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Humanismo en la lírica vital de Leopoldo de Luis

Francisco Morales Lomas

Hace poco se ha cumplido el octogésimo aniversario del nacimiento de Leopoldo de Luis. Con este motivo Ángela Vallvey (reciente Premio Jaén de poesía) ha realizado una selección de sus poemas para la editorial Hiperión. El título escogido por el autor es En las ruinas del cielo de los dioses, un verso de Luis Cernuda con el que pretende transmitir su particular visión de la existencia. No es una antología al uso, sino una selección consciente, en la que no se sigue un criterio cronológico, sino temático. Centrándose la misma en tres caminos: «-Los troncos principales- trazados en la obra poética de Leopoldo de Luis y que podríamos concretar en otras tantas palabras sencillas: tierra, raíz y existencia» (dice Ángela Vallvey en el prólogo, p. 16). Divide esta recopilación en tres apartados: I. Mi corazón sobre la tierra, II. De aquel agua de amor y III. Herido va de luz el pájaro de octubre. En ellas se recogen poemas de dieciocho libros, desde el segundo, Huésped de un tiempo sombrío (1948), hasta Poesía de posguerra, último libro publicado por el autor en 1997. Se incluye también el poema inédito «Santos recintos» y se evita, entre otros, el primer libro, publicado en 1946, Alba del hijo. Son cincuenta y dos años dedicados al quehacer poético en el que existen unas claves en las que queremos profundizar.

El origen de la lírica vital de Leopoldo de Luis hay que indagarlo en el célebre drama de Klinger, Sturm und Drang, germen del romanticismo, pero conecta y se consolida en la posguerra con el existencialismo de Sartre. En ambas líneas de pensamiento el verdadero artífice de lo que somos o no somos, el verdadero responsable de la existencia en la tierra, es el hombre, de ahí el profundo humanismo existencialista de toda su lírica: «Acaso asusta comprobarlo: estaba / todo perfecto, bello, y viene el hombre / a sembrar la discordia, la cizaña / en medio de la obra sin mancilla, / a salpicarlo todo con su mancha / roja, indeleble...» (p. 144). El hombre y su acción/pasividad origina el estado en que nos encontramos. Dios nos manda vivir, como dice en el poema «Juicio», pero somos nosotros los que determinamos la existencia. Dios no la predetermina, es el hombre el que la crea. Frente a la concepción aristotélica de un Dios, Motor inmóvil, -que todo lo mueve sin moverse, teoría aceptada por los dominicos- se da la concepción platónica según la cual el mundo en que vivimos es solo reflejo de otro mundo superior. En esta concepción el hombre es determinante -como decían los jesuitas-, el hombre puede pararse, no actuar según el movimiento impulsor, inmutable y preestablecido. Los hombres gozamos de libre arbitrio -como reconoce Leopoldo de Luis- y podemos actuar en un sentido o en otro. Tesis que en su momento fue mantenida por Laínez de Trento y antes por Lutero. Frente al predeterminismo aristotélico se alza el vitalismo y humanismo platónico y luterano, también el de Leopoldo de Luis. De ahí que la vida sea una representación en la que todos somos actores y espectadores a un mismo tiempo, con la ausencia de un director justo y humano, como sucede en los poemas de su Teatro real (1957).

