Ignacio Bosque y Violeta Demonte
«Preámbulo» a la «Gramática Descriptiva de la Lengua Española» (Real Academia Española - Espasa Calpe Madrid, 1999) t. I, págs. XI - XV
Fernando Lázaro Carreter
Real Academia Española
Apenas Ignacio Bosque y Violeta Demonte me confiaron el proyecto de emprender la elaboración de una gramática y me expusieron su plan, comprendí que el futuro editorial de esta debía pasar por la Real Academia Española, entonces bajo mi dirección, y así lo propuse con éxito a las dos partes. El Estatuto de 1993 encomienda a tal instituto la promoción y difusión de estudios gramaticales, pertenezcan o no a ella sus autores. Y en cumplimiento de tal encomienda, creó la colección «Nebrija y Bello» que se inauguraría con la Gramática de don Emilio Alarcos Llorach un año después. A continuarla y a aumentar, creo que de modo muy importante, el saber sobre nuestra lengua sale destinada la obra presente, proyectada, impulsada y en gran parte realizada por ambos jóvenes y eminentes lingüistas. La Academia, según tradición y prescripción, tiene el cometido de dar a luz su propia Gramática, que no debe confundirse con las de esa colección: la elabora una Comisión, la examinan los plenos de la Española y de las Academias Correspondientes y Asociadas, y, al fin, se publica sin nombre de autor o autores: es la «Gramática de la Academia» (cuya próxima edición está ahora, por cierto, en el difícil trance de ser elaborada, tras la ya lejana propuesta del Esbozo). Se le asigna, además, una función normativa llamémosla oficial, ajena a averiguaciones como las que siguen, las cuales no ponen sus miras en el bien hablar y el bien escribir.
Los directores de estos volúmenes han querido que haya unas líneas mías encabezándolos. Los he asistido en sus primeros pasos universitarios aprendiendo con ellos y en ellos, hasta que rebasaron ampliamente, por juventud y talento, mi capacidad para seguirlos. Ahora han tenido la generosa idea de invitarme -exhortarme, más bien- a poner un introito a su trabajo: pocas cosas podían honrarme más, porque va a vincular mi nombre al de la mayor empresa gramatical acometida en este siglo, llamada a tener una trascendencia enorme en nuestra cultura.
Ambos, Bosque y Demonte, figuran en la vanguardia de una importante nómina de gramáticos -muchos de ellos los acompañan en esta salida- que viven ahora en la dorada edad de los frutos y que, por tanto, han vivido, y no sólo como testigos, las convulsiones experimentadas por la lingüística a partir del estructuralismo. No han dudado ahora en entregarse a una empresa de importancia mayor y futuro más invulnerable: la descripción pormenorizada y extensa de los hechos de lengua. Descripción que ha contado y cuenta con aportaciones importantes en la lingüística hispana, pero insuficientes y, como es normal, inconexas: hasta ahora, carecíamos de un tratado extenso y de propósito comprehensivo que registrara los usos reales del español, el inventario y funcionamiento detallado de sus categorías, de sus estructuras, y -carencia magna- de sus relaciones con el significado y con los diversos factores de la comunicación, como paso previo imprescindible a la propuesta de sistemas; que no soslayara excepciones ni se centrara sólo en ejemplos habituales, consagrándolos como objetivos privilegiados y casi únicos de la gramática. Ni tan siquiera un modesto Grevisse poseemos, por no mirar a los copiosos inventarios con que cuentan otras lenguas, como el ya antiguo de Jespersen.
