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Daremos algunas noticias acerca de los hijos de don Dionisio de Alsedo y Herrera.

El 30 de abril de 1730 nació un niño, a quien se le bautizó con los nombres de José, Francisco-Javier, Antonio; fue su padrino el padre Ángel María Manca, de la Compañía de Jesús. Parece que hubo peligro para la vida de este niño, porque se le echó el agua apenas nació; la administración del óleo se hizo el día 7 de mayo, a los ocho de nacido.

El 23 de julio de 1731 nació una niña; la bautizó el día 25 el padre Ignacio Hormaegui, jesuita, y se le impusieron los nombres de Ignacia María; fue su padrino el oidor don Pedro de Arizala.

El 9 de septiembre de 1732 fue bautizada otra hija, a la cual se le dieron los nombres de María Victorina; fue su padrino el oidor don José Llorente; la bautizó el ilustrísimo señor don Salvador Bermúdez, Maestrescuela de la Catedral de Quito y Obispo electo de la Concepción de Chile.

El 31 de octubre de 1733 nació otro hijo varón; fue bautizado el 3 de noviembre, por el doctor don Sancho de Segura, cura-rector de la Catedral; pusiéronsele a este niño los nombres de Ramón, Antonio, Diego, fue su padrino el general don Diego de Nava y Aguilar, Corregidor y Justicia Mayor de Quito.

El 15 de mayo de 1735 fue bautizada otra niña, que nació el 5 de abril; se le pusieron los nombres de Andrea, María, Joaquina; la bautizó el obispo Paredes; como hubiese peligro para la vida, le derramó el agua el mismo día del nacimiento el padre fray Diego de Paredes y Armendáriz, franciscano, quien hizo de padrino en la administración del óleo y crisma. (Constan todas estas noticias de las respectivas partidas de bautismo en los libros bautismales de españoles de la parroquia de la Catedral llamada el Sagrario, Libro de 1723-1733, Libro de 1734-1744, Archivo de la misma parroquia).

De estos hijos no vivieron sino tres: Ramón, Antonio y Andrea; los otros morirían indudablemente en muy tierna edad. El año de 1742, cuando don Dionisio de Alsedo venía por última vez a América con el destino de Presidente de Panamá, no le acompañaban más que su esposa, su hija Andrea y sus dos hijos, Ramón y Antonio; el 27 de junio se embarcó en Cádiz; y, en las informaciones acerca de los pasajeros que aquel día debían hacerse a la vela para América, se da la filiación de los cuatro individuos que componían la familia de Alsedo: doña María Bejarano, su esposa, de 36 años de edad, buen cuerpo, gruesa, y de buen color; sus tres hijos Ramón, Antonio y Andrea: el primero de ocho años (1733-1742), grueso, blanco y rubio; el segundo de siete, y de las mismas señas que el primero; y la tercera de 6 años de edad, delgada y trigueña.

La fe de bautismo de don Antonio de Alsedo, el más célebre de los hijos de don Dionisio, no consta en los libros parroquiales de las parroquias urbanas de Quito, y, sin duda, nació cuando su familia estaba en alguno de los pueblecitos o aldeas de los contornos de esta ciudad; por lo mismo, no puede fijarse con seguridad más que el año de su nacimiento, pero no el mes ni el día. El año fue el de 1734, porque en octubre de 1733 nació su hermano Ramón; y en abril de 1735 nació su hermana Andrea, la cual consta que era menor que don Antonio; tal vez nacería éste en julio o en agosto de 1734. Tampoco Azcaray pudo señalar el lugar del nacimiento de don Antonio de Alsedo. (N. del A.)

