«La Florida del Inca»: vínculos novohispanos y proyección americana
Raquel Chang-Rodríguez
Hernando de Soto (c. 1500-42) a quien Carlos I de España y V del sacro imperio Romano-Germánico nombró gobernador de Cuba y adelantado de La Florida en recompensa a sus servicios a la Corona en Castilla del Oro, Nicaragua y Perú, inició la conquista del vasto territorio floridano desde Cuba en 1539. Varias décadas después, Garcilaso de la Vega (1539-1616) escribe La Florida del Inca obra donde cuenta los sucesos de la fallida expedición de De Soto.
Portada de la primera edición de «La Florida del
Inca» (1605)
Cortesía de la Hispanic Society of America, Nueva York
Ante las ambiciones de Francia y el temor al avance del protestantismo, el cronista cuzqueño urge a la Corona, y a sus lectores, poblar y evangelizar esas tierras regadas con sangre de soldados y mártires españoles. La reciente conmemoración del cuarto centenario de la publicación de La Florida en Lisboa, en 1605, en las prensas de Pedro Crasbeeck, ha propiciado una revisión de la obra pautada por nuevas direcciones críticas en el ámbito de los estudios coloniales. Si bien se ha reiterado su aporte como documento histórico, igualmente se ha reconocido la factura literaria del texto. Esta se evidencia en la delicada elaboración de la anécdota, la carga simbólica que el narrador le otorga a los hechos y el singular empleo de recursos retóricos. Asimismo, el cronista cuenta la historia desde disímiles posturas discursivas que le permiten criticar el abuso de autoridad, cuestionar el impacto del coloniaje en La Florida y en los Andes, y reafirmar la valía del otro -ora indígena ora mujer- tanto como la común humanidad de todas las personas.
Los nexos entre Europa y América, Perú y México, La Florida y el Caribe, y el acercamiento de estos espacios geográficos constituyen principales líneas de fuerza en la comprensión de la obra. En este ensayo me interesa explorar el nudo novohispano de La Florida, ejemplificado por la presencia en tierra mexicana de los sobrevivientes de la expedición, primero en la zona del río Pánuco (actual área de Tampico) y después en México-Tenochtitlan. Propongo que en los capítulos que llamo «mexicanos» de La Florida del Inca -del 1 al 20 del sexto y último libro- el narrador entreteje sucesos de la Nueva España, La Florida y el Perú con una tensión e intención que nos obligan a integrar lo parcial en una amplia historia colectiva cuyos signos apuntan a una visión integral de América. Mi propuesta contribuirá, espero, a situar la crónica primeriza del singular cuzqueño, entre los textos que postulan una visión americanista de la historia y cultura del nuevo mundo. Veamos entonces cómo el Inca, reconfigurando objetos, plantas y animales, y desgranando anécdotas lingüísticas e históricas, liga a México, Perú, el Caribe y La Florida.
En este sentido
conviene recordar que al morir Hernando de Soto en 1542,
asumió el mando de la expedición Luis de Moscoso de
Alvarado, a quien el Adelantado había conocido en el
Perú1.
Los hombres de La Florida acordaron entonces dejar ese territorio y
seguir en dirección hacia el oeste con el propósito
de llegar a la Nueva España; con esta idea en mente, en
junio de 1542 abandonaron el lugar donde De Soto falleció.
Después de un largo recorrido que los llevó al actual
estado de Texas, sin intérpretes y escasos de alimentos,
decidieron retornar a la zona del Río Grande o Mississippi
de donde habían partido y allí dedicarse a construir
siete bergantines o «carabelones»
(F, libro 5, capítulo 15,
393)2.
Navegando por el río debían llegar al Golfo de
México y, bordeando la costa, toparse con la Nueva
España donde encontrarían socorro. Además de
los capitanes de cada navío, el 2 de julio de 1543 se
embarcaron «trescientos cincuenta
españoles, antes menos que más, habiendo entrado en
la tierra muy cerca de mil [...] y hasta veinte y cinco o treinta
indios e indias que de lejas tierras habían traído en
su servicio...»
(F, Libro 6, capítulo 1,
396)3.
