Influencia de la novela en la imaginación de la mujer
Concepción Gimeno de Flaquer
La influencia de la novela en la imaginación de la mujer puede ser benéfica o nociva: si la novela se propone como único fin sorprender la imaginación con el relato de sucesos maravillosos, no cumple su misión, y no hay que esperar de ella ningún resultado provechoso; pero si la novela se propone levantar los sentimientos de la mujer hacia todo lo noble, ensalzando la virtud y haciendo odioso el vicio, serán inmensas las ventajas que reporte.
La novela es una espada de dos filos, que bien esgrimida defiende, pero que manejada por torpe mano, asesina.
Muy apasionadas las mujeres de la brillantez del estilo, la novedad de la forma y las galas de la fantasía, no quieren buscar en la aridez del libro filosófico y doctrinario, verdades útiles, sentencias morales y discretos consejos, que la novela puede ofrecerles bajo un ropaje fascinador.
Por esta razón hay que imprimir un nuevo carácter a la novela, un carácter a la altura de la importante misión que tiene que llenar.
Siendo la novela el libro que más se lee, hay que estampar en ella toda idea conveniente a la cual se desee gran propagación.
Los novelistas deben ser hombres de sana conciencia, para que no distribuyan el veneno oculto entre flores: envenenar el alma es mayor crimen que cometer un homicidio.
La novela tiene gran trascendencia social, y a los autores de ciertas novelas se debe hacer responsables de muchas costumbres perniciosas.
La novela no ha de ser únicamente mero pasatiempo o ameno recreo; la novela debe tener su fondo tropológico, su parte didáctica que nos instruya deleitándonos.
La novela puede ser elemento de cultura en los pueblos mientras se dirija más a formar la sindéresis que a exaltar la fantasía.
No sucede así con la mayor parte de nuestras novelas: calcadas en lo falso o vaciadas en el troquel del absurdo, los efluvios que de ellas se respiran son morbíficos para el alma.
La novela contemporánea, lejos de enseñarnos a conocer la vida real, la disfraza completamente.
Partidarios de la escuela realista, en cuanto se refiere a la literatura romancesca, no nos cansaremos de recomendar el culto a lo real.
No son escritores realistas los que extraen todo lo más grosero y bajo de la vida, presentándonos las cosas por su lado feo, ridiculizando lo noble y lo sublime; o los que reproducen servilmente los objetos de una manera burda o soez; del mismo modo que no es artista el pintor que solo copia lupanares, tabernas, bandidos y tahúres en lo que tienen de asqueroso. El realismo en las artes, como en la literatura, será agradable mientras se atavíe con los delicados crespones del pudor: sin el velo del pudor todo es grosero y repugnante.
El profundo y filosófico Balzac es en la novela un modelo de elegante realismo.
El escritor realista debe subordinar la verdad a la belleza, guardando gran respeto al arte, dentro del cual existe siempre la poesía, que es la esencia de lo bello.
Los trabajos del entendimiento que no estén marcados con el sello de la belleza, no merecerán nunca el título de obras artísticas o literarias, porque no hay arte sin belleza.
El príncipe de los ingenios españoles combatió en su inmortal Quijote los errores del idealismo, y para convencernos de que el maestro del habla castellana era muy partidario del realismo, leamos las siguientes líneas de un entusiasta cervantista: «Cervantes lleva retratada en su inspiración la imagen de cuanto en el mundo pasa, con una fidelidad tan admirable, que no hay pena ni alegría, dolor ni satisfacción, contento ni pesar, que se halle fuera del alcance de su ático genio»
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El mismo Cervantes nos dice que casi ludas las figuras que presenta son más bien copias que creaciones.
Si el realismo asusta generalmente, es porque lo han desnaturalizado esos escritores impúdicos, que podríamos apellidar pintores del desnudo. ¡Militemos en las filas del realismo, tremolando la bandera de la belleza y haciendo de lo bello la religión de nuestra inteligencia, porque lo bello es lo bueno, lo sublime puesto en acción!
