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Itinerarios culturales. Dos modelos de mujer intelectual en la Argentina del siglo XIX

Graciela Batticuore






Dos itinerarios

Las trayectorias culturales de dos de las escritoras más representativas de la segunda mitad del siglo diecinueve en Argentina, Juana Manuela Gorriti y Eduarda Mansilla, diseñan formas opuestas del viaje femenino de la época: el recorrido por el interior del territorio latinoamericano, y el viaje a Europa. Ambos itinerarios van delineando intereses, preferencias, elecciones que canalizarán en proyectos culturales antagónicos, en los que se perfilan roles diversos para el intelectual americano, especialmente para las mujeres, en la formación de la identidad nacional.

Exiliada tempranamente junto a su familia, Juana Manuela Gorriti cruza por primera vez, en 1831, la frontera de Salta a Bolivia en una caravana de desterrados que huyen de las huestes del General Quiroga. Este trayecto inaugura la serie de peregrinaciones que la llevan a lo largo de su vida a residir ocasionalmente en muchas ciudades de Latinoamérica: Tarija, Sucre, La Paz, Cochabamba, Arequipa, Oruro, Lima, Buenos Aires señalan hogares transitorios y lugares de trabajo en la biografía de la escritora, a la vez que apuntan vínculos intelectuales: Ricardo Palma, Abelardo Gamarra, Clorinda Matto, Mercedes Cabello, Carolina Freyre de Jaime, Numa Pompilio Liona, son algunos de ellos. Su recorrido por el territorio argentino y latinoamericano organiza un programa de trabajo: abre salones, funda revistas literarias, vincula intelectuales.

Los viajes de Gorriti constituyen un modelo poco común entre los de sus compatriotas. Su gestión profesional vehiculiza la circulación de la cultura americana, la hace avanzar y moverse poniendo en contacto y estrechando lazos fraternales entre los conciudadanos de la «patria grande». Su proyecto americanista recupera en lo cultural el modelo político del patriciado, procura fortificar la independencia del continente por la que pelearon sus héroes venerados, desarrollando una tradición propia, que pueda ofrecerse a los ojos del mundo con su sello personal. Su salón literario en Lima, y poco después el periódico que inaugura en Buenos Aires, La Alborada del Plata, son los lugares donde su rol de difusora cultural se hace más ostensible.

Eduarda Mansilla hace el viaje inverso al de su compatriota: busca en el canon estético europeo el modelo para fundar la literatura nacional. Su obra trabajará desde la traducción. El médico de San Luis, su primer texto, calca la trama de El Vicario de Weckfield; los relatos de Creaciones tienen el sesgo de las narraciones de Poe y del cientificismo en auge en los '80; cuando escribe sus Cuentos infantiles lo hace atraída por los de la Condesa de Ségur, con el objetivo de «fundar» el género, a su parecer inexistente hasta el momento, en Sudamérica. Mientras tanto escribe en francés, relata la moda y los paseos por París y EE. UU., recibe los elogios de prestigiosos interlocutores. Mansilla ejercerá sin excepciones un rol de intérprete permanente entre dos mundos: es la representante oficial porteña en los círculos ilustres de París y Washington, a ellos explica la identidad americana; mientras acerca a los porteños su saber experimentado de viajera internacional.

El itinerario de esta mujer escritora se imprime sobre la tradición del viaje masculino, es la síntesis del viaje estético de los dandys argentinos -cuyo modelo puede ser el de su propio hermano- y el viaje intelectual, de conocimiento, el viaje sarmientino.




Modelos y desvíos

Europa constituye el eje del antagonismo entre las propuestas de ambas escritoras, es el punto de referencia obligado para trazar adhesiones y rechazos. En base a ello, cada una organiza un proyecto que supone posiciones diversas en relación a la cultura americana. El viejo continente es a los ojos de Eduarda la escuela elemental de conocimientos y el paradigma del buen gusto y refinamientos a imitar por los que deseen hacer grande la nación Argentina. Gorriti en cambio, condenará explícitamente el viaje de aprendizaje que realizan los hijos de América, como uno de los males principales para el desarrollo de su independencia. Si su proyecto se constituye con los años en programa cultural que se ofrece explícitamente a los contemporáneos de América, la producción de su colega tiene, en cambio, el alcance de sus aspiraciones personales.

Durante su estada en el Perú, antes de regresar a su patria en 1875 Juana Manuela Gorriti es homenajeada por los miembros del Club Literario de Lima, una de las instituciones culturales más renombradas del lugar1. Sus integrantes figuran entre los representantes oficiales de la cultura limeña. Ligados al gobierno peruano por su participación en la política, varios de los miembros del Club desempeñan cargos diplomáticos que los han llevado, en ocasiones, a trasladarse como embajadores a diversas partes del mundo; o bien, colaboran en proyectos de significativo alcance institucional en el ámbito de la cultura, como es el caso de Simeón Tejeda, Ministro de Instrucción pública del dictador Prado, uno de los reformadores de la Universidad, mientras ocupa, simultáneamente, la presidencia del Club. La Institución recibe desde sus orígenes el apoyo del Presidente de la República, gracias a cuya subvención pública sus primeros anales, dirigidos por Heredia, en el año 1874. El modelo europeo estará presente, sin lugar a dudas, en los ideales estéticos de estos intelectuales peruanos, que son también, en la mayoría de los casos, viajeros frecuentes.

Ante la noticia de la partida de Gorriti a su tierra natal, el Club decide entonces, ofrecer un tributo no sólo a la labor literaria de la escritora, sino también por haber «influido poderosamente en que se desarrolle el gusto por las letras en la inteligente juventud que pertenece a su sexo» (Misceláneas, 128).

