111
Estado conjetural es cuando se conjetura o se trata de si la cosa se hizo, verbigracia: Si Celio quiso dar veneno a Clodia. Cicerón, Pro Caelio. Estado de cualidad, cuál sea la cosa, si buena o mala; verbigracia: Si Milón mató justamente a Clodio. Pro Milone. Definitivo, cuando se trata que una cosa es la sucedida; verbigracia: Si el dinero que dio Plancio, fue soborno. Por Plancio. [Según noticia de] Rollin.
112
Pondremos a la letra esta confesión traducida del Cornelio Celso, para que ninguno tenga por mengua el confesar su error. El engaño de Hipócrates fue en dar puntos a uno que recibió una pedrada en la parte anterior de la cabeza. Sobre el dar puntos
(dice Celso) confesó Hipócrates que se había engañado; siguiendo la costumbre de los hombres grandes y que tienen mucha experiencia. Porque los ingenios limitados, como nada tienen, nada ceden de su opinión. Pero a los ingenios grandes les está bien, sin menoscabo de su grandeza, esta ingenua confesión del error; pero principalmente en cosas que paran en utilidad de los venideros, para que no caigan en el error que otros cayeron.
Libro 8, capítulo 4.
113
Véanse en las cartas a Ático la 12 y 13 del libro 13.
114
Si miramos, dice Quintiliano, a la etimología de la palabra demostrativo, sólo significa aquel género en que se demuestran las virtudes o vicios de una cosa; pero según el uso, tiene también lugar en las consultas de los negocios, porque en el manejo de éstos ocurre el alabar o vituperar a las personas. Lo mismo sucede en las causas forenses. Si tejemos las alabanzas de los testigos, es con el fin de que se les tenga por hombres de verdad en lo que dicen, etc. Del mismo modo si defendemos al reo, ha de ser alabándole.
115
Para que ninguno dude que semejantes preceptos envueltos en las necedades gentílicas, pueden acomodarse a nuestra oratoria, advertimos que nuestros panegíricos observan las mismas reglas que aquí describe Quintiliano. Primeramente tenemos las alabanzas de nuestro soberano Dios por la independencia y majestad de su divino ser; por los atributos de su inmensidad y grandeza; porque, no necesitando de ninguno, movido de su bondad dio ser al mundo, crió al hombre, superior a todo lo criado, le remedió en su caída, y le ayuda eficacísimamente con los auxilios de la gracia, para ser siempre bienaventurado, etc. A la Virgen María alabamos por la excelencia y prerrogativa de ser madre de Dios, por su admirable nacimiento, por los singularísimos dotes de la gracia y de la gloria, por sus imponderables virtudes personales, etc. A los espíritus celestiales por la nobleza de su naturaleza, por su obediencia y obsequios, que tributan incesantemente a la divina majestad; por el ministerio que con los hombres ejercen; y así en lo demás. En los panegíricos de los santos ordinariamente consideramos dos cosas: una común, en la que todos ellos convinieron, en el triunfo de este mundo, en la victoria de las pasiones y en el desprecio de sí mismos, etc.; otra, el camino particular por donde Dios llevó a cada uno. Quién por soledad y retiro; quién en medio del mundo y en los palacios; quién usando de beneficencia con los demás; quién desposeyéndose de todo para vivir de lo que voluntariamente les diese la caridad ajena. Unos por el martirio, otros por la abstinencia y moderación; unos buscando el trato y comunicación de los hombres para santificarlos, otros huyendo del mundo por no arriesgar la virtud e inocencia, y todos manifestando que Dios es admirable en los santos. A este tenor se van formando nuestros panegíricos en la oratoria cristiana. Síguense los discursos morales, que tienen por objeto ensalzar la virtud y pintar los horrores del vicio. Y aquí es principalmente donde debe predicar la bondad de vida, con la elocuencia de las razones.
116
Impía adulación, siguiendo la corriente de su siglo y de su religión. Los emperadores romanos, o ellos mismos, se intitulaban y hacían llamarse dioses, como este Domiciano, aunque era un monstruo de todos los vicios más contrarios al hombre, o los lisonjeaban en vida con estos nombres de santo, sagrado, celestial y dios, haciéndoles después de muertos la apoteosis, y dándoles asiento en el cielo.
117
Aún en nuestros panegíricos forman una no pequeña parte de las alabanzas de los santos, aquellos pronósticos, indicios y señales celestiales de la futura y extraordinaria santidad de los sujetos.
118
Son de poca monta considerados en sí mismos; porque como cosas naturales, no aumentan el mérito de la persona, pero deben ponderarse cuando se sigue el menosprecio de todos estos dotes naturales en el sujeto, por seguir la virtud; pues en este caso cuanto fueron mayores los bienes de cuerpo y de fortuna, tanto más ceden en alabanza del hombre.
119
Dos maneras hay de formar los panegíricos. La primera, valiéndonos del método analítico, y recorriendo la vida del sujeto, sus virtudes, sus acciones, hazañas y aun sus mismos dichos. Lo que en sustancia es una historia seguida de su vida. Tal es el panegírico de Plinio, recorriendo la vida de Trajano desde su adopción en adelante. La otra es valiéndonos del sintético; por el que proponiéndonos un tema o idea general, la comprobamos con las virtudes, acciones y dichos del sujeto, pero sin el orden que el primero. Así el célebre Mamertino en su panegírico a Maximiano Hercúleo se propuso probar: Que cuando Diocleciano le llamó
para reparar la república, hizo un beneficio más grande que el que recibió.
De esta clase son por lo común los panegíricos de los santos.
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Habla del culto que dieron los romanos a sus dioses, no en general del culto de la idolatría; pues no podía ignorar que éste tenía una época poco menos antigua que el mundo.