Fuera del realismo caeremos siempre en la exageración.
Hay dos clases de escritores: pesimistas y optimistas, que ambos hacen mucho daño.
Los escritores pesimistas, que todo lo miran al través de negros cristales, han convertido a muchos jóvenes en hipocondriacos, misántropos, escépticos y ateos. Estos escritores, que tienen suspendida sobre nuestras cabezas la amenaza del dolor, cual nueva espada de Damocles, y para los cuales todo es fúnebre y luctuoso, hacen odiosa la existencia, convirtiéndola en prolongada lamentación.
Hoy los Jeremías no son simpáticos en nuestra sociedad, porque nuestra generación prefiere entonar el ditirambo a la elegía.
Esos jóvenes inexpertos, que se apellidan desencantados, sin haber tenido tiempo material para recibir desengaños, es que han visto el mundo pintado por escritores pesimistas que solo guardan en su paleta sombríos colores, y no teniendo historia propia, hacen suyas las decepciones de que se lamentan sus novelistas predilectos.
¡Cuántas veces, creyéndose víctimas del destino, se ven arrojados a la sima del suicidio de un modo inconsciente y fatal!
El Werther de Goethe fue una de las novelas que más suicidios produjo en Alemania, y por este motivo la manía del suicidio fue apellidada werterismo en aquella nación.
Los autores pesimistas, en vez de fortalecernos nos abaten, rasgan el bello cendal de la esperanza y nos obligan a caminar entre abrojos, que nos causan cruentas heridas.
Si sus libros son espejos de la vida -como ellos aseguran- hay momentos en que querríamos romper el espejo por no ver reproducida en él tanta miseria.
Siempre será más generosa la misión del que nos embellezca la existencia, ofreciéndonos un anodino consolador, que la del que nos anuncie infortunios que están en lontananza, pues anticiparlos es hacerlos sentir dos veces.
Los optimistas también nos hieren con su exageración, porque nos presentan la vida al través de fantásticos espejismos, o cubierta por el dorado polen de la ilusión; y ese aurífero polen se desvanece al más ligero soplo de la realidad, dejándonos la mayor amargura.
Tan malo es suponer la vida un vergel sin espinas, donde reine perpetua primavera, como un árido desierto sin ningún oasis.
Seamos cautos en la elección de novelas; nuestro buen sentido debe ser el hilo de Ariadna, que nos guíe por el laberinto de la literatura romancesca En la ardiente imaginación de la mujer suele hacer estragos la novela: por la gran excitabilidad de su sistema nervioso, por la gran movilidad de sus músculos, es muy susceptible de recibir múltiples impresiones que suelen perturbar su entendimiento.
La mujer que se apasiona por las novelas, se crea mundos ignotos, y encuentra muy desagradable el planeta que habitamos. Acostumbrada a las brillantes escenas que el pincel del autor le ofrece, a las vivas emociones, a las bellezas sorprendentes, a los rasgos heroicos, a las pasiones gigantescas, a los sucesos extraños y a la poesía que circunda de esencias y armonías cuanto toca, encuentra la vida real muy mezquina.
Como en los ideales mundos de la novela todo es hiperbólico y ardiente, en nuestro mundo solo halla frialdad, desencanto, desilusión.
Conocimos a una distinguida señorita, que dedicaba a las novelas gran parte del día y muchas de las horas destinadas al reposo, embriagándose de tal modo en la lectura, que experimentaba dulces éxtasis o frenética exasperación, según las situaciones con que se identificaba. Al cabo de algún tiempo su salud se quebrantó, y nadie acertaba la causa de su mal, que consistía en el abuso de la lectura. Varias veces la contemplamos con un libro en la mano, en un estado agitadísimo, que nos inspiró serios temores por su razón. Su tez, sonrosada en otros tiempos, se confundía con el más blanco mármol; sus ojos, hundidos en sus órbitas y muy enrojecidos, arrojaban miradas fulgurantes y extraviadas; su corazón se dilataba a impulsos de palpitaciones desordenadas; las sienes le latían fuertemente; de su oprimido pecho se escapaban débiles sollozos, y era difícil y ardorosa su respiración, semejándose sus movimientos convulsivos a los do una enajenada.