Gorriti aprovecha la ocasión para defender en nombre de la familia los valores del patriotismo americano, aunque estos contraríen las ambiciones del lugar más prestigioso al que un escritor puede aspirar en la sociedad limeña de la época. Sin olvidar las formalidades del caso, los agradecimientos y elogios a los notables, la escritora coloca en lugar del «trabajo meditado» que habría deseado dejar antes de partir a este viaje improvisado, una reflexión que el Club está obligado a considerar en orden del deber patriótico: «Hablo, señores, de ese funesto empeño de enviar á nuestros hijos, en su temprana edad, á educarse en Europa, principiando por sacrificar, de antemano, los sagrados vínculos que unen al hombre con la familia y con el país natal» (Misceláneas, 129), pronuncia sin titubeos la invitada. De inmediato consigna todas las nefastas consecuencias que sufren lejos del ámbito familiar estos futuros ciudadanos, «entrégale su alma: apropiase las costumbres y gustos del país que habita; se empapa en ideas monárquicas, adquiere hábitos de lujo, de derroche y de sensualismo que lo hacen egoísta» (Misceláneas, 130; el énfasis es mío). La lista que describe los innumerables peligros es extensa y raya sin duda en la exageración. La denunciante encontrará en la familia la excusa perfecta para acusar los riesgos de que el viajero se convierta en Europa en «instrumento de todas las tiranías que se levantan en el suelo americano» (op. cit.).

Gorriti se pronuncia en nombre de su propio deber como intelectual, y en contra de las costumbres que imponen la moda y el progreso. La escritora dialoga esta vez, en primer término, con los protagonistas del contexto político limeño: el temor exagerado con que describe a los jóvenes, viajeros aprendices, que a su regreso a la ciudad natal pueden causar la ruina democrática y el estrépito calamitoso de su país, parece apuntar directamente a los sucesos de una Lima por entonces convulsionada. Al mismo tiempo, estas reflexiones proferidas públicamente justo antes de partir, cuyas preocupaciones trascienden los límites geográficos del país en el que todavía se encuentra, podrían trasladarse con bastante facilidad al escenario de su patria natal, de modo que este discurso tendría también, como interlocutores tácitos, a sus compatriotas porteños.

Gorriti interpreta los acontecimientos relativos a la historia social y política peruana, como síntomas de la suerte que corren casi todas las sociedades del continente quienes, afanadas por alcanzar el progreso inmediato, descuidan las condiciones ineludibles de su prosperidad: la educación moral de sus hijos, la instrucción cívica, el culto a los héroes y el desarrollo de sus tradiciones folklóricas. Esos puntos clave, precisamente, que serán objeto de elaboración permanente en las veladas de su salón limeño.

Desde otra perspectiva, la anécdota remite y explícita la posición que la escritora refleja en sus ficciones: El mundo de los recuerdos, La tierra natal, Panoramas de la vida, al igual que el resto de su producción literaria, recogen leyendas, relatos orales e impresiones de la «patria grande», que mientras conforman una literatura de viajes, van trazando un itinerario inverso al modelo en boga. Lejos de constituir un ideal para Gorriti, Europa representa definitivamente un peligro latente para el desarrollo de la independencia americana, en la medida que sus luces encandilan y diluyen el fervor nacionalista de sus ambiciosos compatriotas.




De Lima a Buenos Aires. Los caminos de la patria grande

Un año más tarde, de regreso a Lima en 1876, Gorriti organiza en su casa las veladas literarias que convocan a los intelectuales consagrados del momento y a los nuevos escritores que constituirán lo más destacado de las letras peruanas de las décadas siguientes. Intelectuales bolivianos, chilenos, cubanos, ecuatorianos y huéspedes argentinos de paso por el lugar conforman el repertorio americano2. Estas tertulias constituyen a mi entender uno de los lugares donde mejor se expresa su proyecto de realizar en lo cultural el ideal de integración americana.

La reflexión sobre la patria y el homenaje a los padres de la Independencia, que confraterniza a los presentes y afianza deseos comunes, es momento obligado en las reuniones. Juntos cantan el himno peruano, trazan «el rasgo histórico conmemorativo» del general Sucre, recitan poemas en honor al general San Martín, o recuerdan la infeliz muerte del legendario Belzú, el presidente boliviano.

La República Argentina merece una mención privilegiada. La velada sexta está dedicada por entero al Dr. Pastor Obligado y Señora, que de paso por Lima recalan en casa de Gorriti. El tributo que tendrá que ofrecer el grupo a sus huéspedes de honor será la ocasión oportuna para homenajear a su vez la patria de la anfitriona, que se desplaza por un momento exclusivamente a la capital.

A pedido de Gorriti, la señorita Adriana Buendía apela a la imaginación de los presentes para realizar juntos un «Viaje a las orillas del Plata». El trabajo permite apreciar particularmente cuál es la imagen de Buenos Aires que la misma Gorriti ha querido fijar en el imaginario de este auditorio extranjero, puesto que el recorte que de ella hace la joven escritora está casi con seguridad, inspirado en los datos y las sugerencias que su maestra le proporciona.