El 10 de setiembre de ese año, después de sufrir los
ataques de los grupos indígenas de la cuenca del
Mississippi, la muerte de cuarenta y ocho «castellanos»
y una tormenta tropical que separó a los navíos, los
expedicionarios arribaron, sin saberlo, a la zona del río
Pánuco. En La Florida del Inca la llegada
está marcada por el reconocimiento de objetos, frutos y
animales de los varios mundos culturales presentes en la
crónica; todo ello le sirve al narrador para marcar
diferencias, notar similitudes, insistir en la capacidad y valor
indígenas, y comentar las consecuencias de la mala
interpretación tanto como de acciones imprudentes.
Separados los
navíos por una tormenta tropical, una vez en tierra
novohispana un grupo de expedicionarios intenta restablecer
contacto con el general Moscoso de Alvarado y su gente y para ello
se ofrecieron dos voluntarios. Formaron también tres
partidas con el propósito de explorar la zona y confirmar
dónde estaban. Los grupos que caminaron por la costa, uno
hacia el norte y otro hacia el sur, recuperaron los siguientes
objetos: «un medio plato de barro blanco
de lo muy fino que se labra en Talavera, y [...] una escudilla
quebrada del barro dorado y pintado que se labra en
Malasa»
(F, Libro 6, capítulo 15,
425). Estos restos de objetos de procedencia española,
paradójicamente aquí no apuntan a Europa, sino a la
Nueva España. Si bien encapsulan el Nuevo y el Viejo Mundo,
las circunstancias y el lugar donde se descubren privilegian el
espacio novohispano y la experiencia americana emblematizada en el
naufragio, en la búsqueda de la ruta y las personas
perdidas. Por su parte, capitaneado por Gonzalo Silvestre, el
principal informante de La Florida, el tercer grupo de
expedicionarios, caminó tierra adentro donde pronto se
encontró con varios nativos, atrapó a uno de ellos, y
cargó con las provisiones de una choza.
Cuando relata
estos últimos incidentes el narrador inserta un
aparentemente fortuito comentario sobre el árbol del guayabo
cuya fruta recogen dos indígenas. Éste le sirve, sin
embargo, para llevarnos otra vez al Caribe, zona donde se
originó la fallida exploración de La Florida, y para
rememorar al Perú, cuya conquista, como sabemos, le
facilitó a De Soto el reconocimiento y el capital para
iniciar la de La Florida. A ese «árbol grande»
se le llamaba «guayabo en lengua de la
isla Española y savintu en la mía del
Perú»
(F, Libro 6, capítulo 15,
426)4.
A ello siguen referencias a animales y alimentos que figuran
entreverados dentro de la choza indígena -la
zara5
(maíz), un pavo mexicano, el gallo y las gallinas de
España, la conserva hecha de maguey6-
y que contribuyen a saciar el hambre de los tres capitanes. No
obstante, su copresencia nos lleva más allá de lo
puramente biológico. Veamos por qué. El maíz,
alimento principal tanto en la zona novohispana como en la andina,
y el maguey, frecuente en México y en el Perú,
subrayan la comunidad de ambas geografías; además, el
maíz reitera el contraste con la dieta de España
donde el trigo predomina; el pavo «de los
de tierra de Mexico, que en el Perú no los
había»
(F, Libro 6, capítulo 15,
426), marca la singularidad de la zona, la diferencia mexicana. Que
todo ello aparezca junto a las aves traídas por los
ibéricos -«un gallo y dos gallinas
de las de España»
(F, Libro 6, capítulo 15,
426)-, en una choza indígena y que parte de ello primero lo
consuman y después, el sobrante, junto al indígena
«bien asido porque no se les
huyese»
(F, Libro 6, capítulo 15,
427)7,
se lo lleven los expedicionarios, remite tanto a la cornucopia
cultural que el encuentro abrió -y la escritura del Inca
Garcilaso ejemplifica-, como a la continuada rapacidad que
marcó el intercambio entre europeos y nativos en el norte y
el sur de América.
