempo, y los piratas se daban prisa para asaltar la ciudad; de Puná subieron, a fuerza de remo, a la boca del río; las canoas estaban tan repletas de gente que bogaban con sumo trabajo y lentitud; una vez entrados en el canal, subían aguas arriba, evitando que las canoas tropezaran en los troncos de árboles, que arrastraba la corriente; la marea estaba al terminar; la marcha de las canoas era muy lenta y la ciudad se hallaba todavía distante; el capitán David echó pie a tierra, seguido como de cuarenta compañeros, y comenzó a buscar camino para llegar por la sabana a la ciudad; la noche estaba oscura, el terreno era desconocido; durante cuatro horas enteras anduvo enredado entre las raíces de los mangles, atollándose en el fango, sin acertar con la salida a campo raso; al fin regresó, cansado y maltratado. Como viniera el día, los corsarios se recogieron a una ensenada próxima, donde se mantuvieron escondidos hasta que oscureció. En ese intervalo de tiempo se apoderaron de una de las barcas de negros; le cortaron el palo y la pusieron como a retaguardia;   -329-   venida la noche, comenzaron de nuevo a subir. Mas, cuando atravesaban el canal derecho que forma la isleta Santai, dividiendo el río en dos brazos desiguales, sonó de repente un tiro de arcabuz salido de entre las ramas de los árboles, que pueblan la punta de la isleta. Sorprendidos los piratas, no acertaban qué partido tomar; una de las circunstancias más preferibles para el asalto, era la de encontrar la ciudad desprevenida; de pronto, Guayaquil, que había estado hasta ese momento oculto en la oscuridad, apareció iluminado con innumerables antorchas... Los enemigos estaban descubiertos; la población se hallaba despierta, y el Corregidor con las tropas apercibidas; entre los corsarios los pareceres estaban discordes; quien aseguraba que en la ciudad debían de estar celebrando con fuegos artificiales las vísperas de alguna fiesta religiosa, y que la ocasión era oportuna para dar el asalto; quien sostenía que estaban descubiertos, y que era más atinado volver a la Puná. Por un momento prevaleció la idea del capitán David de saltar en tierra, y marchar a mano armada sobre la ciudad; atracan las canoas a la orilla y empiezan a tomar la playa; resueltos algunos, los más desalentados. Los corsarios llevaban por guías dos muchachos guayaquileños de la plebe: el uno iba de su voluntad, por haber ofrecido sus servicios a los corsarios, con el deseo de vengarse de su amo, que lo había castigado; el otro caminaba a la fuerza, y era llevado amarrado. De súbito, el pirata que llevaba la soga del guía forzado la cortó; y dejando en libertad al muchacho, comenzó a gritar: «¡¡¡El guía fugó, el guía fugó!!!».   -330-   Con esto aflojó el fervor de los corsarios; y, mudando de propósito, se metieron en las canoas, y permanecieron quietos hasta que principió a clarear el nuevo día. Entonces atravesaron el río, y en una hacienda mataron una vaca y se estuvieron hasta la tarde, sin que de la ciudad se atreviera nadie a salir para perseguirlos; antes se alegraron, cuando los vieron dirigir su rumbo otra vez a la Puná.

En la isla encontraron los otros dos barcos de negros, abandonados cobardemente por los patrones al primer cañonazo que les dispararon los corsarios. Vieron éstos bajar dos barcos llenos de gente, creyeron que eran de los enemigos que iban a apoderarse de sus navíos, después de haber puesto en fuga a los capitanes Swam y David, y les hicieron fuego; al primer disparo, los patrones saltaron en sus lanchas y huyeron, con lo cual los barcos fueron hechos presa de los pocos enemigos que habían quedado custodiando las naves en la isla. Mil eran las piezas de negros entre mujeres y varones, niños y niñas; los corsarios escogieron para su servicio unos setenta, de los más robustos, y dejaron en la Puná a todos los demás. Haciéndose de nuevo a la vela, fueron a la isla de la Plata, de ahí pasaron a reconocer el río Santiago, en la provincia de Esmeraldas, por ver si encontraban algunas canoas de indígenas, de las cuales tenían necesidad para sus desembarcos. De Esmeraldas se trasladaron a Tumaco, y de Tumaco, por el rumbo del Norte, entraron a los mares de la India, dando así la vuelta al globo, por medio de una atrevida navegación. La invasión del corsario Eduardo David   -331-   fue la segunda que padeció Guayaquil en el siglo decimoséptimo; sus pérdidas fueron insignificantes en comparación de las que sufrió tres años después con la tercera, la más ruinosa de todas las invasiones. En diciembre de 1684, se retiraban de la Puná los corsarios Swam y Eduardo David, y en abril de 1687 era invadida la ciudad, saqueada y quemada por una cuadrilla de piratas y filibusteros, asimismo ingleses y franceses, asociados para aquel intento85.

Desde el año de 1684, los puertos de Centroamérica y el golfo de Panamá estuvieron infestados de corsarios, quienes habían atravesado del Atlántico al Pacífico en diversas partidas, cada una de las cuales obedecía a distinto caudillo. En febrero de 1687, resolvieron venir a saquear Guayaquil, y en abril se apoderaron de la ciudad. Aunque entre los filibusteros franceses y los piratas   -332-   ingleses no guardaban siempre armonía; no obstante, para el asalto de Guayaquil se pusieron de acuerdo y procedieron de mancomún, unidos por el deseo de apoderarse de una ciudad rica y bien defendida, para cuya invasión las fuerzas divididas les parecieron impotentes. La flotilla invasora constaba de más de seiscientos hombres de tropa, diestros en manejar las armas, audaces para acometer y denodados e invencibles en la refriega. Como en la invasión pasada, también en ésta los corsarios se apoderaron primero de la Puná, y allí trazaron el plan de ataque, distribuyendo a cada jefe la parte que en él había de ejecutar. Jorge D'Hout era el capitán inglés; los dos capitanes franceses eran Picard y Grogniet. Mil pesos de premio se prometieron al abanderado que enarbolara primero su bandera en el fuerte de la ciudad.