El texto promueve con deleite la admiración por la ciudad en crecimiento: las avenidas, los edificios, el telégrafo, el alumbrado público por gas, las fábricas, las líneas férreas bosquejan el progreso material e indiscutible de Buenos Aires, en tanto los edificios gubernamentales, la Universidad y los salones que congregan a notables personalidades intelectuales garantizan una sociedad civilizada. La señorita Buendía pasará lista prolija de los poetas principales entre los cuales, presumo que la misma Gorriti ha elegido colocar a Mármol, Juana Manso, Eduarda Mansilla, Josefina Pelliza de Sagasta, sin dejar de incluir a la «misteriosa Emma Berdier»3, entre algunos otros. El nombre de los próceres completará la reconstrucción de la culta Buenos Aires, sin que ningún comprobante posible de su progreso quede afuera. A la descripción de esas cualidades se agrega también el modelo de la mujer porteña en sus cuatro poses ejemplares: «hija excelente, esposa recomendable, madre por excelencia amorosa y la amiga más verdadera y dulce», y a ello se suma, por cierto, un cerebro donde hay «una antorcha de virtudes» (Veladas Literarias de Lima, 219).

Esta velada especial permite a los participantes homenajear a Gorriti adoptando explícitamente a la República Argentina como «segunda patria», con lo que el círculo le retribuye así a la escritora un gesto original que ella tendrá siempre con el Perú. A Gorriti, por su parte, le facilitará dar una muestra al agasajado de su actividad de embajadora argentina en el ámbito limeño, lo que tanto él como el resto de sus biógrafos no olvidarán.

Gorriti admitirá en esta ocasión dar paso a sus salones al «estimable progreso» de la culta Buenos Aires, aunque él contravenga los augurios expresados por ella misma en la conferencia de El Club Literario de Lima, ya que el progreso se representa para el imaginario porteño, en el ideal de la civilización europea. Prácticamente no hay intelectual que se precie por esos años en Buenos Aires, que no haya hecho estudios en París o dado pruebas de su fina cultura en sus viajes de flaneur alrededor del mundo.

Esta contradicción aparente por parte de Gorriti, condensa las dificultades a las que la escritora se enfrenta para cumplir con éxito el rol que ella misma ha decidido desempeñar como intelectual, al tiempo que deja ver las estrategias que despliega en cada caso para lograr sus ideales. Si oportunamente critica a la farsa porteña la falta de nacionalismo y la fascinación por el modelo europeo, a la hora de presentar a Buenos Aires ante el público peruano Gorriti lima asperezas y deja de lado las críticas para cumplir con su propio objetivo de poner en vinculación a los intelectuales americanos y conciliar, por encima de las diferencias, intereses comunes. A través de este homenaje Gorriti introduce en el círculo limeño la reflexión sobre el estado de la cultura porteña, su gestión intenta hacer dialogar a los intelectuales peruanos y argentinos, estrechar lazos, oficiar ella misma de puente entre ambos. La queja, en cambio, se desplazará más tarde a la intimidad de su diario, donde algunos fragmentos ofrecen la contracara de esta ceremonia necesaria. Con fecha de mayo de 1883 anota en Lo Íntimo: «Buenos Aires está entregada á un lujo frenético; lujo que aumenta cada día, y que está produciendo desastrosos efectos en frecuentes quiebras» (Lo Íntimo, 69); o por 1887, las consecuencias morales de ese afán desmedido de progreso: «Pláceme el gran movimiento literario de Lima. Aquí lo hay también, pero ahogado por esa ola inmensa de auríferos anhelos que arrastran á todos hacia el mundo de las finanzas; que eclipsa las aureolas de nuestros genios y ha tornado á muchos poetas en prosaicos corredores de Bolsa. Sus nombres ya no figuran sino en la pizarra de ese templo de grosera idolatría» (Lo Íntimo, 90).

La confrontación con Buenos Aires no llega a ser pública, aunque las discrepancias ideológicas se acentúan, como vemos, con el avance del Estado liberal. De todas formas la ciudad le rinde su homenaje a la escritora que en 1875 regresa a su tierra consagrada por el público americano. Antes de su llegada los diarios de la capital comienzan a anunciar el retorno de Gorriti. El Nacional advierte con preocupación que «el público no ha saludado cual debiera el arribo a nuestras playas de la eminente salteña» y exhorta a los lectores a «protegerla» puesto que ella «vuelve a nosotros tan rica de fama como pobre de recursos» (El Nacional, n. 8608, marzo de 1875). Enseguida proporciona una idea concreta: ofrecerle a la señora un puesto que ella pueda desempeñar mejor que ninguna: «el de inspectora de las escuelas de las niñas». Poco tiempo después Gorriti anota agradecida en su diario que el cargo le ha sido asignado.

El reconocimiento público se focaliza simultáneamente en el ámbito netamente intelectual, en doble ceremonia tributada por los caballeros y las damas porteñas el 18 y el 24 de septiembre respectivamente. El círculo masculino le obsequia un álbum literario con la dedicatoria de notables personalidades del ámbito de la cultura y la política nacional; las damas, por su parte, harán lo propio con una medalla en honor a la eminente compatriota.

El elegante álbum, que es en principio obsequio personal para la homenajeada, tomará pronto la forma de libro que se ofrece al público masivo ese mismo año. En los «detalles de su presentación» a cargo de la editorial, que hacen las veces de prólogo, se ofrece una interpretación de los textos que lo componen, sosteniéndose que ellos constituyen «la apertura franca de nuevas sendas literarias», puesto que «la inteligencia americana se encuadra ya en la naturaleza local». La presentación se cierra con la afirmación de que el libro, que «contiene mas de cincuenta pensamientos originales, será tal vez el génesis de la literatura argentina, á cuya creación ha puesto, la escritora salteña, su primera piedra» (Palma Literaria y Artística..., 8; el énfasis es mío).

