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Jorge Guillén, poeta difícil

Ricardo Gullón





El primer movimiento del poeta, resumimos, es pensar o sentir. El gran problema, la transmisión de experiencias vitales. La tarea ulterior, en cualquier raso, inventar formas donde verter sus conquistas; esta tarea consiste fundamentalmente en el hallazgo de un lenguaje eficiente que infunda a sus comunicaciones la vitalidad y virtualidad requeridas. Unas veces la expresión resulta complicada por la conveniencia de encubrir la trivialidad del mensaje o por defecto del mecanismo verbal, y a tal poesía llamaremos simplemente oscura; otras veces los vocablos tendrán abstracta y erizada apariencia por ser vestidura de un pensamiento vasto, ambicioso y complejo, que para entregarse recaba solicitaciones insistentes, y entonces la obra será dicha «difícil». En el segundo supuesto inciden los poemas de Jorge Guillén.

En dos acepciones puede emplearse el vocablo «difícil», y ambas convienen a la poesía de este creador. Según la primera, poeta difícil es aquel cuyos versos -por diversas causas, aquí por su concreción extrema- no serán entendidos sin que el lector testimonie una vigorosa capacidad de atención y simpatía hacia la obra. De acuerdo con la segunda, se calificará difícil al poeta de alta ambición, inclinado por temperamento e desconfiar de los materiales allegados sin esfuerzo y a empeñarse en la búsqueda de lo más arduo. Todos conocemos poetas celebrados por su «facilidad», entendida como especial soltura para versificar, para alinear en líneas del mismo número de sílabas, y generalmente con rimas previstas, porción de impresiones y sentimientos de anodadante banalidad. Guillén ignora esa destreza carpintera, o, más exactamente, la desdeña. Opta, sin vacilación, por la dificultad, y en vencerla consiste su empeño.

Pero me interesa explicar la cuestión desde la otra vertiente: Guillén tenía que ser difícil porque intentaba expresar profundas intuiciones con la máxima economía verbal. Quería decir mucho con pocas, meditadas, eficaces palabras de significado exacto (de significado unívoco, en cuanto fuere posible), y por eso, antes de utilizarlas, se cerciora de si alcanzan o precisan lo que pretende decir con ellas: odia la vaguedad, la efusión injustificada, los vocablos cuya significación es indecisa y oscura. De otra parte, si sus intuiciones son concretas, tienden a diluirse en abstracciones, perdiendo en el trueque los perfiles consuetudinarios por donde podrían ser reconocidas e identificadas. Optó por imponerse a su mundo reduciendo todos los objetos al común denominador de su sensibilidad y de su inteligencia.

¿Sobrará, después de lo dicho antes1, insistir sobre las raíces humanas de nuestro artista? Tal vez no, pues pocas ideas fueron en España y lejos de España tan mal entendidas como la de la deshumanización del arte, y en la duda prefiero remachar el clavo: Guillén es un poeta intensamente reclamado por la vida, pero lejos de reaccionar frente a los problemas vitales con el desenfreno ominoso, o con la melancolía tradicional, una sensibilidad finísima de acuerdo con una inteligencia inclinada a considerar el universo sub specie philosophia, le incitan, le compelen a concentrar su visión de las cosas en poemas de admirable perfección, como si quisiera reducir «el caótico» mundo, a unos cuantos acordes definitivos. Por eso, según veremos en seguida, los temas de su poesía son los esenciales y permanentes que la realidad le ofrece, descritos con vocabulario abstracto -«caos», «ser», «todos, «esencia»-; abstraer de un orbe maravilloso los fenómenos más puros y sencillos parece ser su resuelta pretensión lírica.

Determinar estas realidades, sensaciones tamizadas por una mente ordenadora, en fórmulas de jugosa y densa riqueza poética, exigía extremo cuidado en la selección del vehículo conveniente para su transmisión sin menoscabo. Este vehículo, el poema guilleniano, se caracteriza por su fidelidad al pensamiento creado. El poeta no ha sido traicionado por sus versos; dice su canción conforme la crea, y la rara protección de la forma es consecuencia de la armonía del pensamiento. Quien conozca con exactitud el contenido de sus ideas hallará siempre palabras para manifestarlo adecuadamente. Es cuestión de disciplina y rigor, balbuceo en la dicción revela barullo mental: a contrario sensu, precisas fórmulas de Guillén testimonian lucidez y capacidad de penetración de su inteligencia.