Era corregidor de Guayaquil don Fernando Ponce de León, que había sucedido a Iturri; no ignoraba que los corsarios andaban recorriendo del Norte al Sur las costas de la América meridional; tuvo avisos anticipados de la aproximación de la flotilla enemiga y se descuidó de apercibirse para la defensa de la ciudad, y tan negligente anduvo en el cumplimiento de su deber que, cuando los piratas asaltaron Guayaquil, la plaza estaba desprevenida, y la acometida de los corsarios le tomó de sorpresa. El teniente de Manta anunció la llegada de los corsarios; el de Santa Elena envió aviso tras aviso a Guayaquil, y el indolente corregidor no los creyó ni se inquietó. «Naves de comerciantes deben de ser -decía- las que se han tomado como de piratas», y   -333-   permanecía impasible; arriban los enemigos a la Puná; y, desde la isla, por medio de candeladas, tanto el Cura como algunos otros vecinos que lograron escapar del pueblo, dan la señal de la entrada de enemigos en la bahía, y el Corregidor, con los enemigos al frente, se limita a poner algunos centinelas más para que vigilen el río, espiando las maniobras de los contrarios. En la madrugada del día domingo, 21 de abril de 1687, los corsarios subieron aguas arriba remando con gran cautela, y llegaron a la ciudad, sin encontrar ni el más pequeño obstáculo. Dividiéronse en tres cuerpos de tropa: el uno debía atacar el fuerte, y los otros dos entrar a un tiempo por los dos extremos de la ciudad; mientras el un cuerpo, bogando con ligereza, avanzaba hacia las Peñas para subir al cerro y adueñarse del fuerte; la primera división desembarcaba delante del astillero, y la segunda tomaba tierra por el último estero del lado opuesto. Por fortuna, unos pescadores conocieron las canoas de los piratas, se adelantaron a la ciudad y gritaron al arma; el primer centinela o vigía con quien toparon, estaba profundamente dormido; el cielo oscuro y muy nublado; las calles en tinieblas; una lluvia copiosa principiaba en aquel mismo instante. En la ciudad había una guarnición compuesta de más de doscientos hombres, armados de mosquetes y arcabuces; una parte corrió a atajar el avance de los que entraban por el astillero; otra acudió a estorbar el desembarco de los que se presentaban por el estero; mandaba la primera división el maese de campo don Francisco Campuzano; la segunda tenía por jefe al   -334-   capitán José Salas... La gente de Campuzano resistió con brío; parapetada tras la madera amontonada en el astillero, disputó el paso a los enemigos por largo rato; pero las armas estaban mohosas, la pólvora empaquetada y las balas no servían, porque el grosor de muchas de ellas era mayor que el diámetro de los cañones de los mosquetes y arcabuces. Echaron mano a las armas blancas, desenvainaron las espadas y continuaron batiéndose hasta que el cobarde Maese de Campo huyó el primero, dejando desamparada su gente; tras el jefe voltearon cara los soldados, y la entrada a la ciudad les quedó libre por ese lado a los enemigos. En el extremo opuesto, el pundonoroso Salas hizo frente todavía por algunas horas al enemigo; empeñose un combate reñido, la subida al fuerte les fue obstruida, y tan denodada resistencia se les opuso que principiaron a retroceder; mas reforzados por los que triunfaron en el astillero, volvieron de nuevo con más furia al ataque, pusieron entre dos fuegos a los defensores de la ciudad, los desalojaron de las casas en que se habían fortificado, y les hicieron perder sus posiciones ventajosas. Sin embargo, Salas y los suyos no fugaron; antes fueron saliendo poco a poco de la ciudad y, por la falda del cerro, retirándose con orden hasta ocultarse entre los bosques, que por el lado del Salado ciñen las sabanas en que está edificada la ciudad. Guayaquil quedaba a merced de los corsarios; eran ya cerca de las once de la mañana. De los enemigos apenas había nueve muertos y algunos heridos; de los defensores de la ciudad habían perecido más de treinta y cuatro; el número de los heridos era   -335-   mayor; y entre ellos se contaba el mismo Corregidor, uno de cuyos brazos había sido roto por una bala. Don Fernando Ponce de León, que tan incauto estuvo para impedir el arribo de los piratas, se portó después con valor, peleando al lado del capitán Salas, hasta caer herido y ser hecho prisionero.

No toda la gente de los contrarios entró en combate; una compañía permaneció en las canoas guardándolas en el muelle; otra quedó en la Puná para vigilar los buques y la entrada de la bahía, a fin de no ser sorprendidos en caso de que la armada española viniera en su persecución. Una vez dueños de la ciudad, se ocuparon los piratas en el saqueo y en la persecución de los vecinos; tomaron sin pérdida de tiempo cuantos prisioneros pudieron, escogiendo de preferencia la gente principal y más granada entre los moradores de la población; a todos los prisioneros los encerraron en la iglesia mayor, y pasaban de seiscientos. Muchos de los habitantes huyeron durante el combate, y se retiraron lejos a los campos en todas direcciones; otros, saliendo de la ciudad, apenas alcanzaron a ocultarse en los bosques del contorno.

Mientras los enemigos estaban afanados en hacer prisioneros, los soldados de Salas no cesaban de disparar tiros volados desde el bosque, adonde se retiraron; uno de estos balazos, echados a la ventura, mató en la calle a un inglés; por lo cual, enfurecido, uno de los jefes de los piratas amenazó que degollaría a todos los prisioneros si sucedía que, con el fuego que hacían del bosque, muriese alguien de su tropa. Aterrados   -336-   los prisioneros, enviaron al bosque al padre Molina, franciscano, para que hiciera cesar el fuego y persuadiera a todos que tornaran a la ciudad; en efecto, el fuego cesó y algunos de los fugitivos regresaron.

En esta ocupación de Guayaquil por los corsarios tuvo parte no sólo la culpable negligencia del Corregidor y de los demás jefes de la plaza, sino también la traición infame de cuatro individuos de la misma ciudad; fueron éstos, un indio, un mulato y dos blancos; el mulato era nativo de Guayaquil, donde era casado y tenía hijos; llamábase Manuel Bozo y era de oficio calafate; cuando la toma de Panamá, cayó prisionero, y entonces ofreció a los corsarios que les guiaría a Guayaquil hasta ponerlos en la ciudad, con tal que ellos lo dejaran en libertad. Cumplió el mulato su palabra; condujo a los enemigos y les señaló por dónde podían atacar la ciudad, y después andaba con los piratas, saciando sus venganzas en los prisioneros. Los dos blancos no se dejaron conocer, porque se ocultaron.

Los corsarios anduvieron por los campos del contorno registrando las casas y tomando prisioneros; a todos los que cogían los encerraban inmediatamente en la iglesia mayor, donde los mantenían escoltados con suma vigilancia; así que ya tuvieron un número considerable, se juntaron a conferenciar en la puerta de la iglesia, y después de un rato hicieron gritar en castellano: ¡¡¡Los principales vayan saliendo!!!; mas nadie se movió ni habló palabra; los gritos se repitieron, y siempre la misma quietud y el mismo silencio; al fin, un tal Jorge Acosta contestó: Yo no soy de   -337-   aquí: yo soy forastero, y luego, en voz alta, dijo: «¡Señor corregidor, salga! ¡Padre fulano, salga! ¡Doctor sutano, salga!»; y así fue llamando, por sus nombres, a unas cuantas personas notables, que se encontraban entre los prisioneros. Los nombrados no pudieron menos de salir y presentarse a la puerta, medrosos y azorados; un corsario francés, viendo al Corregidor, se acercó a él con rabia, le enredó los dedos en el cabello y lo zamarreó, diciéndole groseros insultos. Los que salieron eran como unos veinticinco, y entre ellos había varios clérigos, algunos frailes y un lego franciscano; mandáronles ponerse a todos en pie, formando un semicírculo; al frente de cada prisionero se plantó un corsario, armado de una arma de fuego. Entre los prisioneros conoció el mulato Bozo, que andaba por ahí, a don Lorenzo de Sotomayor, caballero muy principal, contra quien alimentaba la más ruin venganza; conocerlo y dispararle un tiro en la cabeza todo fue uno. Sotomayor cayó al suelo muerto. Viendo esto los demás, al punto se hincaron de rodillas, y empezaron a rezar entre dientes el acto de contrición; mas el lego franciscano, de pronto, se pone en pie y, dirigiéndose a los corsarios y hablándoles en francés, les dice estas dos solas palabras: «¡¡¡Franceses!!! ¿Y os mancháis con sangre de prisioneros rendidos?...». Sorprendidos los corsarios, mandaron entrar a todos de nuevo en la iglesia; el lego franciscano era un español, que había militado algunos años en las guerras de Flandes; sus palabras despertaron el pundonor en los piratas.

Volvieron a parlamentar otra vez entre ellos,   -338-   y luego dieron orden a los principales prisioneros de salir; el capitán Grognet estaba sentado en una silla; al frente había bancones para asiento de los soldados; conforme iban saliendo los prisioneros, el capitán les iba mandando que se sentaran y se cubrieran; llegole el turno de salir a don Juan Álvarez de Avilés, y presentose con la gorra en la mano; hizo mil reverencias al pirata, y cuando éste le mandó que se sentara y se cubriera, no quiso hacerlo; el pirata le instaba y Avilés contestaba: ¡Delante de Vuesa Señoría, yo ni sentarme ni cubrirme! Grognet no entendía lo que el lisonjero de Avilés decía y, como notara que ni se sentaba ni se cubría, empezó a encolerizarse, atribuyéndolo a soberbia y jactancia; y Avilés lo pasara mal, si uno de los circunstantes no le hubiera explicado al jefe francés lo que aquellas cortesanías significaban.

Los corsarios se apoderaron de todas las armas que encontraron en la ciudad; las buenas se las llevaron, y a las demás las inutilizaron por completo; a los pedreros que había en el cerro de Santa Ana los hicieron rodar y los enterraron en los esteros; recogieron cuanta prenda u objeto de valor hallaron, y prendieron fuego a los barcos y hasta a las canoas que pudieron pillar.