El discurso del Dr. López, que sirviera de apertura a la ceremonia original y más tarde de prólogo al libro, parece haber dado pie a la ambiciosa afirmación editorial. Tras recordar al auditorio la participación de Gorriti en la epopeya de la Independencia americana -lo que, por otra parte, ya constituye un tópico obligado a la hora de las presentaciones de la escritora salteña-, López señala que ella «ha abierto un nuevo rumbo en el horizonte de la literatura sudamericana» (Palma Literaria y Artística..., 10).

La lectura atenta del corpus de dedicatorias que se suceden a continuación, proporciona un muestreo que va desde la condescendencia o el elogio más o menos formal hasta la admiración sentida y la amistad, según sea el caso. Sin embargo, difícilmente puedan leerse en él los esbozos de pensamientos originales, que constituyan como tales, la génesis de la literatura argentina.

La interpretación ambiciosa con la que se define a estos textos en la presentación editorial, conlleva, por lo tanto, el mismo interés que mueve a convertir en libro el ejemplar artesanal y único obsequiado unos meses antes a la homenajeada. El desplazamiento transporta una nueva expectativa: su objetivo no se limita a dar a conocer a un público mayor el homenaje ofrecido a Gorriti, sino que ahora puede leerse, junto con la presentación que prologa los textos, como un tributo en honor a los nombres que conforman este índice.

Si en el caso de las Veladas Literarias de Lima la publicación del tomo formaliza el proyecto de Gorriti de dar a conocer la producción de los nuevos escritores limeños y las reflexiones sobre el rumbo de la cultura americana, el volumen de Palma Literaria y Artística..., que por su parte congrega a los intelectuales porteños, no es, en cambio, el producto de un trabajo en común, sino la excusa que sirve a los autores para reunirse y presentar a los mejores de la literatura argentina naciente, bajo el pretexto de homenajear a la escritora argentina que regresa a su patria con los laureles del éxito en el exterior.

De todos modos, aunque el reconocimiento que el público porteño le profesa a la escritora sea pocas veces tan genuino como el de sus interlocutores peruanos, lo que se hace evidente también en esta ocasión, es que su figura sirve como eslabón que reúne y enlaza a los intelectuales. Su nombre, que es un punto de referencia concreto en el contexto cultural latinoamericano, puede servir de «piedra inaugural» para trazar el corpus de la institución cultural argentina del momento. El homenaje posibilita en este caso escribir el Álbum de los consagrados de las letras porteñas, allí figuran los nombres de jóvenes escritores junto a los de Marcos Sastre, Bartolomé Mitre, Juan María Gutiérrez, Mariano Pelliza, Antonio Zinny, Eduardo Holmberg, José Hernández, a la vez que también se ha hecho presente la infaltable Emma Berdier, entre muchos otros.

Dado el ambicioso propósito del álbum, que es a la vez tributo a la escritora y también síntesis de prestigio y consagración para los admiradores, no falta a este homenaje literario casi nadie. Habrá que notar, sin embargo, el vacío de una firma: la de Eduarda Mansilla, que tratándose del homenaje a Gorriti, brillará por su ausencia.




La escritora americana

A pesar de los reconocimientos necesarios, interesados o auténticos según el caso, que Buenos Aires le tributa, Gorriti nunca ocupará en el imaginario porteño el lugar de la embajadora oficial. En parte por tratarse de una escritora alejada de la ciudad, en principio por su origen salteño y luego porque a lo largo de su producción literaria ha sido siempre su tierra natal la protagonista en las ficciones; en segundo lugar, porque su itinerario biográfico y cultural no ha tocado nunca el ideal de las tierras de la civilizada Europa, que son la ambición de la ciudad capitalina.

Los interlocutores de Gorriti se limitan al circuito menos prestigioso de Latinoamérica, a diferencia de Eduarda Mansilla, cuyo recorrido por París y EE. UU. abre una red exquisita de interlocutores originales: desde Víctor Hugo que elogia sus Cuentos infantiles, pasando por el ilustre Ventura de la Vega, quien pondera por igual el talento de los hermanos Mansilla, hasta Mr. Laboulaye, que escribe el prólogo de Pablo... La Eduarda políglota, traductora desde los primeros años de la infancia de su tío el general Rosas en la casa de Palermo, que publica en francés original y escribe sus viajes por Estados Unidos a instancias de sus amigos, asume en cambio en el imaginario porteño, el rol de embajadora oficial de la culta Buenos Aires, un rol que su colega ejercerá vocacionalmente, siéndole reconocido sólo por los amigos americanos.

Quizá sea posible reconocer en Eduarda a la «buena esposa y madre» de la que habla el artículo de Adriana Buendía cuando traza el modelo de la mujer porteña, aunque no se destaque en cambio como «la mejor amiga».

Mientras hace incluir a Mansilla en la lista de escritores ilustres de Buenos Aires, Juana Manuela se queja a solas de la indiferencia con que ha sido tratada siempre por la escritora. Eduarda no quiere ser su amiga, escribe en Lo Íntimo, quizá ella le teme al perjuicio de la amistad de una anciana que vive modestamente con una joven hermosa del «high life» internacional; o lo que es más probable, la amistad con una escritora cuya obra acusa en muchas ocasiones las «atrocidades» del régimen rosista, podría reavivar viejos fantasmas de familia y despertar la curiosidad del público en perjuicio de Mansilla. Como vemos, la ausencia de su nombre entre los «admiradores» del álbum de Gorriti no es casual.

