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321

José Carlos Mariátegui, en su ensayo «Arte, revolución y decadencia» (Bolívar, núm. 7, 1930), fue el iniciador de esa corriente de opinión antiorteguiana, no ajena quizá a su fervor por Miguel de Unamuno. Sobre este tema, véase José Carlos Rovira, «Unamuno y Amauta, textos y contextos de una relación» y «Mariátegui ante la cultura española», ambos en su Entre dos culturas. Voces de identidad hispanoamericana, Alicante, Universidad de Alicante, 1995, págs. 103-120.

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322

Como dijo el propio Ramón Gómez de la Serna, Ortega era «el pedagogo en cuya obra, hemos de confesarlo, se busca la corroboración, la seguridad en las seguridades, la última persuasión de lo que salvajemente hemos adquirido». Citado por Luis de Llera, en Ortega y la Edad de Plata de la literatura española, cit., pág. 129.

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323

Cfr. Ortega, El tema de nuestro tiempo (1923), en Obras completas, cit., vol. III, pág. 162 y ss.

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324

Ortega, La deshumanización del arte, en Obras completas, cit., vol. III, pág. 360.

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325

En la edición que manejo (Madrid, Revista de Occidente, 1975), pág. 159.

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326

Ibídem, pág. 359.

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327

Lezama, «Todos los colores de Mariano» (1947), en La materia artizada, cit., págs. 247-248.

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328

Ed. cit., pág. 499.

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329

En «Del fenómeno social de la transculturación y su importancia en Cuba», de su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940). En la edición que manejo (Santa Clara, Universidad Central de Las Villas, 1963), págs. 98-104.

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330

Cfr. Lezama, «Sumas críticas del americano», cit., págs. 290-293.

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