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Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los incas (Parte primera, Libro octavo, Capítulo quinto).
Calancha, Crónica moralizada de los padres de San Agustín en el Perú (Libro segundo, Capítulo undécimo).
Molina, Relación de las fábulas y ritos de los Incas, hecha por Cristóbal de Molina, cura de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, del hospital de los naturales del Cuzco, dirigida al obispo Lartaun. (Opúsculo, que se conserva manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid). La fábula de los cañaris relativa al Diluvio está expuesta y referida en el opúsculo del cura Molina, cuyo título acabamos de copiar: nosotros en nuestro Estudio histórico sobre los cañaris, publicado en Quito en 1878, transcribimos también esta fábula, citando como autoridad al abate Brasseur de Bourburg, el cual habla de ella en su Introducción a la obra de Landa sobre las cosas de Yucatán; pero en nuestro viaje a España tuvimos ocasión de reconocer que la obra, de donde el americanista francés había tomado la noticia de esta tradición de los Cañaris, no era del cura Ávila, sino del cura Cristóbal de Molina. Como los dos manuscritos, el de Ávila y el de Molina, están juntos en un mismo códice, Brasseur los cita sin claridad y precisión.
Albornoz, Instrucción para descubrir todas las guacas del Pirú y sus camayos y haciendas (Opúsculo manuscrito, que se guarda en el Real Archivo de Indias en Sevilla). Pertenece a fines del siglo XVI. El autor fue cura párroco en el obispado del Cuzco, y visitador de Arequipa el año de 1568. «Provincia de Tomebamba. Guasaynan, guaca principal de todos los indios hurin e anan sayas. Es un cerro alto, de donde dicen prosceden todos los Cañares, y donde dicen
huyeron del diluvio y otras supersticiones que tienen en el dicho cerro»
. A nosotros nos parece que este cerro de Huacay-ñan, célebre en las tradiciones religiosas de los Cañaris, ha de ser alguno de los puntos más elevados de la Cordillera oriental, pues en ella hay un sitio denominado Huarinag, palabra que es probablemente una corrupción del antiguo Huacay-ñan.
Juzgamos muy oportuno hacer notar aquí, que las tradiciones religiosas de los cañaris debieron haberlas oído, sin duda ninguna, los dos párrocos del Cuzco de boca de los descendientes de los primitivos Cañaris, trasladados en gran número al distrito del Cuzco por Tupac Yupanqui; y así no es de extrañar que el nombre del cerro sagrado esté en quichua y no en la lengua de los cañaris, porque los de esta nación que vivían en el Cuzco hablaban la lengua quichua y no la lengua suya materna.
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Cogolludo, Historia de Yucatán (Libro cuarto, Capítulo octavo).
Rosny, Ensayo sobre la interpretación de la escritura hierática de la América central. (Traducción del francés al castellano por el señor Rada y Delgado. Madrid, 1884). Esmerada edición de una de las más recomendables obras de arqueología americana).
La guacamaya o papagayo de que se habla aquí son las aves conocidas con los nombres de Aras o Macrocércidos en las clasificaciones zoológicas: habitan en la América Meridional y son muy comunes en los bosques calientes de la zona tórrida.
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Para la narración del texto en el presente capítulo nos hemos valido del testimonio de los siguientes autores:
Cieza de León, Gonzalo Fernández de Oviedo, Gómara, Zárate, Herrera, Cabello Balboa, Garcilaso de la Vega (el Inca) y Velasco, los títulos de cuyas obras hemos citado ya muchas veces en nuestras notas a los capítulos anteriores, y, por lo mismo, creemos que no es necesario volverlas a citar ahora:
Acosta, Historia natural y moral de las Indias (Libros cuarto, quinto y sexto).
Santillán (Don Fernando), Relación del origen, descendencia, política y gobierno de los Incas.
Relación de las costumbres antiguas de los naturales del Pirú (Es anónima y su fecha no puede pasar de 1620 a 1625).
Pachacuti Yamqui (Don Joan de Santacruz), Relación de Antigüedades de este reino del Pirú (Estas tres Relaciones, que se conservaban inéditas, fueron dadas a luz por la primera vez en Madrid, el año de 1879: las hemos citado ya en otra nota anterior).
Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú (Edición de Lima, año de 1621).
Confesonario para los curas de indios (Impreso en Sevilla, en 1603). Esta edición se hizo cumpliendo con lo dispuesto por el primer concilio provincial de Lima, celebrado en 1583. Contiene datos muy importantes acerca de los usos y costumbres de los indios de todo el extenso territorio de América, que se designaba entonces con el nombre de Perú. Se encuentra además en este volumen un Tratado sobre los ritos y supersticiones de los indios, sacado de los informes o averiguaciones que hizo el licenciado Polo de Ondegardo.