Lo cierto es que estas dos escritoras argentinas se reparten hacia fines del siglo pasado el público de América y Europa. A Eduarda le interesará alcanzar el reconocimiento del público americano con el prestigio previo de la crítica francesa o la de sus interlocutores diplomáticos de los EE. UU.; mientras que Gorriti levanta la bandera del americanismo, se gana el cariño y el reconocimiento de sus seguidores sin mediaciones europeas. Ella afirma con su propia biografía su pertenencia a la cultura americana: ha participado de las jornadas del 2 de mayo peruano, organizado una revolución clandestina contra Melgarejo en Bolivia, ha donado una medalla cuando el Hundimiento del Huáscar en Perú, entre otras acciones por el estilo.

Gorriti y Mansilla son las dos candidatas para ocupar el lugar de la «escritora americana» en un país que está sólo en los albores de su independencia política y cultural. Si en el caso de la primera es su gestión profesional la que la hace destinataria posible de este título vacante y codiciado, en el caso de Mansilla se trata de un deseo que conlleva una aspiración de interés meramente personal. Ella no pretende reunir lo mejor de las letras americanas para mostrar al mundo, sino que desea concentrar en su propia producción lo mejor de las letras del mundo para ofrecerse a sí misma como la escritora americana que responde de esta manera a los ideales porteños. Su producción, a diferencia de la de Gorriti, no la compromete a trabajar por el crecimiento de su patria en el terreno cultural; lo que Mansilla pueda aportar en favor de la imagen del país en el exterior es una consecuencia de la posición social que ella ocupará en el escenario americano y europeo.

Si Sarmiento sueña, por los años en que escribe el Facundo, con convertirse en el Tockeville americano, Eduarda intentará ser, por ejemplo, la Mme. de Sevigné argentina, «la escritora» por excelencia en el mundo femenino. Para ello contará con el reconocimiento de sus conciudadanos: el mismo Sarmiento piensa en ella cuando debe responder a una encuesta acerca de mujeres que escriben hacia el '80 en Argentina. Entonces pondera las virtudes de esta dama que es «a más de escritor muy versado, mujer muy mujer y lo que es más, habituada a los refinamientos del «High life» europeo en cuyo medio ha brillado muchos años en París y EE. UU.» (El Nacional, julio de 1879). Los halagos van y vienen de inmediato: Sarmiento termina su artículo con una exhortación a los colegas argentinos para que no hagan lugar a crítica alguna hacia esta escritora perteneciente a «la alta sociedad». Su artículo se cierra con un imperativo final: «Ne touchez pas a la reine». Mansilla le responde emocionada con otra nota que remata a su vez en «vivas» para el Presidente de la República (Velazco y Arias, 89).

A Eduarda le gustará compararse con Sarmiento en su representatividad como intelectual americano en el ámbito internacional. A pesar de las diferencias entre ambos, ella misma se ocupará de consolidar, en lo posible, el aura de excepcionalidad con la que parecen estar cubiertos uno y otro a los ojos de los interlocutores extranjeros, dentro del campo cultural argentino de la época. La escritora no olvidará anotar sobre las páginas finales de su Recuerdos de viaje por los EE. UU., la pregunta que le hace en una tertulia de Washington el Senador Sumner: «Supongo, querida señora, que allá en el Plata Ud. y Mr. Sarmiento son excepciones?». «Mi respuesta no viene aquí al caso: hay cosas que deben decirse fuera de la patria, y callarse en ella» (RV, 191).

Puesto que la clave de esta anécdota está en la pregunta, a la que el relato de la narradora le imprime el valor de una afirmación, con ella se cierra el capítulo penúltimo sin más explicaciones. La anécdota sucinta ofrece en el juicio de este interlocutor prestigioso no sólo el testimonio del reconocimiento internacional, sino que además, la comparación con Sarmiento otorga a esta mujer escritora una calificación sobresaliente con respecto al resto de las colegas de su sexo. Colocado en las páginas finales del volumen, este recuerdo imborrable de Eduarda procura hacerlas brillar con los destellos del éxito de la viajera en los círculos intelectuales del exterior. Sólo resta imaginar la admiración que el juicio de este interlocutor ilustre ineludiblemente causaría entre los lectores porteños.




«Ud. me contará París»

La admiración de Mansilla por Europa es incondicional. El libro de viajes por EE. UU. comienza comparando los beneficios de las líneas marítimas francesas e inglesas con las norteamericanas, se suceden luego las referencias a los hoteles, los lujos y las delicias europeas que alcanzan el summum del ideal estético. Eduarda aconseja a los neófitos, sugiere rutas, compañías y paisajes. Estas comparaciones organizan todo el relato de viajes a través del territorio norteamericano. Cada ciudad, cada experiencia nueva evoca el recuerdo de París a tal punto que este diario de viajes por los EE. UU. podría muy bien funcionar como un compendio no explícito también del viaje a Europa, en la medida en que estas ciudades le sirven de disparadores para «recordar» simultáneamente a sus preferidas. Hablar de Boston, es evocar Londres, detallar el lujo de las casas aristocráticas del Sur es rememorar las delicias parisinas. La narración de la escritora ofrece siempre la descripción de una ciudad a la cual se le sobreimprimen las analogías, las oposiciones, las más y los menos de la comparación con otra. El eje axiológico y clasificatorio que rige todo el relato es el de lindo/feo. El primero de los términos corresponde indiscutiblemente a Europa; el segundo a Norteamérica, que a cambio se lleva los elogios de lo útil

La escena que narra la llegada a Nueva York ilustra el rechazo de Eduarda ante la ciudad cosmopolita, que denuncia sobre todo la fealdad y los síntomas del peligro: «Yo no podía conformarme con que aquello fuese la Capital» (Recuerdos de Viaje, 76). La fachada sucia de la casa donde tiene que alojarse al llegar, la presencia de hombres vulgares y negros risueños la hacen huir a Eduarda despavorida. Un amigo diplomático intercede y le alquila una casita; aunque las condiciones mejoran, la experiencia de esta ciudad es tan despreciable para la viajera que al recordarla, explícitamente omite algunos fragmentos.