 

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Se ha solido contar al ilustrísimo señor Escandón en el número de los obispos de Quito; pero para ello no hay fundamento alguno, pues el señor Escandón fue tan sólo presentado por el Rey; mas ni lo preconizó el Papa ni se le expidieron las bulas, ni memos tomó posesión del obispado; lo único que sucedió fue, que se hiciera cargo del gobierno de la diócesis, con delegación o autoridad del Cabildo eclesiástico. Éste es el lugar oportuno para dilucidar una cuestión canónica, que principiamos a plantear en una nota del Tomo cuarto de esta Historia.

Los obispos en tiempo del gobierno español, si todavía no eran consagrados, debían venir a consagrarse en América, porque no podían recibir la consagración en España; tanto los no consagrados, como los que eran trasladados de una diócesis a otra, se solían hacer cargo del gobierno de la diócesis para la que habían sido presentados, aun antes de que el Papa los preconizara y expidiera las bulas de su institución episcopal. ¿De quién recibían en este caso la jurisdicción espiritual? La recibían del Cabildo en sede vacante; el Cabildo en sede vacante los nombraba gobernadores del obispado, en virtud de la cédula, que se llamaba de ruego y encargo. El Rey rogaba y encargaba al Cabildo en sede vacante que trasmitiera toda su jurisdicción al sacerdote o prelado que el mismo Rey, en virtud de su derecho de patronato, había presentado al Papa, para que Su Santidad lo eligiera e instituyera Obispo de tal iglesia determinada.

Ésta era la práctica ordinaria, ésta era la disciplina seguida en América durante el gobierno de los reyes de España sobre estas comarcas; ahora bien, esta práctica no sólo no era conforme con el Derecho canónico común, sino que era manifiestamente contraria a lo dispuesto por varias Constituciones pontificias en punto a jurisdicción episcopal. Por derecho común, los presentados para obispados no pueden ser elegidos gobernadores del obispado para el que han sido presentados; la práctica contraria observada en América ¿deberá condenarse como abuso? ¿Podrá mirarse como costumbre canónica legítima?... He ahí la cuestión.

Opinamos que era una costumbre introducida por la necesidad, y tolerada por la Silla Apostólica; los escándalos causados por los cabildos en sede vacante obligaron a excogitar algún remedio, y se echó mano de éste: «que tomara las riendas del gobierno el mismo que había de gobernar después como Obispo»; lo largo de las distancias, lo lento de las comunicaciones, los peligros de una prolongada vacante y la necesidad espiritual de la diócesis explican la introducción de esta práctica. Además, los presentados por el Rey católico (que pedía siempre dictamen al Consejo), ¿no podrían considerarse como elegidos por unanimidad? Esta consideración ¿no podría dar legitimidad canónica a la costumbre?... A lo menos, no sabemos que durante el gobierno de los reyes de España haya reprobado esta práctica la Santa Sede.

Pocas dificultades ofrecía esta práctica, cuando la diócesis había vacado por muerte de su Obispo, pues entonces el Cabildo trasmitía la jurisdicción al presentado por el Rey; si el presentado era Obispo de otra diócesis, ésta no vacaba sino cuando el Papa decretaba en el consistorio la traslación; pero el gobierno de ella no siempre era fácil, desde que el Prelado propio se ausentaba para gobernar otra. Mayores embarazos se presentaban cuando eran trasladados a un tiempo dos obispos vivos, y mayores aún cuando las diócesis estaban próximas, como sucedió con el señor Romero y el señor Gómez Frías; pretendía éste que el obispado de Quito se declarara vacante desde que aquél saliera de esta ciudad; el señor Romero le hizo notar que la diócesis de Quito no vacaría sino cuando el Papa en el consistorio lo trasladara a Charcas.

Por esto, no se daba sino el gobierno a los presentados; la posesión canónica se concedía mediante la presentación de las bulas pontificias en el Cabildo eclesiástico. Así, el Cabildo de Quito le negó la posesión del obispado al apoderado del ilustrísimo señor Paredes, porque este señor no había enviado las bulas del Papa.