Este
capítulo inicial del arribo de los expedicionarios de La
Florida a la Nueva España concluye con una coda de corte
lingüístico que bien puede considerarse
emblemática de las jornadas de expansión imperial de
España en América. La anécdota, sin embargo,
adquiere aquí -y esto no es raro en la obra del cronista
cuzqueño- particular significación porque nos
transporta, como antes la guayaba y la zara, al Perú. En
ella los expedicionarios le preguntan a un nativo: «¿Qué tierra es ésta y
cómo se llama?»
(F, Libro 6, capítulo, 15,
427). Aturdido, el indígena repetía «brezos»
y «bredos»
porque el apellido de su amo
era Cristóbal de Brezos; sus interlocutores entendían
«bledos»
y responden: «Válgate el diablo, perro, ¿para
qué queremos bledos?»
(F, Libro 6, capítulo 15,
427). El resultado: la total incomprensión. El narrador
explica: «A propósito del
preguntar de los españoles y del mal responder del indio
porque no se entendían los unos a los otros, habíamos
puesto en este lugar la dedu
[c]ción
del nombre Perú
[...] [que] se causó de otro paso semejantísimo a
éste
[...]» (F, Libro 6, capítulo 15,
427). El evocativo comentario abre el espacio textual y a la vez
liga las diversas geografías. Al notar que esta
incomprensión ocurre en otras partes, la voz narrativa marca
la frecuencia de tales incidentes en distintas latitudes lo cual le
sirve para de nuevo vincular lo novohispano y lo peruano; a la vez,
particulariza el incidente cuando trae a colación el origen
del nuevo nombre de su patria. Lo primero nos remite al denominador
común entre acontecimientos de Norte y Sur América
-la incomprensión lingüística y cultural, la
violencia del encuentro-; lo segundo nos lleva a pensar en una
sociedad diferente -como el nombre Perú- donde convivan y
conversen disímiles interlocutores. Propongo, además,
que el conflicto lingüístico señalado
aquí constituye el esbozo de una provocativa propuesta
desarrollada después en Comentarios reales
(1.ª parte 1609, 2.ª parte 1617): la conquista del
Perú no se debió a la superioridad de las armas
españolas, sino a un desencuentro idiomático causado
por la mala interpretación de Felipillo8.
Curiosamente, otra
instancia lingüística sí confirma que los
expedicionarios están en Nueva España. Un cirujano
que había residido antes en México y «sabía algo de la lengua
mexicana»
, le muestra a un nativo unas tijeras y
éste las reconoce repitiendo defectuosamente su nombre en
castellano: las llama «tiselas»
(F, Libro 6,
capítulo 16, 428). El regocijo que tal verificación
produce -«como si a cada uno de ellos le
hubieran traído el señorío de México y
de todo su imperio»
(F, Libro 6, capítulo 16,
428)-, contrasta con el anterior episodio de incomunicación.
Entonces, el narrador, por medio del encuentro en «lengua mexicana»
y española,
acerca a los hablantes de ambos códigos y el mundo cultural
implícito en el idioma de cada uno; propongo, además,
que el episodio al mismo tiempo pone de relieve la posibilidad de
entendimiento, y lo irrevocable de un futuro que por fuerza ha de
incluir a hablantes de varias lenguas tanto como la diversidad
cultural representada por ellas. Igualmente, tal intercambio pone
de manifiesto la agencia indígena: la comunicación se
efectuará siempre y cuando en el acto de habla se emplee el
código apropiado.
La posterior
aparición de un indio señor de vasallos, educado por
un clérigo y capacitado para leer y escribir el castellano,
de nuevo subraya la capacidad nativa. Su generosidad suscita igual
trato de parte de los españoles. El «curaca»
mexicano -y observemos que el Inca Garcilaso opta por el vocablo
quechua y no el taíno «cacique»- les obsequia a
los tres expedicionarios muchas cosas, entre ellas el papel y la
tinta para escribirle a Luis de Moscoso de Alvarado quien ya ha
sido localizado. Así, la agencia del curaca mexicano
facilita la reunión de todos los expedicionarios en la villa
de Pánuco donde, a pesar de su horrible apariencia, los
náufragos son acogidos con gran generosidad: «se dolieron de verlos tan desfigurados, negros,
flacos y secos, descalzaos y desnudos, que no llevaban otros
vestidos sino de gamuza y cueros de vaca, de pieles de osos y
leones y de otras salvajinas, que más parecían fieras
y brutos animales que hombres humanos»
(F, Libro 6, capítulo 17,
429-30).