El ideal europeo se recupera en tierra americana en algunos sitios «selectos» hechos a imagen del modelo, como en el caso de Nueva Orleans. Cuando se trata de los interiores, ese ideal se concentra en los salones de la diplomacia y el «high life», adonde se llevan a cabo las tertulias a las que asiste Eduarda, o desde ya, en las que ella misma lidera. De estas veladas no participan alumnos ni jóvenes aprendices, como en el caso de las de Gorriti. Sus compañeros son los políticos, diplomáticos colegas, esposas de los embajadores, ministros y en ocasiones expresidentes de la República como Lincoln. Allí se conversa, se entablan relaciones a veces exóticas con diplomáticos, condes y condesas y hasta príncipes franceses. Eduarda descuella por la gracia de su voz: la narración y el canto, que es su segunda virtud artística, cautivan admiradores.

A pesar de ser la embajadora oficial de Buenos Aires en el imaginario de buena parte de los porteños, a la hora de ejercer como tal, Eduarda sonríe graciosamente al reconocimiento de «simple Secretaria de Legación de una República "de nada"» (el énfasis es mío), título que le otorga risueñamente el Plenipotenciario brasilero en sus salones, delante de sus colegas diplomáticos. «Era yo joven entonces; confieso que me reí de buena gana, y, lo que es peor, no me enmendé; que en realidad nada de deslumbrante, sino de amable y sencillo tenían para mí aquellos descendientes del galante Enrique IV» (RV, 93).

Nada hay para decir de Buenos Aires que no lo digan mejor los escenarios de Europa, es por eso que Eduarda se convertirá entre estos extranjeros ilustres en la mejor «contadora de París». A tal punto que el mismo Luis Felipe, Conde de París y Príncipe de Orleans, asistente a estos encuentros del «high-life» internacional -para decirlo con las palabras de la misma narradora- le pedirá a ella que le describa su propia ciudad:

«Muchas veces el Conde de París se me acercaba y me decía: No bailemos esta polka, conversémosla: Ud. me contará á París.

Y yo le hablaba de los teatros, de los boulevares, de los Campos Elíseos, del bosque de Boulogne, y él me escuchaba ravi (encantado), según su expresión. En una ocasión, me pidió le narrara algo sobre Tullerías [...]. El Conde no perdía una sola de mis palabras, y parecía oírlas con sumo placer».


(RV, 94)                


Es el relato encantador y espontáneamente minucioso de esta buena narradora extranjera que conoce y pondera el escenario parisino como si fuera propio, pero que a la vez lo observa con la admiración incondicional con la que únicamente un extranjero encandilado ante la «belleza» y la «grandeza» del territorio ajeno puede hacerlo, lo que seduce tanto a este francés auténtico.

Por lo demás, la anécdota ilustra el rol que Eduarda adopta como intelectual y al mismo tiempo el porqué del reconocimiento porteño: ella será en todos los sentidos la intérprete, decididamente, la niña políglota de la cultura argentina, en la medida en que el rol de Eduarda Mansilla, como el de los colegas masculinos de la clase a la que pertenece, será importar la cultura letrada europea4. Eduarda representa entre las mujeres el modelo de intelectual porteña porque su función es constantemente narrar lo otro: relatar los viajes ilustres en Buenos Aires y paralelamente corroborar el carácter de «excepcionalidad» que los interlocutores europeos reconocen al intelectual americano. Como su hermano Lucio entre los Ranqueles, Eduarda oficiará de intérprete entre dos culturas: será ella «la gran contadora de París», la narradora de los viajes y la élite internacional, mostrará así a sus interlocutores argentinos el saber de las mujeres de su clase, y simultáneamente, será entre los extranjeros una pieza excepcional y casi exclusiva del modelo de intelectual americano5.




Viajeras y diarios de viajes. El saber de viajera

Los modelos de viajes que presentan las biografías de Mansilla y de Gorriti condicionan también posiciones distintas a la hora de encarar la escritura del género. En el caso de Gorriti se trata en muchas ocasiones de peregrinaciones obligadas: se viaja para sobrevivir. El primer recorrido de Salta a Bolivia señala el destierro, el traslado a Lima marca el momento del divorcio de Belzú, los regresos a Buenos Aires en la ancianidad cumplen con el requerimiento ineludible de su presencia en la ciudad para gozar de las ventajas de la pensión vitalicia que el gobierno argentino le acredita por ser descendiente de héroes de la Independencia6. En el medio están los viajes a Salta, el primero desde Lima, disfrazada de varón, se ficcionaliza en Guby Amaya (Historia de un salteador); el segundo desde Buenos Aires cruzando las provincias del interior. Gorriti viaja en barco, en tren, en carro, a lomo de caballo, a pie. No son viajes confortables, aunque le resulten de cualquier modo placenteros si se trata de recorrer el camino que la lleva a la tierra natal.

Mansilla en cambio, será por autodefinición la «viajera distinguida» (Recuerdos de viaje, 140). Este privilegio, que es un privilegio oficial -la viajera se desplaza como esposa de un embajador del gobierno argentino- le allana el ingreso a todos los salones diplomáticos en el territorio americano y a la vez, a un público lector privilegiado. Hemos visto ya que estas experiencias diversas marcan las posiciones que asumen una y otra como intelectual, y al mismo tiempo trazan el recorrido de sus producciones. Eduarda escribe Pablo ou la vie en las Pampas mientras vive en París; Gorriti publica las Veladas Literarias de Lima que muestran su trabajo en ese lugar.