Al día siguiente de la toma de la ciudad, sucedió un caso imprevisto que contribuyó grandemente a la consternación de los vecinos; mientras algunos de los corsarios estaban entretenidos en asar gallinas dentro de una casa particular, se prendió fuego a la pieza donde se hallaban reunidos; propagose el incendio, y en un momento   -339-   ardieron varias manzanas de la ciudad. Con inauditos afanes se logró apagar el fuego; pero casi la mitad de los edificios quedó reducida a cenizas; los corsarios fingieron creer que el fuego había sido encendido adrede por los mismos guayaquileños, y amenazaron pasar a cuchillo a los prisioneros, creciendo la angustia de todos los vecinos con semejante amenaza. La situación de la ciudad no podía ser más lamentable.

El mismo día 20, por la tarde, comenzaron a tratar los corsarios acerca del rescate de los prisioneros; exigieron que se les diera cuatrocientos sacos de harina de trigo y un millón de pesos en oro; y, como les estrechara el tiempo, mandaron a Quito una comisión, compuesta del doctor Antonio Miguel, cura de la ciudad, del guardián de San Francisco y del alférez Andrés Enderica, a quienes les dieron el plazo de solos doce días, dentro de los cuales habían de estar de regreso trayendo respuesta; pues, de lo contrario, todos los prisioneros serían pasados a cuchillo inexorablemente.

Partieron los comisionados y desde Baba despacharon un mensajero para que, con la mayor celeridad, viniera a Quito, y así no se dilatara la respuesta. El incendio ocurrido al día siguiente, y el temor de las enfermedades aguijoneaban a los piratas a partir cuanto antes; y a los cuatro días se trasladaron a la Puná, donde establecieron su cuartel general. En el momento de la partida riñeron entre los franceses y los ingleses; los franceses querían cargar con cuantas mujeres encontraban; los ingleses llevaban algunas, escogidas con tiempo; y sobre el número   -340-   de las que habían de pasar a bordo porfiaron entre unos y otros, hasta que se hicieron a la vela, llevando cada cual las que quiso.

El aspecto de Guayaquil era aterrador; gran parte de las casas de la ciudad estaba reducida a cenizas; en las calles yacían insepultos los cadáveres de los que en el asalto habían perecido, otros flotaban desnudos en el río, yendo y viniendo con la marea; la putrefacción comenzaba a inficionar la atmósfera y en la desolada población casi no se veía ni un solo habitante.

Todos los días el Teniente remitía a la Puná la cantidad de víveres que pedían los corsarios; éstos urgían que se les pagara el rescate; y para aterrar a los que habían quedado en la ciudad, les enviaron las cabezas de algunos prisioneros, a quienes degollaron sorteándolos al juego de dados; las cabezas fueron mandadas con la amenaza de que matarían a todos los prisioneros, si tardaban en satisfacer el rescate. Como para hacer mayor burla de la triste situación de los prisioneros que retenían cautivos en la isla, no sólo los ocupaban en servicios viles, sino que, todas las noches, a los que sabían tocar algún instrumento, les obligaban a darles música. Algunos de los corsarios heridos en la toma de la ciudad murieron en la isla, y entre ellos el capitán Grognet. Mas el tiempo pasaba; la armada del Callao había salido en persecución de los piratas y éstos recelaban ser acometidos con fuerzas superiores a las suyas; dándose, pues, por contentos con parte del rescate, se hicieron a la vela más de treinta días después de haber regresado a la Puná. De los prisioneros, unos fueron dejados   -341-   en libertad, y otros retenidos a bordo de los navíos; el Corregidor fue llevado y colocado en el puente de la fragata de los corsarios, en los tres combates que tuvieron con la armada del Callao en el golfo de Jambelí. Por tres días enteros, la flotilla de los corsarios sostuvo combates reñidos con los buques de la armada peruana; burló todas las estratagemas y, virando hacia el Norte, vino a tomar tierra en las solitarias playas de Esmeraldas, para hacer allí la distribución del botín pillado en Guayaquil. Del oro no amonedado, de las perlas y de las piedras preciosas hicieron un montón, y las vendieron a fin de reducir todo solamente a dinero; los mismos piratas compraron las joyas y el oro, prefiriendo llevar en esos objetos su parte del botín por la comodidad de poder cargar mayor valor en reducido volumen. Cupo a cada corsario la cantidad de cuatrocientos pesos de a ocho reales; y la suma total de la presa fue calculada por ellos mismos en medio millón de pesos o cuatro millones de francos. Era tanta la abundancia de la plata acumulada, que los corsarios despreciaron gran parte de la vajilla recogida en las casas de la ciudad, y la dejaron abandonada. Ocurrió en el saqueo de Guayaquil una cosa que sorprendió a los piratas y les inspiró desprecio hacia los americanos, y fue la desvergüenza con que no pocos individuos de la plebe robaron y saquearon las casas de la ciudad, al amparo de los contrarios, mostrándose más codiciosos y más infames qué ellos.

A consecuencia de está invasión, del saqueo y del incendio, Guayaquil quedó reducido a un estado   -342-   de ruina casi completa; familias hubo que cayeron de la opulencia en la miseria; apoderose el temor del ánimo de los vecinos, y muchos padecieron un desaliento tal que determinaron abandonar para siempre la provincia, y trasladarse a otro lugar más seguro. Sucedió en esta ocasión lo que ya había acontecido medio siglo antes, cuando la invasión de 1624.

El Consejo de Indias resolvió que se sometiera a juicio al Corregidor de la ciudad, por cuyo descuido ésta había caído en poder de los piratas; expidió el Rey las órdenes necesarias al efecto, y fue enviado el doctor don Juan de Moncada, oidor de la Audiencia de Lima, como juez pesquisador del delito. Moncada pasó a Guayaquil y formó un prolijo expediente para averiguar la conducta del Corregidor; comprobose su negligencia, y se elevó el proceso a la Corte para que se le impusiera la pena que pareciese justa. Don Fernando Ponce de León era natural de Sevilla, y bien castigado estaba ya con su cautiverio y los grandes trabajos que padeció entre los piratas.

Sin embargo, como entre las excusas alegadas para disculpar la pérdida de la ciudad, se presentara también la de que el sitio en que estaba fundada era naturalmente indefenso, el Gobierno de Madrid resolvió que la ciudad fuera trasladada definitivamente a otro punto, donde pudiera ser mejor fortificada. Mandose inspeccionar el terreno, y se determinó que el sitio más adecuado para la traslación era el de Sabaneta, donde no podrían arribar invasiones de corsarios. La resolución del Rey fue recibida con gran desagrado; la mayor parte de los vecinos repugnaba   -343-   el trasladar la ciudad al nuevo sitio, aunque otros tomaron con calor el proyecto y quisieron que se pusiera por obra. Discurriose también construir en torno de la ciudad una muralla sólida de cal y ladrillo. La ciudad de Guayaquil en aquella época no estaba dispuesta en la situación en que está ahora; fundada al pie del cerrito de Santa Ana, se extendía en torno de él formando como una corona de las Peñas hacia el Salado; sus barrios principales eran tres: el de la Atarazana, el del Pozo y el de las Peñas. De qué manera se logró impedir la traslación de la ciudad a Sabaneta, lo referiremos después86.

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¿Quién, al leer las invasiones de los piratas, no condenará como criminales a sus autores?... El robo a mano armada, el saqueo de poblaciones indefensas, el incendio de ciudades florecientes, el asesinato de personas honradas y otros delitos, obligan a condenar como infames a los corsarios, y sus nombres y sus hechos no pueden menos de ser execrados y maldecidos. Si algunos de ellos fueron marinos hábiles, si hicieron observaciones náuticas dignas de alabanza, eso no basta para redimir sus nombres de la nota de infamia, con que la historia los ha trasmitido a la posteridad. Hombres contra quienes protesta no sólo la moral cristiana, sino la simple moral natural o el dictamen de la conciencia racional. Los ingleses eran protestantes; los franceses católicos; los ingleses profanaban las iglesias, rompían las imágenes,   -345-   se ensañaban contra los objetos del culto; los franceses lo primero que hacían, cuando se apoderaban de una población, era correr a la iglesia y cantar el Te Deum, en acción de gracias por el triunfo que habían alcanzado; unos y otros, ingleses y franceses, rezaban todos los días y se encomendaban a Dios, antes de entrar a saco una ciudad.