Villagómez (Don Pedro, Arzobispo de Lima), Carta pastoral de exhortación o instrucción contra las idolatrías de los indios del Arzobispado de Lima (Impresa en Lima, año de 1619).
Ávila, Tratado de los Evangelios (Son dos tomos, ambos impresos en Lima; el primero en vida del autor, el año de 1646, y el segundo dos años después, en 1648, cuando ya el doctor Francisco de Ávila había fallecido). En estos tratados o sermones sobre los Evangelios de todo el año, escritos en castellano y en quichua, se encuentran muchas noticias acerca de las creencias, supersticiones y prácticas religiosas de los indios.
——, Tratado y relación de los errores, falsos dioses y otras supersticiones y ritos diabólicos, en que vivían antiguamente los indios de las provincias de Huarochirí, Mama y Chaclla (Manuscrito que se conserva inédito en la Biblioteca Nacional de Madrid, donde lo estudiamos detenidamente).
——, Relación de la idolatría de los indios del Arzobispado de los Reyes y diversidad de ídolos que adoran (Se conserva inédita en el Archivo de Indias en Sevilla).
Avendaño, Sermones de los misterios de nuestra santa fe católica, en lengua castellana y en la general del Inca. Impúgnanse los errores particulares que los indios han tenido (Impreso en Lima, el año de 1648).
——, Relación acerca de la idolatría de los indios del Arzobispado de Lima: 3 de abril de 1617 (Se conserva inédita en el Archivo de Indias en Sevilla).
Molina, Relación de las fábulas y ritos de los Incas (De este manuscrito hemos hablado ya en otra ocasión).
Albornoz, Instrucción para descubrir todas las guacas del Pirú y sus camayos y haciendas (También de este manuscrito hemos hablado ya antes).
Montenegro, Itinerario para párrocos de indios (Usados de la edición de Amberes, de 1726). Don Alonso de la Peña y Montenegro fue por largos años obispo de Quito y en su libro se encuentran noticias curiosas relativas a las costumbres de los indios. Esta raza tenaz conserva sus usos y tradiciones con una invariabilidad característica.
Tschudi, Antigüedades peruanas (Capítulos sexto, séptimo y octavo).
Calancha, Crónica moralizada del orden de San Agustín en el Perú (Libro primero, Capítulos catorce y quince).
Lorente, Historia de la civilización peruana (Edición de Lima, en 1879).
Wiener, Ensayo sobre las instituciones políticas, religiosas, económicas y sociales del imperio de los Incas (En francés; París, 1879).
Relaciones geográficas de Indias. De estos documentos, tan importantes para la Historia de América, se han publicado hasta ahora (1890), dos volúmenes; no obstante, la mayor parte de los relativos a las provincias del Ecuador aún permanece inédita. En la colección de documentos inéditos de Torres y Mendoza, se han impreso dos relaciones, la de la provincia del Chimborazo y la de Guayaquil con la de Manabí.
Desjardins, El Perú antes de la conquista (En francés).
Pérez Bocanegra, Ritual formulario e institución de curas para administrar a los naturales de este reino [del Perú] los santos sacramentos, Lima, 1631.
En todas estas obras, que parecen tan extrañas a la Historia, se encuentran datos curiosos relativamente a los usos, costumbres, creencias religiosas, prácticas y supersticiones de los antiguos indios; pues los autores de muchas de estas obras alcanzaron a estudiar a las razas indígenas cuando todavía no habían sido modificadas profundamente por la influencia de la civilización castellana. Por otra parte, como los concilios provinciales de Lima legislaban también para el Ecuador, es claro que en todas estas provincias existían las prácticas supersticiosas y los abusos, que los concilios pretendían desarraigar.
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El cuy es roedor. Cuvier le ha clasificado en la tribu de los acleidos o sin clavícula: en Zoología se le designa con el nombre de cavia, y es el mismo animalito de que habla el cronista Gonzalo de Oviedo, llamándolo cori. Garcilaso dice siempre coy, en el dialecto quichua del Cuzco. Molina lo describe, dándole el calificativo especial de Lepus minimus, y Gay el de cavia apereá; pero son dos especies distintas, pues, según Azara, el apereá es el cuy silvestre; propio de climas templados, y el cavia es el cuy doméstico, que puede vivir y prosperar hasta en los temperamentos rígidos. El cuy es conocido generalmente con el nombre de Cochinillo de Indias, y se tiene como originario de la América del Sur, donde, sin embargo, no se ha hallado hasta ahora en estado salvaje. El cuy y el llama fueron los dos cuadrúpedos reducidos al estado doméstico por los indios de la América Meridional antes de la conquista; pudiera añadirse también el perro, en algunas tribus del Perú y del Ecuador. En los sepulcros descubiertos en Ancón se encontraron momias de perros muy bien conservadas: Garcilaso refiere que el perro era adorado por los Huancas, antiguos pobladores del distrito de Jauja en el Perú; respecto del Ecuador, el padre Velasco lo afirma terminantemente, enumerando hasta cuatro especies o variedades indígenas y dando los nombres de cada una de ellas. Los indios de Chile habían domesticado también al huanaco.