Preséntase ahora otra cuestión: la antigua práctica ¿podrá subsistir hoy día en América? ¡De ningún modo! El pensarlo sería absurdo, y el ejecutarlo un atentado; aun en los mismos tiempos de la colonia, no faltaron prelados timoratos que miraran con desconfianza semejante costumbre. Uno de ellos fue el señor Escandón, quien encargó al deán Zumárraga que renunciara inmediatamente en su nombre el poder que le transfiriera el Cabildo, y que lo devolviera al mismo Cabildo; así lo hizo el Deán; los canónigos reasumieron el poder para el Capítulo. De este modo concordaban a veces las disposiciones canónicas con las prácticas gubernativas del Rey católico. Solamente la ignorancia del Derecho canónico y de la historia colonial americana podría excusar a los que, bajo el régimen actual, han pretendido seguir como leyes las prácticas antiguas de una disciplina canónica, que hoy debe estar relegada a la historia y que no puede ser resucitada sino como abuso, y abuso escandaloso.

Inútil nos parece citar los autores en que se apoyaban los antiguos, pues Frasso, Solórzano, Avendaño y otros ahora han perdido completamente su importancia doctrinal. (N. del A.)

 

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Azcaray, Serie cronológica de los Obispos de Quito.

Mendiburu, Diccionario histórico biográfico del Perú.

Odriozola, Documentos literarios del Perú (Tomo cuarto).

Azcaray se equivoca en el nombre del arzobispo Escandón, el cual no se llamaba Juan, sino Francisco Antonio. La fecha de la entrada del obispo Paredes en Quito y la toma de posesión del obispado constan de los libros de actas del Cabildo eclesiástico de Quito, Volumen de 1733-1738 (Archivo del Cabildo metropolitano). (N. del A.)

 

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Como siempre, para la narración de los hechos nos apoyamos en documentos contemporáneos dignos de todo crédito; los citaremos por su orden.

I.- Libro de actas del Cabildo civil de Quito, Libro de 1734, sesión del día 27 de mayo, sesión del día 3 de junio, sesión del día 7 de junio. Libro de actas del Cabildo civil de Quito correspondiente a 1735, representación del Cabildo a la Audiencia, sesión del día 10 de febrero, sesión del 24 de febrero, copias de la carta del Cabildo de Popayán al de Quito, del Obispo de Popayán al Rector de los jesuitas de la misma ciudad, del Cabildo de Quito al de Popayán. Expediente sobre la nulidad de las elecciones de Alcaldes (Archivo de la Municipalidad de Quito).

II.- Autos obrados sobre las conclusiones, que dedicó a Sus Majestades la sagrada religión de la Compañía de Jesús de la provincia de Quito junta en congregación provincial, 1735 (Archivo de la Corte Suprema). Estas conclusiones debían ser dedicadas al obispo Paredes; pero el padre Zárate mandó borrar de la plancha de plata, en que estaban ya grabadas, las armas del Obispo, e hizo burilar las del Rey.

III.- Informaciones de pasajeros, que con licencia del Gobierno venían de España a la América, Año de 1734 (Archivo de Indias en Sevilla). Hállase en ellas la filiación del padre Zárate y de su compañero.

IV.- Resumen del expediente formado por el presidente don José de Araujo y Río sobre las discordias cansadas en Quito por don Dionisio de Alsedo, su predecesor (Archivo de Indias en Sevilla). He aquí lo más sustancial de algunas de las declaraciones.

1.º «Por lo que toca al origen y causa de estas disensiones, lo que sabe el testigo es, que éstas nacieron de haber escrito el señor don Dionisio de Alsedo en tiempo de su presidencia una carta a su compadre el dicho reverendo padre Hormaegui, dándole noticia cómo los padres consultores de este Colegio de la Compañía le habían removido del lugar en que había venido asignado de Rector de este Colegio, y habían puesto al del segundo, que lo fue el reverendo padre Marcos de Escorza, con otras cláusulas bastantemente denigrativas de dichos padres... Dicho padre Visitador con el dicho padre Hormaegui y el referido señor don Dionisio de Alsedo trataron de desairar a dichos alcaldes ordinarios, y, metiendo la mano en las elecciones de alcaldes, alborotaron la paz y sosiego de esta República, engendrándose odios, rencores y bandos, en que prevalecieron los influjos de dichos padres» (Declaración del doctor don Sebastián de Medrano, Catedrático de Derecho en la Universidad de Santo Tomás, 5 de enero de 1737).