Los arbitrios que usaban para vencer eran, ante todo, hacer prisioneros, apoderarse de algunos individuos y darles tormento, para obligarles a revelar cuantas noticias creían necesarias para el éxito feliz de sus inicuas empresas. Apoderados de una población, recogían cuantos prisioneros podían para exigir rescate por ellos, tasando la vida al precio de su codicia, y dando muerte a los que no podían pagar las sumas enormes, con   -346-   que gravaban a las personas que tenían la desgracia de caer en sus manos. Los robos, las depredaciones, los atrasos y las ruinas que la plaga de los piratas filibusteros causó a las colonias americanas, fueron incalculables; y esta plaga infestó el Atlántico y después también el Pacífico por más de un siglo. Causa admiración la audacia para acometer, la paciencia para soportar toda clase de trabajos y penalidades, la constancia, a pesar de los más terribles contratiempos, y el valor indomable de los filibusteros, a quienes podríamos calificarlos de héroes si para el verdadero heroísmo no fuera indispensable la virtud87.




II

Hemos dicho ya que, con motivo de la mucha vejez del señor Montenegro, se trató seriamente de poner remedio al estado de postración y desgobierno en que se encontraba la diócesis; hubo representaciones al Consejo de Indias por parte del presidente Munive, del virrey duque de la Palata, de varias corporaciones religiosas y   -347-   cabildos seculares, y también por parte del mismo Obispo, el cual escribió al Rey manifestándole que, por su avanzada edad, ya no podía practicar la visita del obispado, ni desempeñar cumplidamente los graves deberes del ministerio pastoral. Anunciaba el Prelado sus deseos de renunciar la diócesis de Quito y regresar a España, donde pedía que se le concediera para vivir una pensión sobre las rentas del mismo obispado. En el Consejo de Indias se examinó el asunto maduramente, y se resolvió confiar el gobierno del obispado de Quito a otro de los obispos del Perú, nombrándolo coadjutor del señor Montenegro, con derecho de futura sucesión; resuelto este primer punto, se propusieron dos obispos como candidatos para auxiliar del de Quito, y fueron don Lucas de Piedrahita, obispo de Panamá, y don Sancho de Andrade y Figueroa, obispo de Guamanga. El Rey eligió al segundo; y el 10 de diciembre de 1685, año y medio antes de la muerte del señor Montenegro, se le expidió la cédula real, por la que se le mandaba que se trasladara a Quito para tomar a su cargo el gobierno de este obispado.

El señor Figueroa debía continuar siendo obispo de Guamanga, hasta que falleciera el obispo de Quito, a quien había de suceder; en Roma el arreglo de este asunto presentó muchas dificultades, atendidas las dispensas canónicas necesarias para una traslación, en la cual se procedía de un modo tan contrario a la práctica común y regular, con que suelen ser instituidos los obispos católicos; mas, al fin, accedió la Santa Sede, en vista de las repetidas instancias del rey Carlos   -348-   segundo, deseoso de poner remedio a las necesidades que padecía el obispado de Quito.

Las órdenes del soberano le fueron comunicadas al señor Figueroa, quien se hallaba a la sazón ocupado en practicar la visita de su diócesis; la suspendió así que recibió la cédula real, y luego se puso en camino para Quito, donde, según las instrucciones que se le remitieron de Madrid, debía esperar los rescriptos pontificios relativos a su traslación. Mientras el señor Figueroa disponía su viaje para esta ciudad, falleció el señor Montenegro; y los canónigos, el 15 de mayo de 1687, declararon la sede vacante y determinaron elegir vicario capitular. Hubo al principio alguna contradicción por la diversidad de pareceres; pero luego, poniéndose de acuerdo, nombraron al doctor don Luis Matheu y Sanz, entonces canónigo de merced en el coro de la Catedral de Quito. El Cabildo eclesiástico comunicó además al obispo de Guamanga la muerte del señor Montenegro, y le escribió manifestándole que estaba pronto a obedecerle, reconociéndolo por prelado.

El señor Figueroa tardó en venir a Quito algunos meses, por la distancia de más de cuatrocientas leguas que separa a esta ciudad de la de Guamanga. El primero de abril de 1688 estuvo ya en Quito, y se hizo cargo de la diócesis, principiando a gobernarla con los poderes y jurisdicción, que le trasmitió el Cabildo eclesiástico88.   -349-   La vacante había durado solamente once meses; y aún habría durado menos si el Obispo de Guamanga no se hubiera visto obligado a detenerse en Lima, suspendiendo su viaje mientras Guayaquil era desocupado por los corsarios, y quedaba restablecida la comunicación con los demás puertos del virreinato. El señor Figueroa fue el primero y también el único obispo de Quito elegido por Carlos segundo.

Don Sancho de Figueroa y Andrade era natural de la Coruña en el reino de Galicia, y descendía de una familia tan antigua como noble; hizo sus estudios mayores en el colegio de Oviedo, en Salamanca; graduose de doctor en entrambos Derechos, y obtuvo por oposición la canonjía magistral en la Catedral de Mondoñedo.   -350-   Presentado para obispo de Guamanga, vino a América y recibió en Panamá la consagración episcopal de manos del ilustrísimo señor Piedrahita. Muy celebrado era el señor Figueroa por su asidua aplicación al estudio; y sus conocimientos en jurisprudencia civil y canónica causaban admiración aun a los muy entendidos en esas materias. Sus bulas, mediante las cuales se le instituía obispo de Quito, tardaron algo más de dos años en llegar, y esta tardanza iba despertando escrúpulos en algunas personas; y habría acontecido un cisma si los canónigos no hubieran procedido con calma y reflexión89.

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El primer asunto grave, en que dio a conocer su prudencia y firmeza el ilustrísimo señor Figueroa, fue el arreglo de la comunidad de agustinos, perturbada hacía más de cinco años de un modo escandaloso. Referiremos los hechos en cuanto estuvieren ligados con los intereses morales de la sociedad, los que no puede perder de vista ni un solo momento el historiador. Aunque todas las comunidades religiosas habían perdido completamente el espíritu de su instituto; con todo, ninguna había llegado a tanta relajación como la de los agustinos. Ya desde principios del siglo decimoséptimo, el obispo Ribera había indicado a Felipe tercero que sería mejor suprimirlos. «El que diga que no están relajados, es enemigo de ellos», escribía el Obispo con esa energía tan propia suya. Andando el tiempo, el menosprecio de la moral y el olvido de los deberes monásticos estuvieron muy de asiento en los conventos de toda la provincia agustiniana de Quito. Eleváronse quejas repetidas al Rey, hiciéronse gestiones, practicáronse diligencias para que se pusiera término al escándalo, y se procurara que volviera a entrar la virtud en los lugares edificados para practicarla. Al fin, el Real Consejo de Indias informó sobre tan grave asunto, y el Rey pidió al Prior General de la orden que mandara   -352-   a Quito un visitador, dándole facultades para reformar a los religiosos. Parecía acertada la medida; pero, por desgracia, de donde se aguardaba la salvación, de ahí vino la ruina.

El padre general de los agustinos nombró por visitador y reformador de la provincia de Quito al padre fray Francisco Montaño, el cual estaba en Roma y, recibido el nombramiento, se embarcó inmediatamente para América. Veamos quién era el Visitador, y demos a conocer el reformador que venía de Roma.