Fue precisamente Schopenhauer, con cuya filosofía tiene concomitancias la de Leopoldo de Luis, quien tituló su obra más conocida El mundo como voluntad y representación, siguiendo también la corriente neoplatónica. «La fuente principal de los peores males que afligen al hombre es el hombre mismo: homo homini lupus est. Cualquiera que no pierda de vista esta consideración tendrá al mundo como un infierno peor que el de Dante, ya que forzosamente un hombre es siempre causa del mal de otro hombre», dirá Schopenhauer y añade Leopoldo de Luis: «Nosotros somos los que conducimos / la vida. / Vagamente / lo comprendemos: vamos enturbiando / la belleza inhumana, ese / río purísimo. Ponemos barro y dolor con nuestra muerte» (pp. 144-145). Esta visión con raíz pesimista y agnóstica («Agnosticismo, viejo perro / que roe el hueso de mi vida», dirá el poeta, p. 183) engendra un evidente rechazo, una constante denuncia que le acerca al romanticismo. Uno de los prerrománticos idealistas, Rousseau, creó frente a esa realidad aciaga una suerte de Arcadia feliz y utópica de índole primitiva, que será germen de muchas teorías del XIX y del XX. Pero para Leopoldo de Luis no existe esa Arcadia. Su pesimismo de honda raíz existencial, pero cotidiana y concretada en la realidad de la posguerra española y en su experiencia personal, pretende alguna salida hacia la esperanza. Aunque no es usual, porque el autor se centra en el teatro concreto del mundo y generalmente el pesimismo lo invade todo, sin embargo, a veces se vislumbra esa necesidad de la esperanza: «Tomo el metal oscuro de estos versos, / la sonora hoja azul de estas palabras, / las saco al rojo de mi lumbre, templo / su hierro sumergiéndolo en el agua / de mis ojos y busco una vez y otra / conseguir un acero de esperanza» (p. 54). En el poema titulado «La esperanza» dirá a su hijo: «Hay que ganarse la esperanza. Es duro / ganarse la esperanza, hijo», para añadir a continuación -con una imagen que conecta su poesía con el simbolismo- que la esperanza es como una ventana que se abre: «... Seguir subiendo / y abrir nuestra ventana cada día / y que una hoja siempre nueva y verde / nos dé en el corazón, hermosa y limpia» (p. 84). Pero no es la esperanza el fiel de su lírica sino la elegía.

Toda su lírica es una gran elegía sobre el paso del hombre por la vida, su permanente reflexión, y como muestra de lo que decimos nos remitimos al libro Elegías de otoño del que se recogen trece poemas. En el tercero nos habla también de la esperanza, una esperanza que «nos nace», pero hay algo más poderoso que «nos ata a la sombría tierra». A veces da la sensación de una cierta predeterminación que contradiría esa visión anterior, pero no es así, porque siempre es el hombre quien alienta y hurga en el mundo. El hombre vive desterrado del paraíso, («Vamos por las llanuras del azogue / viendo flotar escuálidos fantasmas / como salidos de una noche apenas / hacia un amanecer que no levanta», p. 29) y ese dolor lo sigue como un estigma. Su existencia desde entonces es la búsqueda de un camino. No es la huida romántica a la que aspira la lírica de Leopoldo de Luis sino la salida del laberinto vital: «¿Por qué estamos entonces prisioneros de nuevo / si nada nos retiene ni nadie nos vigila? / ¿Por qué tú no te atreves, por qué yo no me atrevo, / por qué no nos salimos de la fila?» (p. 87). El concepto de prisión es reiterado en otros poemas como el titulado «Despedida», «Elegía», «Una puerta»... o en libros como Los imposibles pájaros, De aquí no se va nadie, Entre cañones me miro, Viaje a la casa cerrada, etc. Decía José Luis Cano de su lírica que «como en Antonio Machado, y antes en Bécquer, el tema de la sombra es frecuente en la poesía de Leopoldo de Luis. Lo oscuro, lo sombrío, el otoño, el ocaso, son [...] símbolos de un mundo cruel que pesa sobre el hombre y le asedia implacable» (Poesía española contemporánea, Guadarrama, Madrid, p. 117). Pero creo que en su lírica la existencia, precede a la esencia. «Su escritura se gesta en la experiencia cotidiana, en la emoción humilde y el quehacer de cada día», dice Ángela Vallvey en el prólogo.

Leopoldo de Luis se incorporó en octubre de 1936 al ejército de la República con dieciocho años y llegó a ser capitán de Estado Mayor. La guerra y la posguerra marca toda su obra posterior. Esos instantes vitales forjan una preocupación existencial trascendente que tuvo en Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche y Sartre a sus principales representantes. Quizá habría que señalar para referirse a la lírica de Leopoldo de Luis lo que en su momento dijo Spinoza: «Essencia involvit existentiam» y viceversa. La lírica del cordobés Leopoldo de Luis, más castellano grave que andaluz, nace en el día a día, en la experiencia cotidiana y también en esa memoria de lo que ha vivido. De ahí la presencia constante de personas y cosas cercanas: el hijo, el padre, la esposa (referentes constantes de su poesía), la casa... a través de las que se adquiere una transcendencia vital. Su retórica se centra en el verso medido, generalmente endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos, entre los que se mezclan eneasílabos con rima alterna consonante o asonante en los versos pares. Es un retoricismo que conecta formalmente con el modernismo, aunque sin llegar a las aventuras sensoriales y musicales de este. Su lírica es más comedida y recia, sin grandes alharacas y con una constante presencia del ser humano que sufre y se debate con su destino, al modo de un Segismundo.