2.º «La ciudad, por el lamentable estado en que está puesta por las parcialidades y discordias que están en ella introducidas» (Declaración de don Tomás Fernández Salvador).

3.º «Pues sólo le movía para impedir estos casos el quitar de raíz las enemistades, rencores, disensiones y parcialidades de que estaba sembrada esta República, por causa de dichos bandos... destruyendo esta pobre República con sólo querer reinar los europeos y extinguir a los patricios» (Declaración del doctor don Francisco Javier Arias Altamirano, sacerdote).

4.º «Los padres Zárate y Hormaegui y el presidente Alsedo... con grande empeño fomentaron criar nuevo Cabildo, a costa de mucho dinero, comprando los más oficios, que nadie los apetecía, estando vacos muchos años; y así se ha fomentado la grave discordia, en que se halla esta miserable ciudad, &., &.» (Declaración del capitán don Manuel González del Pino).

Hay varias otras declaraciones, asimismo juramentadas; y todas están acordes en lo sustancial y en lo accesorio, nos parece innecesario copiarlas en esta nota. (N. del A.)

 

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Azcaray, Serie cronológica de los Presidentes de la Real Audiencia de Quito.

Mendiburu, Diccionario histórico y biográfico del Perú. (N. del A.)

 

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Godín (Luis), nació en París el 28 de febrero de 1704; ingresó en la Academia en 1725; cuando vino a Quito tenía treinta y un años. Godín fue quien inició en la Academia el proyecto de la Expedición al Ecuador. Murió el 11 de septiembre de 1760.

Bouguer (Pedro), nació en Croisic en la baja Bretaña el 16 de febrero de 1698; murió el 15 de agosto de 1758. Bouguer era indudablemente el más sabio de los tres académicos.

Condamine (Carlos María de La), nació en París el 28 de enero de 1701 y murió el 4 de febrero de 1774; fue miembro no sólo de la Real Academia de las Ciencias, sino también de la Academia francesa. Éstos fueron los tres académicos que vinieron al Ecuador, aunque al principio estuvieron designados otros como Granjean, Lagrive y Pimodan con Godín y La Condamine: por la excusa de Granjean fue designado Bouguer. La cédula Real del 14 de agosto de 1734 se recibió en Quito el 11 de septiembre del año siguiente de 1735 (Cedulario de la antigua presidencia, Volumen que contiene las cédulas y otros despachos reales del tiempo de Alsedo, Archivo del Ministerio de lo Interior).

Los académicos enviados al Polo fueron Maupertuis y monsieur Clairant; su comisión fue desempeñada en corto tiempo, y no duró tantos años como la de los que vinieron al Ecuador. (N. del A.)

 

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Las fuentes históricas para este asunto y los documentos en que apoyamos nuestra narración son los siguientes. El primer lugar ocupan las obras y escritos de los mismos académicos.

Bouguer, La figura de la Tierra, París, 1749. En francés.

La Condamine, Diario del viaje hecho por orden del Rey al Ecuador, París, 1751. En francés.

La Condamine, Medida de los tres primeros grados en el hemisferio austral, París, 1751. En francés.

Ulloa, Relación histórica del viaje a la América Meridional. Obra llena de noticias curiosas, descripciones interesantes y datos importantísimos para la historia de la colonia a mediados del siglo decimoctavo; por lo que respecta a la Expedición francesa, la obra de Ulloa es de mérito indisputable.