En este episodio del encuentro en la villa de Pánuco el narrador presenta dos temas recurrentes en sus escritos: la conducta como rasero para medir al ser humano de cualquier latitud, y las consecuencias personales y colectivas de las acciones guiadas por la imprudencia y la pasión. Los habitantes del pequeño y pobre pueblo ni rechazan ni juzgan a los expedicionarios por su lastimosa apariencia; se espantan, sin embargo, de su comportamiento pendenciero. La frustración de muchos de La Florida queda expuesta cuando comparan las posesiones y la vida cotidiana de los habitantes de Pánuco con lo que han dejado atrás. Todo ello los lleva a reflexionar sobre la determinación a abandonar esos ricos territorios:
| (F, Libro 6, capítulo 17, 431) | ||
Las acusaciones y
ambiciones de los conquistadores tanto como el recuerdo de las
circunstancias que los obligaron a dejar La Florida, son causan de
las pendencias y las muertes en Pánuco. Como los sucesos que
condujeron a las guerras civiles del Perú, en ambas
latitudes se dejan sentir los «efectos
[...] de las determinaciones hechas sin prudencia y
consejo»
(F, Libro 6, capítulo 17,
432). De nuevo el narrador liga sucesos floridanos y peruanos,
presentándolos en un teatro mexicano. Pasemos ahora a la
recepción y estadía en México-Tenochtitlan de
los expedicionarios de La Florida donde, como se verá, la
conducta bélica en el evocado territorio juega un papel
señero.
En «la famosísima ciudad de México, la
que por sus grandezas y excelencias tiene hoy el nombre y
monarquía de ser la mejor de todas las del mundo»
(F, Libro 6,
capítulo 18, 433), explica el Garcilaso narrador, fueron
recibidos por el virrey Antonio de Mendoza (1495-1552) quien poco
después pasaría a gobernar Perú, coincidencia
histórica aprovechada por el Inca para destacar su
generosidad en América del Norte y del Sur y enlazar ambas
geografías.
Antonio de Mendoza, Virrey de la Nueva España (1535-49) y
del Perú (1551-52), dibujado por Guaman Poma de Ayala
GkS 2232 4to, Cortesía de la Biblioteca Real de Copenhague,
Dinamarca
En efecto, el
virrey Mendoza antes había encargado al corregidor de
Pánuco que regalara y tratara a los expedicionarios como su
«propria persona»
(F, Libro 6,
capítulo 17, 430). En México-Tenochtitlan los recibe
a todos por igual, reconociéndolos no por su rango o
prosapia, sino por sus hazañas floridanas: «El visorrey, como tan buen príncipe, a
todos los nuestros que iban a comer a su mesa los asentaba con
mucho amor sin hacer diferencia alguna del capitán al
soldado, ni del caballero al que no lo era, porque decía
que, puesto habían sido iguales en las hazañas y
trabajos, también lo debían ser en la poca honra que
él les hacía»
(F, Libro 6, capítulo 18,
434). Argumento tan caro a Garcilaso, informa, como sabemos, la
génesis misma de La Florida del Inca:
| (F, Proemio, 5) | ||
Así, el Proemio anuncia uno de los motivos por los cuales se escribe la crónica, igualmente recalcado en los capítulos finales conectados con la Nueva España. Las hazañas igualan a los «caballeros» indios y españoles en el ejercicio de las armas; ahora estos hechos reclaman la admiración del virrey Mendoza quien trata a los españoles de acuerdo, no con el rango sino reconociendo su conducta heroica. En consonancia con esta postura, el narrador destaca cómo el gobernante se deleita escuchando el relato de la destreza, ferocidad y buena disposición de los floridanos tanto como de los españoles.