El padre Montaño era americano de nacimiento, y pertenecía al convento de Quito, donde había residido gran parte de su vida; como fraile antiguo era considerado, gozaba de preeminencias y aun había desempeñado el cargo de provincial. Constaba que este fraile, en sus viajes a España, había gastado más de cincuenta mil pesos de los bienes de los conventos de Quito; y era público en la ciudad que había echado mano de las joyas de la iglesia para sus viajes y menesteres en Europa. Entre el padre Montaño y el padre fray Pedro Pacheco, que se hallaba ejerciendo en aquel tiempo el cargo de provincial, existían antiguas y enconadas rivalidades, pues el padre Pacheco había castigado al padre Montaño, y lo había tenido preso en la cárcel por hechos que merecían justo y severo castigo; saliendo de la prisión el fraile Montaño, fugó de Quito y pasó a España; contrajo allá deudas y, como no pudiera pagarlas, se dio modo para que sus mismos acreedores alcanzaran el que se lo nombrara procurador de los agustinos de Quito en Roma. Una vez en la Ciudad Eterna, manejó con   -353-   tal sagacidad los asuntos, que el General de la orden revocó la patente de visitador que había expedido a otro fraile del Perú, y nombró al padre Montaño de visitador y reformador con amplias facultades. Como el fraile tenía amigos poderosos en la Corte, no le fue difícil conseguir que el Consejo de Indias diera el pase a la patente del General.

El padre Pacheco salió oportunamente de Quito y se retiró a la ciudad de Loja, para estar allá a la mira de lo que hiciera el Visitador. El primer paso que éste dio así que llegó a Quito, fue deponer al Provincial, fulminar contra él un sumario y declararlo privado de todos sus honores y dignidades. El padre Pacheco era mal religioso; pero con tanta astucia había solido conducirse, que era estimado de todas las familias nobles y ricas; el presidente Munive era no sólo su amigo, sino su confidente; con la esposa del Presidente tenía estrecho compadrazgo; mundano en sus costumbres, vestía siempre de paño fino y de riquísimo lino, con randas en cuello y puños; obsequioso con los magnates; en el coro raras veces; en la oración, nunca; acaudalado con las ganancias de un comercio secreto, ilícito; como superior, indulgente para con sus súbditos y disimulador de faltas; amigo y favorecedor de los que le hacían placer; severo para con los que le eran contrarios, el padre Pacheco había arruinado la observancia religiosa. El Visitador llegó el año de 1685; cuando fue tiempo de elegir nuevo provincial, se hizo elegir a él mismo, con cuya medida el descontento de los frailes no conoció limites y estalló la sedición.

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El padre Pacheco estuvo al principio abatido, y andaba como prófugo en las haciendas que tenían los frailes, sin atreverse a venir a Quito; mas cuando se aseguró del favor y apoyo no sólo de la Audiencia, sino del Virrey, regresó a la ciudad, se hospedó en casa de un canónigo, su amigo, y desde allí comenzó a conspirar sin descanso contra el Visitador. En punto a reforma monástica, nada había hecho el padre Montaño; riguroso con sus súbditos, no iba delante de ellos con el ejemplo de una vida mortificada, y todos sus medios de reforma eran cárceles, cepos, grillos, disciplinas y humillaciones. Desesperados los frailes, se sublevaron; armados de pistolas y espadas, acometieron una noche al Visitador en su departamento; las piezas de la entrada se convirtieron en campo de batalla; los frailes enfurecidos combatieron con los soldados, que la Audiencia le había dado días antes al Visitador para su defensa; y después de una lucha reñida, fugó el Padre, y se asiló aquella noche en casa del capitán de la escolta; los rebeldes quedaron dueños del convento y proclamaron por su provincial a fray Juan Martínez Luzuriaga, que era el caudillo de la rebelión.

Al otro día, el padre Montaño se hospedó en el convento de Santo Domingo, y pidió el auxilio del brazo secular para reducir a sus súbditos a la obediencia; los frailes se presentaron también en la Audiencia, y expusieron que el padre Montaño no podía ser provincial, porque las reelecciones estaban prohibidas en las constituciones de la orden, las que el Visitador había violado, haciéndose reelegir provincial. Como el asunto no   -355-   tenía relación ninguna con el patronazgo, ni con las regalías de la Corona, resolvió la Audiencia que acudieran ambas partes al Padre General, a quien tocaba interpretar las constituciones. La mesura de la Audiencia era efecto de las amistades del Presidente y algunos de los oidores con los frailes, y de los dones y obsequios con que los tenían prendados en su favor. Permitiose a ambas partes enviar procurador a Roma; por el Provincial fue mandado el padre Felipe Zamora; y por los sediciosos, el padre Manuel Vieira.

Casi cinco meses transcurrieron en estas gestiones, hasta que los frailes consintieron en reconocer de nuevo como provincial al padre Montaño; el Miércoles Santo de 1686 fue al convento el Padre, acompañado de algunos dominicanos y de varias personas de la ciudad; los frailes hicieron de muy mala gana la ceremonia de besarle la mano; y claro dieron a entender que odiaban de veras al Provincial, por lo cual éste se asustó y regresó inmediatamente al mismo convento de Santo Domingo, donde había permanecido alojado.

Sabedores los agustinos de que el doctor don Matías Lagúnez, oidor, era el que en el real acuerdo sostenía calurosamente la autoridad del provincial Montaño, resolvieron intimidarlo; cuatro frailes jóvenes, de los más audaces, fueron a casa del Oidor una noche: uno se quedó en la esquina; otro permaneció en la puerta y dos entraron a visitar al Oidor. Entretuviéronse en pláticas y discusiones hasta las ocho; a esa hora, el uno de los frailes, levantándose   -356-   como para despedirse, se acercó al Oidor, lo tomó de los cabellos con la una mano, y con la palma extendida de la otra le dio unas cuantas bofetadas en entrambos carrillos. El Oidor era muy pequeño de cuerpo; y al verse tan de sorpresa alzado en vilo por el fraile, no acertó ni a defenderse; consumado tan a sangre fría semejante ultraje a un ministro de la Real Audiencia, los frailes salieron precipitadamente de la casa. Ciego de cólera el Oidor, empuñó una espada y se lanzó a la calle tras los frailes; la noche estaba tenebrosa; un paje corría delante de él, alumbrándole el camino con una hacha encendida; al acercarse al convento de San Agustín, sintió que desde la torre le recibían a pedradas; pero era tanta su furia que siguió corriendo; mas, al llegar a la esquina, un embozado descargó sobre el Oidor un tan recio garrotazo que lo dejó atolondrado, tropezó y cayó al suelo. En ese momento, las campanas de la torre principiaron a tocar a rebato, y el Oidor se vio rodeado de un tumulto de gentes, cuyo número no podía calcularse en la oscuridad. Calmada la ira y muy maltrecho, tomó Lagúnez el camino de su casa; ponderaban todos lo que le había acontecido, y no acertaban a dar crédito a lo mismo que con sus ojos estaban viendo; ¡tanta era la gravedad del suceso!...

