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Boisteau ha modificado completamente el fin de la leyenda italiana: en la novela, Julieta y Romeo se reconocen antes de morir. He aquí el relato de esta fúnebre entrevista, extractada de la traducción de Guénifey, publicada en 1836:

«-Romeo, habiendo tomado a Julieta en sus brazos, prodigándola las más tiernas caricias, quería alcanzar una muerte próxima e inevitable haciendo que Pedro le dejara encerrado en la tumba. Llegado el tiempo de perder la completa virtud el narcótico, despertose la joven y, sintiendo que alguno la estrechaba, se imaginó que el Padre Lorenzo, llegado allí para sacarla y conducirla a su celda, osaba atentar a su pudor. -¡Oh padre mío! -le dijo-, ¿es así como pagáis la confianza qué en vos ha depositado mi esposo? ¡Retiraos!» Y en los esfuerzos hechos para desprenderse cambió de posición, abrió los ojos y vio que se hallaba en brazos de Romeo, al que conoció al punto a, pesar de vestir el traje de alemán. «¡Oh Dios! -exclamó entonces-, ¡vos aquí, mi cara vida! ¿Dónde está Fray Lorenzo? ¿Por qué no me retiráis de este sepulcro? ¡Oh! ¡Salgamos de este sitio!»

Viendo Romeo que Julieta abría los ojos, oyéndola hablar, conoció que vivía, que no estaba muerta, y sintió a la vez por ello un gozo y pesar indecibles. Teniéndola, pues, abrazada y bañándola con sus lágrimas, exclamaba:

-¡Oh cielo! ¡Vida de mi vida, corazón de mi cuerpo, quién jamás experimenté placer tan grande como el que siento en este instante! Persuadido de vuestra muerte, ¡cuál no es ahora mi dicha viéndoos en mis brazos llena de vida y salud! Mas ¡qué dolor puede igualar a mi dolor, qué pena más aguda que la mía, viéndome, como me veo, llegado al fin de mi carrera, y sintiendo que se me escapa la vida cuando debía serme más agradable que nunca! ¡Todo lo que puedo esperar es media hora! ¿Hubo nunca un hombre que en tan corto espacio experimentase el cúmulo de alegría y de desesperación que yo siento? ¡Sí, amada compañera, mi satisfacción es inmensa porque, después de haberos creído por siempre perdida, de haberos llorado tan amargamente, os hallo viva! No hay duda, tengo que regocijarme con vos por un suceso tan dichoso; pero al propio tiempo ¡qué fiero sinsabor no debe atormentarme al sentir que voy a dejar de miraros, de oíros, de vivir en vuestra dulce compañía, para mí tan grata, por la que tanto he suspirado! ¡Ah! La dicha de veros tornar a la vida sobrepuja en mucho a la pena que me agobia, sintiendo aproximarse el instante fatal de nuestra separación. ¡Sí, yo pido al Divino Creador que agregue a vuestra existencia tantos años como van a cercenarse de la mía, que os haga más venturosa que a mí! Pierdo el aliento... -

Julieta, que se había casi del todo incorporado, oyendo así explicarse a Romeo, le dijo:

-¡Ah señor! ¡Qué frases pronunciáis! ¿Es ése si consuelo que debía esperarme? ¿Habéis venido expresamente de Mantua para aportarme, tan terrible nueva? ¿Qué ideas os animan, qué mal sentís para hablar así de muerte?

El infortunado Romeo la enteró entonces del veneno que había tomado.

-¡Ah! exclamó Julieta, ¡infeliz de mí! ¿qué me hacéis conocer? ¿qué me decís? ¡Tan desdichada soy! ¡Tan deplorable es mi suerte! Por lo que veo, Fray Lorenzo no os comunicó lo que convinimos. ¡Y, sin embargo, me había prometido hacerlo!

Y siguiendo de este modo, apurando la amargura de su dolor, en medio de lágrimas, ayes y gemidos, casi fuera de sí, sumida en una terrible agitación, la infeliz esposa contó a su marido minuciosamente todo lo que había concertado con el religioso para evitar el enlace que su padre la quería imponer.

El conocimiento de estos detalles aumentó el dolor y el violento pesar de Romeo. La pobre Julieta, desolada a lo sumo, pues que su mal carecía de remedio, dirigiéndose a su esposo, le dijo: «Pues que Dios no ha querido acordarnos la gracia de pasar juntos la vida, que me permita al menos el consuelo de sepultarme a vuestro lado y de que tengamos una tumba común; creedme, suceda lo que quiera, ningún poder humano me hará dejaros aquí». Oyéndola expresarse así, tornó a abrazarla Romeo y a pedirla con halagos que se consolase y se resignara a vivir, agregándola que el medio de hacerle menos sensible la muerte consistía en recibir de ella la promesa de conservarse. Y a fin de convencerla, la dijo otras mil frases conmovedoras. En cuanto a él, se sentía desfallecer por grados, casi le faltaba la vista y se le iban las fuerzas. De pronto cayó al suelo y, clavando tiernamente en su esposa las últimas miradas, exclamó: «¡Oh cielos!, ¡infeliz de mí!, ¡adiós, adiós, mi cara Julieta, yo muero!»