Después de la lectura sufría prolongados insomnios, y si dormía, su sueño no era dulce y reparador, era más bien una postración soporífera.
La excitación quo le originaban las lecturas, hacía permanecer en vibración constante su sistema nervioso, y su calenturienta imaginación la fingía horribles fantasmas que la llenaban de terror, produciéndole frecuentes delirios.
Las novelas de Ponson du Terrail y de Ana Radcliff le ofrecían medrosos recuerdos. Sus sueños eran turbulentos y su espíritu vivía en perpetuas luchas. La imaginación, convertida en linterna mágica, le representaba en los testeros de su cuarto cuadros disolventes muy pavorosos, que tenían su pensamiento en constante y febril actividad.
Sintiendo con sus héroes y sus protagonistas, derrochaba el caudal de la sensibilidad del modo más infructuoso, gastando sus fuerzas físicas y morales.
Dotada de un espíritu débil y tímido, era susceptible do los mil fanatismos a que se adhieren las almas crédulas y las imaginaciones enfermas que padecen vértigos y sobreexcitación.
Su atonía física, su anorexia moral, le producían completa enervación, y solo salía de su marasmo cuando la galvanizaba la electricidad de nuevas y volcánicas impresiones recibidas en los soñados mundos en que su espíritu se sumergía.
Su carácter se hizo insoportable: unas veces se entregaba lánguidamente a la melancolía por puro placer, otras se exasperaba apellidándose desdichada, y anhelando inspirar conmiseración.
Impotente para hacer de la vida un cosmorama de imágenes placenteras, una oda o un idilio, la consideraba como carga muy enojosa.
Sus amantes padres eran víctimas de su desdén y acritud lo mismo que cuantos la rodeaban, pues no viendo en ellos ni los rostros, ni las maneras, ni el lenguaje de los personajes de sus novelas, los encontraba vulgares e indignos de ella.
Los discípulos de Hipócrates desconocían su estado patológico; en la moderna farmacopea no había remedios para su mal, pues moría de nostalgia de un mundo mejor. Era flor marchita por fuego oculto, mariposa asfixiada en llamas invisibles.
Las jóvenes de imaginación exaltada que sin tener formado el criterio se dedican a leer toda clase de novelas, corren grave riesgo.
La desesperación de Leopardi y el sarcasmo de Heine han marchitado hermosas esperanzas. La amargura de Espronceda y el escepticismo de Vanini, han sacado muchos corazones impresionables.
No dejamos de recomendarle a la mujer la afición a la lectura; pero a la lectura de libros escogidos.
Si Dumas y Sué han extraviado muchas conciencias haciendo la apoteosis del vicio en algunas de sus obras; si Gustavo Droz, con la gran habilidad de sus atrevidos cuadros, ha encendido deseos poco espirituales; si Feydeau en una novela de bellísima forma, hace ruborizar al lector, y si Adolfo Belot emplea su gran talento en la pintura de cuadros obscenos, en cambio tenemos a los ilustres novelistas Valera, Alarcón, Castro y Serrano y Selgas, que nos ofrecen en sus páginas modelos del buen decir; al popular Pérez Galdós cuyas novelas son un monumento levantado a la historia de nuestra patria.
Proporcionémonos libros provechosos.
Los buenos libros deben ser las joyas que más amemos.
Prefiramos los libros instructivos a las novelas despojadas de toda útil enseñanza.
Los buenos libros son cariñosos compañeros que encantan nuestra soledad, alejan nuestro fastidio, ahuyentan nuestro tedio, educan nuestros instintos y elevan nuestro espíritu.
¡Amemos los buenos libros!