Al otro día, la Audiencia mandó reducir a prisión al padre Luzuriaga y al padre Reyes, y los encerraron en el convento de la Merced; como los ánimos estaban muy exaltados, y como los frailes andaban armados, no se atrevieron a tomar presos a otros, y quisieron reducirlos a la   -357-   obediencia por medio de la convicción; fueron a este fin comisionados algunos jesuitas, de los más ancianos y graves que había entonces en el colegio de Quito; los pareceres estuvieron encontrados; y aunque varios de los frailes quisieron entregarse por sí mismos en manos de la Audiencia, los demás lo rehusaron enérgicamente, y protestaron que preferían morir antes que volver a reconocer por su prelado al padre Montaño. Firmes en esta resolución, apenas salieron los jesuitas, cerraron las puertas del convento; la ciudad estaba alborotada, y nadie hablaba de otra cosa sino de lo que estaba pasando en San Agustín; entre los mismos vecinos y moradores de Quito había partidos y divisiones y discordias; grupos armados andaban rodeando en torno del convento, con el propósito de defender a los frailes, y la tranquilidad pública se hallaba alterada. El presidente Munive, aunque anciano, era enérgico; había favorecido al padre Pacheco y a los de su bando; pero el ultraje hecho al oidor Lagúnez, lo llenó de indignación, y juró que no quedaría sin castigo un faltamiento tan escandaloso a la autoridad real, ofendida en la persona de uno de los ministros de la Audiencia; hiciéronse pesquisas para descubrir quién había sido el que dio el garrotazo al Oidor en la calle, y se descubrió que era un lego de los que estaban encerrados en el convento; fue el alguacil a tomarlo preso, y los frailes lo echaron puertas afuera; tanta insolencia irritó al Presidente; llamó al alcalde de la Hermandad y le dio orden de convocar a todos cuantos podían llevar armas en la ciudad. Reunido un cuerpo de tropa, mandó allanar el   -358-   convento y extraer a viva fuerza al lego agresor, que había maltratado la noche anterior al doctor Lagúnez. Los frailes recibieron con disparos de armas de fuego a la gente de tropa, y desde la torre, y por las ventanas descargaron una lluvia de pedradas, impidiéndoles hasta el acercarse al convento; cada vez más enfurecido el Presidente, dispuso que, al instante, se llevara un pedrero, y que a bala se derribara la puerta del convento; sus órdenes fueron ejecutadas puntualmente; y las balas habrían, sin duda, hecho volar en astillas las puertas del convento, a no haber empleado los frailes un arbitrio inesperado; el pedrero, en la esquina de la plazuela, estaba a punto; la primera descarga iba a estallar cuando, en la ventana abierta encima de la portería, se presentó un fraile llevando en las manos el Santísimo Sacramento, y a vista del pueblo colocó el ostensorio en la ventana. La inmensa muchedumbre de pueblo, agolpada en las calles y en la plaza, cayó en tierra de rodillas, guardando profundo silencio y adorando con recogimiento la divina Eucaristía. Eran ya en aquel instante pasadas las cinco de la tarde; el sol se había puesto, ocultándose tras el Pichincha, y comenzaba a oscurecerse el cielo con aquel celaje triste de los días lluviosos de septiembre: aquel día el 18 de septiembre de 1686.

Repuesto de su enojo el Presidente, dio órdenes para que la tropa se retirara; y aunque el oidor Larrea quería escalar los muros de la huerta para asaltar por atrás el convento, el Presidente no lo permitió. Pasado este primer impulso y serenados los ánimos, se entregaron espontáneamente   -359-   los frailes a disposición de la Audiencia; once de los principales fueron reducidos a prisión, y se les dio por cárcel el convento de San Francisco y el colegio de los jesuitas; en San Francisco se pusieron ocho y en el colegio, tres. El padre Pacheco fue llamado a Lima por el virrey duque de la Palata; el padre Montaño seguía en Quito gestionando sin descanso por el castigo de los frailes. El día 18 de septiembre, dio orden sobre orden de que se hiciera pedazos la puerta y arrasara el convento, si los frailes no se rendían; después reconvino a los jesuitas por la libertad con que estaban los tres frailes presos en el colegio; y el Padre Rector le respondió: «En nuestros colegios admitimos huéspedes, y no presos; no tengo cárcel para los míos ¿la había de tener para los extraños?...».

Así pasaron casi tres meses, al cabo de los cuales un día amaneció el convento de San Agustín enteramente despoblado; en altas horas de la noche, todos los frailes habían huido, inclusos los once que estaban presos en la Compañía y San Francisco; reunidos en la hacienda situada en el páramo de Cajas, volvieron a proclamar por su superior al mismo padre Luzuriaga. Allí, en aquel desierto, permanecieron un año y ocho meses; el Virrey y la Audiencia los persiguieron sin treguas; se amenazó con graves penas al que los visitara, protegiera o diera el más pequeño auxilio; se prohibió concederles posada en las casas, y se les negó todo socorro. En este intervalo murió el señor Montenegro y vino a Quito el señor Figueroa; el Consejo de Indias expidió órdenes severas, confirmadas con patentes del General y   -360-   cédulas reales, para que fueran remitidos a España, bajo buena custodia, los padres Pacheco, Luzuriaga y todos los demás que habían sido autores o cómplices en la desobediencia y sedición. El cumplimiento de estas disposiciones fue encargado al señor Figueroa, y la Audiencia recibió precepto terminante de prestar al Obispo toda la cooperación y auxilio que necesitara. Los frailes fueron, pues, reducidos a prisión, y luego desterrados para siempre no sólo de Quito y de sus provincias, sino de todos los territorios americanos; el General los degradó y les condenó a reclusión perpetua en varios conventos de España, disponiendo que no estuvieran dos en el mismo convento. Para reorganizar la provincia de Quito fue enviado el padre fray Martín de Hijar y Mendoza, antiguo provincial del Perú, religioso de recomendables costumbres, elevado poco después a la dignidad de obispo de la Concepción de Chile, y consagrado, aquí en Quito, por el mismo señor Andrade y Figueroa.

Hay hechos cuya narración nos cuesta trabajo y no podemos menos de hacerla con el ánimo angustiado; pero nos hemos impuesto el cargo de historiador, y referimos la verdad con lealtad. A consecuencia de esta sedición, el convento de San Agustín padeció gran ruina en sus bienes, por los enormes gastos que causó el destierro de tantos frailes de estas provincias a España; varios de ellos, como el padre Pacheco, habían venido al convento de Quito, traídos expresamente para sostener la alternativa en las prelacías entre criollos y españoles, y fue necesario desterrarlos de nuevo a España, en castigo de los   -361-   males y de los escándalos que causaron en estos desgraciados conventos90.

Hemos visto que el presidente Munive favoreció al principio al padre Pacheco, y que los secuaces de este desventurado religioso fundaron su avilantez en la amistad de su caudillo con el Presidente. Aunque el licenciado don Lope Antonio de Munive no era un varón eminente, ni de partes muy aventajadas, con todo, antes de   -362-   venir a Quito, había alcanzado destinos elevados y empleos honoríficos; de ingenio claro, de entendimiento despejado; enérgico cuando le convenía; sagaz con sus amigos; decidido favorecedor de sus paisanos, habría gobernado bien si una pasión, una pasión sola, la codicia, no le hubiera poseído desde que ascendió a la presidencia hasta que murió en esta ciudad. Parece que su esposa doña María Leonor de Garavito, contagiada también de codicia, espoleaba a su marido, y le daba prisa a enriquecerse, temiendo que el gobierno terminara dejándolos a medio llenar sus arcas hambrientas e insaciables. Doña María estaba ya ajada por los años: era madre de seis hijos, y nunca había descollado por lo hermosa entre las de su sexo; mas la sutileza de su ingenio mujeril no conocía rival; de una mirada calaba el fondo de las personas con quienes trataba, y luego se aprovechaba de ellas con suma destreza. Apenas llegó en Quito, se abrió ancho campo entre los canónigos, los frailes y las monjas; visitaba de portería en portería, de locutorio en locutorio; aparentaba servir a los provinciales y a las abadesas, y era para ser de ellos y de ellas servida y regalada; en un convento mandaba que le lavaran la ropa; a otro le ponía pensión semanal de dulces y postres. Cuando la Presidenta iba a un locutorio, todas las monjas le hacían la corte y no le permitían despedirse sino después del almuerzo o de la merienda, según la hora en que la astuta doña Leonor honraba los monasterios con su visita.

Ciertos días tenía señalados pala ir a misa a San Agustín, donde, terminadas sus devociones,   -363-   pasaba a la sacristía, y allí el padre Pacheco la obsequiaba, haciéndole servir un almuerzo, en el cual abundaban manjares apetitosos y vino de lo mejor; los frailes jóvenes, con toallas al hombro, hacían los oficios de criados y pajes, mientras la señora y el Provincial estaban a la mesa; las carcajadas y ruido de voces, el entrar y salir de los frailes, el olor de las viandas perturbaban y escandalizaban a los fieles, indignados de tanta profanación. El cumpleaños de la Presidenta era precedido por una novena solemne, que celebraba en su oratorio doméstico; cada día de la novena era desempeñado por algún eclesiástico, y unos competían con otros en los obsequios con que festejaban a la esposa del Presidente. En su casa solía haber bailes y saraos continuos; pero de ellos se mantenían alejadas todas las personas honradas y pundonorosas.