En la Historia de la Real Academia de las Ciencias se contienen, entre otras, las siguientes Memorias:

Primera.- Observación del eclipse de Luna del 8 de septiembre de 1737, hecha en Quito por monsieur Godín, Tomo correspondiente al año de 1739.

Segunda.- Observación del eclipse de Luna del 8 de septiembre de 1737, hecha en Quito por monsieur Bouguer. En el mismo volumen de 1739.

Tercera.- Sobre las refracciones astronómicas en la zona tórrida, por monsieur Bouguer. En el tomo de 1739.

Cuarta.- En el volumen de la Historia de la Academia relativo al año de 1744 se halla una Relación abreviada del viaje de los académicos, hecha por Bouguer, y es la misma que, con mayor extensión, forma la primera parte de La figura de la Tierra.

Quinta.- Experimentos hechos en Quito y otros diversos lugares de la zona tórrida, sobre la dilatación y la contracción que sufren los metales por el calor y por el frío, Memoria de monsieur Bouguer, Año de 1745. Otras Memorias de La Condamine serán citadas después en su lugar oportuno.

La historia de la Expedición ha sido narrada por cuatro escritores del Ecuador, anteriores a la composición de nuestra obra; estos escritores son:

Velasco, Historia del Reino de Quito (Parte tercera, Libro segundo, párrafo primero, números 39 y 40. Tomo tercero). Ha consagrado solamente dos párrafos a la Expedición francesa, y en pocas líneas acumula errores e inexactitudes notables.

Herrera (El señor doctor don Pablo), Ensayo histórico biográfico de la República del Ecuador (Opúsculo publicado en Quito), Capítulo tercero, Siglo XVIII.

Cevallos, Resumen de la Historia del Ecuador (Tomo segundo, Capítulo quinto).

Menten (El señor doctor don Juan Bautista), Relación sobre la Expedición de los académicos franceses (Precede al programa de la Escuela Politécnica de Quito: De 1875 a 1876, Quito, Imprenta del Gobierno, 1875). (N. del A.)

 

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He aquí la inscripción, tal como la transcribe el mismo La Condamine:

Observationibus astronomicis... hocce promontorium Aequatori subjacere compertum est; pero indudablemente en el lugar que ha llenado con puntos suspensivos, constaban las siguientes palabras: Regiae Parisiensis Scientiarum Academiae, según se deduce del curioso grabado que adorna la primera página del Diario del viaje o introducción histórica (París, Imprenta real, 1751). La verdadera inscripción fue, pues, la siguiente: Observationibus astronomicis Regiae Parisiensis Scientiarum Academiae, hocce promontorium Palmar Aequatori subjacere compertum est. Anno Christi 1736. Traducida en castellano diría así: «Por las observaciones astronómicas de la Real Academia de las Ciencias de París, se descubrió que este promontorio del Palmar está debajo del Ecuador. Año 1736 de Cristo». (N. del A.)

 

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La hacienda denominada Pueblo-viejo, cerca de Mira, fue el punto donde establecieron su segundo observatorio, al extremo Norte, los académicos para la medida del meridiano. El punto de observación establecido al Sur estuvo en la hacienda perteneciente a la familia Sempértegui, en un vallecito reducido y solitario, al pie de la colina conocida ahora con el nombre de Francés Urcu, en el punto en que termina el Guagua Tarqui y comienza el Mama Tarqui. (N. del A.)

 

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Daremos aquí algunas ligeras noticias acerca de las operaciones para medir los grados de meridiano.

Las estaciones fueron por todas 67, contando las de entrambas cordilleras. El número total de triángulos ascendió a 43.

Longitud de la base de Yaruquí reducida a una línea recta 6.274 toesas, lo que equivale a 12.228,28 metros.

Las tres estrellas escogidas para las observaciones astronómicas fueron e de Orión, z de Antinoo y a de Acuario, poco distantes del zenit. (N. del A.)

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