El padre Lorenzo (sea cual fuese la causa) no había querido trasportar a Julieta a su celda, la noche de su entierro, y viendo en la del siguiente día que Romeo no se presentaba, acompañado de un religioso de su confianza, se dirigió con todo lo necesario a abrir el sepulcro. Llegaron a él precisamente cuando iba a exhalar Romeo el último suspiro. Habiendo notado Fray Lorenzo que estaba abierto el panteón y reconocido a Pedro, le dijo familiarmente: «¡Eh! Amigo, ¿dónde está tu amo?» -«¡Ay, padre mío! -contestó Julieta al oírlo-, ¡que Dios os perdone! Exacto habéis sido en avisar a mi esposo!» -«Sí -repuso el monje-, le he dirigido un mensaje, y el hermano Anselmo, a quien bien conoces, salió para Mantua con él. Mas, ¿a qué viene esto?» Rompiendo entonces a llorar, dijo la joven: «Venid aquí y lo veréis».

Hízolo así el religioso, y vio en efecto tendido en tierra a su protegido, ya casi sin soplo de vida. -«¿Qué tienes, hijo mío?» Romeo, aunque en su hora suprema, abrió los ojos moribundos, reconoció al padre y le dijo con gran dificultad que le recomendaba a Julieta, que ya para él no cabían socorros ni consejos y que, por sus grandes faltas, demandaba perdón a Dios. Pronunciadas estas últimas palabras, diose un débil golpe en el pecho y espiró.

¡Cuán terrible espectáculo fue éste para su ya desesperada esposa! Mi corazón es incapaz de describirlo: el que tenga un alma sensible y ame verdaderamente podrá formarse una idea de él. La infeliz Julieta, sollozando, repetía sin cesar el nombre de su bien querido y, llamándole siempre en balde, cayó desmayada sobre el inanimado cuerpo de su amante. Afligidos en grado sumo Pedro y el buen religioso, lograron, a fuerza de extremos cuidados que volviera a la vida; mas, siempre inconsolable, apenas recobró el conocimiento, tornó a verter la joven un torrente de lágrimas. De improviso, estrechando con singular ternura el helado cuerpo de su marido, se expresó de este modo:

-¡Ah! Caro y sólo objeto de mis afecciones, manantial de todos mis placeres, único dueño mío, ¿cómo, después de brindarme tan dulces instantes, de haberte yo consagrado mi dicha, puedes ser la causa de amarguras tan crueles? Arribado apenas a la aurora de la vida, al período más florido de tu existencia, has terminado el curso de ésta sin tenerla en la estima que otros, sin esperar al término a que tarde o temprano llegan los que nacen. Sí, tú has querido concluirla aquí, sobre el corazón de una esposa que tanto te ha amado y de quien eras la sola pasión, has querido morir en este sitio, escogiendo por sepultura la tumba en que la juzgabas sepultada, sin pensar hallarte en ella un tributo de lágrimas tan puras y tan amargas. No, jamás cupo en tu mente irá un mundo más dichoso sino en la idea de encontrarme en él, y cierta estoy de que tu alma, no habiéndome visto allá arriba, ha vuelto a la tierra para saber si la sigo. Sí, tu alma está aquí; yo la veo errar por estos lugares, sorpresa, afligida de no verme partir. Romeo, dueño amado, yo te veo, yo te oigo, yo te reconozco, sé que sólo deseas verme a tu lado. No te imagines un instante que piense quedarme en la tierra, no, no lo temas; pues sin ti la vida me sería mil veces más cruel y más insoportable que todos los suplicios que pudieran inventar los hombres. Créeme, pronto me reuniré contigo para siempre. Para salir de este mundo, ¿qué compañía pudiera serme tan agradable? Sí, seguiré tus huellas; no te dejaré nunca.

El religioso y Pedro, penetrados de compasión y deshaciéndose en lágrimas, se esforzaban en darla consuelo, pero todo inútilmente. El primero la decía: «Hija amada, sobre lo que ha pasado no cabe remedio; si con llanto pudiera resucitarse a Romeo, nos liquidaríamos en lágrimas a fin de rescatarle; pero nada puede lograrse. Toma ánimo; piensa ahora en vivir, y si no cabe retornar a la casa de tu padre, fácil me será colocarte en un santo monasterio donde, consagrada al servicio del Señor, puedas hacer fervientes votos por el alma de tu amado».

Julieta, sorda, empero, a todo lo que se la decía, desesperada de no poder rescatar a costa de la suya la vida de su amado, persistió en su resolución de morir. Y habiendo concentrado todo su pensamiento en su desdichado esposo, a quien estrechaba contra su pecho, cayó en un profundo desvarío y espiró en seguida.»