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Como tratándose de cosas antiguas es muy agradable saber hasta las más pequeñas circunstancias, pondremos aquí algunas de las relativas a la fundación de los monasterios de religiosas de Quito y Cuenca.
El convento de Santa Clara se fundó en las casas de don Alonso de Aguilar, vecino de Quito, las cuales, según dice la escritura de venta, «son en esta ciudad de San Francisco de Quito arriba del convento de San Francisco, como se va a la quebrada que llaman de Ullaguauga-yacu, que han por linderos por la delantera la plazuela de esta casa y la de Alonso Casco y otra casa de los mismos vendedores, y por las espaldas casas de Lorenzo de Padilla, y por la esquina, calle enmedio, casas de
Gutierre de Alcocer»
.- En el punto donde estaban estas primeras casas fue edificada después la iglesia del convento. La quebrada, que hoy se conoce con el nombre de Jerusalén, es la que entonces se llamaba Ullaguanga-yacu.
El convento de Santa Catalina estuvo fundado primero en una casa de la esquina meridional de la plaza de San Francisco, a saber, en la primera de la calle que baja de la dicha plaza a la de Santo Domingo, hacia la mano derecha: Esta casa fue del virtuoso presidente del Ecuador, señor doctor don Francisco Javier Espinosa, y hoy pertenece a su familia, una de las más honorables de la República.
La licencia para fundar el convento de monjas de la Concepción en Cuenca, fue pedida a nombre de los vecinos de la ciudad por el padre jesuita Juan de Frías Herrán, y, visto el consentimiento del Obispo, la concedió el licenciado Marañón, en uso del derecho del real patronato, el 15 de mayo de 1599.
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Todos los datos relativos a la fundación de estos antiguos conventos, los hemos tomado de los documentos originales, que se guardan en sus respectivos archivos.
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Documentos originales, que se conservan actualmente en el convento de la nueva ciudad de Riobamba. La petición del Cabildo de Riobamba se hizo el 20 de mayo de 1695: el Obispo dio su licencia el 24 del mismo: el Presidente la dio el 7 de junio. Fueron de Quito tres monjas profesas, tres novicias, dos hermanas legas y una criada negra.
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Documentos del Archivo de Indias en Sevilla. (Cartas y expedientes del obispo de Quito vistos en el Consejo de Indias).
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Contra el obispo Solís elevaron quejas al Rey de España y al Real Consejo de Indias muchas personas, entre las cuales no encontramos más que una que haya sido secular: todos los demás fueron eclesiásticos.
Los Oidores, con motivo de la publicación de la Bula de la Cena y las competencias de jurisdicción, dieron quejas contra el Obispo y lo acusaron ante el Rey y su Consejo de Indias. Instigaba a los Oidores el Fiscal, de quien la historia hablará detenidamente en su respectivo lugar.
Los clérigos y los religiosos acusaron al señor Solís de codicioso, de duro, de fácil en conferir las órdenes sagradas, de condescendiente con su notario, y de simoníaco. La acusación de codicia estaba fundada en que exigía de los Curas el derecho llamado de las cuartas funerales, y el tres por ciento para el Seminario: la de duro y opresor, en que había querido practicar la visita de las personas de los párrocos en los curatos de los frailes. La acusación de simonía es una manifiesta calumnia. La facilidad en ordenar no carecía de algún fundamento.
Fue también capítulo de acusación contra el señor Solís su amistad con los padres Jesuitas y la decisión con que los favoreció. En aquel entonces los padres Jesuitas eran llamados en Quito los Teatinos. Uno de los acusadores del Obispo dice, hablando de los Jesuitas: «Estos Teatinos tienen muy buena vida, pero es en lo de comer y beber, y han embaucado al Obispo»
.- Decíase también, para ponderar la mala condición del señor Solís: «Este Obispo es de la misma condición que el arzobispo de Lima»
. El arzobispo de
Lima era Santo Toribio de Mogrovejo. (Documentos originales del archivo de Indias en Sevilla, Cartas y Expedientes de personas eclesiásticas, vistos en el Consejo de Indias.
Audiencia de Quito, Simancas, 1552, 1600. Varios legajos).
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La Bula de la Cena se conocía con ese nombre, porque se publicaba en Roma el Jueves Santo; pues en la Liturgia romana el Jueves Santo se llamaba Feria quinta in Coena Domini, por celebrarse aquel día la conmemoración de la última cena pascual del Señor. La Bula se publicaba ordinariamente todos los años en Roma, y era muy temible por las muchas y gravísimas excomuniones en que declaraba incursos a los que atentaban contra la jurisdicción eclesiástica y de cualquiera manera perjudicaban a las iglesias, a las personas, o cosas sagradas. En Lima se publicaba la Bula: en otras iglesias de América no se acostumbraba publicarla. Respecto a lo sucedido en Quito, nos apoyamos en datos oficiales contemporáneos. (Archivo de Indias en Sevilla, Documentos del Patronato, Cartas y expedientes del Presidente y de los Oidores, Cartas y expedientes del Obispo de Quito).