Don Lope Antonio de Munive se retiraba todos los años al pueblo de Sangolquí, para pasar en visitas a las haciendas de los jesuitas, y en diversiones y convites una larga temporada; descontentadizo y exigente era indispensable hacer gastos considerables para tenerlo satisfecho. Su codicia inficionó de la lepra simoníaca al clero secular: los curatos eran vendidos al que pagaba más por ellos; la muchedumbre de sacerdotes ruines ordenados por el señor Montenegro compró beneficios pingües, mediante una sórdida y desvergonzada simonía. La justicia se convirtió en granjería, y la venalidad del Presidente llegó a ser pública y notoria en todo el distrito de la Audiencia; abandonó el tribunal y celebró los acuerdos en su propia casa, para tener más facilidad   -364-   de resolver los asuntos conforme al propio interés, y no a la justicia de los litigantes; temeroso de que sus abusos llegaran a tener testigos, hizo matar en secreto a dos sirvientes o empleados subalternos, que eran sabedores de algunos cohechos, y los habían revelado a otras personas de su confianza. La desmoralización social cundió en un momento, con el mal ejemplo del Presidente y de los oidores, muchos de los cuales vivían en pública deshonestidad; uno de ellos, casado, mantenía trato ilícito con una señora de su vecindad, a quien llamaba tañendo una campanilla, cosa de la que no tardaron en caer en la cuenta todos los que habitaban en la misma calle. Los eclesiásticos perdieron el decoro personal, que es el lustre de su estado; la casa del Presidente estaba constantemente poblada de clérigos y de frailes, que solicitaban favores y competían unos con otros en lisonjas y adulaciones al Presidente; todos los días su esposa salía a pasear, llevada en silla de manos; y los clérigos la acompañaban, caminando a su lado y haciendo a la señora demostraciones de mucho agasajo y comedimiento91.

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Aunque en España el Gobierno, la Corte y toda la monarquía habían caído en un estado de languidez y postración completa; sin embargo, las repetidas quejas y los continuos reclamos, que desde aquí clandestinamente se elevaban a la Metrópoli, obligaron al Consejo de Indias a poner los ojos en la descuidada Audiencia de Quito, y a proveer de remedio a los males que ella estaba padeciendo. Se resolvió que viniera un visitador para practicar la visita del tribunal y tomar residencia al Presidente y a los oidores; para tan delicado encargo fue designado el doctor don Mateo de la Mata Ponce de León, a quien se le remitieron las cédulas reales con todas las demás instrucciones, que se creyeron necesarias para el buen desempeño de la importante comisión que se le daba.



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III

El doctor don Mateo de la Mata había sido Oidor, primero en la Audiencia de Bogotá, y después en la de Lima; a la de Quito debía venir como oidor, y se le dio el cargo de visitador, con dos años de plazo improrrogable, para que terminara la visita; mas cuando la comenzó a practicar en Quito hacía casi dos años a que había muerto el presidente Munive. La Audiencia fue notificada con el edicto de la visita el 30 de abril de 1691; el 9 de mayo se hizo la publicación del auto con toda solemnidad, y el licenciado Munive falleció el 25 de abril de 1689, a los once años tres meses después de haber tomado posesión de la presidencia de Quito.

Don Mateo de la Mata Ponce de León era español, nacido en la villa de Requena, condecorado con el hábito de caballero de Calatrava y hombre de integridad moral conocida; gobernó durante diez años estas provincias, como decimosexto presidente de la Real Audiencia de Quito92.

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Mientras el período de mando de Lope de Munive, se sucedieron en la Real Cancillería muchos ministros: don Juan de Larrea, antiguo oidor de Bogotá, sumariado por orden del Consejo de Indias, estuvo en Quito largos años no como propietario, sino como depositado; don Juan de Ricaurte sirvió más de veinte años en esta Audiencia; dos veces intentó dar muerte a su esposa, mas ella huyó y se asiló en el convento de la Concepción; don Miguel de Ormaza fue trasladado a Charcas, y el doctor Francia Cavero a la Audiencia de Panamá.

El presidente Mata volvió a suscitar las cuestiones relativas al Ceremonial Romano; exigió que el Obispo permaneciera en el coro y no en el altar, siempre que no celebrara misa pontifical; en las procesiones quiso presidir él y que no presidiera el Prelado, y dispuso que el día 2 de febrero en la fiesta de la Purificación, el Miércoles de Ceniza y el Domingo de Ramos, el Obispo estuviera en pie cuando distribuyera la cera, la ceniza y las palmas a los oidores y al Presidente, a quien, según pretendía don Mateo de la Mata, el Obispo debía hacerle dos profundas reverencias, una antes y otra después; «la Audiencia representa al Rey -decía Mata-, y sobre el Rey no hay ni puede haber superior alguno; todos los honores que se le tributarían a Su Majestad si estuviera presente, tiene derecho a reclamar para sí la Audiencia, que es aquí la viva representación de nuestro soberano». Duro se le hacía al Señor Figueroa infringir las prescripciones del Ceremonial Romano y modificar en cosas tan graves la sagrada liturgia, únicamente por conservar la   -368-   concordia entre la Audiencia y la potestad eclesiástica, y acudió al Real Consejo de Indias, solicitando una declaración en punto a la observancia del Ceremonial Romano, y mientras tanto se alejó de la ciudad para ocuparse en practicar la visita del obispado. La respuesta del Consejo tardó algunos años; pero al fin, llegó para poner término a una disputa, que se renovaba muy a menudo; los presidentes de la Audiencia se tenían por humillados, cuando en el templo y en las ceremonias sagradas aparecían como inferiores a los obispos. El Rey declaró que el Obispo debía guardar las prescripciones del Ceremonial Romano; y reprendió al Presidente por haber estorbado al Prelado en la observancia de las sagradas rúbricas, exigiendo demostraciones de acatamiento que no le correspondían93.

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Sin embargo, no se crea por eso que el doctor don Mateo de la Mata haya sido hombre de creencias religiosas erradas; por el contrario, era no sólo creyente sincero, sino cristiano en sus costumbres y hasta devoto. El año de 1693, la ciudad de Quito y los pueblos de la meseta interandina, desde el norte hasta el nudo del Azuay, padecieron el azote de una peste, que se encrueleció   -370-   principalmente en la gente pobre y desvalida; entonces el Presidente, con laudable solicitud, cuidó de que los enfermos fueran socorridos, mandó repartir medicinas y distribuyó sus propias rentas en limosnas a los menesterosos94.