Todo ello permite
al narrador a situar al virrey en dos categorías: entre
quienes son capaces de mirar al menos con curiosidad y hasta con
cierta admiración, a la otredad americana; entre los
europeos interesados en las noticias de América, en
particular si éstas atañen a tierras inexploradas y
cuantiosos tesoros. En cuanto a lo segundo, conviene recordar que
la documentación histórica confirma que el virrey
Antonio de Mendoza envió a fray Marcos de Niza y a Esteban
(1539), el esclavo del norte de África sobreviviente de otra
fallida expedición floridana -la de Pánfilo de
Narváez9-,
en busca de las legendarias «siete
ciudades de Cíbola»
. Esteban murió en la
empresa, pero fray Marcos confirmó la existencia de las
doradas ciudades. El Inca Garcilaso (F, Libro 6, capítulo 18,
433) y los archivos igualmente indican que, en seguimiento de estas
legendarias urbes, el gobernante envió después (1540)
una expedición por mar y tierra, capitaneada esta
última por Francisco Vázquez de Coronado10,
gobernador de la Nueva Galicia11.
Un año más tarde éste regresó con las
manos vacías de tesoro, pero repletas de acusaciones por su
maltrato a la población indígena y a otros
expedicionarios como consta en la Relación
(c. 1560-65) de Pedro Castañeda
Nájera, uno de los participantes12.
En su trayecto a
la capital novohispana, los sobrevivientes de La Florida desfilan a
pie, con pantorrillas al aire, vestidos de pieles de animales; su
facha provoca la lástima de todos. Curiosamente, en otra
parte de La Florida del Inca, encontramos un desfile, pero
con características inversas (F, Libro 6, capítulo 22,
446-447). En el campo andaluz espectadores españoles admiran
a un grupo de nativos floridanos cuyo arrojo se despliega en un
incidente nada menos que con Gonzalo Silvestre, a quien hemos visto
hambriento en Pánuco y entre los desastrados sobrevivientes
que caminan a México-Tenochtitlan. En el desfile andaluz, el
antiguo expedicionario despliega su conocimiento de La Florida
recordando el nombre de varios territorios y preguntándoles
a los indígenas a cuál pertenecían. Al
reconocerlo como hombre de Hernando de Soto, éstos
rehúsan darle información y afirman: «De mejor gana le diéramos sendos
flechazos que las nuevas que nos pide»
(F, Libro 6, capítulo 22,
447). En contraste con el desfile de los sobrevivientes de De Soto
en México, la apostura de los floridanos, su destreza al
lanzar las flechas al aire, causan el espanto y la
admiración de Silvestre quien se sorprende de haber salido
con vida del lance. Pareciera ser que, al contraponer ambos
episodios -uno en la Nueva España y otro en España-,
el Inca se adelantara a su explicación sobre las
antípodas incluida al comienzo de Comentarios
reales:
| (CR, Libro 1, capítulo 2, 14) | ||
Por tanto, el enjuiciamiento de personas y acontecimientos, como la ubicación de las antípodas, es cuestión de perspectiva. Para lo último la valoración depende de un conocimiento de dónde estamos situados en el espacio; para lo primero, de la aceptación o no de una escala de valores que urge revisar en vista de las nuevas circunstancias y la diversidad de ámbitos concitados por el contacto europeo-indígena tal y como lo muestra la primera crónica del Inca Garcilaso.
Siguiendo esta
propuesta, no debe sorprender que en La Florida del Inca
el narrador reitere cuanto le complacía al virrey y a su
hijo Francisco de Mendoza, futuro general de las galeras de
España, escuchar una y otra vez el relato de la heroicidad
en batalla de los indígenas floridanos (F, Libro, 6, capítulo 19,
437). La admiración del segundo por las hazañas de
uno de los caciques lo llevó a repetir: «Verdaderamente, señores, que debía
de ser hombre de bien Quigualtanqui»
. El narrador
concluye: «Y con este dicho refrescaba de
nuevo las grandezas del indio, eternizaba su nombre»
(F, Libro 6,
capítulo 8, 410). Si tomamos en cuenta la definición
de «hombre de bien»
según la época -«Se dice
del que procede con rectitud, y es honrado y caballeroso en sus
acciones y modo de obrar»
(DA [1726] 1990: 1,
606)- el comentario del noble español coloca plenamente al
cacique floridano en la ecuación caballeresca, mientras la
voz narrativa reitera lo anunciado en el Proemio: la importancia de
preservar los hechos gloriosos; el carácter ejemplarizante
de la historia a cuyo recuento universal ingresan, por virtud de
esta crónica, los indígenas de La Florida, caballeros
por su osado comportamiento y sujetos históricos tan dignos
como los antiguos.
