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Éstos, dice el traductor italiano y Turnebo, eran los edictos del pretor, en que mandaba o prohibía algo. [«entredichos» en el original (N. del E.)]

 

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Asuntos o sujetos de las declamaciones escolásticas.

 

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Estos dos fueron profesores de retórica consumados (de los que se trata, libro 3, capítulo I), y de ellos tuvo principio la secta o escuela de su mismo nombre. El retórico que dio esta respuesta, se chanceó en esta ocasión; y para huir la dificultad y mantener su buena opinión, la echó por otro lado, llamándose parmularius; pues este nombre o el de Tracio se daba a aquellos gladiadores que peleaban con un escudo corto llamado parmula. [Según noticia de] Turnebo. Más claro. Con este chiste no esperado quería dar a entender que no seguía a ninguno de los retóricos que habían escrito, sino la naturaleza y ejercicio.

 

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Este vicio es bastante común. Examinemos con atención los razonamientos de muchos y hallaremos que unos tienen un acopio o provisión de exordios que acomodan a asuntos distintos o tal vez encontrados. Otros hay cuyos razonamientos en vez de estar cuajados de pensamientos siempre nuevos, sólo abultan por la repetición enfadosa de una misma idea que llena no poco tiempo. Vemos en semejantes oradores que la misma proposición que antes nos dijeron, la repiten después volteándola de mil maneras, pero siempre aparece la misma; lo que, llenando la oración de términos y voces, abruma y desalienta la curiosidad del auditorio, que siempre quiere oír ideas nuevas.

 

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La comparación de que se vale para hacer ver que la oratoria más consiste en cierta maña y arte para vencer la dureza del corazón humano que en esfuerzos inútiles, no puede ser más natural y sensible. En uno y otro juego vemos que vence la astucia y habilidad más que el brazo, pues con un simple ladear el cuerpo quedan burlados los ímpetus y esfuerzos del contrario; los cuales, cuanto mayores son, más cansan al que los hace si dan el golpe en vago. ¡Cuántos cuando hablan en público se agitan, vocean, sudan, palmotean y se fatigan, y al cabo de la jornada el auditorio se sale tan frío como entró, riéndose a costa del orador!

 

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Por este lugar de Quintiliano se prueba que el vulgo antiguo adoleció del mismo mal que el nuestro en graduar los oradores. Parece que no podía pintar más al vivo lo que pasa en nuestro tiempo en la mayor parte de los que asisten a los sermones de ciertos predicadores, cuya única habilidad consiste en ciertos arrebatos, palmoteos y voces desaforadas, que en medio de que aterran y meten en un puño al auditorio, no tienen otro objeto que deslumbrar a los ignorantes y ocultar aquella insuficiencia que en medio de tantos rebozos no deja de descubrir la vista delgada de los instruidos. Pero sin embargo de lo mucho que se ha escrito para desengañar al vulgo de que la palabra de Dios no se introduce en el corazón por medios tan violentos, aquél permanece en su error.

 

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Alude, como dice Turnebo, al vestido negro de que usaba la plebe romana, según Tranquilo en la Vida de Augusto; y según esta opinión traduciremos el pullatum... circulum del original populacho, auditorio de plaza.

 

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Agamenón, rey de Micenas, conducida por los vientos su armada donde iban otros principales a Aulide, mató inadvertidamente una cierva de Diana, por el cual atentado esta diosa trocó los vientos para que no volviesen a Tróade. Consultaron al oráculo; el que dijo lograrían la vuelta, si ofrecían a su hija Ifigenia en sacrificio a la diosa. Estaba ya ésta a punto de ser sacrificada por el mismo Calcante, sacerdote de la tripulación griega, en presencia de Ulises, de Menelao, tío de Ifigenia, y de Agamenón su padre, cuando la diosa compadecida, sustituyó una cierva para el sacrificio. Éste fue el asunto de la pintura de Timantes; rasgo tan admirable de la antigüedad, que con razón le han tenido todos por el milagro del arte; el que ha servido a muchos pintores modernos de imitación en asuntos de la misma naturaleza, sobre el que no han podido adelantar ni una sola pincelada. Son innumerables los autores que, además de Plinio y Valerio Máximo, hacen mención de esta pintura. De igual mérito y primor fue en la antigüedad aquella obra del estatuario Mirón, de que habla Quintiliano poco antes, representando con tal valentía la acción, esfuerzo y conato de uno que en los juegos antiguos arrojaba una gran mole de plomo, que sólo podía reconocer ventaja, si es que había alguna, al original.

 

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Esta diferencia de opiniones que se nota ya en las primeras definiciones de la retórica, depende de que unos piensan que el oficio de un buen orador de tal manera consiste en la persuasión, que si no logra este fin no quieren se le tenga por orador perfecto. Otros al contrario no quieren llevar la cosa con tanto rigor; y dicen con Cicerón que no está el orador obligado a más que a poner los medios aptos para persuadir, aunque no lo consiga, pues la dureza del corazón humano y su obstinación tiene otros motivos independientes de la destreza o ineptitud del orador.

 

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Del Orador, libro 1, 260.