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En torno a la unidad de todas las cosas del Universo y su íntima armonía, cfr. con la lectura de las cartas n.º 10 y 14, extractadas en la p. 48; para el último punto, las excepcionales facultades del poeta para percibirla, recordemos su definición de la poesía romántica en «Clasicismo y Romanticismo» (t. V, p. 105): «la voz íntima de la conciencia, la sustancia viva de las pasiones, el profético mirar de la fantasía, el espíritu meditabundo de la filosofía, penetrando y animando con la magia de la imaginación los misterios del hombre, de la creación y la providencia; es un maravilloso instrumento, cuyas cuerdas sólo tañe la mano del genio que reúne la inspiración a la reflexión, y cuyas sublimes e inagotables harmonías espresan lo humano y lo divino»
.
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Martínez, Joaquín G., Esteban Echeverría en la vida argentina, Buenos Aires, Ateneo Liberal Argentino, 1953; y García Puertas, Manuel, El romanticismo de Esteban Echeverría, Montevideo Universidad de la República, 1957. Personalmente también creo que existe una clara intencionalidad político-social en «La Cautiva», pero no veo una consciente oposición frontal a Rosas. Por aquel entonces Echeverría y toda su generación acariciaban la idea de convertirse en los mentores del régimen rosista, para superar de una vez la vieja antinomia unitarios/federales, y, en consecuencia, este planteamiento hubiera implicado una contradicción. Pienso con Jitrik que «La Cautiva» responde al planteamiento estético de un problema económico social expresado en las lecturas del Salón Literario, que pretendía los siguientes objetivos: conservar los establecimientos ganaderos al abrigo de las depredaciones del indio; anexar las tierras incultas para la expansión capitalista de la burguesía agraria; y asegurar los medios de comunicación para llevar a Buenos Aires los productos del suelo.
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Carilla, Emilio, El romanticismo en la América Hispánica, Madrid, Gredos, 1975, t. I, pp. 204-272. Me parece útil como primera referencia a la polémica surgida en el Río de la Plata y en otras regiones americanas. Es una síntesis interesante para iniciarse en la lengua de los románticos hispanoamericanos.
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Discrepo, por tanto de la opinión de Jitrik, que dice: «Se observa que emplea palabras locales: yajá, rancho, asado, beberaje, pajonal, indio, quemazón [...] toldería; lo hace con absoluta naturalidad, sin entrecomillarlas o subrayarlas»
. No sé qué edición habrá manejado Jitrik para afirmar esto; lo que sí es cierto es que en la primera sí vienen subrayadas en cursivas y con notas aclaratorias, como podremos ver en nuestra edición.
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Esta afirmación, limitada a «La Cautiva», puede hacerse extensiva a toda la obra de Echeverría, incluida la más «realista», El Matadero, como bien ha mostrado Jitrik.
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Quiero hacer constancia aquí de mi agradecimiento al profesor Lledó, que tan amable como diligentemente me proporcionó el dato concreto, cotejando diversas ediciones de la obra para mayor seguridad.
En cuanto a la influencia de Lamartine y de su poema «Himne a la douleur», ya fue reseñada por Bartolomé Mitre, el mismo año de la aparición de las Rimas.
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Y no es ésta la única vez que ensalza el valor de la canción. En «Reflexiones sobre el arte» (t. V, pp. 107-115) escribe: «[...] y hasta los Pampas y demás tribus nómadas tienen sus cantos guerreros con que celebran las hazañas heroicas, perpetúan su memoria, y se infunden espíritu en los combates»
(p. 110).
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Un breve análisis métrico de las siete canciones produce la impresión de que constituyen éstas un deliberado ejercicio práctico de variaciones métricas y temáticas: «A una lágrima» y «la lágrima» son variación formal y temática del mismo motivo, más conseguida en el primer caso que en el segundo; «La ausencia», «A una lágrima», «El desamor» y «La aroma» están compuestas por dos tipos de octavillas agudas, en cuanto a la rima, y sus versos son de cinco, siete y ocho sílabas; y «La diamela» y «La aroma», si no son variaciones de un mismo tema, sí presentan ambas afinidades temáticas.