Los habitantes de
México-Tenochtitlan, en contraste con su indiferente
recepción a los expedicionarios de Francisco Vázquez
Coronado, recibieron a los hombres de De Soto con toda generosidad,
solazándose en escuchar sus aventuras floridanas,
agasajándolos con comidas, vistiéndolos con lo mejor,
proveyéndoles desde camisas hasta peines. Igualmente,
admiraron sus perlas y pieles que compraban para adornar sus
vestidos. Todo ello hacía crecer el lamento de los
expedicionarios por «el bien
perdido»
, o sea, la rica tierra abandonada. La promesa
del virrey Mendoza de alistar otra expedición a La Florida,
no valió. Tampoco tuvieron resultado los ofrecimientos de
generosos residentes de México, como nos recuerda la
insolente respuesta de Diego de Tapia a uno de ellos: «Yo voy ahora al Perú donde pienso tener
más de veinte estancias. Si queréis iros conmigo
sirviéndome, yo os acomodaré en una de ellas de
manera que volváis
[a México] rico en breve tiempo»
(F, Libro 6, capítulo 18,
436). Como bien observa el narrador, muchos de estos hombres ya
«tenían puestos los ojos en el
Perú»
(F, Libro 6, capítulo 18,
435)13.
Entre quienes
viajaron al sur se encuentran dos informantes conocidos de La
Florida del Inca: Gonzalo Silvestre, el principal, y Alonso de
Carmona, autor de una relación sobre la fallida
expedición. Ellos dos, junto a otros 16 sobrevivientes,
decidieron probar suerte en el revuelto virreinato peruano, donde
por entonces los conquistadores luchaban entre sí y contra
la imposición de las Nuevas Leyes en una etapa
históricamente conocida como «las guerras
civiles». Investigaciones recientes han confirmado detalles
adicionales sobre estos dos «peruleros»
. Por una deposición
firmada por Carmona, sabemos que éste era natural de la
villa de Priego, población vecina a Montilla; sabemos
también que hacia 1556 vivía en el Cuzco. Entonces,
no sería desacertado suponer que allí conoció
al capitán Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas y a
su joven hijo. Carmona regresó a su pueblo natal en 1572, y
allí escribió Peregrinaciones, un tratado
hoy perdido detallando su participación en la
expedición de De Soto. Antes de su muerte en 1591, le
envió el manuscrito al Inca Garcilaso, quien por entonces
residía en Córdoba (F, Proemio, 6; Avellaneda 1990,
21). En el Perú, Gonzalo Silvestre luchó bajo el
pendón real en las guerras civiles. Participó en las
famosas batallas de Huarina (1547) y Chuquinga (1554); la primera
de triste recordación para el Inca Garcilaso14;
en la segunda, el bando realista fue derrotado y Silvestre
resultó mal herido. Expulsado repentinamente del virreinato
junto con otros veteranos de las guerras civiles por la
política dura que contra ellos siguió el virrey
Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete,
Silvestre, se reencuentra con Garcilaso en Madrid (1561), ambos
como pretendientes. Por un memorial testamentario del Inca (22 de
abril de 1616) nos enteramos de que se habían conocido en el
Cuzco al menos desde 1553, cuando el futuro historiador
tenía apenas 14 años (Miró Quesada 1956:
xlviii). Así, en la metrópoli se reanudaron los lazos
que, seguramente, los llevaron a rememorar los viejos tiempos en el
Cuzco, en el virreinato del Perú15.