Los esquemas guillenianos denotan suma concentración. Mas en su poesía hay elementos que atenúan tanto rigor. El vivir en la vida de este gran lírico, su vigilante atención al mundo y al hombre, manifiesta sobre todo en sus poemas últimos, es una actitud impregnada de amor, pero de amor sin sensiblería, sin lugares comunes, de amor -en fin-, cabal, valeroso y digno. Su afán de perfección y la multiplicidad de las relaciones que pretende abarcar, aun le fuerzan a ser difícil por otros motivos, huyendo de la común insustancialidad de lo manoseado y blanduzco. T. S. Eliot ha dicho: «Los poetas en nuestra civilización, tal como es en la actualidad, deben ser difíciles. Nuestra civilización comprende gran variedad y complejidad, y esta variedad y complejidad, actuando sobre una sensibilidad refinada, debe producir efectos diversos y complejos. El poeta ha de volverse más y más amplio, más alusivo, más indirecto, para obligar, dislocar si fuese necesario, el idioma hacia su significado.» Nada necesito añadir. Guillén se cuenta entre los poetas llamados a la dificultad por la hondura de su reflexión, por el nivel de sus vivencias y por la sobriedad y desnudez de su lenguaje.

Ved el poema: cargado de sensaciones, irreprochable en su belleza formal. Algo se resiste: es su riqueza, inabarcable al primer golpe de vista. Pero, un golpe de vista no basta. Releed despacio, y cada nueva lectura brindará mayores posibilidades; cuando penséis haber llegado al fondo, aún quedará espacio sin explorar, aún puede emerger algún inesperado brote de luz. Pues esta poesía se recata en sí misma, atrayéndonos con la gracia de su hermosura, de su presencia, limpia, tan nítida y gentil. Su dificultad atrae porque está disimulada en una tersura verbal grávida de sugestiones. El poema parece tan asequible, tan nuestro, tan claro, en suma, que sus rigores lejos de ahuyentarnos enardecen y convocan aquella mejor parte de nuestro espíritu:


¡Cima de la delicia!
Todo en el aire es pájaro.
Se cierne lo inmediato
resuelto en lejanía.



¡Cuán lejos de cualquier cultismo, si coincidente con la excelencia del material empleado! Las palabras adquieren ahí su máximo valor, henchidas de savia, jugosas y con destello singular. Ni vaguedad en el lenguaje, ni intención hermética alguna -como en los textos creacionistas de Gerardo Diego, por señalar un ejemplo opuesto-; quiere ser entendido y sólo por legítimamente ambicioso apura su esfuerzo en ascendente profundidad. (No hay antonimia: se eleva en proporción a la hondura alcanzada.) La tersa epidermis del poema guilleniano constituye su encanto más evidente, la causa primera de su extraordinaria potencia de sugestión.

Esta poesía «difícil», pide atención sostenida, pero también algo más: una suerte de afán interpretativo, cierto deseo de entender por uno mismo, de ensanchar en la lectura el vuelo del poema y descubrir cuanta sutileza puso el artista en su tarea. A cada lector se reserva el deleite de hallar el manadero de la emoción, y fácilmente se advierte cuán varias serán las reacciones, según la calidad de los intérpretes. Así, vemos en el poema la suma de eventual poesía yacente bajo las palabras y la expresión de una verdad aprehendida líricamente. No admito la tesis del poeta inconsciente de tales posibilidades; prefiero imaginarle advertido de todo, dispuesto a examinar, con curioso ademán, hasta dónde le condujeron sus versos y a valorar con claro juicio el error o el acierto de sus intuiciones o (si se quiere) adivinaciones.

Guillén, poeta, como Mallarmé, de la llamada por Alfonso Reyes «poesía posterior a la palabra», diferénciase del artista francés en su intención esclarecedora. Lejos de pretender, según de Mallarmé dice el propio Reyes, «devolver su confusión a las cosas, ponerlas otra vez en el estado convulso y vago en que el alma las recibe, antes de que salten sobre ellas los moldes lógicos», procura situarlas en una atmósfera de claridad mental, de orientaciones precisas y diáfanas. Por eso, distante de las nebulosidades simbolistas, de lo impreciso y vaporoso, su poesía tiene la musculosa y atractiva presencia de un torso adolescente. Tiende a la exactitud. Elimina la indecisión característica de la palabra poética, la palabra «llena de rumores», como dice Luis Rosales, y en su lugar surge un léxico de aire filosófico, densamente expresivo, pero expresivo en una sola dirección.

Acudamos a un ejemplo: el tema del amanecer -de que luego escribiré más despacio- hace referencia a el amanecer, aurora abstracta, ideal, arquetípica, y no alba de algún día concreto, con su aureola de ensueños o recuerdos más o menos precisos. Por renunciar a la evocación, que es lo sólito y esperado por el lector, su vocabulario es distinto del habitual en quien aborda líricamente tal tema. Aspira a comunicarnos la imagen pura de la mañana naciente, su absoluta belleza nuda: con una sola palabra -¡precisa!- o con muy pocas y unos puntos suspensivos acierta a conseguir su propósito. En cuanto a sobriedad, se le diría sometido a la norma de los poetas imaginistas norteamericanos: «use no superflous word». Nada sobra en sus versos.





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