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Este trabajo forma parte del Proyecto de Investigación «Análisis de la Literatura Ilustrada del siglo XIX», dependiente del Plan Nacional de I+D+I 2008-2011, Ref. n.º FFI2008-00035/FILO.
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Hago uso a lo largo de este trabajo de distinción expresa entre los términos ilustración y decoración que señala la mayor parte de los estudios dedicados a este tema. Se basa dicha distinción en que el primer término alude a la representación gráfica del texto al que acompaña, mientras que el segundo se refiere a los elementos ornamentales que se añaden, sin relación con el texto.
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Algunas colecciones de libros ilustrados nacieron como libros no venales, regalo de la editorial a los suscriptores de las revistas que ellas mismas publicaban. Un ejemplo señero lo constituye la Biblioteca Universal Ilustrada, de la casa Montaner y Simón, nacida en 1887 como regalo para los suscriptores de las revistas de la casa: La Ilustración Artística y El Salón de la Moda.
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Galdós, dirigiéndose al lector en el prólogo que figura al principio de la edición de 1880-1885 de los Episodios ilustrados, le dice que, gracias a las ilustraciones éstos «pueden alcanzar extraordinario realce y adquirir encantos que con toda tu buena voluntad no hallarías seguramente en la simple lectura»
(Miller 2001: 168). En su trabajo sobre las ilustraciones de El sabor de la tierruca, Raquel Gutiérrez Sebastián transcribe una carta del escritor al ilustrador Apeles Mestres: «Con esto le digo cuanto me han gustado sus dibujos [...], tanto, que a no haber corregido ya las pruebas la tomara por modelo y ajustara el texto rigurosamente al dibujo»
(Gutiérrez Sebastián 2000: 133).
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La primera edición de La Regenta, Pipá y la cuarta edición de los Solos. Mantendrá siempre esa ambigua opinión como lo demuestra en las cartas que dirige a su editor Fernández Lasanta, aunque en ellas el objeto de su crítica se dirija más hacia los dibujantes: «... y menos cuando los monos son tan malos como los de Pons (inter nos)»
(Botrel 1981: 55). «Doña Berta debe Ud. tenerla preparada para Octubre, principios. Si lleva micos ¡ojo con el dibujante!»
(sin fecha, quizá 1884/5, Botrel 1981: 65). Pero ello no implica que renuncie a este tipo de publicación, hasta el punto de proponerla él mismo (25 de junio de 1893): «Otra cosa: quería ilustrarme un libro un pintor español [Pedro Rivera], que vive en París, discípulo del célebre Bonet y hace maravillas de claro oscuro y de imaginación como nadie lo haría en España. Los cuentos se prestan mucho a ello. Sería un tomo precioso. ¿Cree Ud. que esto retrasaría mucho la publicación? De [ser] lo dejaremos para otra ocasión..., o para otra edición, por ejemplo, de todos mis cuentos ilustrados, un tomo grande que comprendiera Pipá- D.ª Berta- los cuatro cuentos de Solos y los de ahora»
(Botrel 1981: 71).
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Esta colección literaria, publicada en Barcelona entre 1881 y 1890, «sobresurt per l'acurada presentació dels volumns, enquadernats amb tela ricament decorada, de format de vuité francès, amb portades a dues tintes i amb abundants il·lustracions»
[Según la publicidad editorial]: «a cada tomo acompaña notable profusión de láminas, grabados de zinc, boj, cobre, acero, cromolitografías y fotograbados»»
(Llanas 2004: 268).
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Efectivamente, Los Pazos de Ulloa inauguró la colección de Cortezo «Novelistas españoles contemporáneos».
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Insolación, Morriña, aparecidas ambas en 1889; El tesoro de Gastón en 1897 y Misterio, en 1902. El número de primeras ediciones ilustradas es de todas formas bastante reducido, lo que vendría a confirmar el escaso apego de la autora a este tipo de publicación.
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Petición que no dudo se formula tras observar el prestigio literario que la escritora está adquiriendo, tanto por su obra narrativa (ya tenía en su haber la publicación de dos novelas, Pascual López y El viaje de novios) como por sus estudios literarios. No olvidemos que por estas fechas (1883) se está produciendo la reacción crítica a la publicación de los artículos, que con el nombre de La Cuestión Palpitante (La Época, noviembre de 1882-abril de 1883) abrieron a la autora definitivamente el camino para ingresar en las filas de los estudiosos de la literatura de su tiempo. De hecho, el propio Yxart escribe un artículo sobre el tema en el mismo medio donde habían aparecido los de Pardo Bazán, La Época, con fecha de 13 de agosto, cuando ya se había iniciado la correspondencia con la escritora y ésta ya había aceptado colaborar con la revista.
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No dudo del interés de la escritora por ver publicada alguna de sus obras en una de las colecciones más importantes de su época, cuyos ejemplares se convirtieron «en verdaderas joyas para los bibliófilos, puesto que podía disfrutar no sólo de su estética externa, sino de la calidad y modernidad de su contenido, ya fuera por la excelencia de los autores escogidos, por el interés que suscitaban los nuevos planteamientos literarios -sobre todo los naturalistas- o por el rigor y prestigio de sus traductores»
(Cotoner 2002: 25).