Philippi, «Sobre los animales domésticos introducidos en Chile desde su conquista por los españoles» (Anales de la Universidad de Santiago, Tomo LXVII).
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Parece conveniente hacer en éste lugar algunas advertencias, no del todo inoportunas.
El Sol era adorado con dos nombres: en la sierra se le llamaba, por lo regular, Punchao, que equivale al día, o, acaso, más propiamente, el que hace el día: el otro nombre era el de Inti, tan conocido de todos y tan repetido. El Sol era el dios social, el dios nacional del imperio; el dios del individuo era el Chanca, designado generalmente con el nombre de Conopa, que era el más usado, sobre todo, en las provincias setentrionales del imperio.
No había indio que no tuviese su divinidad individual, su ídolo privado: para escogerlo acudía a sus sacerdotes hechiceros, a fin de que ellos lo declararan verdadera divinidad, conopa legítimo, lo cual se hacía muchas veces consultando la suerte.
La religión de los antiguos indios del vasto imperio de los incas en la América Meridional era propiamente la adoración del universo corpóreo, no en general, sino en los innumerables objetos que lo componen. Por lo que respecta a la ortografía de algunos nombres propios de las divinidades mitológicas de nuestros indios, hemos hecho una variación ligera, adoptando el modo de escribir esos mismos nombres, puesto en práctica por autores muy competentes.
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El ispingo de nuestros antiguos indios era, sin duda, una laureacea de las montañas orientales trasandinas, designada ahora en la ciencia con los nombres botánicos de Nectandra puchury mayor y Nectandra puchury minor.
Raimondi (Elementos de Botánica aplicada a la Medicina y a la Industria).
El Mántur era una frutita colorada, de color rojo, la cual, a lo que se presume, servía a las indias jóvenes como de afeite, pues la empleaban para teñirse de rojo las mejillas.
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Del ají existen en el Ecuador las variedades siguientes: el capsicum annuum o ají largo, el capsicum frutescens y el capsicum pubescens o rocoto. El capulí es el Physalis peruavina.
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He aquí una somera enumeración de los alimentos vegetales, que eran el principal recurso de la cocina de las antiguas tribus indígenas ecuatorianas.
El maíz llamado en quichua sara o mejor zara (Zea Mays), del cual se conocen más de cuatro variedades en el Ecuador, es indígena de América, y se ha encontrado en estado silvestre en el Brasil. Esta graminácea ha sido y continúa siendo todavía el principal artículo de consumo en la alimentación del pueblo ecuatoriano.
La papa (Solanum tuberosum), desempeña un papel todavía más importante que el maíz en la economía de la vida de nuestros indios. Se conocen no pocas variedades de ella.
El plátano (Musa paradisiaca), la chirimoya (Annona cherimolia), el aguacate (Persea gratissima), y la piña (Bromelia ananas), eran entre las frutas indígenas los postres más regalados; cada provincia tenía además los suyos propios.
La yuca (Manhiot aipi) y el camote (Batata edulis), en las provincias de clima abrigado; la oca (Oxalis tuberosa), el olloco (Ullucus tuberosus), y la massua (Tropaelum tuberosum), en las de climas fríos eran, entre las tuberosas, las más comunes, cuyo cultivo estaba muy generalizado. Añádase a esto el zapallo (cucurbita maxma), y el zambo (cucurbita pepo), entre las cucurbitáceas, y la quinua (Chenopodium Quinua), que crece en temperamentos templados, y el maní (Arachis hipogea), que prospera en los calientes, y tendremos la enumeración de los principales alimentos, que el reino vegetal proporcionaba a las antiguas tribus indígenas ecuatorianas.
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Landa, Relación de las cosas de Yucatán (Párrafo XXIII, en la edición francesa de Brasseur: París, 1864. Página 81.ª, en la edición castellana: Madrid, 1884).
Cogolludo, Historia de Yucatán (Libro cuarto, capítulo tercero. Edición de 1688).
Bancroft, Las razas naturales de los estados del Pacífico en la América del Norte (Volumen segundo, Capítulo veintitrés). En inglés.
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Oviedo, Historia general y natural de las Indias (Libro cuarenta y seis, Capítulo diez y siete).
Acosta, Historia natural y moral de las Indias (Libro primero, Capítulo diez y nueve).
García, Origen de los indios (Libro cuarto, Capítulo veintitrés. Edición de Barcia). Este autor permaneció nueve años en el Perú, desempeñando varios cargos en su orden.