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Impresiones en la ópera

Concepción Gimeno de Flaquer

Jamás había sido cual hoy nuestro Teatro Nacional, templo de la armonía: si es difícil reunir en Europa una compañía en donde se hallen tres artistas de reputación universal, cuyos nombres aparecen con refulgentes caracteres en los fastos del arte, mucho más difícil es reunirlos en América, porque no todos los cantantes célebres quieren arrostrar los peligros del cambio de clima.

México había prestado a la Patti el tributo de su admiración; pero no conocía a Tamagno. Hállase este insigne artista en el apogeo de su carrera, en el esplendor de sus facultades.

La Patti y Tamagno forman hermosa dualidad: ella es la moderna Polimnia, la sirena cautivadora, el cenzontli de los bosques americanos, al que los indios denominan ave de cuatrocientos cantos; Tamagno tiene el poder de Orfeo y Aufión, lleva en su garganta todas las armonías de la naturaleza. En las argentinas notas de la Patti hay algo de las arpas eólicas, algo de los acordes arrancados por las náyades a sus cítaras de cristal; la voz de Tamagno repercute los ecos más solemnes del arpa del Profeta, suéñase al oirle, con los sublimes acentos de Jehová.

La Patti tiene en sus cadencias el arrullo de la tórtola y el ¡ay! apasionado de un alma enamorada; Tamagno tiene en sus modulaciones, la impetuosidad de la catarata que se desborda, el fragor del trueno, el estampido del torrente. Hay en los acentos de la Patti, lágrimas, sollozos, gemidos; hay en los de Tamagno, estridentes rugidos del Océano: encuéntrase en las melodías de la Patti el murmurio del aura al acariciar las palmeras, las coqueterías del céfiro al juguetear con las rosas, los susurros de la brisa al besar las olas: hállase en los acordes de Tamagno, el imponente bramido del huracán, el eco de todas las tempestades.

Tamagno interpreta en Otello, la furiosa pasión tan bien definida por Shakespeare, esa pasión que se revela con bramidos, con expresiones salvajes; en Guillermo Tell, el amor a la patria que es el amor de los amores, en Hugonotes el conflicto entre el deber y la pasión: la Patti da hermoso colorido a la poética creación de Julieta, apacible como un rayo de luna, nos finge una Lucía llena de candor, una Traviata que sublima la culpa, una Rosina traviesa y picaresca que arroba al espectador.

Tamagno es la energía, el vigor, la fuerza; la Patti la gracia, la belleza. Sabido es que la gracia y la fuerza se dividen el imperio del mundo, por eso ambos artistas llevan cetro. ¿Preguntáis por la edad de la Patti? Inútil pregunta, Adelina no tiene edad como no la tuvieron Ninón de Lenclos, la Duquesa de Valentinois y la Princesa de los Ursinos. La Patti está hoy más hermosa que nunca, deslumbradora de elegancia, coquet, mignón, como la más fascinadora de las heroínas a quienes representa. Poseerá siempre la eterna juventud de la gloria: los laureles de Adelina son inmarcesibles, insenescente su belleza, inextinguible el fuego de sus radiantes ojos árabes.

El entusiasmo hacia la Patti y Tamagno no puede ofuscarnos hasta negar nuestra admiración a la interesante diva Albany, que lleva un nombre dos veces célebre: Emma Albany tiene muy buena escuela, se viste con elegancia y sabe recorrer toda la escala de la pasión.

Con tales artistas no es extraño que la concurrencia del Teatro Nacional sea numerosa y selecta. Agregad a esto, que la Señora del Presidente de la República enaltece todas las noches el espectáculo con su presencia, y donde va la Sra. Carmen Romero Rubio de Díaz, se encuentra la high life, porque dicha dama que es la esencia del buen tono, impone la moda sin pretenderlo. En la época de la interesante Margarita de Valois, decían los parisienses: «Ver la corte sin ver a Margarita de Valois, es no haber visto ni París ni la Corte»; nosotros podemos decir, visitar a México sin conocer a Carmelita es no conocer a las damas mexicanas.

Con el magnífico espectáculo de que estamos disfrutando, las señoras lucen sus más ricas joyas, sus más lujosos trajes; los primores de Paulina Delafontaine que es el Worth de América, se destacan iluminados por los radiantes focos de luz que nos fingen claridad solar.

Han vuelto a figurar las flores en los vestidos elegantes, sobre todo las flores pequeñas: el myosotis, la poética flor azul de los amantes, y las orquídeas, dispútanse el favor entre las mujeres elegantes.

La orquídea es la flor aristocrática por excelencia: desdeña los jugos nutritivos de la tierra por considerarlos impuros; duerme sobre las alas de los vientos, se alimenta con las miradas de las estrellas y los besos del céfiro, visto rico manto de oriental brocado y no permite que su pedúnculo se profane rozando el suelo. La orquídea, que es multiforme multicolora, seméjase tanto al pájaro, que a nadie sorprendería verle alas; la orquídea es una mariposa con fragancia. Flor saxátil que nace entre breñas, o en rugoso tronco y tiene tendencias elevadas: sea guijarro, roca o tronco su cuna, su constante aspiración a la bóveda celeste a la que siempre mira como la onda espumosa al reguero de luz que deja el lucero vespertino.

La orquídea, semejante al alma del poeta, hállase suspendida en la etérea inmensidad. No creáis, sin embargo, que la orquídea y el miyosotis, la microscópica flor del recuerdo, han destronado a las rosas; las rosas no perderán nunca su imperio en la tierra de Moctezuma; este monarca tuvo tal pasión por ellas que exigía a sus súbditos y a los pueblos vencidos tributo de rosas. Las guirnaldas de rosas representaban importante papel en el teocalli, en el trono y en las fiestas en que se celebraba alguna victoria. La diosa Xochiquetzal, que por ser tan bella creación, pudiera denominársela Minerva del aztecatl, llevaba cetro de rosas.

En resumen, el Teatro Nacional está deslumbrador; el crèpe de Chine, el domassée, el tul, el brocatel y la gasa, los brillantes, las plumas y las flores, denotan que las mexicanas se visten de gala cuando llega la Patti. El amor propio de la insigne artista debe estar satisfecho. Justo nos parece el homenaje que se le tributa, al cual se asocia con entusiasmo.

Hoy 21 de enero de 1890.