El modo en que cada una accede al relato de viajes también será diverso. Las reflexiones de Mary Louis Pratt7 acerca de las mujeres que viajan a principios del siglo XIX por el continente africano y también por América, pueden sugerir analogías y diferencias con las trayectorias de Mansilla y Gorriti. Pratt observa que el acceso a la escritura de viajes en el caso de las mujeres, parece estar más restringido que la posibilidad del viaje en sí mismo. Muchas de ellas eligen publicar bajo la forma de cartas. Al mismo tiempo señala que otras escritoras como María Graham y Flora Tristán, quienes se desplazan hacia 1828 por América, escogen el género autobiográfico para narrar sus itinerarios. Pratt sostiene que mujeres como Flora Tristán se constituyen a sí mismas en las protagonistas de sus viajes y de su vida.

El caso de Gorriti se recorta con matices singulares de este modelo. Ella desdibuja la experiencia autobiográfica del viaje mediante la ficcionalización del episodio vivido, de modo que la protagonista del relato no coincida con el sujeto de la escritura sino con un personaje literario -es el caso de Peregrinaciones de un alma triste-, o bien, focalizando la narración en las anécdotas biográficas de los personajes que la viajera encuentra a lo largo del trayecto, como en el caso de La tierra natal. En este texto Gorriti narra su regreso a Horcones y compendia, de paso, una cantidad notable de historias individuales que conforman el índice de los relatos Acciónales y futuros; mientras que en Peregrinaciones de un alma triste opta directamente por el relato ficcional para narrar el recorrido de una mujer que escapa al rigor que la época impone a su sexo y bajo el nombre de la ciencia intenta confinarla al salón cerrado de su casa.

En ambos casos, la mirada está puesta afuera de la vida de la autora, se trata precisamente de no ofrecer a los ojos del público un ejemplo de conducta indeseable para una mujer de la época: como relato autobiográfico, el de Gorriti dejaría al descubierto el de una mujer que se desplaza sola por América, sin esposo, sin hogar, en ocasiones sin hijos o con hijos naturales a su cargo. Ese modelo no podría configurar en absoluto el perfil de vida esperable, ni siquiera pensable, de una mujer de la época; sin contar, por otra parte, con que las dificultades de los viajes emprendidos, la falta de confort y protección, tampoco corresponden a los viajes de su sexo, sino que en este sentido responden más bien al modelo tradicional del viaje heroico masculino, en la medida en que está sujeto a múltiples avatares.

Puesto que esa narración comprometería la reputación de la mujer, entonces, el relato de viajes coincide la mayor parte de las veces con la narración ficcional, y muy poco en cambio, con la escritura autobiográfica. El diario íntimo da poca cuenta de fechas, lugares y desplazamientos de la escritora. Esos recorridos pueden ser rastreados escasamente a través del seguimiento de sus actividades profesionales. Gorriti no formaliza el relato de viaje en un libro que se presenta como tal, sino que la narración se dispersa en toda su literatura. Esa falta de consecuencia para adoptar el género reproduce el desorden de los viajes, que son gran parte de las veces imprevistos o inciertos8.

Sus relatos transmiten sin dudas un saber, específicamente el saber acerca de la Historia patria en particular, entre cualquier otro conocimiento. La Historia americana proporciona los argumentos, dicta la letra de las ficciones, organiza sin excepciones la producción de la escritora. En suma, se podría decir que los relatos de Gorriti, incluso los que no constituyen su producción ficcional, organizan la novela de la historia, en la medida en que intentan conformar el repertorio de la leyenda patria, para convertir en héroes y mártires a los protagonistas venerados de la historia nacional.

El caso de Eduarda es, una vez más, opuesto al de su colega salteña. Desde ya, Mansilla se constituye en la protagonista de su libro de viajes, el cual ofrece simultáneamente la descripción de un itinerario y la narración de una porción de su autobiografía. Paralelamente, ella adopta el género de manera formal: explícita en el título de uno de sus libros el propósito de escribir los recuerdos de viaje, ordena en un solo volumen una secuencia de partidas y llegadas e intenta, como veremos, esgrimir su «saber de viajera».

Se trata en su caso de un saber amplio: el saber de la viajera experimentada. Este conocimiento incluye un «pot-pourri» de sugerencias e informaciones para el lector: una lista de ventajas y desventajas de los lugares referidos, sitios y comodidades que ofrecen al turista, compañías recomendables para los traslados, espectáculos, vestidos y modas, y también, como prueba de conocimiento: un saber acerca de la Historia de la patria en cuestión. No se trata aquí de la propia, por supuesto. Mansilla compendia rápidamente la historia de los EE. UU. y los conflictos políticos: la guerra de secesión y la «esclavatura».

Puesto que la escritora se dirige siempre a un público que incluye a las damas, calcula los inconvenientes de esta narración. De modo que así como «el estudio acerca de la Independencia norteamericana y de sus problemas políticos» están confinados a determinados capítulos del libro en particular, también advierte a los lectores que quienes de la Historia no gusten la pueden saltear» (Recuerdos de viaje, 43; el énfasis es mío). Eduarda se propone echar una mirada rápida (op. cit., 57) que a veces desdice, llegada la hora, las promesas hechas al pasar de «estudiar» determinados aspectos.