Durante el período fundacional de la gramática moderna que convenimos en situar tras la estela de Saussure, no se produjeron frutos importantes en nuestro ámbito científico, primordialmente orientada la investigación lingüística hacia la diacronía y la dialectología. Pero el ejemplo capital de Fernández Ramírez, la incorporación de la fonología praguense por Alarcos, la atención que a la sintaxis se dedicó en trabajos de este y de otros importantes filólogos como Gili Gaya y Lapesa, precedieron a la gran acogida dispensada por los jóvenes investigadores a la nueva -y, en ciertos momentos, babélica- lingüística que, por la sexta década del siglo, estaba desarrollándose en todo el mundo: modelos teóricos, reglas espectrales con misteriosas huellas, reformulaciones y audaces arborizaciones oracionales que desarrollábamos en nuestras aulas y departamentos, fueron necesitando cada vez más el apoyo firme en la descripción, entrando en los entresijos del funcionamiento vivo del idioma (y ya no sólo del lenguaje), con sus mecanismos, rarezas y quebrantos lógicos, con sus aparentes inconsecuencias, con la enorme variedad de posibilidades que yacen reprimidas o desconocidas en los compendios y escritos de nuestra vieja tradición gramatical, aun en los de semblante formal renovado.
Todo ese entusiasmo descriptivo, a veces inventor -en sentido etimológico- de problemas y caminos, con su cortejo de explicaciones, tan respetuosas con la tradición gramatical como desenfadadas ante sus tópicos, y ya displicentes ante el presunto pecado de mirar a la historia y al significado, han producido un caudal de información tan considerable, que hacían inviable para una persona sola ni aun para dos, incluso siendo Demonte y Bosque, la construcción de un tratado de gran aliento: la simple ojeada a la bibliografía gramatical producida aquí y fuera en los seis últimos lustros servía de freno disuasorio. Se impuso, pues, la obra colectiva, la invocación a muchos para una tarea única, que sólo podían hacer quienes poseyeran, a la vez, capacidad reconocida para ello, y entusiasmo contagioso.
Era preciso, además, delinear un objetivo común situado mucho más allá de la simple compilación, del rosario de ensayos dotados tal vez de calidad particular, pero que no llegara a constituir un tratado, una gramática. En definitiva, que sus participantes no fueran colaboradores sino coautores. Lo han logrado del modo más brillante y eficaz posible: añadiendo a su trabajo personal, el de procurar que pase inadvertida su intenso esfuerzo coordinador, para lograr que el todo parezca responder (y es que, efectivamente, responde) a un único plan, asumido y compartido por todos los cooperadores en la empresa.
Son muchas las novedades que, en la morfología y en la sintaxis (con efectos sobre la lexicología y hasta la lexicografía), introducen estas páginas. A partir de ellas, vamos a saber mucho más del qué y del cómo del idioma, y bastante más del porqué. En su introducción, se lamentan los autores de no haber podido dedicar mayor atención al español de América; en efecto, ese punto puede suscitar alguna objeción, que deberá atenuarse si se piensa en el enorme espacio geográfico que cubre nuestra lengua, y la heterogeneidad de variantes culturales a que sirve de vehículo. Y si, además, caemos en la cuenta de que este tratado es el primer fundamento para un conocimiento más riguroso de lo que compartimos, y de aquello que se desvía de esa partitura común. Debe pensarse que no sólo va a hacer progresar extraordinariamente en España el conocimiento de la lengua, estimulando investigaciones nuevas, adiciones, rectificaciones, complementos y hasta disidencias, según debe esperarse de una obra fundamental, sino que va a impulsar esos mismos desarrollos en América.
Y tanto allá como aquí, las consecuencias de este libro, que no es para ser estudiado ni tiene fines pedagógicos, tendrán que notarse espectacularmente en las aulas, en la enseñanza del idioma a propios y a extraños, y en los manuales de gramática. Va a ser muy grande, imagino, el beneficio que de ella va a recibir la que está preparando la Academia. Estamos ante una obra de previsibles efectos muy importantes: nuestra filología está anticipando, antes de salir del novecientos, un siglo nuevo evidentemente -en esto- mejor. La gratitud que merecen Ignacio Bosque y Violeta Demonte es muy grande; y constituye un privilegio poder ser el primero en proclamarlo.