Vistos de este
modo, los capítulos finales de La Florida del Inca
donde tan prominentemente figura la Nueva España, cumplen
varios propósitos. Los animales domésticos delimitan
zonas o postulan nexos dentro de una vasta geografía: el
pavo o «gallo de Indias»
, como
lo llamó Covarrubias en su Tesoro, singulariza a
México; los nombres de la guayaba ligan al Caribe y los
Andes; la zara nos refiere a la compartida cultura americana del
maíz; los gallos y gallinas de Europa afirman el irrevocable
asentamiento de productos y personas de ese continente en el Nuevo
Mundo. Los objetos foráneos -la loza, el papel y la tinta-,
adquieren otras valencias: los restos de platos fraguados en
Talavera y Malasa, no remiten a su lugar de origen sino a la Nueva
España; el papel y la tinta no lo otorgan ni un
clérigo ni un escribano, sino una nueva y emblemática
figura de la ecuación colonial: el indio letrado cuya
agencia comunica aquí a sendos grupos de expedicionarios
procedentes de La Florida16.
Los dobles episodios lingüísticos, uno de diglosia
(«lengua mexicana» y castellana) y otro de total
incomunicación, destacan la relevancia y validez del conocer
la lengua, de incorporar y equiparar los códigos necesarios
para establecer el diálogo intercultural. Así lo
reafirma la mención al origen del nombre Perú cuya
historia el narrador confiesa haber trasladado a Comentarios
reales.
Escribano indígena o qilqay kamayuq de los Andes en
representación de Guaman Poma de Ayala
GkS 2232 4to, Cortesía de la Biblioteca, Real de Copenhague,
Dinamarca
La llegada de los sobrevivientes a México-Tenochtitlan da cuenta de la generosidad del virrey Mendoza y de los mexicanos, en contraste con la mezquindad y los pleitos de los hombres de De Soto cuyo accionar lo impulsan la imprudencia y la pasión. El relato floridano se abre entonces contraponiendo episodios que obligan al receptor a nuevas categorías de reflexión, necesarias para comprender el sentido de, por ejemplo, el desfile de los misérrimos españoles en camino a la capital novohispana en contraste con el desfile de los floridanos en Andalucía también detallado en el sexto libro. El sumario de las hazañas tanto españolas como indígenas que los sobrevivientes le cuentan a un interesado público, nos lleva a la génesis de la obra, al diálogo de dos de sus voces narrativas, la del Inca Garcilaso y la de Gonzalo Silvestre. En el Proemio, la primera voz conmina a la segunda a poner por escrito, o sea, a perpetuar la memoria de las heroicidades de indígenas y europeos en Norteamérica; en la crónica tales hazañas transforman a los nativos de La Florida en caballeros. La presencia de Gonzalo Silvestre en México, la alusión a su relato y a los textos complementarios de Alonso de Carmona y de Juan de Coles en el curso de los capítulos novohispanos, la mención del futuro destino peruano del virrey Mendoza a quien acompañará Luis de Moscoso de Alvarado, el capitán de la expedición a la muerte de Hernando de Soto, traen a colación la multiplicidad de geografías, experiencias y voces volcadas en la crónica. A su vez, la mención de la «grandeza mexicana» -por decirlo aludiendo al título del poema de Bernardo de Balbuena, coetáneo del Inca-, la constante presencia del Perú, el accionar de los sobrevivientes de la expedición de Hernando de Soto quienes partieron primero de San Lúcar de Barrameda y después de La Habana y terminaron muertos en La Florida o en camino a la Nueva España, o acuchillados por sus compañeros en Pánuco o en la capital novohispana, o en busca de nuevos destinos en Perú, España y México, le otorgan a este sector de La Florida una tensión e inestabilidad que llevan al lector de una geografía a otra y lo fuerzan a pensar en América como una totalidad, a reflexionar sobre la historia compartida. Vista así, La Florida del Inca se erige en texto magistral, raíz y atalaya desde donde escuchamos el pálpito de un pasado siempre presente, y avizoramos el futuro de Nuestra América cuya entretejida historia, entonces y hoy, se forja en el Atlántico y el Pacífico, en el norte y el sur.
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