En aquella época había en Quito la devota costumbre de rezar públicamente, por las tardes, el rosario casi todos los días de la semana, saliendo   -371-   en procesión de los conventos y de la Catedral, y recorriendo algunas de las principales calles de la ciudad; por un auto el ilustrísimo señor Figueroa no sólo aprobó, sino que reglamentó esta práctica, designando un día de la semana para cada convento, y el domingo para la Catedral. El presidente don Mateo de la Mata acudía todas las tardes a tomar parte en esta devoción y, pospuesto todo respeto humano, se mezclaba entre los fieles y daba ejemplo de fervor; la piedad del Presidente sirvió de estímulo a muchas otras personas graves y autorizadas, y los rosarios fueron cada día más devotos y concurridos. De esta costumbre ha quedado memoria entre nosotros, con el recuerdo de un cierto suceso maravilloso que acaeció en la tarde del día 30 de diciembre de 1696. Salió la procesión aquel día de la Catedral, a la hora acostumbrada: era un día domingo. El obispo Figueroa se hallaba agonizante, con pulmonía, desahuciado de los médicos y recibidos ya los últimos sacramentos; dos días antes, el viernes 28 de diciembre, se había traído de Guápulo a la Catedral la santa imagen de la Virgen de Guadalupe, y se había comenzado una novena para alcanzar la vida y la salud del Prelado; aquella tarde la concurrencia al rosario fue más numerosa, porque el Provisor había mandado que la rogativa se hiciera pidiendo a la Virgen la vida del Obispo. Llegó la procesión al atrio de San Francisco; diose, con una campanilla, la señal convenida para indicar que estaba completa una decena de avemarías; púsose de rodillas todo el concurso, y los cantores principiaron el Gloria Patri, cuando, levantando la voz un clérigo, comenzó   -372-   a exclamar: ¡¡¡La Virgen!!! ¡¡¡La Virgen!!! A los gritos del sacerdote, volvieron todos la vista hacia el punto del cielo que él señalaba con el dedo; eran casi las cinco de la tarde, el aire estaba sereno, y al lado del Oriente, destacándose sobre el límpido azul del firmamento, asomaba una imagen gigantesca de la Santísima Virgen, formada como de una nube blanquísima y resplandeciente, suspendida entre el cielo y la tierra; alcanzábanse a percibir distintos los rasgos del rostro, un tanto inclinado hacia el Divino Niño, que sostenía con el brazo izquierdo, mientras en el derecho, extendido, llevaba a manera de cetro uno como ramo de azucenas... La aparición se mantuvo en el aire por algunos segundos, y desapareció, así que comenzaron a entonar de nuevo los cantores la salutación angélica. Gozaron de la vista de tan inesperado espectáculo cuasi todos los que formaban parte de la procesión; otros preguntaban: «¿Dónde está la Virgen?», y con la vista escudriñaban el cielo, pero no distinguían nada. Por algunos instantes se interrumpió el rezo y la procesión; las exclamaciones de admiración fueron tantas que al ruido vinieron a prisa muchos curiosos, averiguando qué había sucedido; y la sorpresa, el asombro y el júbilo tenían como fuera de sí a los que con la maravillosa visión habían sido regalados.

Para que se conservara la memoria de este suceso, el provisor y vicario general que lo era, el doctor Don Pedro de Zumárraga, entonces canónigo doctoral de Quito, sacerdote versado en ciencias eclesiásticas, instruyó un proceso con declaraciones juradas de todas las personas más   -373-   discretas que habían visto la aparición. El Obispo principió a convalecer desde aquella misma hora, y no solamente recobró la salud, sino que vivió todavía seis años más; y, en testimonio de gratitud y reconocimiento, edificó un altar a la Madre de Dios en la Catedral, y puso allí una imagen votiva, a la cual el pueblo piadoso comenzó a invocar, apellidándole Nuestra Señora de la nube95.




IV

Apenas habían transcurrido como unos diez y ocho meses después de este suceso, que conmovió a la ciudad de Quito y a todas las de las provincias subordinadas a la antigua Audiencia, cuando un espantoso cataclismo vino a llenar de espanto y desolación a todos sus moradores. En la madrugada del 20 de junio de 1698, hubo dos violentos terremotos en Latacunga, en Ambato, en Riobamba y en todos los pueblos y lugares dependientes de aquellas tres cabezas de   -374-   provincia; era pasada la una de la mañana de un día jueves, cuando se sintió un tan violento sacudimiento que derribó casi todas las casas de Ambato; después de un corto intervalo, volvió a temblar la tierra tan reciamente que echó al suelo hasta los restos de las paredes que con el primer vaivén habían quedado en pie; un estruendo subterráneo, semejante a descargas de baterías de artillería, precedió con pocos instantes al terremoto. Los que lograron escapar con vida se hallaban (todavía no bien repuestos del susto), ocupados trabajando en desenterrar a los que gritaban, pidiendo auxilio debajo de las ruinas, cuando advirtieron que se precipitaba sobre ellos una inundación de agua y lodo. En efecto, desde lo más elevado de las cumbres de la cordillera occidental, se desgalgaron torrentes de agua fangosa, y cayendo a los valles arrasaron cuanto encontraron en su carrera devastadora; hinchose el río de Ambato, rebosaron sus aguas y, saliendo de madre sus corrientes, se derramaron por entrambas orillas entonces el asiento de Ambato estaba puesto mucho más abajo del punto donde se halla edificada la ciudad actual, y el torrente arrastró el barrio bajo de la población. En el cauce estrecho y profundo del río, el nivel de las aguas subió a una altura increíble, y trastornó todo el valle de Patate, sin dejar casas, huertas ni sembrados; con la violencia de los temblores se hundieron algunos trozos del cono nevado del Carahuairazo; y la tierra, rasgándose en grietas extensas y profundas, formó abismos en el declive de la cordillera.

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En Ambato no quedó una iglesia ni una sola casa en pie; toda la población se redujo a un montón de escombros; las calles se transformaron en colinas, cayendo los edificios unos sobre otros, y perecieron como tres mil personas. En Riobamba los edificios religiosos y las casas de los particulares quedaron despedazados; mayor fue la ruina de Latacunga, donde murieron más de mil habitantes aplastados por las casas, que se les vinieron encima mientras ellos reposaban dormidos en sus lechos, convertidos de improviso en sepulcros. La oscuridad de la noche aumentaba el horror y la desolación en las poblaciones arruinadas; el valle de Patate quedó incomunicado; y en las tres provincias de Riobamba, de Ambato y Latacunga no hubo pueblo que no se arruinara, sufriendo los estragos, del terremoto en la extensión de más de treinta leguas todos los lugares de la meseta interandina desde el nudo de Tiopullo hasta el nudo del Azuay.

En Quito y en las poblaciones del centro el temblor fue suave; en las comarcas del norte casi no fue sentido. A consecuencia de este terremoto pidieron los habitantes de Latacunga, de Ambato y de Riobamba que sus pueblos se trasladaran a otros sitios, donde estuvieran menos expuestos a semejantes catástrofes; pero el Gobierno superior no accedió sino a la traslación de Ambato, el cual se mudó del punto donde antes estaba a un sitio más elevado. Verificose el cambio trasladando primero el Santísimo Sacramento y depositándolo en una choza pajiza, construida provisionalmente para que sirviera de iglesia,   -376-   en el sitio donde ahora se levanta el templo parroquial de Ambato.

En Latacunga hicieron grandes fosas, donde en sepultura común fueron amontonando los cadáveres, porque no era posible cavar tumbas para cada uno; en Ambato las ruinas de las propias casas sirvieron de túmulo para sus moradores. El estado de atraso en que se encontraban las provincias que componían el antiguo reino de Quito, al terminar el siglo decimoséptimo, era, pues, lamentable96.

El presidente Mata siguió gobernando hasta el año de 1701, en que regresó a Lima, prefiriendo el empleo de oidor más antiguo de la Audiencia de la ciudad de los Reyes a una plaza en el Consejo de Indias, con que el Rey quiso premiar sus servicios. Años después acabó sus días en la misma ciudad de Lima.

Al señor Figueroa le asaltó la muerte el 2 de mayo de 1702; eran las cuatro y media de la tarde; hallábase el Prelado rezando devotamente el rosario y había comenzado la decena del segundo misterio, cuando su vida se apagó suavemente. Su enfermedad fue lenta y dolorosa;   -377-   pero, en los momentos mismos de su agonía, se ocupaba en alabar a la Virgen, de quien durante toda su vida había sido muy devoto. Gobernó quince años: los tres primeros como vicario con jurisdicción dada por el Cabildo; los doce siguientes como obispo diocesano.

Era el obispo Figueroa venerado de su pueblo; atinado en el gobierno de su diócesis, hízose amar y obedecer; celoso en el cumplimiento de sus deberes, visitó el obispado, bajando a la remota provincia de Barbacoas, adonde los obispos sus predecesores no habían podido llegar. El obispo don Sancho de Andrade y Figueroa y el presidente don Mateo de la Mata Ponce de León, cierran la serie de los obispos y presidentes elegidos por los monarcas españoles de la casa de Austria.

Aquí deberíamos terminar este Libro de nuestra Historia; pero hemos creído conveniente continuar refiriendo los sucesos importantes que acaecieron en los primeros años del siglo decimoctavo, a fin de llegar con nuestra narración hasta el de 1718, en que fue suprimida la Real Audiencia. El primer período de la duración de ésta comprende mucho más de un siglo; y la supresión temporal de la Audiencia es un hecho que divide en dos grandes períodos la época colonial.





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