Quiero hacer notar que la diferencia con Gorriti consiste en que estas inclusiones casi forzadas de la cuota histórica norteamericana se deben en el caso de Mansilla no a un deseo de transmitir al lector el conocimiento que ella tiene, sino de ofrecer la prueba de los conocimientos personales, los cuales conforman un plus en comparación a los que posee el resto de las mujeres de su época. Eduarda muestra ese privilegio propio que consiste en el saber histórico y político, pero los permisos para «saltearlos» o la advertencia de la «mirada rápida» atajan por otra parte, los prejuicios de la época acerca de la mujer que ostenta conocimientos que tal vez son «demasiados» para su sexo.

La intención de la escritora de ofrecer a los lectores un «saber» privilegiado conlleva la ambición de convertirse a través de él en una cronista excepcional. Eduarda prueba así una vez más que puede traducir a los lectores argentinos la cultura del del mundo.

Las narraciones de los viajes de Gorriti, que circulan dispersamente por los relatos de ficción y los libros de memoria, tienen en cambio una intención didáctica: familiarizar al lector con la historia y la geografía de la patria americana. En este sentido creo que La Alborada del Plata9, el diario que inaugura en Buenos Aires en 1877, de regreso de Lima, cierra la gestión integradora de la cultura latinoamericana que Gorriti había venido realizando hasta el momento fuera del país. Esta publicación continúa en Buenos Aires dos proyectos iniciados en la capital peruana: el de La Alborada que también ella dirigiera en Lima durante los últimos años, y la labor de los interlocutores de sus veladas literarias10.

En su primera entrega La Alborada del Plata pone en conocimiento de sus lectores los objetivos que persigue: «Esta selección de producciones, inéditas unas y poco leídas otras, dada a luz en un periódico que se publique a las orillas del Plata, llevará a todas las capitales americanas de habla española un movimiento desconocido de vida intelectual: y en la opulenta Lima, en la industriosa Bogotá y Caracas la ilustrada, habrá el mismo anhelo que en La Paz de Bolivia, en Chile o Montevideo para recibir este semanario» (La Alborada del Plata, n. 1, noviembre de 1877).

Esta vez la escritora no sólo ha hecho explícito un proyecto de trabajo personal que se ofrece ahora como programa común a los colegas americanos; las líneas que se exponen como manifiesto inaugural de La Alborada del Plata sintetiza, además, la explicitación de una poética: Gorriti propone la novela como el género literario más apropiado para la mejor realización de este proyecto, por ser «un medio fácil y poderoso de difundir en el pueblo la historia y la geografía descriptiva» (op. cit.).

El semanario publicará, entre otras, muchas de las composiciones surgidas de las Veladas Literarias limeñas. Gran parte de los nombres extranjeros son peruanos o están vinculados a escritores latinoamericanos: ecuatorianos, chilenos, bolivianos que participaron de las tertulias. En este sentido La Alborada del Plata continúa un recorrido iniciado en Lima: presentará a los colegas limeños entre sus compatriotas, completando así el círculo que abriera al dar a conocer en las veladas peruanas a los escritores destacados de la intelectualidad porteña.

Gorriti buscará el apoyo de las autoridades masculinas para asegurar el prestigio del semanario. Nombres destacados como los de Sarmiento, el Presidente Avellaneda, junto a los de Santiago Estrada, Pastor Obligado, Jorge Argerich, Adolfo y Bartolomé Mitre, Juan María Gutiérrez, Luis V. Varela, para nombrar sólo a algunos, saludan desde el primer número la publicación y comprometen su oportuna colaboración. Gorriti introduce incluso un «jurado censor» para asegurar la calidad de las producciones.

Esta nueva empresa de la escritora conlleva un fin último: desarrollar la literatura americana para «hacernos conocer dignamente en el mundo europeo, donde hasta ahora se nos hizo tan poca justicia» (La Alborada del Plata, 1; el énfasis es mío).

Tal como vemos, aunque Gorriti no ocupe el rol de embajadora oficial entre sus compatriotas, su desempeño en el ámbito profesional latinoamericano será más consecuente con el compromiso de presentar las dotes de su patria en el extranjero, que el de su colega porteña. Mansilla por su parte, se permitirá, en un gesto de frívola coquetería, jugar a ser la delegada de una República de nada entre los protagonistas de la diplomacia norteamericana.






Bibliografía

  • GORRITI, Juana Manuela, Veladas Literarias de Lima, Buenos Aires: Imprenta Europea, 1892.
  • —— Lo íntimo, Buenos Aires: Ramón Espasa ed., sin fecha.
  • —— Misceláneas. Buenos Aires: Imprenta de M. Biedma, 1878.
  • SARMIENTO, Domingo F. «'Algunos juicios' sobre 'Eduarda Mansilla'» en «Páginas Literarias», Obras Completas, tomo XLVI, Buenos Aires: 1900. Aparecido en El Nacional, el 11 de julio de 1879.
  • —— El Nacional, Buenos Aires, año XXII, n. 8608, 11 de marzo de 1875.
  • —— La Alborada del Plata, Buenos Aires, noviembre de 1877.
  • Palma Literaria y Artística de la Escritora Argentina Juana M. Gorriti. El Álbum y la estrella. Doble Ceremonia, 18 y 24 de setiembre, Buenos Aires: Carlos Casavalle Editor, 1875.
  • PRATT, Mary Louis. Imperial Eyes. Travel Writing and Transculturation, New York: Routledge, 1992.
  • Sur, Buenos Aires, año 1, n. 1, 1931.
  • VELASCO Y ARIAS. Eduarda Mansilla de García, Boletín del Colegio de Graduados de la Facultad de Filosofía y Letras.


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