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Melchor de Castro Macedo era todavía joven. Los acusadores del obispo Solís dicen de este empleado o notario eclesiástico: «Que era un mozo codicioso, hijo de un portugués avecindado en las Canarias». Hablando del padre de
Macedo, lo califican de hombre de ruin condición, zapatero de oficio y confeso en la Inquisición. Bien examinadas las
acusaciones hechas contra el notario del obispo Solís, se deduce que fueron exageraciones de la pasión de sus enemigos, a las que, por desgracia, dio fundamento así el ser pariente del Prelado, como su exigencia en cobrar derechos crecidos. Melchor de Castro Macedo recibió informes favorables a su persona de un sujeto muy venerable: éste fue el padre Onofre de la Compañía de Jesús, el cual decía; en carta escrita al Rey: «Melchor de Castro Macedo, del hábito de San Joan, que ha estado algunos años en esta ciudad de Quito, siendo secretario del Obispo de ella, en cuyo oficio ha mostrado bien las muchas y buenas partes de cristiandad y prudencias que Nuestro Señor le ha comunicado»
. Quito,
18 de abril de 1603, (Documentos del Archivo de Indias, Cartas de personas eclesiásticas del distrito de la Audiencia de Quito, 1600-1610).
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Respecto de la inmunidad de los templos, puede recordarse lo que decían las Leyes de Indias y el capítulo LXXXIV del Segundo Concilio Provincial de Lima.- Clemente XIV p or su Bula Ea semper fuit limitó después a una, o a lo más a dos, las iglesias que tendrían derecho de asilo en todos los pueblos de América sujetos al Rey de España.
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Como en algunos pueblos de la República se veneran imágenes de Cristo crucificado, bajo la advocación del Santo Crucifijo de Burgos, pondremos aquí lo que se cuenta acerca del origen milagroso de la imagen primera, venerada en la ciudad de Burgos en España.
Allá en tiempos muy remotos fundaron cerca de la ciudad de Burgos, en Castilla la vieja, un monasterio de su Orden los religiosos Ermitaños de San Agustín: el monasterio era muy pobre y los frailes vivían santamente en estrecha observancia de su regla y constituciones. Sucedió que estuviese de viaje para Italia y Flandes un caballero castellano rico y muy favorecedor de los religiosos: rogáronle, pues, éstos que, a su vuelta, les trajese de Roma un Crucifijo, el mejor y más perfecto que se pudiese conseguir allá. El caballero prometió que lo traería; pero, divertida su atención con la muchedumbre de objetos diversos que se encuentran en un largo viaje; se olvidó enteramente de su ofrecimiento. Estaba ya de vuelta para su patria, cuando se levantó en el mar una furiosa tempestad, que duró por varios días consecutivos; empero, apenas calmada la tempestad, vieron todos los del navío venir flotando sobre las olas un cofre grande cerrado, y la curiosidad y el deseo de saber lo que contenía les estimularon a darse maña para cogerlo y meterlo en la embarcación. Abierto el cofre encontraron una caja de vidro, y dentro de ella una imagen de Nuestro Señor Jesucristo muerto: lo precioso del hallazgo y lo raro de la manera cómo había sido encontrado sorprendieron a todos los que venían en el navío; y, viendo la imagen, acordose el caballero de Burgos de la promesa que, al partir, había hecho a los religiosos agustinos. Notable y porfiada disputa se suscitó entre los viajeros y marinos sobre la iglesia en que había de darse culto a la imagen; al fin, encomendando a Dios el negocio, echaron mano de un arbitrio singular para resolverlo. Llegados a Burgos, hicieron cargar el cofre cerrado en una mula; y, vendándole los ojos, la soltaron, para que se fuera por donde quisiese. La mula se encaminó derecho al convento de agustinos, que estaba fuera de la ciudad, y entrando en la iglesia no paró hasta el altar mayor. Tal es el origen del célebre Cristo de Burgos.
Se cree que esta imagen perteneció a Nicodemus. Hasta ahora no se ha podido conocer la materia de que ha sido fabricada, y, con ser dura y consistente en todo el cuerpo, en las coyunturas del cuello, de los brazos y de las piernas es suave y se mueve con grande facilidad; su tamaño mide dos varas y cuarta. Por los repetidos prodigios que por medio suyo se han verificado, esta imagen es una de las más venerables que de Jesucristo crucificado existen en toda la cristiandad.
A fines del siglo XVI se trajo de Burgos una copia de esta imagen, admirable por su exactitud, y esta es la que se venera en la iglesia de los agustinos de Lima, y la misma en cuya capilla solía hacer oración el Ilmo. señor Solís.
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Del señor obispo Solís existen en Quito dos retratos; uno que se conserva en la sala capitular del Cabildo metropolitano, y otro perteneciente al antiguo seminario de San Luis, el cual se halla actualmente en el Seminario menor dirigido por los RR. PP. Lazaristas. El deán Solórzano que conoció y trató a este Prelado, le llama Obispo santo, remitiéndose en cuanto a sus hechos a la Historia de Nuestra Señora de Copacavana, que el mismo Solmirón tenía escrita, la cual se ha perdido. Dio este Obispo a la Catedral una cruz de ébano con el santo Lignum crucis; y al Cabildo eclesiástico, campanilla, tintero y salvadera de plata. Según Gil González Dávila, el obispo Solís consagró 203 aras y administró la Confirmación, a 122873 personas.
El P. Fr. Reginaldo de Ovando le llama al señor Solís «Varón docto y predicador, maestro de los que ahora predican y enseñan en su convento (el de agustinos de Lima), hombre prudente mucho y de gran ánimo, derechamente religioso
y de gran ejemplo y bondad»
.
OVANDO, Descripción histórica y geográfica del Perú, (Libro primero, Cap. 34), Ms.